miércoles, septiembre 09, 2015

Breve historia del metro (2)

Recuerda que ya te hemos contado.

El principio de todo y las primeras tribulaciones de Delambre.

Una vez presentado nuestro amigo Delambre, deberemos pasar a la vertiente sur del proyecto, esto es Méchain.

Pierre François Méchain tomó las de Barcelona desde París, acompañado por tres asistentes, el 25 de junio de 1792, algunas semanas después de que el Gobierno francés hubiese negociado la colaboración en sus labores de España. Detrás de sí dejó a su mujer, Barbe Thérèse Méchain, de soltera Marjou; quien, por cierto, hubo de comprometerse a seguir realizando las mediciones que su marido hacía en el observatorio parisino, así como terminar un estudio que estaba realizando sobre los eclipses lunares.


El primer ayudante en el equipo de Méchain era un ingeniero cartógrafo militar llamado Jean Joseph Tranchot. Tenía en su currículo el importante mérito de haberse ocupado durante años de la triangulación de distancias en la isla de Córcega lo cual, a ojos de Méchain, lo hacía especialmente indicado para enfrentarse a la labor de triangular los Pirineos. Asimismo, en el equipo había un especialista en construir y reparar instrumental, llamado Esteveny; y un criado llamado Lebrun.

El viaje hacia el sur fue relativamente calmado, aunque a poco de dejar París, en la villa de Essonne, a la expedición le dieron el alto en una barricada. Igual que le pasó a Delambre, la milicia local tomó los instrumentos de triangulación por extrañas armas secretas, por lo que fueron detenidos. Tuvieron la suerte de que, al producirse la detención antes de la caída de Luis XVI, los papeles que llevaban firmados por el rey sirvieron para liberarlos.

Una semana después de empezar el viaje, Méchain y los suyos llegaron a Perpiñán, y arribaron a Barcelona el 10 de julio. El enlace que le fue designado fue un militar, el teniente José González, experto en navegación astronómica. Tanto González como otros interlocutores que llegaron con él, al ser científicos, estaban habituados a hablar el francés (como lo están los de hoy en día con el inglés). El francés encargó a artesanos catalanes la fabricación de unas tiendas de forma cónica donde debía situarse el novísimo aparato que traía consigo para las mediciones, conocido como círculo de repetición de Borda (en honor a Jean Charles de Borda), y que de momento vamos a dejar embalado en su caja. Una vez que este trabajo estuvo completado, el equipo salió de viaje en dirección norte, para buscar y seleccionar las estaciones y nodos que habrían de usar, tras lo cual volverían al sur para empezar a medir. Excursión ésta que, por cierto, tuvieron que hacer poco menos que al palpo pues, por extraño que pueda parecer, no lograron encontrar un solo mapa de Cataluña en toda Barcelona.

Divididos en dos equipos que avanzaban en paralelo y colocaban señales que el otro era capaz de ver, comenzaron su camino en Valvidrera, siguiendo en dirección norte hasta el monasterio de Montserrat, labor que pudieron dar por terminada en septiembre. En realidad, llegaron tarde, pues hubo nodos previstos, como las cumbres de Costa Bona y Massanet, que no pudieron ser alcanzadas por estar ya nevadas. Llovía mucho, pero el problema fundamental no tenía nada que ver ni con el clima ni con la naturaleza. En las últimas boqueadas del verano de 1792, tanto al sur de Francia como a Cataluña y España entera estaban llegando, cada vez más fuertes, los rumores de la caída de la monarquía capeta, y la primera pregunta era cuál sería la reacción de la monárquica y católica España. El gobernador general de Cataluña, de hecho, cursó orden imperiosa a los españoles que acompañaban a Méchain de que se alejasen de la frontera inmediatamente; y, puesto que el permiso con que contaba el francés para moverse por España lo era con la precondición de estar acompañado por ellos, tuvo él también que seguirles.

Méchain reaccionó al problema con esa típica falta de visión de la realidad que tienen los científicos. Tenía razón al pensar que todo el follón que lo rodeaba no tenía nada que ver con él, pues la suya era una misión de paz total, pero no la tenía al pensar que, por ello, nada de lo que ocurría tenía por qué tocarle. Además, sus soluciones eran impracticables: ni más ni menos que propuso a las autoridades francesas de Perpiñán que se las arreglasen para que un aviso descriptivo de su misión fuese clavado en los tablones de todos los pueblos y aldeas del Pirineo catalán.

Obviamente, no tuvo más remedio que dejar la designación de estaciones como estaba y volverse a Barcelona para comenzar las mediciones.

Antes de empezar, saquemos de sus cajas los dos círculos que Méchain llevaba consigo: uno calibrado a 360 grados y otro, concesión a los nuevos vientos de racionalidad, a 400 grados. Como ya hemos dicho, el círculo de repetición había sido inventado por Jean Charles de Borda, el primer y fundamental físico experimental de la Francia de su tiempo, además de hábil marino; tan hábil, que le cabía el honor de haber participado en la mayor victoria en campaña naval que jamás han obtenido los franceses frente a los ingleses, esto es la ligada a la liberación de las colonias americanas (que estamos contando en el pasillo de al lado). A mediados de la octava década del siglo, Borda había modificado uno de sus instrumentos de navegación para que le sirviese en la medición de la Tierra. Colaborando con un famoso artesano, Etienne Lenoir, logró fabricar este círculo de repetición, que en su momento fue lo más de lo más de la precisión.

La principal comodidad del círculo de Borda era tomar varias mediciones del mismo ángulo sin necesidad de volver a colocar el instrumento (de ahí lo de repetición: se podían repetir las mediciones); con ello, las posibilidades de mediciones erróneas se reducían.

Trataré de contaros cómo era, pero ojo que yo soy de Letras. Se componía de dos telescopios montados uno encima del otro en anillos de metal, y que rotaban independientemente. El aparato tenía, además, una escala de medición angular. Para medir la distancia angular entre dos puntos que estuviese observando, el geodésico situaba el plano del círculo en el plano definido por los dos puntos. Entonces, igualaba a cero uno de los telescopios mirando hacia la estación a la derecha, y apretaba los tornillos de ese anillo para que no se moviese. Entonces cogía el otro telescopio (más pequeño) y lo rotaba para alinearlo con el nodo a la izquierda. En ese momento, se movían los dos telescopios en dirección de las manecillas del reloj, hasta alinear el pequeño con el nodo derecho. En ese momento, liberaba el anillo del telescopio mayor y lo rotaba (a él solo) hasta alinearlo con el nodo izquierdo. De esta manera, el telescopio mayor había recorrido exactamente el doble de ángulo que el que se quería medir. Dado que esta operación se podía repetir con mucha facilidad, se permitía realizar diez o más medidas para cada ángulo, reduciendo así la probabilidad de error.

Aquella sesión de 1792-1793 terminó siendo un éxito para Méchain. A pesar de todos los pesares,en un trimestre había conseguido medir siete estaciones y cubrir con ello casi la mitad del tramo que le tocaba. Le quedaba, en todo caso, realizar las mediciones de latitud que le permitiesen establecer la posición exacta del extremo sur del arco de medición; en otras palabras, establecer en qué punto del globo terráqueo exactamente se situaba Barcelona. Para estos cálculos escogió la montaña de Montjuïch. Aunque las cosas iban tan bien que Méchain, al fin y al cabo ambicioso como todo científico, consideró la posibilidad de extender sus mediciones hasta Mallorca. González le había ofrecido el barco que patroneaba, el Corzo, para llevarle a las islas, donde el francés podría colocar sus estaciones o nodos en los puntos altos. De hecho, al mismo tiempo que Méchain comenzaba su trabajo en Montjuïch, donde erigió un pequeño observatorio astronómico, varios de sus asistentes, acompañados por españoles, ponían proa hacia Mallorca.

Con los instrumentos que tenía, el francés aspiraba a establecer la situación de la montaña con una precisión nunca conseguida hasta entonces, con un error del orden de un segundo de arco. Creía a pies juntillas en el principio que había inspirado a Borda la construcción de su círculo de repetición, esto es que la paciencia y la acumulación de observaciones es capaz de acabar con el error. Colocó el círculo en posición vertical alineado hacia el meridiano. Uno de los telescopios fue entonces alineado con el horizonte, mientras que el otro se alineaba con la altura esperada de la estrella elegida. Conforme dicha estrella se aproximaba a la linea del meridiano, el observador seguía su trayectoria, escuchando el péndulo del reloj para establecer el tiempo exacto. Luego realizaba un ejercicio parecido al de las mediciones geodésicas, con el fin de doblar el ángulo recorrido por el telescopio. Resultaba una labor extremadamente demandante de paciencia y sabiduría astronómica.

Con el tiempo, llegaron los problemas. Los oficiales españoles que colaboraban en el proyecto, y que se concebían como representantes del rey de España, cada vez aguantaban peor el papel meramente subalterno que Méchain les reservaba, pues el meticuloso astrónomo se reservaba la totalidad de las mediciones. Tanto fue el cántaro a la fuente que uno de estos ayudantes españoles hubo de ser sustituido por un capitán llamado Agustín Bueno.

En seis meses de trabajo, Méchain tomó 1.050 observaciones de seis estrellas distintas, cada una de ellas constituida por diez mediciones. A base de pasarse las noches catalanas en la montaña haciendo mediciones, era lógico que acabase teniendo descubrimientos colaterales. De hecho, tras las observaciones del 10 de enero de 1793 reportó la visualización de un nuevo cometa  (por lo que he podido investigar, se conoce como cometa Gregory-Méchain, puesto que Edward Gregory lo había observado dos días antes). Este descubrimiento, aparentemente casual (el cometa estaba muy cerca de Mizar, una de las estrellas que Méchain decidió observar) fue publicado por el recientemente abierto Diario de Barcelona, que se apresuró a aclarar a sus lectores que, contra lo que decían los supersticiosos, un cometa no era señal de desgracia alguna. Aunque esta vez se equivocó, porque once días después del descubrimiento, Luis XVI fue decapitado en París, y poco después estallaría la guerra.

El enrarecimiento político puso la cosas difíciles para las relaciones entre españoles y franceses. En febrero de 1793, el atraco de un convoy de comerciantes catalanes por un francés provocó toda una indignación en la capital de Cataluña, que llevó a las masas a masacrar a un genovés creyéndolo francés (o no; el odio catalán hacia los comerciantes genoveses es legendario; los llamaban moros blancos). El cónsul francés advirtió de los peligros para sus ciudadanos en una carta en la que no dejaba en buen lugar a los catalanes: “son brutos, simples y vengativos; el oro es su Dios”. José González, el patrón que colaboraba con Méchain, fue encomendado de salir a la caza de piratas. Cuando regresó al puerto de Barcelona, Méchain comenzó a pensar en dejar Barcelona. Sin embargo, cuando comenzó a expresar esta voluntad, se encontró con la obstinación de las autoridades españolas, que insistían en ser puntualmente informadas de su trabajo, esto es, de los resultados de sus triangulaciones y de la latitud exacta de la montaña de Montjuïch. Para España, esta actitud no era en modo alguno un capricho: ya se ha dicho que se carecía de un mapa fiable de Cataluña, y aquellas observaciones podían ser de mucha ayuda para conseguir desarrollarlo. Así pues, el mes de marzo de 1793 hubo de ser utilizado por Méchain en la redacción de un informe para los españoles, amén de otro que le envió a Borda a París.

Aquel mismo mes de marzo, los ciudadanos franceses residentes o de paso por Barcelona recibieron la orden del gobierno español de irse a tomar Camembert a su puta casa.

Ciertamente, Méchain consiguió ampliar el plazo hasta fin de mes: estaba redactando el informe, así pues los españoles tenían interés en que se quedara. Pero, sin embargo, la guerra francoespañola acabó, indirectamente, con toda posibilidad de extender los cálculos hasta Mallorca. El capitán González y su Corzo fueron encomendados con misiones de escolta y de otro tipo y, aunque Méchain trató de que cuando menos el capitán Bueno siguiese con él, no lo consiguió. Con fecha 4 de abril, el mando militar de Barcelona le ordena a Méchain que desmonte su observatorio de Montjuïch y se vaya de la montaña y su fortaleza, aunque no lo expulsa de España.

Desalojado de su lugar de trabajo pero no de la ciudad, Méchain cogió una habitación en una fonda llamada La Fontana de Oro, sita en el carrer dels Escudellers de la ciudad, a tiro de lapo de las Ramblas, la plaza Real y la Boquería; es muy probable, por la fama que tenía entonces entre los franceses esta calle como la de las mejores fondas de Barcelona, que Méchain estuviese escogiendo una especie de Sheraton del Antiguo Régimen.

Algo más relajado tras haber cumplido con sus obligaciones y sabiendo que había sido capaz de realizar su trabajo a un ritmo superior al esperado, no encontró problema en aceptar la oferta de un amigo suyo catalán, el doctor Françesc Salvà i Campillo (Paco para la Wikipedia), por los alrededores de la ciudad. Salvà, todo un espíritu renacentista con sabor a fuet, tenía mucho interés en que el francés conociese una estación de aguas existente fuera de la ciudad. Cuando llegaron, la encontraron cerrada por ser festivo, y por lo tanto sin caballos para que hiciesen funcionar los artefactos. Méchain dijo que se conformaría con verlos sin funcionar, pero Salvà se emperró en ponerlos en movimiento. El intento acabó causando un accidente que dañó al doctor y su ayudante. Tratando de ayudarlos, fue Méchain quien resultó brutalmente golpeado en el pecho, cayendo en el suelo, aparentemente muerto.


El metro estaba herido de muerte.