lunes, junio 08, 2015

Richelieu (12: una bronca histórica)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu, así como el estreno de Richelieu como político en los Estados Generales. Luego le hemos visto ascender a secretario de Estado, y después cómo el obispo eligió mal el bando, y estuvo a punto de irse por el desagüe de la Historia. Eso sí, inmediatamente comenzó a cambiar las cosas para llevarse bien con el rey. La estrategia da sus frutos pues Richelieu, no sin esfuerzo, consigue alcanzar la cumbre del poder. Una vez allí, se deberá enfrentar a su primer conflicto en el exterior, conocido como de La Valtelina

Tras resolver el conflicto de la Valtelina, Richelieu hubo de enfrentarse a una fuerte conspiración interior y exterior, que terminó resolviendo con el ejemplarizante castigo del marqués de Chalais. A continuación, hemos pasado a contarte el que tal vez es el hecho más importante del mandato de Richelieu, esto es el sitio de La Rochelle. Luego la cosa se pondrá de nuevo mal en Italia, y se producirá el desagradable, pero ejemplarizante, affaire Montmorency-Bouteville. Luego las cosas se emputecen de nuevo en Italia, pero Superqueso Richelieu se las arregla para enderezarlas.


En efecto, durante aquel mes de noviembre, como hemos dicho, todos los actores del drama en que se había convertido la Corte del Louvre se encontraban en París. Juntos, pero no revueltos. La reina madre habitaba el hôtel du Luxembourg. Ni siquiera el rey estaba en el Louvre, ya que el palacio estaba en obras. En aquel momento, dormía en el llamado hôtel des Ambassadeurs, en la rue de Tournon. Richelieu, por su parte, vivía en su propiedad de la rue de Vaurigard.


Cada mañana, puntualmente, Luis XIII tomaba camino de la residencia de su madre, a la que visitaba religiosamente. La reina madre, por su parte, había dado instrucciones bien precisas de que, en aquellos encuentros, jamás se franquease el paso al primer ministro, caso de que se le ocurriese presentarse acompañando al monarca. Sin embargo, en la mañana del 10 de noviembre, Richelieu decidió presentarse en el hotel de Luxemburgo. Se encontró las puertas cerradas, pero para entonces el cardenal ya no daba hilo sin puntada, lo cual quiere decir que se había hecho informar puntualmente sobre la planta del edificio. Entró, pues, en la capilla del edificio, abierta a la calle, y de ahí accedió a un oscuro pasillo que, como él sabía bien, daba acceso al gabinete de la reina. Tal y como esperaba, o tal vez como ya le habían informado criados de la casa convenientemente recompensados, la puerta del pasillo no estaba condenada, porque no se utilizaba nunca.

«Como sabía bien que sus Majestades estarían hablando de mí, he decidido venir para poder justificar mis actos»; tal fue la presentación de Richelieu, y es una presentación moderna pues, por mucho que ahora nos parezca poderoso el papel de un primer ministro, debemos entender que lo normal en aquellos protoestados, casi tardomedievales, que eran las naciones europeas de principios del XVII, un primer ministro apenas tenía derecho de audiencia para defenderse de la auditoría de los miembros de la Familia Real.

Sólo si entendemos el enorme gesto de modernidad que está implícito en el acto de Richelieu, modernidad que por lo tanto no podía sino sacar de sus casillas a los partidarios de lo antiguo, podremos entender el verdadero ataque de furor con el que María de Medicis reaccionó a la entrada del cardenal en su gabinete. Le dijo de todo. Le dijo, para empezar, que él se lo debía todo a ella, lo cual era sólo en parte verdad. Pero, sobre todo, lo acusó de corrupto y traidor. Le dijo (delante del rey) que años atrás ella le había entregado un millón de libras en oro del que nunca más supo; insinuó que ése y otros recursos los acumulaba Richelieu para destronar a su hijo, casar a su sobrina con el duque de Orléans y acto seguido proclamar que el rey Luis era bastardo. Y tal. Terminó, por supuesto, con un ultimátum: mirando al rey a los ojos, le informó de que ella no volvería a participar en ningún consejo de gobierno mientras Richelieu estuviese presente.

Durante toda esta escena, la única que habló fue la vieja. Richelieu era consciente de que su papel, por así decirlo, se había cumplido con el gesto de presentarse inopinadamente; y, en el lo que atañe al rey, si hemos de creer a los testimonios que nos han quedado fue testigo del estallido de su madre mudo, pálido y con los labios apretados. Tal vez ésta fue la pista que recibió el cardenal de que las cosas no iban como él había pensado. Habiendo provisto a Luis con el capazo de victorias militares y diplomáticas con que contaba, es bastante lógico pensar que Richelieu había esperado que el rey fuese quien, por su propia iniciativa, hubiese callado a su madre, colocando las cosas en su sitio. Pero ya hemos dicho que aquellas naciones no eran estas naciones, y entonces había muchas cosas que hoy damos por ciertas (por ejemplo, que un rey no puede ponerse chulo con su primer ministro; en puridad, en los tiempos presentes los reyes leen en público los discursos que sus primeros ministros les redactan) que no lo eran tanto. El silencio de Luis XIII, probablemente, le dijo muchas cosas Richelieu, pocas buenas. Y fue por eso, probablemente, por lo que se echó a los pies de la reina, dejando resbalar por su mejillas lágrimas estratégicas, jurándole que él jamás había albergado la menor idea de hacerle daño.

La reina madre, sin embargo, no se sintió ni ablandada ni cohibida por esta actitud, y siguió con sus gritos y sus reproches. Luis XIII, por su parte, se limitó a esperar a que la senilidad de su madre acabase por agotarla. Cuando la fuerza de los reproches cedió, se levantó de su escabel y, fríamente, ordenó a su primer ministro que abandonase la sala; y, acto seguido, informó a su madre, con la misma frialdad, de que esa mañana abandonaría París camino de Versalles.

Ambos protagonistas de la escena, María de Medicis y el cardenal Richelieu, sacaron exactamente la misma conclusión de aquel broche final: el primer ministro había caído en desgracia. De hecho, la reina madre estaba tan segura de que el gesto de Luis era un aval a sus airados remoquetes que esa misma mañana estuvo comentando con los suyos que a Marillac le quedaban dos telediarios para ser primer ministro. Incluso coqueteó con la idea de la expulsión de París de toda la larga caterva de parientes y clientes de Richelieu. Mientras todo el mundo en el París de mando se hacía lenguas con la nueva etapa de gobierno que llegaba a Francia, Richelieu apremiaba a sus criados para que terminasen de cerrar las decenas de baúles de su equipaje, pues pretendía salir para Le Havre en el más corto espacio de tiempo posible; el destino nos lo dice todo: pensaba tomar un barco, quién sabe con qué destino.

Así estaba el tema cuando un mensajero real aparcó su ciclomotor frente a la puerta de la calle Vaurigard y, entrando en la mansión, le entregó un mensaje del rey en el que éste lo reclamaba urgentemente en Versalles.

En realidad, el gesto responde muy bien a la siquis del rey, y que María de Medicis no se diese cuenta nos da la medida de lo realmente distantes que eran entonces las relaciones entre madres e hijos en las familias coronadas. El rey, como persona insegura que era, rehuía el enfrentamiento frontal, máxime con una persona como su madre, que en cualquier día de su vida mostraba más acometividad que Lola Flores después de haberse tomado diez Red Bull. Pero también entendió, en medio de esa discusión, como probablemente Richelieu había calculado que entendería, que no podía renunciar al hombre que había doblado el brazo de los protestantes de La Rochelle y que había logrado cláusulas tan cojonudas como las obrantes en el tratado de Ratisbona. En esto, sí, fue un rey moderno, en el sentido que nosotros entendemos el término «modernidad». Se dio cuenta de que entre el buen gobierno (o, cuando menos, el gobierno efectivo) y la llamada de la sangre, había llegado el momento de dejar la sangre aparte. Bien es cierto, aunque él no lo podía saber, que con ese gesto Luis XIII clavó el primer clavo del primer escalón de la escalera del cadalso que algún día habría de subir Luis XVI. Pero hay algo de verdad es la historiografía marxista cuando dice que la Historia son corrientes que llevan a a los hombres hacia alguna parte, quieran ellos o no. Si Luis XIII no hubiese optado por su primer ministro (y nótese que no escribimos valido, pues Richelieu, en puridad, no lo era) otro rey habría acabado por hacerlo, en Francia o en otra esquina de Europa, haciendo avanzar el reloj de los tiempos.

Contra lo que había vaticinado María de Medicis, el primer consejo de ministros que se celebró tras aquella discusión no nombró primer ministro a Marillac, sino que le retiró sus privilegios y decretó su exilio. También fue arrestado su hermano, el mariscal de Marillac, en puridad mucho más peligroso, puesto que tenía mando en tropa, esto es capacidad de oponerse a las nuevas medidas con algo más que palabras (de hecho, el mariscal acabó juzgado, en una parodia de juicio con unas acusaciones que no se sostenían de forma alguna, y aun así sería ejecutado el 10 de mayo de 1632). Para la Medicis, estas noticias fueron tan chocantes que la sumieron en una especie de coma etílico sin alcohol, en el que era incapaz de hilar dos frases coherentes seguidas y se mostraba incapaz de reaccionar. No es para menos, pues el destino quiso que de las miles y miles de personas que conformaron, durante un periodo de tiempo de aproximadamente dos siglos de cambio, las casas reales que estaban llamadas a perder su poder omnímodo en manos de nobles menores y burgueses acomodados elevados a la categoría de administradores de lo común; de todas estas personas, digo, la primera que hubo de sentir sobre sus hombros el peso de este nuevo yunque, que habría de pesar todavía mucho más sobre los reyes cuando algunos hombres acabasen por desarrollar la idea de la soberanía popular, tuvo que ser esta vieja insoportable, acostumbrada a los viejos usos de la monarquía; tal vez, la persona peor preparada en toda Europa para recibir un shock de estas calidad y magnitud.

Eso sí: es evidente que se recuperó pronto. María de Medicis, cornucopia del pasado sin ella saberlo, no podía quedarse quieta ante lo ocurrido, y por eso, nada más recuperó el habla y la capacidad de retener la orina a voluntad, comenzó una acción de acoso y derribo de su hijo Luis. La actitud y los escándalos eran públicos y notorios, y es por esto que el rey no aguantó mucho tiempo, y acabó decretando la residencia obligatoria de su madre en Compiègne, con expresa prohibición de pisar París sin autorización previa. Gaston de Orléans, que compartió la suerte de su madre, comenzó, una vez fuera de París, una política de remisión de cartas y libelos injuriosos contra el cardenal. María de Medicis, por otra parte, contrató a un libelista que un día había sido empleado de Richelieu: Mathieu de Morgues. Lo que siguió fue una guerra de opinión pública en toda regla, con los medicistas inundando la capital de libelos que el gobierno contestaba a través del Mercure de France.

El 10 de julio de 1631, sin embargo, Luis XIII tuvo la sensación de que ya era suficiente. El rey hizo saber a su madre que debía cambiar de actitud. La reina madre reaccionó alejándose todavía más de París, hacia la frontera, probablemente albergando la ilusión de encontrar nobles levantiscos que la ayudasen a levantar tropas. Decide irse a vivir a una pequeña ciudad llamada La Capelle, pero la tarde que llega a la villa, se encuentra sus puertas cerradas. Entonces decide pasar a los Países Bajos, la última etapa de su tumultuosa vida.

No contento con el exilio efectivo de la reina madre y la desgracia del mariscal de Marillac, Richelieu aun dio un paso más para el acojone de sus enemigos.

Henri de Montmorency, personaje que ya ha aparecido levemente en estas notas, era el gobernador de Languedoc. No tenía enfrentamientos con Richelieu, hasta el punto de que éste en sus horas bajas llegase a pensar en pedirle refugio; pero, sin embargo, también es cierto que, al estar casado con María Felicia de los Ursinos, estaba lejanamente emparentado con la reina madre. Tras todos los sucesos ocurridos, y muy influido por su mujer, Montmorency se pasó claramente al bando de María de Medicis y Gastón de Orléans. En un movimiento muy poco calculado, levantó al Languedoc, formó una leva, y con sus tropas fue al encuentro de Gastón. El 1 de septiembre de 1632, se produjo una batalla en Castelnaurady, en el que las tropas reales, muy superiores, le dieron a los alzados hasta en el cielo de la boca; Montmorency fue capturado, gravemente herido. El 30 de aquel mes, apenas curado de sus heridas, fue ejecutado. Hasta el último noble de Francia intercedió por él, pero Luis XIII cerró todas las bocas con una frase histórica: Je ne serais pais roi si j'avais les sentiments des particuliers. Si yo tuviese los sentimientos de la gente normal, no sería rey.


Con el último suspiro de del duque de Montmorency desapareció para siempre de Francia la nobleza como contrapoder efectivo de la monarquía. La obra del cardenal de Richelieu se había completado.