miércoles, febrero 24, 2016

El acorazado Potemkin (10)

Recuerda que ya te hemos contado cómo se montó la movida y cómo los marineros tomaron el control del acorazado. 


Después, hemos contado lo caliente que estaba Odessa antes de la llegada del Potemkin, y el movidón que se montó cuando ya habían llegado, y que inmortalizó Einsenstein. Después comenzó el toma y daca entre los marineros y los revolucionarios, y algún que otro susto. Finalmente, los marineros del Potemkin logran enterrar al marinero Vakulinchuk, aunque con incidentes. Y, finalmente, hemos pasado al bombardeo de Odessa por el acorazado y, posteriormente, sus consecuencias y los movimientos de la Flota del Mar Negro. Sin embargo, cuando dicha Flota llegó para acojonar a los amotinados, sus mandos se llevaron una sorpresa.

Los revolucionarios del Potemkin podían ser tontos, pero no gilipollas. Lo que había pasado en la mayoría de las cubiertas de los acorazados de la Flota les garantizaba la simpatía de sus camaradas marineros, pero tampoco podían estar seguros de nada más. Muy especialmente, no podían confiar en que, si decidían atacarlos, sus camaradas se dejasen atacar. Por lo tanto, la victoria que suponía haberse enfrentado a la Flota sin ser bombardeado había que administrarla con cuidado.

Así las cosas, el acorazado dio la vuelta, movimiento ante el que Krieger ordenó que los torpederos se colocasen a sus babor y estribor, formando así una especie de escolta o pelotón de detención; y a los acorazados les ordenó recuperar la formación para colocarse de nuevo frente al Potemkin. Una vez más, éste pasó entre las dos columnas de embarcaciones, sólo que ahora el paso fue mucho más relajado para los rebeldes.

A pesar de que todos en el acorazado esperaban que si se producía algún gesto hostil fuese desde el Rotislav, finalmente hubo de venir desde el Jorge el Victorioso. Cuando el Potemkin pasaba a su lado, viró a toda velocidad como queriendo embestirlo de costado. Sin embargo, para sorpresa de los amotinados, el mensaje morse que recibieron con luces anunciaba que la tripulación del barco deseaba unírseles, por lo que les invitaba a subir al barco. El Jorge el Victorioso adoptó una ruta paralela a la del Potemkin.

Matushenko dudaba. Con los prismáticos y a simple vista podía comprobarse que los oficiales del Jorge el Victorioso seguían en el puente, por lo que tampoco podía descartarse que la jugada fuese una celada. Feldmann, que fue consultado por el marinero, opinó que habría que enviar una delegación al barco. Para sorpresa de todo el mundo, probablemente incluso de sí mismo, se escuchó la voz del pusilánime Alexeyev. El teórico comandante de la nave consideraba que podría tratarse de una trampa, y que lo mejor era quedarse en el barco, dejando bien claro que se conservaba a los antiguos oficiales como rehenes.

Siguió una discusión. Kirill y Feldmann eran partidarios de actuar, otros de alejarse a toda leche de aquel barco. En medio, Matushenko, a quien las palabras de Alexeyev habían hecho mella. Las discusiones continuaron mientras ambas embarcaciones se dirigían a Odessa, y el resto de la Flota regresaba a Sebastopol.

Llegó un nuevo mensaje del Jorge. Decía: “si lo deseáis, enviad ayuda”. Cuando llegó el mensaje, Matushenko hizo un aparte con Dymitchenko y Alexeyev; todo un síntoma: recababa la opinión de los más prudentes. Decidió, finalmente, responder con un mensaje en el que llamase al arresto de los oficiales del barco y al envío de una delegación al Potemkin. La respuesta del Victorioso fue: “La cosa no va bien. Hay opiniones muy enfrentadas. Nosotros no podemos imponernos solos. Enviad ayuda inmediatamente”.

Este mensaje era todo lo que necesitaba el fogoso y ultra-solidario Feldmann para soliviantar a la tripulación: era una llamada de ayuda desesperada que unos camaradas que de tal se reputasen no podían obviar. Con gran renuencia, los demás aceptaron y, finalmente, bajaron al agua una chalupa a vapor con un grupo de marineros, entre los cuales estaban Matushenko y Kirill.

Desde el puente del acorazado, Feldman, Dymitchenko, Alexeyev y otros marineros esperaron con angustia desde que vieron a los marineros de la chalupa subir por una escalera de cuerda y desaparecer en la cubierta del otro acorazado, a media milla de distancia. Pasó un cuarto de hora. Feldmann, que supongo vais adivinando era un tipo que no podía contar la paciencia entre sus principales virtudes, decidió que tenía que comprobar la situación por sí mismo, así pues reclutó a toda prisa un grupo de hombres que siguiese a los primeros.

A medio camino de su periplo, una chalupa lo interceptó, llevando un mensaje de Matushenko. El mensaje decía: “No se deciden a unírsenos. Ven inmediatamente con un grupo armado”.

El grupo subió la escalera de cuerda con los fusiles bien a mano. Feldmann (quien, por cierto, subió el último; el burro delante...) inquirió a un marinero, nada más llegar a la cubierta, dónde estaban sus oficiales. Le respondió que en el camarote del almirante, y allí se dirigió. Camino del camarote, los marineros llevando sus pistolas amartilladas, se encontraron con Kirill, al cual por lo visto estuvieron a punto de pegar un tiro, quien les informó de que los oficiales estaban ya arrestados.

¿Qué había pasado? Cuando Matushenko había llegado a la cubierta del barco, éste se encontraba en medio de una grave confusión. Por todo el barco había grupos fieles al zar y a la revolución, y nadie parecía ser capaz de decir quién era quién. Averiguó, eso sí, que Krieger había ordenado al barco que se reuniese con el resto de la Flota, pero le habían contestado que tomaban rumbo a Odessa para hacer algunas reparaciones.

Cuando llegó Matushenko al barco, el capitán de navío Goosevitch todavía daba las órdenes desde el puente, aunque no había podido impedir que el barco abandonase la formación y se uniese al Potemkin. Para sorpresa de los revolucionarios, lo que se había producido en el barco era una especie de motín blando: el mando seguía siendo el mando, los marineros hacían lo que se consideraban que debían hacer (de ahí, unirse al Potemkin), y ambas partes se soportaban. Muchos oficiales habían sido detenidos, pero sin adarme de brutalidad. La única víctima del único disparo realizado había sido el teniente de navío Grigorkov, que se había suicidado.

Goosevitch y sus oficiales fueron descendidos a una chalupa, donde fueron trasladados al Potemkin y unidos a la detención.

Obviamente, aquel mediodía marcó el momento en el que el Potemkin estuvo más convencido de sus posibilidades de victoria. Los dirigentes revolucionarios esperaban tomar Odessa, establecer allí un gobierno revolucionario gracias a la unión de los soldados. Una vez formado el Ejército del Pueblo, marcharían sobre Kiev, Jarkov y otras ciudades, hasta llegar a Moscú y San Petesburgo.

El motín del Potemkin, además, alcanzaba su cuarto día de duración, lo cual quiere decir que comenzaba a ser noticia fuera de Rusia. De hecho, la navegación había sido prohibida en el Mar Negro, y todas o casi todas las embajadas extranjeras en San Petesburgo comenzaban a enviar informes a sus metrópolis informándoles de la situación y de las eventuales amenazas para sus intereses en el país. La cosa llegó al punto que en Odessa se acabó por destinar dos soldados en cada consulado y embajada para realizar una vigilancia especial de los edificios. Asimismo, Korkhanov autorizó a cinco embarcaciones inglesas que estaban en el puerto para que se moviesen a lugares más seguros. El optimismo del general apareció cuando supo que las unidades de la Flota se habían hecho presentes y, de hecho, cuando vio llegar a la rada al propio Potemkin y el Jorge el Victorioso creyó que el segundo traía detenido al primero. De hecho, avisó a todos los cónsules de la villa y también a todos los periodistas. Ésta es la razón de que la noticia de la detención de los amotinados apareciese, de hecho, publicada en toda la prensa mundial, a pesar de ser incierta.

Cuando las noticias ciertas se hubieron conocido, los militares de Odessa y, sobre todo, las autoridades civiles presentes, entraron en pánico. La policía fue prevenida de posibles conflictos en los barrios obreros, y se dio orden inmediata de instalar una batería de morteros de 280 en la colina de Jevaka. Asimismo, el general Korkhanov cablegrafió a sus superiores solicitando el envío inmediato de artillería pesada de largo alcance.

Entre tanto el almirante Chukin, jefe de la Flota, había regresado de San Petesburgo y era informado por Krieger de la situación: dos acorazados amotinados y un tercero, el Catalina II, del que verdaderamente no se podía confiar ni para ir a comprar un billete de lotería. Krieger y Vishnevetsky lo convencieron de que había en la Flota por lo menos dos barcos más cuyas tripulaciones no esperaban sino la disculpa ideal para montar la mundial; a lo que había que unir la situación en otros de los barcos, sobre todo los más potentes, donde quizá la proclividad hacia el motín era menor pero, sin embargo, había un estado de opinión bien definido en contra de cualquier agresión a los amotinados.

Ante la situación, Chukin toma una decisión realmente poco común (aunque la reacción del gobierno de la República ante el golpe del 18 de julio del 36 se le parece mucho): decretar el permiso sine die de los cerca de 5.000 componentes de las tripulaciones de la Flota. Asimismo, relevó tanto a Krieger como Vishnevetsky de sus mandos.

En otras palabras: la Marina rusa, ante la incapacidad manifiesta de controlar los movimientos revolucionarios en sus barcos, había decidido no tener barcos.

A partir de ahí, comenzó un proceso, todo lo rápido que se pudo, de improvisación de nueva marinería, sobre todo a partir de los miembros de la Guardia Imperial con sede en San Petesburgo. Pero eran marineritos de agua dulce y, además, había que transportarlos a Sebastopol, que no era moco de pavo. Así pues, Chukin no tenía grandes alternativas salvo la que más le jodía, que era reconocer que debería ser el Ejército de Tierra el que solventase aquel marrón. Y en esas estaba cuando un grupo de oficiales le pidió audiencia.

Esos oficiales, según las crónicas, eran aproximadamente unos cuarenta, y habían sido todos formados en la Escuela de Artillería Naval. Cualquier persona que sepa algo de ejércitos y cosas militares (yo no soy ningún experto, y aun así lo sé) sabe que los artilleros, casi en cualquier ejército que se pueda pensar, suelen ser un cuerpo con características morales especiales. Algunos teóricos dicen que esto viene ya de tiempos bien antiguos, cuando los ejércitos que llevaba un rey a la batalla eran básicamente una joint venture de fuerzas de sus señores feudales, pero con la excepción de la artillería, que comúnmente era de dependencia real. Otro factor importante es que para ser artillero hay que saber de fuerzas, ángulos, derivadas e integrales; no basta con ser un cachobestia. Be it as it may, lo cierto es que aquellos artilleros sentían con especial intensidad la misión de defender a su zar, así como la obligación de vengar la muerte de los compañeros cuya suerte ya se conocía. Y, por ello, se habían juramentado para tomar control del barco o hundirlo, lo primero que pasase. Acción que pensaban realizar con un destructor.

Este grupo de chavalotes echados p'alante estaba liderado por un teniente de navío cuyo patronímico era Yanovitch, y se habían bautizado a sí mismos como la Escuadra Suicida.


Ni qué decir que a Chukin el plan le pareció de pila máster. Además de abrazarlos y todas esas cosas que hacen los valientes con los que verdaderamente lo son, les entregó uno de los barcos más modernos de la flota rusa, el Stremilteny. Este barco abandonó Sebastopol en la noche, en el mayor secreto. Lo hizo tan deprisa que se olvidó de llevarse sus códigos y sus señales de reconocimiento, cosa que pagaría caro.