viernes, diciembre 18, 2015

Estados Unidos (14)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente.





Un elemento de la política gubernamental en el que Jackson puso toda la carne en el asador, elemento por el que viene a ser un presidente muy querido por los americanos, es su presencia exterior. Siguiendo su convicción de que el suyo era el gobierno del pueblo y de que las obligaciones de los funcionarios públicos eran plain and simple, inauguró una tendencia, también seguida muchas veces en la tradición americana y no americana, de nombrar embajadores que no eran profesionales de la cosa; lo cual, por cierto, escandalizó a muchos en la vieja Europa.

Su política exterior, sobre ser firme, no fue desabrida. De hecho, aplicó la cercanía y las buenas maneras con Londres para conseguir, como hizo finalmente, abrir para los Estados Unidos el comercio de las Indias Occidentales, a cambio de abrir asimismo los puertos americanos a los barcos ingleses que estuviesen realizando comercio desde esos territorios. La estrategia contraria, esto es la amenaza y la dureza, fue aplicada contra los franceses para conseguir que abonasen las reparaciones de las guerras napoleónicas correspondientes a la pérdida de barcos americanos. En realidad, los franceses se pusieron de canto, y Jackson se fue al Congreso a proponer el embargo de sus bienes en los Estados Unidos. La petición fue hecha en un lenguaje tan brutal que los franceses solicitaron una disculpa pública, que Jackson les negó. Finalmente medió Londres, y los franceses pagaron.

El conflicto que ya hemos visto en torno a la nullification acabó por completo con las posibilidades de Calhoun de suceder a Jackson; lo cual emplazó a Martin van Buren en la pole position. En 1832, los demócratas nacionales celebraron su primera convención, en la que renovaron la candidatura de Jackson para la presidencia y a Little Van para la vicepresidencia. Calhoun, sin embargo, no había aparcado sus ambiciones de llegar a la Casa Blanca, así que unió fuerzas con John Clay en el denominado National Republican Party, designando a Clay para que compitiese por la presidencia. Además de los Whigs, cada vez más fuertes, fue en estas elecciones cuando eclosionó el partido antimasónico antes mencionado; el cual, una vez fracasadas las negociaciones con Clay para que fuese su candidato, nominó a William Wirt. En realidad el partido antimasónico era un partido que lo que quería era echar a Jackson de Washington; lo que pasa es que, para conseguirlo, utilizaba sus conexiones masónicas.

Los antimasónicos apenas fueron un problema para Jackson. No así los republicanos nacionales, quienes le buscaron un buen escándalo con el que salpimentar aquella campaña.

El centro de la movida fue el Second Bank of the United States. En 1832, el banco llevaba cosa de una década siendo gestionado por el filadelfo Nicholas Biddle. En 1819, ya lo hemos insinuado, el Second Bank comenzó a realizar políticas deflacionarias que Biddle intensificó en los años subsiguientes. Redujo la emisión de papel moneda a lo estrictamente indispensable y, además, puso en marcha una política igual de restrictiva a la hora de aceptar a valor facial el presentado por bancos que hubiesen emitido por encima de sus reservas reales. Evidentemente, esta política restringía la disponibilidad de crédito, algo que nunca gusta a las personas humanas. El cabreo era especialmente encomiástico en el Oeste, zona que estaba en pleno desarrollo y, por lo tanto, tenía mucha más necesidad de apalancarse. Este colectivo incluía a los entonces conocidos como wildcat bankers, esto es, pequeños bancos locales que hacían dinero prestando a los colonos. Pero no sólo la política deflacionista tenía enemigos en el Oeste. En Nueva York estaban los conocidos como Locofocos. Este nombre tan peripatético les fue adjudicado porque usaron para iluminarse unas cerillas que tenían esta marca, Locofoco, cuando, en una reunión de los demócratas, tomaron el control de la asamblea y los dirigentes del partido les cortaron la luz. Eran casi todos profesionales y pequeños empresarios. De convicciones fuertemente liberales, que justifican que los prohombres demócratas los considerasen radicales, estaban en contra de cualquier monopolio que limitase el crecimiento del hombre común; eso que llamamos el sueño americano.

Si Jackson había apoyado en 1819 las medidas deflacionarias, al final de la tercera década del siglo, muy presionado por sus conocidos y hasta parientes occidentales, ya no lo tenía tan claro. La disculpa le vino puesta cuando se enteró de que Biddle solía ganarse el apoyo de congresistas y periodistas a base de darles créditos a interés cero. Ahí fue donde dijo basta.

Eñ 6 de diciembre de 1830, en su segundo mensaje anual al Congreso, Jackson lanzó el globo sonda de convertir el Second Bank en un departamento del Departamento (valga la redundancia) del Tesoro, sin poder para conceder créditos y adquirir propiedades. Biddle entendió el mensaje y se puso nervioso. Eso le llevó a frecuentar los coloquios con los que para entonces eran enemigos de Jackson, como Webster o el propio Clay, quienes, llegada la campaña de 1832, le recomendaron que fuese a por él. Contaban con que el banco tenía un apoyo popular del que, en buena parte, carecía. Convencieron a Biddle de que se dirigiese al Congreso para pedir una segunda concesión, a pesar de que la primera no vencía hasta 1836. Estaban convencidos de que las dos cámaras concederían lo pedido, y que el apoyo popular era tan grande que si Jackson vetaba la resolución, le costaría las elecciones. El Congreso, en efecto, aprobó la ley. Y Jackson la vetó.

En el mensaje de justificación de su veto, Jackson argumentaba que el banco no sólo era un monopolio, sino un monopolio susceptible de caer en manos de accionistas privados. Terminaba su escrito con un párrafo muy interesante desde el punto de vista electoral: Las diferencias sociales existirán siempre bajo cualquier gobierno justo. La igualdad de talentos, de educación o de riqueza no puede derivarse de las instituciones humanas. Pero cuando las leyes son las que añaden a estas ventajas naturales y justas distinciones artificiales, para así hacer a los ricos más ricos, a los poderosos más poderosos, los miembros humildes de la sociedad tienen derecho a quejarse de la injusticia de ese gobierno.

Los oponentes de Jackson entendieron tan mal la fuerza de estas palabras frente a la opinión pública que contribuyeron a su conocimiento. Biddle, de hecho, las imprimió en un folleto que pretendía, lógicamente, apoyar sus tesis. Al terminar la votación, Jackson había obtenido 687.000 votos y Clay, 530.000. En votos electorales, el presidente había ganado por 219 a 49.

La guerra del Second Bank fue larga y no está nada claro que tuviese un ganador, y sí muchos perdedores. La primera acción de Jackson fue ordenar la retirada de los depósitos del gobierno de las oficinas del banco, argumentando que la gestión de Biddle no los garantizaba en su integridad. De seguido, como no podía guardar los fondos en el cajón de su mesa, decretó que tanto dichos depósitos como los nuevos ingresos del gobierno serían ingresados en una serie de instituciones estatales que pronto fueron bautizadas como Jackson's pet banks, o los bancos mascota del presidente. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el poder de mover los depósitos era otorgado, lógicamente, al secretario del Tesoro, que era un tipo bastante cercano a Biddle. Jackson, sin embargo, lo despidió, y comenzó a buscar un sustituto que hiciese lo que él quería hasta que encontró a Roger B. Taney, de Maryland; un político de largo recorrido que acabaría sustituyendo al poderosísimo Marshall en el Supremo.

El contraataque de Biddle se podrá decir que está totalmente justificado desde el punto de vista de la gestión, pero fue enormemente egoísta. Quiero decir lo primero porque la retirada del dinero gubernamental del Second Bank venía a significar que, si además la ley con la nueva concesión había sido vetada, estaba bastante claro que el banco avanzaba hacia su extinción. En esas circunstancias, cualquier banquero que sepa que su institución está abocada a una disolución programada no tiene más salida que cerrar su nuevo negocio (esto es, el grifo del crédito) y acelerar el cobro del ya realizado (esto es, recobrar los préstamos). Como digo, es cierto que cualquier gestor que no haga esto en una institución que sabe abocada a la desaparición no estaría haciendo lo que debe hacer, esto es trabajar por el bienestar de sus accionistas; pero también es cierto que Biddle tenía que saber que hacer eso, y hacerlo además con el celo con el que se empleó, iba a crear un problema del cuarenta y dos en la economía estadounidense.

Biddle buscaba, sin duda, crear un pánico entre los empresarios e inversores que le estallase a Jackson en la entrepierna. Y en parte lo consiguió. Pero no calculó bien sus movimientos. A todos los empresarios que fueron a Washington a quejarse a Jackson, éste se limitaba a enviarlos al despacho de Biddle. Al final, le presión fue tan fuerte que éste tuvo que rendirse.

En economía lo fundamental es el equilibrio. Los extremos siempre se pagan. Por eso mismo, cuando cayó Biddle, lo que vino no fue precisamente el paraíso. De un proceso deflacionario de restricción del crédito se pasó a una burbuja de financiación, de ésas que en esta generación sabemos muy bien cómo terminan. Los bancos estatales, apoyándose en el dinero que el gobierno les había colocado en los balances, se aplicaron a una política de préstamos especulativos, una subprime decimonónica, de la hueva; y en este caso, como en el que acabamos de vivir nosotros, la Casa Blanca no podía decir que fuese ajena al proceso. Jackson en su momento, como Clinton en el nuestro, hicieron de pirómanos del incendio.

En el Sur y en el Oeste surgieron los especuladores. Compraban tierra al precio público (un dólar con 25 centavos), luego acudían a los bancos, pedían préstamos con las tierras compradas como colateral, y con el dinero que obtenían, en lugar de invertir en esas tierras para incrementar su valor como sería lo lógico, volvían a comprar más tierras; con esas tierras volvían al banco, y bla. El gobierno, encantado, porque cobraba sus 1,25 dólares de vellón; los bancos, encantados, porque equilibraban en su activo el exceso de pasivo generado por los depósitos gubernamentales; y el especulador, encantado porque se fumaba unos puros de puta madre. Todo se basaba en que el precio de la tierra subiese (como por milagro) y con la revalorización pagase los créditos y el beneficio de los especuladores. ¿Os suena?

Hace algunos años, cuando yo era más joven, en el mundo económico no se hablaba de otra cosa que de un economista llamado Franco Modigliani, que había inventado el leveraged buyout, esto es la adquisición con apalancamiento financiero: pedir un crédito para comprar un activo avalando el crédito con ese mismo activo. Yo, que para entonces había leído un par de cosas sobre la Second Bank War, no hacía más que preguntarme: ¿qué coño se creerá que ha inventado este tío?

El gobierno colaboró con la burbuja, en primer lugar, poniendo millones de acres de tierra en el mercado. Y, en segundo lugar, cebando la máquina con financiación gracias a la ley aprobada por el Congreso con el impulso de Henry Clay, según la cual todo el superávit obtenido de los aranceles y las ventas de tierras que superase los 5 millones de dólares a 1 de enero de 1837 debería ser transferido a los Estados de acuerdo con su población. Como resultado de esta ley, los bancos estatales se vieron regados de pasta para seguir especulando.


A la burbuja jacksoniana, sin embargo, le pasó lo mismo que le pasa a todas: que se pinchó.