lunes, abril 18, 2016

Estados Unidos (25)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.



Íbamos a hablar de Maryland, Kentucky y Missouri. Los tres Estados habían decidido permanecer en la Unión, pero habían denegado el uso de la misma de sus milicias estatales, declarando con ello una neutralidad bélica. Lincoln, simplemente, no podía permitir eso. Maryland, si Virginia se iba a la Confederación como hizo, era la única posibilidad de proteger Washington; la capital, además, necesitaba la ciudad de Baltimore para sus comunicaciones. Por su parte, Kentucky controlaba el uso del estratégico río Ohio, mientras que Missouri hacía lo propio con el Mississippi.

Lincoln empezó por Maryland, su necesidad más imperiosa. El 15 de abril de 1861 hubo un tumulto popular el Baltimore que le aportó la disculpa perfecta. Tropas de Massachussets a las órdenes de Washington y ciudadanos simpatizantes con la causa secesionista se enfrentaron. Por esta razón, Lincoln envió una fuerza armada a la ciudad, a las órdenes del brigadier general Benjamin F. Butler. Las órdenes que Lincoln dio a Butler fueron de restablecer la autoridad de la Unión a cualquier precio; “incluso, dijo, bombardeando las ciudades de los contrarios”. Butler, que era un tipo al que le iba la marcha de cojones, no se hizo esperar. Metió en la cárcel al alcalde de Baltimore y a 19 miembros de la legislatura estatal, además de otras personas. De hecho, el general se desempeñó con tanto celo que Lincoln le tuvo que tascar el freno. Sin embargo, la obra estaba hecha, y la incorporación de Maryland, cuando menos su mitad oriental, al bando sureño, se evitó. Por lo que se refiere a su mitad occidental, terreno por el que pasaban líneas ferroviarias de gran importancia, fue ganado para la Unión por el general George Brinton McClellan quien, en junio de 1861, recuperó el control de las milicias unionistas de la Baltimore and Ohio Railroad.

Por lo que se refiere a Kentucky, es famosa la frase de Lincoln en el sentido de que “espero tener a Dios de mi parte, pero debo tener Kentucky”. En septiembre de 1861, ante la presión unionista en el Estado, el presidente Jefferson Davis ordenó a uno de sus generales, Leónidas Polk, que invadiese la ciudad de Columbus, a orillas del Mississippi. Por su parte, Ulysses S.Grant inició un movimiento desde Cairo, Illinois, para tomar Paducah, en Kentucky, una población ribereña con el Ohio.

En esta situación, era necesario aclarar cuál era la actitud del Estado. Lo cual no fue fácil. En principio, Kentucky se declaró parte de la Unión, pero en noviembre de aquel año una convención formada por voluntarios locales de la Confederación lo declararon del lado del Sur.


Por lo que se refiere a Missouri, al contrario de lo que ocurría en Maryland y Kentucky, en este Estado el gobierno era abiertamente secesionista. Lincoln, pues, tuvo que desembarcar a aquel gobierno (que, recuérdese, había sido democráticamente elegido) para sustituirlo por una especie de convención unionista que se pasó toda la guerra peleando por el poder con el anterior Ejecutivo estatal. La primera batalla de la guerra civil fue, como veremos, en Bull Run, julio de 1861. Pero antes de dicha batalla, miles de misurianos habían muerto ya en enfrentamientos varios. 

El jefe de Estado Mayor de Abraham Lincoln era el general Windfield Scott, y en esa elección se podría decir un poco que el presidente comenzó a ganar la guerra. Scott era ya mayor entonces (había nacido apenas un año antes que la propia Constitución), pero tal vez por ello tenía las ideas muy claras. Su primera gran aportación al conflicto fue entender que éste sería largo (piénsese en la guerra civil española, y en lo útil que le habría sido al bando republicano que sus jefes militares hubiesen tenido claro que se enfrentaban a una guerra de tres años, en lugar de la victoria en días en la que creían los jefes políticos). Creer en una guerra larga le permitió a Windfield Scott acertar con la estrategia adecuada: dominar todo el curso del Mississippi, bloquear todos los puertos confederados en el Atlántico y el Golfo y, finalmente, cuando esta estrategia tuviese como resultado el estrangulamiento táctico del enemigo, avanzar contra él.

Frente a Lincoln-Scott, Jefferson Davis tenía una estrategia bien diferente, lógica, pero al mismo tiempo terriblemente compatible con la del Norte. El presidente Davis sostenía como principio fundamental algo muy lógico, y es que el Sur se había escindido para separarse del Norte, no para invadirlo. En consecuencia, trazaba una frontera al largo de la línea Mason-Dixon hasta los montes Dakota, a partir de la cual no se planteaba pasar. Confiaba, además, en los poderes navales inglés y francés para desbloquear los puertos y permitir que el pulmón sureño siguiente fabricando oxígeno. Había, sin embargo, en el Sur muchos contrarios a esta estrategia, como Pierre Gustave Toutant de Bauregard, quien defendía la necesidad de una ofensiva inmediata del Sur.

En junio de 1861, el principal ejército confederado, al mando precisamente de PGT Bauregard, se encontraba en Manassas Junction, un nudo ferroviario entre Washington y Richmond, las dos capitales en ese momento que, paradójicamente, en un país tan grande estaban separadas por una distancia muy modesta. Lincoln, ante la pasividad escéptica de Scott, pensó en terminar la guerra de un plumazo; si lograba apisonar a aquella armada, podría llegarse hasta Richmond, tomarla y acabar con la secesión. En el Norte se hizo altamente popular el eslógan Forward to Richmond! Con ese típico optimismo que sabe crear la prensa en situaciones así, y que todas esas gentes que se dicen tan críticas por cualquier tema en Facebook abrazan con pasión, en el bando yankee se dio por perfectamente posible el objetivo de impedir la reunión de los parlamentarios confederados que estaba convocada en su capital para el día 20 de julio de aquel año. El Congreso norteño, además, estaba reunido en Washington, y sus miembros más radicales demandaban una acción inmediata. Lincoln cedió a los políticos contra el consejo de los militares y, finalmente, ordenó un ataque, que Scott, arrastrando los pies, encargó al general Irvin McDowell.

Ambos ejércitos tenían un nivel de efectivos parecido, con ventaja para el Norte. Bauregard se movió en dirección norte a la búsqueda de un terreno más propicio para el enfrentamiento, hasta establecerse al sur de Bull Run. Al día siguiente de llegar, ambos ejércitos se encontraron.

A primera hora de la tarde, todo el mundo asumía que se había producido una victoria del Norte. Sin embargo, el general Thomas Stonewall J. Jackson logró generar una línea de defensa confederada coherente, y lanzar una serie de contraataques (donde se escuchó, por primera vez, el rebel yell) que detuvieron el avance de la Unión. A la tarde llegaron refuerzos sureños al mando del general Joseph E. Johnston. McDowell, falto de refuerzos él mismo, tocó retirada, que se convirtió en una simple y desordenada huida hacia Washington.

La acción no sólo no había tomado Richmond, sino que había dejado franco el camino hacia Washington. Stonewall le dijo a Davis que con 10.000 hombres tomaría la capital unionista; sin embargo, el presidente permaneció fiel a su teoría del árbol Malato, y no ordenó avance alguno.

Ante el fracaso en tierra de Bull Run, la estrategia del Norte se centró en el mar. Reteniendo los Estados costeros que habían permanecido en la Unión, Lincoln había obtenido ya la separación del Sur respecto del norte del continente. Ahora se trataba de ejercitar el bloqueo en los puertos atlánticos y del Golfo, tarea que le fue presentada el 19 de abril por su secretario naval, Gideon Welles. Pero, aparte de eso, la estrategia de Scott demandaba, como ya hemos dicho, el control del Mississippi, a través del cual el Sur podría, caso contrario, seguir realizando su cotton diplomacy, esto es, el comercio sobre todo con Inglaterra.

En realidad, el término no es muy exacto, puesto que Inglaterra, esperando la guerra, había hecho acopio de algodón. Sin embargo, sí necesitaba las habituales provisiones de trigo que conseguía de los Estados Unidos. El Norte comenzó una política de “trigo por armas”, diseñada, con bastante éxito, para impedir las ventas sureñas.

Después de Bull Run, Lincoln sustituyó a McDowell por George B. McClellan y, en noviembre de 1861, cuando apenas tenía 34 años, lo elevó al comando militar supremo, en sustitución de Scott. Su primer acto fue comenzar los preparativos de un nuevo ejército que intentase un nuevo ataque sobre Richmond.

Este hecho, sin embargo, no debe esconder la esencia del carácter de McClellan, un general siempre renuente a poner en peligro las vidas de sus soldados. La actitud de McClellan le causaría enormes problemas con Lincoln y, sobre todo, con los miembros más radicales del Congreso, que lo consideraban exasperantemente lento. De hecho, el viejo eslógan Forward to Richmond! fue prontamente sustituido por All quiet on the Potomac.

Ya en 1862, el 27 de enero, Lincoln no pudo más y redactó una orden general en la que marcaba la fecha del 22 de febrero (su cumpleaños) para una movilización general, por tierra y mar, contra los confederados. McClellan le respondió, fríamente, que hasta abril, como mínimo, se olvidase de la movida.

Mientras tanto, los confederados estaban en Misssouri, donde esperaron hasta el 8 de marzo de 1862, cuando el general unionista Samuel R. Curtis los sacó del Estado y derrotó ya en Arkansas, concretamente en Pea Ridge. Para entonces, una fuerza por tierra y agua comandada por el general Grant y el comodoro Andrew H. Foote había echado de Kentucky a una fuerza confederada al mando del general Albert Sidney Johnston: el 6 de febrero habían ganado Fort Henry en el río Tennessee, y el 16 Fort Donelson, en el río Cumberland. Desde Donelson Grant presionó hacia el sur, tratando de juntarse con las fuerzas de Don Carlos Buell; con ello podrían liberar el Tennessee oriental, fiel a los confederados.

Grant llegó a Pittsburg Landing, ya casi en la frontera sur del Estado de Tennessee, donde decidió acampar y esperar por la llegada de Buell. Pero los confederados no estaban quietos. Albert Sidney Johnston, al que hemos visto retirarse ante la presión unionista, había atravesado Tennessee para hacerse llegar a Corinth, Mississippi. Con su fuerza de 40.000 hombres, volvió grupas, entró en Tennessee, y encontró a Grant con los pantalones bajados. El 6 de abril, en Shiloh, los confederados empujaron a Grant otra vez hacia el río Tennessee, donde finalmente habría de encontrarse con Buell. La llegada de refuerzos y la muerte de Johnston contribuyeron a rebajar la tensión sobre los unionistas. El 7 de abril, los unionistas consiguieron empujar a los confederados, ahora a las órdenes de Bauregard, hacia Corinth de nuevo.

La matanza de Shiloh, donde perecieron unionistas y confederados y que terminó en tablas, convenció a dos estrategas, cada uno de un lado, de sus ideas. Al general Grant lo convenció de que nada podría hacerse que no fuese la completa invasión y victoria de la Unión sobre los Confederados. Y, en el bando sureño, el general Robert E. Lee también se convenció de que dicha invasión sería, a la larga, imposible de frenar.

La predicción de Lee se cumplió pronto más al oeste. A finales de abril, una flota unionista al mando de David G. Farragut, en acción que ya hemos contado, logró pasar en medio de las fortificaciones sureñas al sur de Nueva Orleans, forzando la rendición de puerto. Mientras tanto, Foote bajaba dicho río hasta Menfis, donde destruyó una flota confederada. En todo el río ya sólo le quedaban a los secesionistas Vicksburg, en Mississippi, y Port Hundson, en Luisiana.

En Washingon, sin embargo, permanecían los problemas. Lincoln seguía demandando un ataque frontal sobre Richmond que McClellan prefería regatear. El general no quería un avance frontal, por la autopista, sino que quería llegar por la comarcal; concretamente, a través de la península creada por los ríos York y James. Este plan reclamaba una operación combinada en mar y tierra de gran complejidad que, además, debería de ejecutarse muy lejos de Washington; sin mencionar que Norfolk, en la boca del James, estaba controlado por los secesionistas. Allí tenían los confederados a un buque muy poderoso, el Virginia, amenazando toda la bahía de Chesapeake.

Cuando finalmente McClellan ordenó moverse, Lincoln le dejó, pero recortándole el mando efectivo, esto es, obligándole a ceder el de diversas tropas a otros generales. De hecho, la única tropa sobre la que McClellan retuvo el mando total fue el nuevo ejército del Potomac, e incluso hubo de cederlo en el caso de las tropas directamente encomendadas de la defensa de la ciudad de Washington.

El 4 de abril de 1862, unos 110.000 hombres desembarcaron con éxito en la península. Los estudiosos de la cosa han escrito que, en esas condiciones, los unionistas se habrían tomado apenas unas horas en saltar el primer obstáculo hacia Richmond, que era Yorktown. Sin embargo, el siempre cauteloso McClellan se tomó un mes para ello. Y aun perdió otro mes esperando unos refuerzos que no llegaban a causa, fundamentalmente, de la acción de Stonewall Jackson en el valle de Shenandoah, desde donde amenazó Washington. Su objeto, al parecer, esa sólo obligar a Lincoln mantener en la capital un fuerte contingente de tropas.

McClellan estaba cerca de Richmond, pero el 31 de mayo evitó apenas un desastre en Seven Pines. Joe Johnston resultó gravemente herido en aquella batalla, con lo que el general unionista tenía una nueva oportunidad de presionar. Sin embargo, se limitó a dejar 25.000 hombres en la cercanía de Richmond, a las órdenes del general Fitz-John Porter, y regresar con el resto a la Casa Blanca, donde esperó más refuerzos. Siempre cauteloso, McClellan imaginaba que los confederados tenían una potente fuerza ya acumulada para defender Richmond, y no quería otro Bull Run para sí. El 1 de junio, mientras esperaba, Robert E. Lee recibió el comando supremo de las fuerzas del Sur.

Nada más llegar a su nuevo cargo, Lee fue informado de la división de sus tropas realizada por McClellan. Así que diseñó una estrategia basada en enviar una pequeña fuerza veterana para acojonar a McClellan, mientras lanzaba un gran ejército para llevarse a Porter por delante. Sin embargo, Porter y McClellan estaban esperando este movimiento, y supieron contestarlo con una serie de movimientos rápidos; aunque, tras conseguir una relativa victoria, el conservador McClellan se retiró de nuevo. Pero en la batalla de los Siete Días (del 26 de junio al 1 de julio), los unionistas provocaron graves pérdidas a los confederados.

El 9 de julio, un Lincoln bastante cabreado visitó a McClellan en Harrison's Landing y declaró anulada la campaña peninsular. Asimismo, nombró a Harry Halleck como comandante de las fuerzas de la Unión, así como a John Pope como comandante del ejército del Potomac. A ambos, Lincoln les ordenó que, por sus santos huevos, atacasen Richmond. Sin embargo, el 29 y 30 de agosto, Lee derrotó a Pope y, para más inri, lo hizo, de nuevo, en Bull Run.

Salir derrotados por segunda vez en la misma cárcava jodió tanto a los unionistas que Lincoln se vió obligado, es de suponer que mientras se mordía un testículo, a retrotraerle el mando a McClellan. Lee, por su parte, se sintió lo suficientemente fuerte como para avanzar por la orilla del Potomac hasta el almacén federal de Harper's Ferry, para pertrechar a sus tropas. Una acción de este tipo, esperaba, tal vez podría decantar a Maryland a favor del Sur, lograr el reconocimiento del mismo por Francia e Inglaterra o, tal vez, incluso implicar a ambas naciones en la guerra a su favor.

El 15 de septiembre de 1862, Stonewall Jackson tomó Harper's Ferry con 25.000 hombres. También supieron, a base de interrogatorios, que McClellan había sido informado del movimiento con tiempo suficiente como para actuar contra las tropas de Lee. Pero McClellan, una vez más, esperó. Esperó dos días, y atacó el día 17 en Antietam Creek. Su superioridad numérica era manifiesta, pero permitió a Jackson acercarse a la zona, por lo que Lee pudo escapar de la ratonera. 

En efecto: el hecho de que McClellan nunca utilizase la totalidad de su fuerza en los ataques, pues siempre guardaba importantes tropas de reservas por lo que pudiera pasar, permitió a Lee realizar refrescos y turnos entre sus tropas, impidiendo el desmoronamiento de una línea que probablemente habría caído de otra forma. La batalla de Antietam, en todo caso, fue enormemente sangrienta, una auténtica matanza que puso la temperatura de la guerra civil en punto de ebullición.