lunes, agosto 31, 2015

Adolf Hitler está vivo

ADVERTENCIA IMPORTANTE: Es posible que hayas llegado a este post googleando la frase que lo titula. En ese caso, también es bastante posible que seas de esas personas que creen que Adolf Hitler sobrevivió al final de la guerra en Europa y se escondió durante años en algún lugar del mundo.

Si ambas cosas son ciertas, creo que lo honrado por mi parte es advertirte de que este post no es para ti; de hecho, creo que el blog en su conjunto no te va a interesar una mierda.



Comenzaré este post haciendo una recomendación friki. Aquéllos de vosotros que estéis algún día en alguna librería de viejo del Reino Unido, acordaros de preguntar si el dueño tiene algún número de World War Investigator. La revista no os decepcionará. Obviamente, teniendo en cuenta su temática, un tanto elitista, la publicación no ha pasado a la Historia. Pero fue una revista muy bien hecha y bien escrita, que merece la pena saborear aun hoy en día si se es aficionado a la Historia militar.

De uno de los números de la revista, de 1988, saco el material que aquí os voy a contar. Los autores del estudio publicado por WWI tuvieron acceso al dossier elaborado por el CIC, o Counter Intelligence Corps del ejército estadounidense, sobre la búsqueda, después de mayo de 1945, de un Adolf Hitler presuntamente vivo. En 1988, los archivos del CIC sobre la materia no habían sido publicados y hoy en día desconozco si siguen así, aunque considero probable que hayan sido objeto de alguna ley de transparencia. En todo caso, los expedientes demuestran que la inteligencia estadounidense se tomó muy en serio la posibilidad de que Hitler estuviese vivo, por lo que acabó dedicando su tiempo y el dinero del contribuyente en investigar pistas que eran auténticas fricadas. Contaremos algunas.

El origen del mito de un Hitler que habría sobrevivido milagrosamente al asedio de su búnker berlinés tiene dos elementos de apoyo. El primero de ellos es que algunos personajes fundamentales del entourage nazi, como el doctor Mengele, consiguieron escapar; así pues, ¿por qué no Hitler? El segundo factor, mucho más importante, es la actitud de la URSS.

El general Dwight Eisenhower cometió un error fundamental al final de la segunda guerra mundial, un error que le fue reprochado por Winston Churchill en los tonos más desilusionados. Tanto Ike como la inteligencia estadounidense creyeron los cuentos que, en parte, contaban los propios nazis en sus cada vez más escasas alocuciones; cuentos que hablaban de acuartelamientos majestuosos bajo tierra, o más bien en el interior de alguna montaña bávara. Este acuartelamiento, llamado La Guarida del Lobo, sería tan poderoso que permitiría a Hitler una resistencia casi eterna, razón por la cual, se decía, el canciller alemán no estaba ya en Berlín, sino en algún lugar de Baviera; con los años, este mito se ha salpimentado con la posesión de la bomba atómica.

Stalin nunca creyó esta patraña y por eso focalizó sus esfuerzos en llegar a Berlín, porque tenía muy claro que Hitler estaba ahí y porque tenía doblemente claro que la posesión de Berlín le otorgaría una ventaja en la predecible partición de Alemania. En los tiempos finales de la guerra en Europa, todo el mundo entre los ganadores contaba con que Alemania sería micronizada y ya nunca volvería a recuperar su integridad territorial, así pues el principal interés estaba en poder exhibir derechos sobre cuanto más territorio, mejor; y Stalin quería para él la perla berlinesa. Los otros aliados, sin embargo, tuvieron otras prioridades; para cuando Eisenhower se dio cuenta de que la estaba cagando, de que Hitler estaba en la capital, trató de llegar a Berlín antes que los rusos, pero no lo logró.

Adolf Hitler se suicidó en su búnker en la compañía de Eva Braun, poco tiempo después de envenenar a su impresionante pastor alemán Blondi, sacrificado horas antes para probar la eventual eficacia del veneno por si hacía falta, y al que cito porque en verdad es el ser vivo que más pena me da de toda esta historia. El cadáver fue parcialmente quemado por los alemanes, y así lo encontraron los soviéticos cuando lo desenterraron. Sin embargo, Stalin siempre se negó a facilitar al resto de sus aliados información forense precisa de esos restos para que pudiese adverarse que se trataba de Hitler; silencio provocado por la guerra fría pero que, sin embargo, dio pábulo a toda una cohorte de mistabobos y vendedores de libros gilipollas a la hora de afirmar que Hitler estaba vivo, que es una forma bastante imbécil de decir que no se podía asegurar que estuviese muerto (lo cual, aunque pueda parecer que es lo mismo, no lo es).

Hay que tener en cuenta, además, que, a causa de la miopía de Eisenhower, la práctica totalidad de los testigos de los últimos días de Hitler que sobrevivieron en Berlín fueron capturados por los rusos, los cuales sumergieron a toda aquella gente en un magma de oscuridad en su lado del telón, de modo y forma que sus jetos no se volvieron a ver por Occidente, y eso con cuentagotas, hasta mediados de los años cincuenta, momento en el cual el mito de un Hitler vivo había perdido ya fuerza. De todas formas, no pocas de esas personas contaban versiones del final de Hitler que eran distintas, cuando no contradictorias; lo cual no ayudó mucho a la hora de cerrar el tema frente a la opinión pública. Dos años después de la muerte de Hitler y del final de la guerra en Europa, la mitad de los estadounidenses adultos creía que estaba vivo. Claro que hoy en día todavía hay mogollón de peña allí que dice que Elvis está vivo. La opinión pública no es un tribunal constitucional, precisamente.

El responsable en el campo estadounidense de comprobar todas estas cosas fue el CIC. El CIC, con diversos nombres y formas, estuvo activo desde la primera guerra mundial hasta hace cosa de cuarenta años, cuando tanto este órgano como su brazo operativo, el Army Intelligence Command, fueron fagocitados por el Defense Investigative Service. Dotado de muchas responsabilidades, en lo que nos atañe para que lo que hoy estamos contando la más importante de ellas era la de cazador de nazis. En enero de 1983, el CIC se habría de hacer tristemente célebre cuando se descubrió que había protegido al Carnicero de Lyon, Klaus Barbie.

Visto todo este medio ambiente, a nadie habrá de extrañar que los intentos estadounidenses de luchar contra el mito no consiguiesen gran cosa. Y eso que empezaron bien pronto. El mismo 1 de mayo de 1945, apenas horas después de la muerte del canciller alemán y, sobre todo, de la alocución radiada del almirante Karl Dönitz, el cual, para no disgustar a los alemanes, se inventó la historieta de que Hitler había muerto combatiendo heroicamente; ese mismo día, digo, el general Clayton Bissell, subjefe de staff del G-2 de la inteligencia militar estadounidense, enviaba un memorando en el que explicaba que su jefe, el general Marshall, había dado orden de "contraprogramar" el discurso de Dönitz para, literalmente, "destruir el mito de un Hitler mártir". Se lo tomaban tan en serio los militares que incluso proponían que Ike Eisenhower le enviase un mensaje al presidente Truman proponiéndole que hiciese una declaración pública en este sentido.

Los generales americanos estaban en lo cierto: se iba a crear un mito; pero ese mito, contra lo que ellos esperaban, no era el de un Hitler muriendo como un héroe en la última barricada de una Alemania libre (quizá no calcularon que, en realidad, el pueblo alemán ya no estaba en disposición de creer a Dönitz); sino el mito de un Hitler listísimo que había conseguido burlar a cuatro ejércitos y que, por lo tanto, vivía una vida escondida en algún lugar, esperando su oportunidad para volver. Los hechos probados, además, seguían siendo muy escasos: ya en 1945 el historiador británico Hugh Trevor-Roper comenzó a investigar el tema (el resultado de estas investigaciones es su conocidísimo libro Los últimos días de Hitler, diseñado de hecho para zanjar este tema) sin llegar a conseguir datos ciertos.

El 2 de noviembre de 1945, el general británico John Sydney Lethbridge dio a conocer a la prensa los resultados de un estudio sobre la posibilidad de que Hitler siguiese vivo. Este estudio, tal y como informó el ejército de los EEUU, tenía como intención convencer a los periodistas de que las especulaciones en torno a un Hitler todavía vivo eran tonterías (vano intento éste el de convencer a un periodista de que la realidad le puede estropear un buen titular). Se propuso la presentación del estudio al Comité Cuatripartito de Inteligencia (cuatripartito, ya se sabe, significa: EEUU, la URSS, Gran Bretaña y Francia, que por lo visto también ganó la guerra). En este encuentro, Lethbridge tenía la intención de plantear a los cuatro aliados si tenían en su poder algún testigo de los hechos y si podían facilitar su interrogatorio; y, en el caso de la URSS, conminarles a que confirmasen si, verdaderamente, habían encontrado un churrasco de tío enterrado en los aledaños del búnker que podía ser identificado como Hitler por los registros dentales. Al no existir ninguna constancia de lo contrario, todo parece indicar que los soviéticos no contestaron.

En este ambiente se produce, en julio de 1945, el envío de una carta al corresponsal de asuntos internacionales del Chicago Daily Times. La carta, enviada desde Washington DC, tenía por remitente a un tal Norman N. Stineman.

Norm informaba al periódico de que Hitler estaba vivo y escondido "en una hacienda propiedad de alemanes situada a 675 millas al oeste de Florianópolis y 450 millas al noroeste de Buenos Aires". Añadía que el lugar tenía una entrada secreta consistente en una pared de piedra que se accionaba con células fotoeléctricas y mediante señales. O sea, más o menos la casa del inspector Gadget. Para despistar más, contaba Stineman, tal vez después de haberle pegado heavy  al bourbon, Hitler contaba allí con dos dobles (¿para qué, si estaba escondido?) y participaba en los trabajos de nazis argentinos para fabricar una nueva arma secreta y una generación de bombas-robot de largo alcance. El agregado militar de la embajada USA en Buenos Aires fue encargado de hacer una investigación a fondo sobre el tema. Eso sí, a día de hoy todavía no se tienen noticias ciertas de bombas-robot argentinas.

Teniendo en cuenta que la filtración se había producido en Estados Unidos y por un ciudadano de la Unión, el tema acabó sobre la mesa del despacho nada menos que de J. Edgar Hoover, director del FBI. Los federales hicieron sus averiguaciones y, de esta manera, el Señor Aspiradora pudo escribirle al departamento de Defensa que la fuente de Stineman era una especie de vidente de 97 años llamado doctor Brown Lawdone; que es un señor que ha dejado una huella tan indeleble en la Humanidad que, aparentemente, Google no sabe ni quién es. El informe de Hoover concluía afirmando que, aparte de cosas dichas por Carlos Jesús el de Raticulín y sus amigos de peña, no había ninguna indicación seria de que Hitler se hubiese hecho gaucho.

Hoover, sin embargo, no se libró del tema Adolf. Un mes después, en agosto de 1945, el propio director del FBI recibió una carta remitida desde Huntingsburg, Indiana. La carta estaba firmada por un tipo o tipa que lo único que decía de sí mismo es que era abogado, pero que prefirió mantener su nombre en el anonimato. Decía en su carta que, tras 22 años de ejercicio profesional, no quería someterse al riesgo de ser el hazmerreír del personal (bueno, él lo dijo con un lenguaje más alambicadamente jurídico: I do not want to be a laughting stock or held subject to ridicule).

La carta, que por lo que se ve no tenía desperdicio, continuaba diciendo que el abogado había pensado seriamente dirigírsela directamente al presidente Truman (yo no sé cuándo se darán cuenta los mongers y colgaos de este mundo de que, cuanto más alto es el personaje al que apelan, menos caso se les hace); y luego aseveraba, poniéndose la venda antes que la herida, que no había escrito la misiva emporrado ni mamado. En fin: con estos antecedentes, el honorable ciudadano John Doe informaba al FBI de que Hitler estaba vivo y vivía en la localidad alemana de Innsbrück (¿alemana? Bueno, yo no escribí la carta...). Utilizaba el alias Gerhardt Weithaupt, y vivía con un médico llamado Jodl. La casera del otrora líder nazi se llamaba Frau Frieda Haaf. El final de la carta desbarra sin control por el trampolín friki: el equilibrado abogado indianés, que no bebía ni se drogaba, y que vaya usted a saber cómo había terminado siendo el receptáculo del secreto de la auténtica identidad de Hitler, le sugería a Hoover que el agente especial Melvin Purvis, que se había hecho famoso en todo EEUU por haber cazado a John Dillinger, se desplazase a Alemania para detenerlo. De haber estado Franco en el ajo, unos años después podría haber enviado a los guardias civiles que trincaron a El Lute, ¿no?

No existe constancia de que Hoover contestase la carta. Probablemente, porque no conocía a Faemino y Cansado; de haberlos conocido, podría haberles encargado a ellos la contestación.

El mes de agosto de 1945, con sus calores y sus cosas, fue bastante propicio para los avistamientos hitlerianos y noticias varias sobre su suerte. Ese mismo mes, un médico alemán llamado Karl Heinz Spaeth reportó al gobierno militar estadounidense en Alemania de que había tratado el 1 de mayo a Hitler muy cerca del búnker del Zoo. Spaeth era, en efecto, médico del segundo batallón, vigésimo tercer regimiento, de la novena división paracaidista, y estaba en la lucha en el área de Küstrin. Según su declaración, a las tres de la tarde fue informado de que Hitler estaba en su sector, y fue a verle. Cuando llegó, Spaeth alcanzó a ver a Hitler discutiendo con uno de los generales de la división, que le estaba explicando la peligrosidad de la situación. Hitler, continuaba el testimonio, desoyó los consejos y se fue a una barricada antitanque, donde recibió un pepinazo junto a otros jefes de la SS.

Muy profesional, el imaginativo doctor Spaeth contaba que, al poco tiempo, le trajeron a Hitler herido en ambos pulmones. Aunque la herida se juzgó mortal de necesidad, el doctor vendó al canciller, mientras éste se quejaba, aunque no estaba del todo consciente. El médico le inyectó una ración extra de morfina. Pasados unos minutos, Hitler dejó de respirar y su corazón de latir. Dos soldados que dijeron ser testigos de la misma escena afirmaron que los mandos de la SS que quedaban vivos colocaron bombas en el cuerpo de Hitler para hacerlo desaparecer. Esto es: bombardearon a su canciller y jefe supremo.

Esta confesión fue recogida por el gobierno militar en Illertisen, Baviera, y de allí fue remitido a la oficina superior de gobierno militar de Berlín, adonde llegó el 10 de septiembre de 1945. De ahí el dossier terminó en el CIC, que no pareció prestar demasiada atención al tema. Tal vez colaboró en ese desinterés el hecho de que las acciones bélicas en el área de Küstrin estaban terminadas bastante antes de que comenzase lo que conocemos como batalla de Berlín.

El 25 de septiembre, la inteligencia estadounidense pudo conocer una versión nueva, y más cañí, del destino de Hitler: estaba en España. Según informaciones recogidas por un agregado militar de los EEUU en Buenos Aires, el secretario general de los nazis locales iba por ahí contando una historia que el propio informante apelaba de "altamente improbable". Esta versión decía que Hitler vivía en un submarino alemán que formaba parte de una especie de flotilla clandestina situada en algún punto de la costa española, supongo que con la complicidad del general Franco.

A esta historia española no le faltaba de nada, lo cual quiere decir que acusaba la tradicional presencia de tópicos con que suelen adornarse este tipo de gilipolleces, supongo que porque el inventor de turno cree que así les da mayor credibilidad (para más referencias, piénsese en el monje del Opus Dei de la novela de Dan Brown). Tratándose de España, en este sentido, era de esperar que apareciese algún cura por alguna parte. Pues bien: quienes andaban contando la movida por Buenos Aires aseguraban, y el informe estadounidense así lo recogía, que "hay un monje [en otros puntos se dice cardenal, que tiene huevos la confusión] que protege a los hombres de Hitler, quienes por su parte trabajan en La Línea por el retorno de Hitler". Para más datos, en este equipo de hitlerianos se encontraba un antiguo agregado militar nazi en Argentina que había sido visto en Buenos Aires aquel agosto.

Ese mismo 25 de septiembre, sin embargo, a la opción andalusí de la historia de Hitler le salió competidor. En dicha fecha, el ex director del Museo de Armas Mauser, Friedich von Leon, le contó a la sección 430 del CIC en Austria (más concretamente, el equipo de Steyr) que "un amigo le había contado" que Hitler era el huésped de un argentino de origen alemán llamado Eichhorn que vivía en una estancia en un lugar muy erótico llamado La Falda. Hitler, y ésta es la historia que más éxito ha tenido con los años, se desplazó al país sudamericano en un submarino, en el cual, continuaba el imaginativo Von Leon o tal vez su innominado amigo, un cirujano plástico había tenido tiempo para cambiarle el jeto. El jefe de inteligencia en Austria le pasó el informe al jefe del equipo G-2 de la USFET (United States Forces European Theatre), quien le dio el pase a los papelitos a la Sureté francesa de la zona de Innsbrück. Estamos ya en febrero de 1946. En dicha fecha, la Intelligence Organisation of the Allied Commission for Austria, IOACA, vuelve a ocuparse de este tema e informa de que la granja ahora es un sanatorio, y que Eichhorn ha perdido su condición de argentino para pasar a ser, directamente, alemán o austríaco. Elegantemente, el amanuense que redactó este informe indicaba que la veracidad de toda esta historia "es difícil de determinar"; que es una forma muy diplomática de decir que todo el bulo era una puta mierda.

Hay que tener en cuenta que en diciembre de 1945, Hitler había muerto de nuevo. Un informante de la tercera región del CIC, en Bad Nauheim, le contó a los militares que había visto al canciller y a Eva Braun muertitos y empaquetados en sendos ataúdes.

En enero de 1946, en todo caso, sonó el tiempo de la grandeur. Los franceses, que como ya hemos dicho al parecer ganaron también la guerra, se debieron sentir poca cosa sin su propia versión sobre la supervivencia de Hitler, y entraron con fuerza en el mercado. Un agente de la segunda región del CIC en Mannheim dejó un escrito en el que relataba que la inteligencia francesa tenía "informantes considerados fiables" que habían advertido al alto mando galo de que Hitler se encontraba escondido en Heildelberg. Que había contactado con supuestos miembros de la resistencia nazi en Weinheim, a los que habría visitado disfrazado de militar estadounidense (aquí los franceses se vinieron arriba inventando, todo hay que decirlo; ni Ricky Gervais habría sido capaz de imaginar la escena de Hitler paseándose por Alemania vestido de marine), en un vehículo del ejército norteamericano y con un chófer que hablaba inglés. Según otras versiones, iba disfrazado de viejo jorobado y barbudo. Diferencias totalmente justificables: ¿quién no ha visto alguna vez a un militar USA y lo ha confundido, como si tal cosa, con Quasimodo?

La inteligencia francesa, concepto al menos en este caso un tanto oximorónico, seguía informando de que había en Heddesheim un tipo llamado Friedich Menz que lo sabía todo sobre el paradero de Hitler. E, incluso, añadía que los estadounidenses habían atrapado a Hitler en Weinheim, pero que se les había escapado. En suma, una historia que no se sabe muy bien si estaba montada para decir que Hitler estaba vivo, o que los americanos eran gilipollas.

El CIC se lo tomó en serio, y montó una operación especial en el lugar del supuesto escondite de Hitler. A las nueve y media de la noche del 7 de enero de 1946, cinco agentes especiales del CIC, acompañados por 25 miembros de la policía militar de la localidad (militares de caballería) montaron la típica escena de película; ésa de "¡Abran a la Policía, traemos una orden!", y tal. El resultado está consignado en los archivos del CIC con cierta sorna: "no se pudo producir evidencia alguna que sustanciase alguna de las informaciones contenidas en el informe francés". En cristiano: en la casa no estaban ni Hitler, ni Marujita Díaz, ni la puta madre de Poseidón. Es más: el ciudadano Friedich Menz, quien según los franceses era el coordinador general de toda la operación Salvemos al Führer, resultó ser... ¡un señalado anti-nazi que había sido arrestado dos veces en 1936 por criticar abiertamente a sus jefes nazis y que, obviamente, jamás había pertenecido a ninguna organización nacionalsocialista! Es decir, más o menos como si la inteligencia francesa sostuviese hoy en día que Pablo Iglesias recauda dinero para la familia Franco.

Sin cortarse un pelo, los firmantes del informe del CIC, agentes Kenneth Rosenthal (¿judío?) y Edgar Thomas, cierran su relato conminado a sus superiores para que "se reclame a las autoridades francesas para que permitan conocer a sus informantes, con total garantía de confidencialidad, para que puedan ser interrogados acerca de la base de sus afirmaciones, dado que este tipo de investigaciones demandan el máximo de tiempo del limitado personal existente". Una forma elegante de decir que los putos franceses les habían hecho perder su jodido tiempo en imbecilidades y que los agentes del CIC no creían que los franceses tuviesen informantes serios.

Octubre de 1946. La región primera del CIC (Stuttgart) se dedica a investigar un tal Klaus, en realidad llamado Weingaertner Nikolaus, que no era un gnomo sino un antiguo Obersturmführer de las SS. Nikolaus, siempre según las investigaciones, habría sido ayudado por una actriz de cine (bastante guapa, por cierto) llamada Camilla Horn. Según estas informaciones, Hitler estaría viviendo en Munich, pero muy enfermo y poco menos que esperando la muerte. El CIC de Stuttgart solicitó ayuda al CIC de la región cuarta (Munich); pero a fuer de ser sinceros hay que reconocer que en el informe remitido ya dice estar convencido de que toda la historia se la ha inventado el tal Klaus.Aun así, la CIC muniquesa solicitó de la región octava (Berlín) el interrogatorio de la actriz, cosa que se llevó a cabo el 17 de marzo. Camilla, por supuesto, lo negó todo.

Aquí tenemos a Camilla, trabajándose ese aspecto andrógino que tanto gustaba entonces en Germanía y aledaños.



En fin, avanzamos hasta enero de 1947. En dicha fecha, un veterano estadounidense de la guerra, Ralph W. Sams, residente en Bradley Beach, Nueva Jersey, informa al departamento de Defensa en Nueva York de que justo antes de regresar a los EEUU había estado destinado en Bensheim, tiempo en el que había decidido contratar una asistenta. Por tal motivo, había trabado conocimiento con una mujer local, que comenzó a hacerle la colada, dice el informe, "aunque sin entusiasmo" (las asistentas americanas, como todo el mundo sabe, cantan las baladas de Sonrisas y lágrimas mientras ponen la lavadora). A raíz de contratar a la chaperona, Sams trabó conocimiento con otras tres personas que vivían con ella. Se llamaban Adolphus Blicker, María Blicker y Gretel Kinscherf. El soldado americano se dio cuenta de que bajo estas tres identidades se escondían Adolf Hitler, Eva Braun y Gretel Fegelein, la hermana de Eva (aquí la historia falla; no creo que Hitler fuera de ésos que aceptan una carabina así como así...)

Sams se quejaba de que ya en Bensheim había comentado el tema a sus superiores pero que no le habían hecho puto caso. Totalmente convencido de que el Ejército USA estaba moral y jurídicamente obligado a implicarse en el hecho de que él fuese tonto del culo, cuando llegó a su país, insistió; sobre todo cuando, decía, al llegar a EEUU vio más fotos de la Braun y de su herma. De hecho, adornó su historia afirmando que la actitud de mando del tal Adolphus Blicker era más que evidente en un pueblo en el que todo los demás habitantes tendían a ser apocados y obedientes; o sea, que Hitler, según Sams, iba por las calles dando mitines y repartiendo órdenes. Curiosa forma de estar escondido, proclamo. Bajando ya por la cuesta abajo de la estrechez cerebral, Ralfito le contó a la inteligencia alemana que él había sido testigo de que el supuesto Hitler y la supuesta Eva Braun habían mostrado una emoción intensa ante la foto de un perro que se parecía mucho al del canciller (lo cual debe de querer decir que era de la misma raza).  Cuando se fue a los EEUU, los alemanes a los que ahora Sams estaba denunciando le dieron unos bocetos al carbón y un recuerdo con la firma de los tres, que entregó a los militares. Al parecer, no se había parado a pensar que alguien que es perseguido en el mundo entero no se dedica a firmar postales para conocidos.

El ejército americano, a pesar de reconocer que Sams creía firmemente en lo que decía, clasificó la historia como D-4, que viene a querer decir: basura. Sin embargo, aun escribieron una carta a la USFET en la que describían la altura y peso del presunto Hitler. Añadía la carta que el hombre mostraba un gran interés por la política estadounidense y por las armas, y que una vez había estallado airado en una discusión en la que se habló de las V1. Tres semanas después de enviada la carta, el mayor del CIC Earl Browning, jefe de la sede central del CIC y que acabaría siendo quien presionase para que Klaus Barbie fuese detenido, envió una petición al CIC de la región tercera, sub-región de Darmstadt, para que investigasen la movida. Una semana después, el agente Henry Noyer de la dicha sub-región informaba de que, en su opinión, "Adolf Blicker no es parecido a Hitler". Además de añadir el pequeño detalle de que el bueno de Blicker llevaba empadronado en Bensheim desde mayo de 1942.

Tres meses después de terminada la investigación Blicker, esto es a mediados del 47, Hitler reapareció, aunque sólo parcialmente porque le faltaba un brazo. El general Lucius Clay, gobernador militar de Alemania, recibió una carta cuyo remitente solicitaba le fuese asimismo remitida al presidente Truman. En la misiva, de 17 páginas, alguien que decía ser un antiguo Standartenführer de la SS afirmaba estar currando de amanuense de Hitler, quien no podía escribir el texto por sí mismo por haber perdido el brazo derecho en la batalla del búnker. En la carta, el propio Hitler, pues, explicaba que tras haber escapado a un país amigo y recuperado allí la salud, había hecho un viaje por Alemania para regresar al exilio, donde intentaba hacer el menor ruido posible para "evitar la alarma social y el derramamiento de sangre".

La carta estaba básicamente dedicada a describir una docena de propuestas para la colaboración germanoestadounidense que presuntamente proponía este Hitler de pacotilla. Aunque hay que reconocer que la idea no era nueva: durante la guerra los nazis, y muy especialmente Heinrich Himmler, habían creído que siempre se iba a poder entender con Washington, puesto que ambos países no tenían ambiciones coloniales coincidentes.

Entre las propuestas se encontraba el descarrilamiento de los juicios de Nuremberg y todos los juicios contra nazis, seguido de una amnistía para todos los miembros de las SS que hubiesen entrado en la organización antes de la llegada al poder del NSDAP. El antiguo mando de las SS, por último, tomaba la palabra personalmente para ofrecerse a dar cuantas explicaciones fuesen necesarias. Sugería ser contactado mediante un anuncio por palabras en el Neue Zeitung que dijese: "Se convoca al miembro de las SS Werner Eckerlich para que comparezca de inmediato en Munich; la integridad personal queda garantizada".

Los americanos cerraron el caso en junio de 1947. En el informe final, se calificaba toda la historia de una chorrada infantil o, en todo caso, la obra de un chiflado. El principal argumento que se incluía es que alguien que ha perdido un brazo no puede escribir una carta de 17 páginas, cierto; pero por lo menos puede firmarla.

Algunas semanas antes, en mayo de 1947, la Oficina de Información de los EEUU recibió una carta en la que alguien preguntaba cuánta pasta daban por confesar dónde estaba Hitler. El remitente era un italiano llamado Viandello, que dijo vivir en la via Panfilo Castaldi 19 de Milán. La carta fue enviada a los servicios de inteligencia, pero ya no hay más rastro de lo que pasó. Lo más normal es que alguien se presentase en la casa de Milán, sólo para descubrir que el tal Viandello, o bien no vivía allí, o bien era un conas.

Todavía, en el mes de noviembre de ese año de 1947, el CIC en Linz, Austria, la patria chica de Hitler, fue informado por un tal Ludwig Traksch de que esa persona había formado de una compañía de escolta que había acompañado a Hitler en su huida a Suiza. En abril de 1945, según esta rocambolesca historia que el CIC clasificó directamente como fricada, Hitler había huido a Dinamarca por aire. Dos días después, Eva Braun, que había pedido sin éxito acompañarlo, se envenenó. Según esta versión, el otro cuerpo junto al de Eva Braun o era Hitler, sino el Sturmbahnfürer de las SS Herbert Schmidt, al que había matado una bomba. Los alemanes habrían quemado ambos cuerpos para proteger la huida de su canciller.

Traksch informó también, con relativa puntillosidad, de que Martin Bormann y otros nazis importantes habían estado en agosto del 45 visitando Austria, concretamente Gmunden, para preparar el paso de Hitler a Suiza. Finalmente, cuando el canciller se desplazó a la confederación, lo hizo en compañía de Bormann y el propio Traksch en un bote con motor. La embarcación fue hundida en el lago Constanza. Hitler se fue a Zurich, donde vivía con una mujer llamada Hilda Reichl. Según la información, se exhibía habitualmente sin problemas en lugares públicos de la zona. Manejaba un pasaporte suizo a nombre de Kurt Reichl y otro danés a nombre de Uwe Jensen. Con esta documentación, el sobrado ex canciller de Alemania había, según Traksch, viajado por lo menos seis veces a Alemania y Austria en 1946 (pero, si viajaba sin problemas, ¿por qué entró en Suiza en una barquita clandestina?). El informante, asimismo, informaba de los cambios de aspecto de Hitler: parecía ya un hombre viejo, pelo casi totalmente cano, caminando inclinado hacia delante y con pasos cortos, además de toser constantemente  (sólo por casualidad, esta descripción cuadra con la del 99% de los viejos que entonces paseaban por Zurich). Vestía de manera modesta, prefiriendo siempre las chaquetas y abrigos oscuros (o sea, como Jason Bourne)  y los sombreros.

Por mucho que toda esta serie de datos aparentemente precisos pero en realidad bastante genéricos pareciesen una invención del tipo de las que hacen los adivinos cuando te cuentan el futuro, la inteligencia de los Estados Unidos la investigó. En febrero de 1948, los americanos solicitaron al jefe de la policía de Berna que comprobase la movida. Con fecha 25 de marzo, el poli suizo contesta a la petición informando de que no han descubierto nada, aunque matizando educadamente que comprende que este tipo de mamonadas, a pesar de serlo, hay que investigarlas.

En noviembre de 1948, Adolf Hitler estaba en Amsterdam. Un informante anónimo holandés escribió una carta a "su Excelencia el general mariscal de campo Dwight Eisenhower" en la que informaba de que el dueño de una cafetería en la capital holandesa era Hitler. El presunto canciller se llamaba Ludwig Kirschner (interesante apellido para algún mistabobo argentino que quiera escribir un libro sensacionalista sobre la materia). Las dos principales pruebas a favor de la teoría del informante anónimo eran: el parecido físico entre Hitler y Kirschner (Ludwig, por supuesto), que el informante "demostró" con un dibujo; y el hecho de que la cafetería tenía, al parecer, unos ceniceros que estaban fabricados con restos de obuses. La escena tiene plena lógica: en abril de 1945, con los rusos enseñoreándose de Berlín, la SS saca a Hitler del búnker donde está. Los fieles miembros del cuerpo de élite intiman a Hitler para que se de prisa: "¡Rápido, Mein Führer, hemos de partir ya!". Pero Hitler les contesta: "¡Un momento, coño, que me quiero llevar unos trozos de obús de recuerdo!"

A tumba abierta por la pendiente de la estupidez hemicránea e hiperbólica, el informante continuaba explicando que el buen Kirschner tenía unas cicatrices en la cabeza que coincidían con las que había sufrido Hitler cuando se atentó contra él; sin que se acompañase explicación alguna de por qué el dicho informante tenía datos tan precisos sobre qué heridas le había causado a Hitler la bomba. Por último, el autor de la carta contaba que se puso a observar a Kirchner y que éste, cuando se percató, llamó por teléfono a un miembro de la Gestapo para que fuese a la cafetería y lo matase.

Por increíble que pueda parecer, los militares que leyeron la carta no se limpiaron el orto con ella. Lejos de ello,la enviaron al director de Inteligencia. La rueda echó a andar. El 25 de enero de 1949 los holandeses, competentes para la investigación, informaron por escrito al agregado militar estadounidense con sede en La Haya de que el pobre Ludwig Kirchner, lejos de ser Adolf Hitler, era un ciudadano alemán, ¡de origen judío! que, precisamente por eso, había abandonado Alemania en 1933. Había abierto la cafetería en 1934. Los investigadores comprobaron que en aquel establecimiento casi todos los parroquianos habituales hablaban alemán (lógico, pues el dueño lo era); y que el propio Kirchner se mostraba elusivo cuando la conversación se ocupaba de su vida o de su negocio; lo cual también es lógico teniendo en cuenta que llevaba años escamoteando sus orígenes judíos. El investigador concluyó que había un cierto parecido entre Kirchner y Hitler, pero no muy relevante.

Last, but not least, en septiembre de 1949 un ciudadano británico, llamado Leslie Graham Fraser, afirmó haber visto en el café Cologne de Pontypridd, donde vivía, a un hombre muy parecido a Hitler. Lo describió como un hombre "con una expresión fiera en general, aunque con sonrisas ocasionales". Lo más curioso de esta versión es que según ella Hitler, después de toda una vida aborreciendo el tabaco, había terminado por caer, porque el hombre del pub se estaba fumando un puro.

En fin, la triste herencia que ha dejado toda esta sarta de chorradas, pequeñas venganzas personales, ambiciones narcisistas a la búsqueda de notoriedad y simple y pura idiocia es que, al fin y al cabo, han dejado un rastro de historias que, al fin y al cabo, fueron investigadas por algo tan serio como la inteligencia militar estadounidense. El punto de vista es erróneo. Que los militares USA investigasen estos temas no quiere decir que los creyesen; de hecho, en varias de las peticiones que hacen a terceros para que investiguen se hacen perdonar por adelantado confesando de forma diplomática que no creen una palabra de lo que les han contado, pero que de todas formas deben investigarlo. Sin embargo, algunas personas se han tomado estas documentaciones como una prueba irrefutable de que "algo pasó"; redactándolas convenientemente al estilo Von Daniken, eso les permite escribir libros que son pienso para mentes crédulas.

Por lo que he podido leer y experimentar, el bulo que mejor ha sobrevivido al tiempo ha sido el de que Hitler huyó a la Argentina. El dilatado periodo de tiempo en el cual el gobierno local pudo permitir algo así es, creo yo, la principal razón de que esta sea la historia más habitualmente contada. El problema de todas estas movidas reside en sacar a Hitler de Berlín. Por lo que he podido leer, para conseguir esto se echa habitualmente mano de Hanna Reitsch, excelente aviadora alemana. El problema es que Reitsch, como ya hemos contado en este blog, consiguió la machada de aterrizar junto a la puerta de Brandenburgo en medio de los disparos soviéticos, pero es totalmente imposible que consiguiese despegar con Hitler; entre otras cosas, tras su proeza estuvo presa por los americanos. En todo caso, una vez "salvado" el tema de salir de Berlín, se suele echar mano del submarino que cruzó el océano con Hitler dentro; otra teoría dificililla de demostrar.

Así pues, aun hoy en día hemos de soportar este tipo de teorías. Qué le vamos a hacer.