miércoles, febrero 17, 2016

Six années qui ont changé le monde



Qué: Six années qui ont changé le monde (1985-1991). La chute de l'empire soviétique.
Quién: Hélène Carrère d'Encausse.
Dónde: Fayard, París.
Cuánto: 16 pavos en versión digital.
Nota (sobre 10): 9.

Hace ahora algunos meses escribí en este mismo blog una crítica, no muy partidaria la verdad, sobre un libro de Emmanuel Carrère titulado Limónov. En el curso de ese texto tuve ya la ocasión de recordarle al lector que Carrère es hijo de una de las más reputadas sovietólogas de Europa, miembro de la Academia Francesa, velay que por propio mérito: la historiadora Hélène Carrère d'Encausse, nacida Helena Zourabichvili, de ascendencia georgiana. Hoy me ocupo del último libro de esta mujer, dedicado a la desintegración de la URSS.

Si Limónov no me gustó, este último libro de Hélène Carrère me ha provocado la emoción opuesta. La primera cosa que me ha gustado del libro es que no responde al título que tiene, que no sé si será impuesto por la autora o por la editorial. Lo cierto es que Six années no va de lo que pasó en el mundo entre 1985 y 1991; va de lo que pasó en el bloque soviético. Sinceramente pienso que haberse enfangado en reflexiones sobre los grandes equilibrios geoestratégicos del momento habría lastrado la obra, de por sí lastrada por los muchos datos que maneja su autora. Es muy de agradecer, pues, que la escritora haya tenido claro que lo que tenía que contar desde el primer momento es cómo, por qué razones y con el empuje de qué fuerzas, la URSS dejó de existir; y que comprendiese que, por mucho que hablemos de uno de los dos grandes protagonistas del orbe mundial durante el siglo XX, la mayor parte de ese proceso se explica en claves internas.

Es cierto que la URSS perdió la Guerra Fría; en puridad, ya la había perdido antes del inicio del periodo temporal contemplado en este libro. Y es, desde luego, cierto que esta derrota está en el origen de la desintegración de la URSS. Sin embargo, a partir de aquí, el proceso tiene mucho que ver con elementos internos de los que los lectores occidentales, por lo general, no estamos del todo bien informados.

Si preguntásemos a diversas personas, medianamente informadas cuando menos, sobre cuáles son las razones de la desintegración de la URSS, muchos probablemente citarían la inviabilidad económica creada por la carrera de armamentos. Y dirán verdad, pero eso difícilmente explica las fuerzas centrífugas con las que tuvo que lidiar el camarada primer secretario general Milhail Gorvachov, y que lo derrotaron. Para comprender estas dinámicas es necesario entender en toda su extensión una realidad que la URSS, mientras pudo, hizo como que no existía: la realidad de las nacionalidades. Y es aquí donde, para mí, reside el principal valor añadido de esta obra.

Personalmente considero que Vladimir Lenin era bastante consciente de que el dédalo de sentimientos nacionales, culturas, sociedades y lenguas que se protegían bajo el paraguas del Imperio zarista encajaba muy mal en su revolución, y por eso se decidió por una formulación que era tan comprensiva con esas identidades en la teoría como represiva en la práctica. Formalmente, no creo que haya habido jamás un Estado que haya reconocido con mayor decisión los derechos de los pueblos; la de la URSS es de hecho, casi la única Constitución que sanciona eso que ahora llamamos en España el «derecho a decidir». Lenin creó una Unión de la que cualquiera podía irse y cuya argamasa teórica era la convicción de los valores superiores de la revolución mundial; pero de la que que, en la práctica, no se iba ni Dios y se sostenía sobre la sistemática emasculación de la patria y de la cultura. La URSS creada por Lenin, en eso, se parece mucho a ciertas zonas de los Estados Unidos, donde uno apenas logra encontrar gentes nacidas en el mismo Estado que habitan. Sólo así son posibles fenómenos como el de Leónidas Breznev, cuya vida ya hemos contado aquí, nacido ruso pero, durante buena parte de su vida, convertido en hombre, ciudadano y político ucraniano (luego moldavo, luego kazajo). La política de mezcla de nacionalidades de Lenin fue quintaesenciada por Stalin, que desterró de sus tierras madre a pueblos enteros; y por Kruschev y Breznev después, con proyectos como la colonización de Kazajstán. Por lo demás, la Unión, teóricamente tan respetuosa con las culturas que albergaba, hizo cosas como imponer el alfabeto cirílico a quien no lo usaba, como bien saben los moldavos. 

En buena teoría revolucionaria, suficientes años de cambios acabarían generando el cambio en sí. O, lo que es lo mismo: Lenin y Stalin creían que el comunismo es más fuerte en el alma de las gentes que el nacionalismo. 

Pero se equivocaron; y el fruto de esa equivocación es la materia fundamental del libro de Hélène Carrère.

La palabra desintegración es, desde luego, la que mejor describe el proceso experimentado por la URSS desde poco antes de la caída del Muro hasta su propia desaparición. Es un proceso complejo en el que aparecen varios elementos. El fundamental de ellos, en mi opinión, es la pervivencia de las ideas nacionales en el seno de la URSS, que provocó un fenómeno por el cual, en el momento en que las sociedades y sus representantes (los políticos, aun los del Partido Comunista) tuvieron la libertad de hablar y la necesidad de responder a un compromiso frente a su gente, comenzasen a hablar en clave nacional. Resulta paradójico, Carrère lo apunta un par de veces en el libro, que Milhail Gorvachov pase a la Historia, en el imaginario de muchos, como el destructor del marxismo en la URSS, cuando probablemente es el último marxista vivo al este del Danubio. El último tipo que creyó que esa argamasa en la que creía Lenin todavía existía (en realidad, no había existido nunca).

La URSS implosionó porque, tal y como estaban las cosas a finales de los ochenta, tenía que hacerlo. Aunque era militarmente capaz de mantener la cohesión del bloque arrancado por Stalin en Yalta, económica y socialmente ésta era una opción imposible de mantener, máxime después de que lo que comenzó siendo una pequeña operación de apoyo a un gobierno títere acabase convirtiéndose en una catástrofe desmoralizadora de proporciones vietnámicas como la de Afganistán. En Budapest y en Praga las cosas se habían hecho a costa de un par de uñas partidas y alguna que otra hemorragia curada con Betadine. Pero Afganistán le enseñó a los soviéticos que seguir siendo el primo de Zumosol les iba a costar poner muertos encima de la mesa. En esas circunstancias, enanos silentes del problema soviético como los ingusetios, los azeríes o los chechenos comenzaron a oler la sangre; y no digamos ya los georgianos o los ucranianos, que de enanos ni tenían ni tienen nada. A ello hay que unir, y éste es un punto de análisis que en mi opinión resuelve este libro brillantemente, que nos se puede olvidar al gran nacionalismo silente de los tiempos soviéticos, que no es otro que el ruso. Stalin convirtió el proyecto soviético en un proyecto panruso. Con la fe del converso, pues no sólo era georgiano sino que en su juventud había declamado con pasión a los poetas nacionalistas de tu tierra, el camarada primer secretario general identificó cada vez más el proyecto internacional del comunismo con la identidad rusa. Tanto y con tanta pasión lo hizo que para cuando lo sustituyó un ucraniano, ya dio igual. Años de cambio, y de masacres, habían generado el cambio. Entre otras cosas, porque los que podrían haberse negado a dicho cambio estaban enterrados en las cunetas.

La llegada del café (nacionalista) para todos podría haber parecido que iba a capitisminuir a Rusia, pero no fue así. Aquí hay que anotar dos factores importantes. El primero, que no creo que se pueda soslayar, es el tecnicismo, aparentemente idiota, de que en la URSS no existía un Partido Comunista Ruso. Todas las demás nacionalidades tenían su propio Partido Comunista; estaba, sí, sometido a Moscú, pero en la vorágine posterior al Muro incluso esa subordinación abrió ventanas a la identidad propia. Rusia, sin embargo, no lo tenía: el suyo era el Partido Comunista de la Unión Soviética. Esto obligó a los portaestandartes de la identidad rusa a actuar desde dentro del propio PCUS; algo que, literalmente, dejó a Gorvachov sin sede, pues su sede era la misma que la de los tipos que se lo querían llevar por delante.

El segundo factor que reputo importante es la personalidad de Boris Yeltsin, esto es, el erigido portavoz de ese proyecto ruso basado en la transición a la democracia. En el libro de Carrère las pruebas son muchas de que Yeltsin jugó sus cartas con mucha más habilidad que Gorvachov. No me refiero sólo al histórico gesto del golpe de Estado, subiéndose al tanque y todo eso; en realidad, cuando menos en mi idea cuando se produjo el golpe de Estado Gorvachov ya estaba vencido. Me refiero a muchas otras cosas que ocurrieron antes, y después, que demuestran en Yelstin un manejo de los tiempos muy superior al de Gorbachov; y sabido es que cuando menos yo considero que el 90% de la calidad de un buen político es el manejo de los tiempos. 

El libro deja, o cuando menos me deja a mí, la sensación de que difícilmente las cosas podrían haber transcurrido por un camino diferente. Asimismo, tiene una gran virtud, que es ayudarnos, a los lectores occidentales, a entender un fenómeno llamado Vladimir Putin. No digo apoyarlo, ni justificarlo, ni admirarlo. Putin aparece al final del libro porque, verdaderamente, en el ámbito temporal escogido su papel es más bien pequeño. Pero, de alguna manera, esta figura seudozarista viene a ser la lógica conclusión de un enfrentamiento cainita sobre dos formas de concebir la evolución del proyecto soviético; como el resultado lógico de un proceso dialéctico en el que Gorvachov es la tesis y Yelstin, la antítesis. 

Así pues, lo que son las cosas: el materialismo dialéctico acabó por imponerse en la URSS. Eso sí: en los minutos de descuento.