lunes, febrero 22, 2016

Estados Unidos (21)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.



Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur.

Con Franklin Pierce los Estados Unidos comenzaron una tendencia, hoy no cerrada, hacia la elección de presidentes básicamente formados por su fachada (de la que usualmente ellos mismos tienen una altísima opinión) y que, en lo concreto, basan su gestión en decirle a todo el mundo lo que quiere escuchar. No era Pierce, es mi opinión, el mejor inquilino en la Casa Blanca para un momento en el que el enfrentamiento por la esclavitud estaba entrando en Defcon 2. En realidad Pierce, como otros muchos estadounidenses, creía que con las concertaciones ya alcanzadas se había conseguido encajar el problema para siempre.

No fue así, sin embargo, por la evidente disposición de ambas partes a incumplir las cláusulas que no les gustaban. Esto tiene que ver, sobre todo, con los antiesclavistas del Norte y la obligación que los compromisos de 1850 les imponían de devolver a los negros huidos. Varios Estados del Norte, de hecho, aprobaron rápidamente leyes de libertades personales que se oponían a estas devoluciones. En realidad, esto supuso un problema muy pequeño, porque el número de esclavos huidos era negligible. Sin embargo, dado que la hostilidad al compromiso era institucional, no hizo sino alimentar la idea en el Sur de que ellos no cabían en la Unión. Por otra parte, en el Norte el partido antiesclavista comenzó a ganar adeptos incluso entre aquellos que odiaban a los negros.

Como hemos insinuado ya, el verdadero boiling point de la polémica fue la publicación por Beecher Stowe de su novela Uncle Tom's cabin. Es curioso que incluso la autora se guardó de ser, en buena parte, políticamente correcta. Simon Legree, el malo de su novela, no es del Sur, sino yankee. Sin embargo, dio igual. En el primer año de su publicación, la novela vendió 300.000 copias, y comenzó además a representarse en teatros. La información que el texto puso en manos de los habitantes del Norte los colocó en contra de las prescripciones sobre devolución de huidos. En varias localidades, incluso la propia Policía, cuando interviniese para garantizar el derecho del propietario del esclavo huido para recuperarlo, tuvo que enfrentarse a masas de ciudadanos violentos.

El Sur, cada vez más convencido de que sus derechos constitucionales estaban siendo deshonrados, trató de buscar soluciones. Un grupo de presión sureño aunque con apoyos también en el Norte (entre ellos, el propio Pierce) trató de sacar adelante una propuesta para adquirir Cuba. Dado que en la isla la esclavitud era legal de tiempo atrás (y lo seguiría siendo hasta después de la guerra civil estadounidense), pensaban los sureños que allí podrían seguir explotando a los negros sin ser molestados. Ya en 1848 el presidente Polk había ofrecido a Madrid 100 millones de dólares por la isla, y tres años después se hizo otra oferta más. Aquel año de 1854 las cosas fueron incluso a peor dado que las autoridades de Madrid, basándose en un tecnicismo, inmovilizaron un mercante estadounidense en aguas cubanas.

William Marcy, secretario de Estado, puso a sus hombres en Europa a trabajar en el tema, y fue por eso que se reunieron en Ostende, Bélgica, los tres principales embajadores estadounidenses en el continente: Pierre Soulé, que lo era en Madrid; James Buchanan, en Londres; y John Mason, en París. La reunión tuvo lugar el 15 de octubre de 1854 y culminó con el consejo de hacer una oferta de 120 millones de dólares. Si fuese rechazada, los Estados Unidos atacarían la colonia.

El problema es que este documento confidencial, conocido como The Ostend Manifesto, circuló demasiado. Cuando los miembros del Congreso opositores del Presidente lo vieron, lo publicaron, y ahí se montó la mundial. Marcy, que en realidad le había pedido a los embajadores que escribiesen lo que él quería leer, tuvo que repudiar públicamente la propuesta; así pues, quedó claro que no había suficiente apoyo político, ni social, a la propuesta de usar Cuba (y España) para solucionar el problema de la esclavitud del Sur por la puerta de atrás.

En realidad, la causa de que la salida cubana fuese imposible hay que buscarla algunos meses antes de que se publicase el manifiesto de Ostende. Nos referimos a la cuestión de la Kansas-Nebraska Act.

La discusión de este texto, de hecho, había reabierto el problema de la esclavitud, afirmando la voluntad de los Estados del Norte de impedir que se extendiese más de lo que ya lo estaba; prevalecía, pues, la comentada concepción del problema como un hecho exótico que había que mantener en los estrictos límites de donde estaba.

El personaje central de este melodrama de poder es el senador por Illinois Stephen A. Douglas. Como es bien sabido, la mayoría de los políticos en general, pero sobre todo los estadounidenses, suelen centrar sus iniciativas en un campo concreto: el de Douglas no era la esclavitud, sino el ferrocarril. Era uno de los mayores apoyos de la teoría de la cesión de tierras públicas para financiar los proyectos de trazado de vía y, muy especialmente, su más ambicioso proyecto era el ferrocarril trascontinental. Para llevar a cabo este proyecto, era necesario colonizar lo que entonces se conocía como territorio de Nebraska; concepto éste que no os debe llevar a engaño, pues el actual Estado de Nebraska es sólo una pequeña parte del mismo. El territorio de Nebraska, de hecho, abarcaba desde la actual raya entre Kansas y el Estado que lleva este nombre y la frontera de Canadá; abarcando, pues, las dos Dakotas, y partes del territorio actual de Wyoming y Montana.

Cuando estas iniciativas se conocieron, al Sur se le erizó la médula espinal: si esos territorios eran organizados con patrones antiesclavistas, adiós a la frágil igualdad entre los dos partidos en el seno de la Unión. Los políticos sureños en Washington comenzaron a presionar, obligando a Douglas a hacer concesiones para obtener su apoyo al proyecto de colonización. Así, aceptó que el ferrocarril trascontinental transcurriese cerca de la frontera mexicana (money para el Sur), y también apoyó a otro grupo esclavista que defendía una trayectoria más central, pasando por San Luis, o sea Missouri. Con estos compromisos, el 23 de enero de 1854 Douglas presentó en el Congreso su ley para organizar el territorio de Nebraska.

La ley, tal y como fue aprobada el 30 de mayo, y es por esto que se llama Kansas-Nebraska Act, había incluido también la organización de Kansas, ambos divididos por el utilísimo paralelo 40. La ley se declaraba fuera del perímetro del Compromiso de Missouri, puesto que éste actuaba por debajo del paralelo 36º30'; y, por lo tanto, sometía a los territorios que se generasen a la autodeterminación en materia de esclavitud.

Todo indica que este proceso fue creado, alimentado y construido por Douglas sobre un soporte de buenismo zapateril. Sólo así se entiende que alguien que sabe, porque así lo dijo, que la ley Kansas-Nebraska iba a generar the hell of a storm, aun así la presentase. Es evidente que Douglas, como digo con un punto de vista simplificador que lo defecas, consideraba que los nuevos Estados votarían contra la esclavitud, y aquí se acabó todo. También hay que tener en cuenta que Douglas tenía aspiraciones presidenciales, que sólo serían posibles si se terminaba la línea trascontinental. Así pues, si por terminar la línea tenía que colocar al país al borde de la guerra civil, a él se la sudaba.

La ley Douglas no hizo otra cosa que partir el país en dos. En el Senado pasó sin mucho problema (37 a 14), pero en el Congreso la cosa cambió. No se trata sólo del tiempo de debate, sino, sobre todo, el resultado final de la aprobación: 113 votos contra 100. La totalidad de los whigs norteños votaron como un solo hombre contra la ley, apoyados por la mitad de los demócratas de esas circunscripciones. Fue, pues, un voto casi geográfico.

La ley, además, tuvo consecuencias de muy largo plazo para la política estadounidense. El hecho de que el Sur hubiese logrado una victoria en su aprobación hizo que determinados políticos y hombres de negocios comenzasen a unirse en torno a la idea de impedir la extensión de la esclavitud. Esta nueva organización terminaría por ser conocida como Partido Republicano.

El territorio más directamente afectado por la polémica era Kansas. Situado justo al lado de Missouri, el Sur no esperaba otra cosa que la aprobación de la esclavitud en su seno. Sin embargo, buena parte de los colonos de Kansas provenían de Estados libres. El conflicto comenzó desde Missouri, puesto que sus líderes pronto sospecharon que Kansas era el Estado que los antiesclavistas habían elegido para establecerlo como tampón para el crecimiento de la esclavitud. Así las cosas, decidieron jugar sucio en la creación de la primera legislatura. El día de las elecciones, 30 de marzo de 1855, no más de 2.000 residentes habían sido registrados, pero inexplicablemente se produjeron más de 6.000 votos, la mayoría “importados” desde la vecina Missouri. Pierce había nombrado gobernador de lo que podríamos denominar el Ente Preautonómico a Andrew Reeder, un demócrata de Pensilvania. Reeder trató de hacer las cosas bien, repeliendo la elección de 8 de los 31 representantes que habían sido elegidos, pero hasta Pierce lo dejó como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando. El nuevo parlamento de Kansas se apresuró a aprobar leyes brutalmente esclavistas, que incluso penaban con la muerte la ayuda a los huidos. Tan sólo por cuestionar la esclavitud, en Kansas te podían condenar a dos años de trabajos forzados.

Reeder, sin embargo, se convirtió en el héroe de los freesoilers locales, que lo enviaron al Congreso una vez que Pierce lo cesó. En 1855, se reunieron en Topeka y redactaron su propia Constitución estatal. En enero del año siguiente, eligieron su propia Asamblea y su propio gobernador.

Así pues, Kansas pasó a tener Papa en Roma y Papa en Aviñón, en una situación que sólo se podía resolver a hostia limpia. Un grupo de esclavistas, liderados por un marshal, se allegaron a la ciudad de Lawrence, a la búsqueda de unos freesoilers que habían sido condenados por traición por los tribunales esclavistas. Llegaron mamados y armados, quemaron el hotel de la ciudad y destrozaron otros edificios. Es el sack of Lawrence, que dejó dos muertos a su paso. Como suele pasar, la cosa no fue gratis. Un furibundo abolicionista, el osawatomio (u osawatomiense, digo yo) John Brown, se juntó con seis colegas, cabalgó hacia un pueblo decididamente esclavista, Pottawatomie Creek, y se llevó a cinco personas por delante. Esta retaliation inició una serie de acciones y reacciones que causarían 200 muertos.

El 19 de mayo de 1856 se produjo una de esas trágicas escenas que son del gusto del recuerdo histórico americano. En esa fecha ya se había producido el saco de Lawrence, pero no se conocía en Washington. El senador por Massachusetts Charles Sumner se levantó para hacer un discurso en pro de los freesoilers. Un discurso que duró... ¡dos días!, en el que apeló a los misurianos de “excrecencias del vómito de una civilización salvaje” y en el que se ocupó, sobre todo, de su colega el senador Andrew P. Butler, de Carolina del Sur, al que le dijo de todo menos bonito. Dos días después, cuando Sumner estaba sentado en su escaño (más bien pupitre) en el Senado, Preston Brooks, sobrino de Butler y él mismo congresista, entró en la sala armado con un palo y le arreó tal mano de leches en la cabeza que lo dejó inválido más de tres años.


Y todo esto ocurría cuando se preparaba la campaña presidencial de 1856.