lunes, diciembre 21, 2015

El acorazado Potemkin (3)

Recuerda que ya te hemos contado cómo se montó la movida y cómo los marineros tomaron el control del acorazado.

El general Kokhanov, la verdad, no quería líos. Su primera acción fue dirigirse a los empresarios de Odessa para intimarles a tener una reunión en la que discutir las posibles medidas que podrían tomar en materia de salarios, jornada y condiciones de trabajo. Sin embargo, antes de que dicha iniciativa pudiese dar sus frutos, la situación tendió a deteriorarse con rapidez. El lunes 26, unos 500 obreros organizan una asamblea en las instalaciones de la empresa Gena y en los astilleros Hoehn de Peresyp, para acordar realizar una marcha sobre la ciudad. Kokhanov, que ha sido informado de la iniciativa, aglutina a un grupo de policías y a una sotnia de cosacos (más menos, media compañía; unos cien hombres).

Apenas ha comenzado la asamblea que un capitán de policía se presenta montado en su caballo y ordena a los asamblearios que se disuelvan al tercer toque de corneta. En realidad los obreros, a la vista de la impresionante fuerza policial que los rodea, toman la decisión efectiva de disolverse. Pero cuando están empezando a hacerlo, al segundo toque de clarín, de una de las barracas de la zona surge un disparo que da con uno de los oficiales cosacos en el suelo, herido.

Ni siquiera la épica historia revolucionaria que durante setenta años guardó los hechos del Potemkin como en un camafeo perlado consiguió anotar el nombre del revolucionario, unos dirán que valiente, otros que no tanto, que realizó este disparo. Un disparo en el que la épica revolucionaria quiere ver un paralelismo con el del marino Vakulinchuk, pero que tuvo unas consecuencias bien distintas, pues por su causa, en apenas unas jornadas, Odessa se vería arrasada por la violencia y con centenares de muertos en las calles.

Hay que entender la calidad violenta y preocupante que nos deja el hecho de que el herido no fuese un policía, sino un cosaco. Los cosacos eran orgullosos soldados del zar, pero su orgullo se basaba en su especialidad. Eran una fuerza de choque que no conocía el miedo, y por ello eran tan propios para momentos como aquéllos; pero esa acometividad los hacía, asimismo, especiales. Desde algunos puntos de vista, los cosacos eran autónomos; decidían por sí mismos. Si, ante la agresión a un policía, un Ministerio del Interior puede aspirar a ordenar al cuerpo policial que guarde la calma y no contraataque, eso no va con los cosacos. Cuando el oficial cayó en el suelo, los cosacos no se lo pensaron dos veces: desenfundaron sus sables y sus revólveres, y cargaron sobre la multitud de obreros. No cargaron como habría cargado la policía, esto es para garantizar el orden; cargaron para llevárselos por delante, para vengar a su compañero. Obviamente, los obreros cogieron lo que tenían a mano, normalmente piedras, y respondieron.

La lluvia de piedras hizo a la mayoría de los cosacos volver grupas. Pero lo realmente importante es lo rápidamente que se extendió la rebelión. En muy pocos minutos, comenzaron a levantarse barricadas en las calles de Peresyp, y todo el pueblo de sublevó.

La agitación llevó pronto a Odessa. El día 27, por la mañana, Korkhanov declara la ley marcial en la ciudad, ante el cariz que están tomando los acontecimientos. Pone en vigilancia todos los edificios municipales, ordena que las patrullas nocturnas patrullen también de día, y cuelga por toda la ciudad un bando con el texto: Ayer, en el curso de un conflicto entre tropas armadas y el pueblo, dos obreros han resultado muertos y tres heridos. El Gobierno cuenta con los apacibles ciudadanos de Odessa para impedir el surgimiento de sucesos parecidos y evitar unirse a la masa de trabajadores.

A las once de la mañana se escuchan en la ciudad los primeros disparos hechos por la fuerza armada en el denominado Servicio de Aguas, donde un piquete revolucionario está intentando convencer a los trabajadores para que declaren la huelga. A mediodía, el movimiento revolucionario toma forma: grupos numerosos de personas, en los que hay también mujeres y niños, se dirigen hacia el centro de la ciudad, convergiendo desde diversos lugares en la calle Preobrajensky, que podemos considerar como la Castellana de Odessa. En dos calles cercanas, la Uspenskaya y la Meschanskaya, se producen enfrentamientos entre policías y manifestantes. Los obreros paran los tranvías y los vuelcan al suelo para usarlos como barricadas. Pronto la propia calle Preobrajensky y la calle Richelieu están petadas de gente, y no es hasta primera hora de la tarde que la masa comienza a dispersarse. Sin embargo, no hablamos más de que una pequeña tregua.

A las diez de la noche, un joven judío pasa junto a un policía y, en el momento de estar junto a él, se inmola con una bomba que lleva adosada al cuerpo. La explosión causa la muerte obvia del terrorista, del policía y de un tal doctor Spivak, que pasaba cerca en ese momento en un droshky, esto es una especie de calesa. Es el último acto de una jornada en la que ha habido cerca de veinte cosacos y policías heridos y centenares de víctimas de una y otra consideración entre los manifestantes.

Dos horas antes, sin embargo, se ha producido una inesperada novedad en todo esto. A esta hora, se ha visto a un acorazado, escoltado por un torpedero, entrar en la bahía de Odessa. Algunos de los obreros residentes en el bulevar Nikolayevsky, desde donde se ve el mar, y puesto que son muchos de ellos trabajadores portuarios, han sido capaces de reconocer al Kniaz Potemkin Tavritchesky, bautizado en honor del príncipe Gregory Alexandrovitch Potemkine, que fue primer ministro, en realidad valido, de la emperatriz Catalina.


Todos interpretan que el Potemkin ha sido rápidamente enviado para sofocar la rebelión de Odessa. Pero eso es porque ya ha caído el sol de la tarde. Si el acorazado hubiera llegado por la mañana, los obreros del barrio portuario podrían haber distinguido que en lo más alto de la nave no puede verse la bandera de la cruz de San Andrés, sino una bandera roja.