lunes, septiembre 07, 2015

Breve historia del metro (1)

La historia que pretendo contaros en las notas que comienzan aquí es la historia de la medición del mundo. Bueno, no. A fuer de ser precisos, se trata de la historia de la medición precisa de la distancia existente entre Dunkerke y Barcelona; medición que habría de servir para obtener unas dimensiones del mundo, amén de homogeneizar la medida de la longitud.

Todo esto es lo que estaba en juego en junio de 1792, cuando dos astrónomos comenzaron viajes en sentidos opuestos. Jean-Baptiste Joseph Delambre salió de París en dirección hacia el norte, mientras que Pierre-François-André Méchain lo hizo hacia el sur. Con los datos que habrían de traer a París se establecería la longitud de la Tierra y, una vez hecho esto, se definiría la medida universal de longitud, el metro, como la diezmillonésima parte de la distancia entre el Polo Norte y el Ecuador.

Aquel objetivo estaba claramente influido, en realidad impulsado, por el espíritu normalizador y excitadamente confiado en los poderes esencialmente buenos de la ciencia que trajo la Ilustración y en buena parte no hemos abandonado (por mucho que, de vez en cuando, descubramos que los científicos pueden ser tan mezquinos, tan mentirosos, tan interesados, tan corruptos incluso, como lo puedan ser los de Letras). Eso sí, lo que era, por encima de todo, es una necesidad imperiosa. El mundo de la primera revolución industrial, que se preparaba para el sueño de crecer económicamente en medio siglo lo que no había crecido toda la antigua Grecia desde Menelao hasta Aristóteles, no podría conseguir ese objetivo si mantenía dos cosas que había conservado de los tiempos viejos: una, la compleja y tediosa red de fielatos y demás cargas aduaneras con que se veía gravado el comercio cada vez que se dejaba un condado; y, dos, la no menos compleja y no menos tediosa red de mediciones. La primera de las cosas no es cuestión de este relato. La segunda, sí. En cualquier país de aquella Europa, y España no era una excepción sino más bien su epítome, cada región, casi cada ciudad, medía las distancias, los volúmenes de líquidos, o el peso de una gallina, de forma diferente. Cualquier comerciante que traspasase una frontera (un hipotético ganadero de Tordesillas que se fuese a feria de Medina del Campo ya estaba expuesto a este peligro) podía encontrarse con la necesidad de hacer conversiones de todo tipo, que de hecho lo desincentivaban de mirar muy lejos; y eso lastraba el PIB (porque el PIB, y esto lo digo para desgracia de aquellos de mis lectores que suelan utilizar palabras como neoliberal y austericidio, ha sido siempre lo que importa).

La inmensa mayoría de las medidas que se usaban tenían su origen en actos arbitrarios: la cantidad de vino que cabía en un determinado recipiente. El espíritu ilustrado quería sustituir estos particularismos por la universalidad de una medida basada en algo incontestable, como por ejemplo la longitud del mundo. Así se procuraría su universalidad.

Sólo en Francia había un cuarto de millón de medidas diferentes, lo cual hace que no sea extraño que fuese la cuna del proceso unificador ilustrado, aunque también es cierto que la propia Francia retiene el “mérito” de ser el primer país que rechazó el uso de ese sistema métrico que desarrolló. No obstante, no avancemos acontecimientos. Hablemos primero del viaje de nuestros dos astrónomos.

Jean-Baptiste Delambre estaba destinado a ser todo menos astrónomo. Sin ir más lejos, hasta los veinte años fue fotofóbico, hasta el punto de vista de ser incapaz de leer lo que escribía, y todo el mundo a su alrededor asumía que tarde o temprano se quedaría ciego. Quizás por esa razón se convirtió en un gran lector, puesto que no sabía cuánto tiempo le quedaba de disfrutar de los libros. Uno de sus profesores le procuró una plaza en la escuela Du Plessis de París, centrada en la enseñanza de los clásicos. Pero suspendió los exámenes finales por la simple razón de que no podía leer los papeles con las preguntas. Así pues, los padres de Juan Bautista lo animaron a regresar a su ciudad natal de Amiens y tirar por donde parece le correspondía a alguien como él y hacerse sacerdote. El joven Delambre, sin embargo, se quedó en París, donde se entregó a eso que luego conoceríamos como una vida bohemia. Para poder vivir, se empleó como maestro del hijo de un noble en Compiègne. Tenía 22 años cuando regresó a París para ser el tutor del hijo de Jean-Claude Geoffroy d'Assy, uno de los hombres de las finanzas del rey. Permaneció 30 años en aquella casa y, como recompensa por sus servicios, acabó aceptando una modesta renta que le permitiría dedicarse a los estudios.

El campo fundamental de estudio de Delambre eran los antiguos griegos. Leyendo sus obras llegó a las científicas, y fue para complementar los conocimientos griegos que acabó leyendo el libro de referencia de su momento en materia astronómica, es decir la Astronomie de Jerôme Lalande. La lectura le interesó tanto que comenzó a frecuentar las conferencias de Lalande en el Collège Royal. Un día, en una de esas conferencias, Lalande dijo que la anchura de la Vía Láctea era equivalente a la de la esfera celeste. Al terminar la disertación, Delambre se fue a por Lalande para informarle de que eso ya lo habían dicho los griegos.

Jerôme Lalande era el Stephen Hawking de su tiempo. Famoso y respetado, igual que hoy todo el mundo quiere saber si Hawking piensa que se puede o no viajar en el tiempo, a finales del siglo XVIII todo París andaba acojonado porque Lalande había calculado que existían algunas posibilidades de que algún cometa volviese a impactar contra la Tierra. Persona de trato difícil y pagado de sí mismo, sin embargo le cogió muy pronto cariño a Delambre; como hicieron también los D'Assy, que acabaron construyéndole un pequeño observatorio para él solo en su propia casa.

La Asamblea Nacional francesa tomó la decisión de crear un sistema universal y uniforme de medida, basado en la longitud de la Tierra, en 1790 (la ley es de 22 de agosto). En abril del año siguiente, la Academia de Ciencias designó como responsables del proyecto a Pierre-François-André Méchain, Adrien Marie Legendre y Jean Dominique Cassini. La elección era bastante lógica si atendemos a la fama de los tres, pero pronto surgieron las fisuras. Cassini se mostró poco entusiasta con el proyecto. Acababa de enviudar, y eso planteaba el tema de cómo mantener a sus cinco hijos; además, todo París sabía que era bastante regalista.

En medio de la procrastinación de Cassini, el primer ministro Jean Marie Roland propuso, el 3 de abril de 1792, que el sistema universal (para Francia) se impusiese de una forma más pragmática: imponiéndole a todo el país las medidas usuales en París. Urgida por esta propuesta, la Academia reaccionó partiendo en dos el viaje meridiano que debía de conseguir la medición de Francia: un viaje, al norte, entre Dunquerque y Rodez; y otro viaje, al sur, entre Rodez y Barcelona, en España. No obstante, eso no sirvió para resolver todos los problemas. Cassini, quien seguía resistiéndose a tener que darse la paliza de recorrer media Francia haciendo mediciones, sin embargo seguía sintiéndose con derecho a dirigirlas. Así, propuso que uno de los trayectos le fuese adjudicado a él, aunque se quedaría en París mientras un propio hacía el trabajo de campo. La Academia de Ciencias rechazó la oferta.

Este fue el momento en el que el inesperado Delambre tuvo su oportunidad. El 15 de febrero de 1792 había sido admitido en la Academia. El 5 de mayo, ante la enésima negativa de Cassini, ésta reaccionó eligiendo a Delambre para realizar el tramo norte. Y así fue cómo un científico en modo alguno vocacional y casi ciego fue encomendado de la labor de hacer las observaciones más precisas que nunca se habían hecho en la Historia.

El 24 de junio llegó la autorización real para la expedición, y Delambre se aplicó a buscar puntos altos cercanos a París. Trataba de recuperar las observaciones realizadas en su momento por Cassini en una expedición meridiana realizada en 1740, mejorar la precisión de las observaciones, y comenzar su viaje hacia el norte a finales de año.

¿Que tenían que hacer los expedicionarios? Pues, simple y sencillamente, triangular, que es algo que habían hecho otros muchos antes para medir distancias y seguiría haciéndose después prácticamente hasta la llegada de los GPS. Cualquiera que se dedicase a atender superficialmente en clase de trigonometría conoce el principio: si de un triángulo se conocen los tres ángulos y la longitud de uno de los lados, se pueden obtener todas sus dimensiones. Así pues, para medir una distancia había que encontrar estaciones o nodos, normalmente elevados. Si cada uno de los nodos era visible desde al menos otros tres nodos, entonces el científico podría crear una serie de triángulos que fuesen trazando la longitud del meridiano objetivo. Así pues, su función era ir de estación en estación, midiendo los ángulos y la longitud de uno de los lados del triángulo, y luego calculando las dimensiones que le faltaban. Una vez que hubiese terminado, derivando por métodos astronómicos la latitud de los nodos más al norte y más al sur de su observación, podría extrapolar la longitud del meridiano.

Este principio, sin embargo, se tenía que corregir constantemente, por causas como la diferente altura real de los puntos utilizados o la incapacidad de situar los instrumentos exactamente donde debían estar, por ejemplo el vértice del triángulo, sin mencionar el fenómeno de la refracción o el otro, mucho más importante todavía, de que los ángulos de un triángulo curvo no suman exactamente 180 grados, como décadas después desarrollaría con elegancia Riemann.

Para que nos hagamos una idea de las dificultades que presentaba el proyecto nos bastará la primera decepción de Delambre: cuando, en 1792, se subió al primer nodo, la torre de la iglesia de San Pedro cerca de la cumbre de Montmartre, comprobó, desilusionado, que ni uno solo de los otros nodos usados por Cassini décadas antes se veía ya.

El proceso de elección de los primeros nodos fue tan complicado que las primeras mediciones de Delambre datan del 10 de agosto de 1792. Ese día, Delambre situó sus instrumentos geodésicos en el campanario de la colegiata de Danmartin y envió a su joven becario, Michel Lefrançais, a Montmartre, con la instrucción de usar un reflector parabólico desde uno de sus tejados. Le dieron las diez de la noche sin notar señal alguna y, la verdad, más allá de esa hora ya podía su becario bailar con el espejito, que no reflejaría nada. Eso sí, vio con claridad la luz inconfundible producida por el fuego: el palacio de las Tullerías estaba ardiendo. En efecto, aquél fue el día en que los parisinos tomaron el palacio real, pero eso Delambre no lo sabía. Lefrançais había pensado en hacer señales lumínicas aquella noche desde su tejado de Montmartre, pero se dio juiciosamente cuenta de que podría ser pelín peligroso: los milicianos podrían interpretarlo como señales de los monárquicos. A la noche siguiente, asistido por su tío (Lalande) consiguió hacer un fuego, pero no ardió el tiempo suficiente como para permitirle a Delambre una lectura adecuada.

Delambre decidió pasar de la colina de Montmartre como su nodo central parisino, pero no acabaron ahí los problemas. Estaba empezando a emplazar sus trabajos en la cúpula de Los Inválidos, su nuevo nodo, cuando recibió noticia de que el pueblo airado había presionado en Montjai para que una pequeña plataforma-observatorio que él había construido fuese derribada. El astrónomo fue allí y trató de convencer a la asamblea de ciudadanos de lo guay de su labor, pero todo lo que consiguió fue soliviantar a otras aldeas de la zona contra él. Así pues, también abandonó Montjai y se decidió por el castillo de Belle-Assise, donde sus problemas no fueron menores.


La cosa, pues, no comenzaba muy bien.