viernes, junio 12, 2015

Richelieu (un epílogo valorativo)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu, así como el estreno de Richelieu como político en los Estados Generales. Luego le hemos visto ascender a secretario de Estado, y después cómo el obispo eligió mal el bando, y estuvo a punto de irse por el desagüe de la Historia. Eso sí, inmediatamente comenzó a cambiar las cosas para llevarse bien con el rey. La estrategia da sus frutos pues Richelieu, no sin esfuerzo, consigue alcanzar la cumbre del poder. Una vez allí, se deberá enfrentar a su primer conflicto en el exterior, conocido como de La Valtelina

Tras resolver el conflicto de la Valtelina, Richelieu hubo de enfrentarse a una fuerte conspiración interior y exterior, que terminó resolviendo con el ejemplarizante castigo del marqués de Chalais. A continuación, hemos pasado a contarte el que tal vez es el hecho más importante del mandato de Richelieu, esto es el sitio de La Rochelle. Luego la cosa se pondrá de nuevo mal en Italia, y se producirá el desagradable, pero ejemplarizante, affaire Montmorency-Bouteville. Luego las cosas se emputecen de nuevo en Italia, pero Superqueso Richelieu se las arregla para enderezarlas. Luego nos ha llegado el momento de contarte una gran bronca palaciega que acabó por clavar el último clavo en el ataúd de María de Medicis. El relato dela vida de Richelieu ha terminado cuando te hemos contado lo que le pasó al joven y voluble Henri d'Effiat.

Hoy, con el cardenal ya de cuerpo presente, nos limitaremos a aportar algunas notas sobre la importancia de su figura.

La elección de los lectores de este blog en favor de esta serie sobre la vida del cardenal Armand Jean du Plessis fue una elección acertada. Yo no puedo saber cuáles fueron las pulsiones que les animaron a hacer esta elección; pero lo que sí sé es que, en todo caso, era una elección relevante. 

El siglo XVIII, y una parte bastante relevante del XIX, habrían de vivir una situación internacional caracterizada por el dominio geopolítico francés en Europa. Francia, que había intentado muchos siglos atrás aplicarle (más bien re-aplicarle) a Europa la idea imperial, aunque bien es verdad que más bajo el paraguas de la catolicidad que de la francofonía, lo volvería a intentar en el siglo XIX una vez que, en una labor por colleras entre los nuevos revolucionarios y el genio del corso Bonaparte, desarrollase la idea y la praxis del papel del ejército en la política. Desde entonces ha llovido mucho, cierto es; pero Francia ya nunca ha dejado de ser uno de los primeros invitados a la mesa del poder mundial.

Todo esto no fue forjado por Richelieu; pero no sería posible sin él. De alguna manera, los hechos que hemos descrito eran el sueño del cardenal, que nunca llegó a ver; pero, de alguna manera, él, sin siquiera saberlo, trabajó para ellos. Lo que sí es bastante más que evidente es que sí tuvo bien claro, durante su vida, que estaba trabajando por la unidad centralizadora de Francia,  esto es por la creación de un actor geopolítico con una sola voz en un entorno, el europeo, en el que la mayoría de las testas coronadas que jugaban en el tablero sabían que en casa tenían que acoplar y, en ocasiones, aquietar, posicionamientos muy diversos.

Hoy, a este movimiento lo conocemos como jacobinismo. Decimos que Francia es un país de raíz jacobina cuando hablamos de sus claras tendencias centrípetas, centralizadoras y unitarias. No seré yo quien niegue a los jacobinos esta naturaleza, pues es bien cierto que la tuvieron y que fueron quienes la impusieron. Pero es un tanto injusto plantear las cosas así, porque el jacobinismo, como ideología, digamos, madura, debe mucho a la labor realizada un siglo y medio antes por este cardenal que, para anunciar la labor centralizadora, no contó lo que se dice con la mejor materia prima: un rey retraído y con tendencia a la cobardía; una reina madre con una potísima capacidad de influencia; y unas casas nobles, una patota de pares de Francia, dispuestos a no dejar caer de sus manos ni un adarme del poder con que contaban. Cien años después, cuando llegue eso que se llama absolutismo o despotismo ilustrado, se hablará mucho de los privilegios de la nobleza; pero quienes consideran el absolutismo como el más de lo más de la situación en la que jamás estuvieron los nobles, deberían cogerse un diccionario y estudiar la diferencia existente entre tener privilegios y tener poder.

Richelieu llegó a Francia en el momento en que Francia lo necesitaba. Como hubiera necesitado, y a gritos, España, que le hubiese llegado también un Richelieu. Entre Francia y España, sin embargo, se yergue, imponente, el pasado y el concepto de prestigio. Como muy bien recuerda Elliot al describir la vida del conde-duque de Olivares, en todas o casi todas las decisiones que tomaron los consejos reales durante el reinado de Felipe IV, primó siempre el concepto de conservar el prestigio. La España barroca vivía bajo la presión de recuerdo de tiempos que, en realidad, no estaban tan distantes, y concebía que dar pasos hacia el cambio era renunciar a aquella posición, a aquel prestigio; lo cual quiere decir que, consecuentemente, no los daba.

Francia, por así decirlo, no tenía este problema, o no lo tenía en la misma calidad. La Francia barroca tenía todavía el problema de tener un ejército relativamente poco potente (de ahí la sobrerreacción napoleónica, que crea una armada de dimensiones globales) y de, además, sufrir de una división ideológica, religiosa, que otros, notablemente Inglaterra y España, tenían resuelta: uno, nosotros, a base de expulsar y quemar a los disidentes; otra, Inglaterra, a base de masacrarlos, echarlos del mundo hacia el otro lado del globo, o matarlos de hambre en su islita. Francia, como nación, es un proyecto ideológicamente anémico, porque la ideología, en esos tiempos, tiene mucho que ver con la religión. Richelieu será, en buena medida, quien acabe o empiece a acabar con este problema, y yo creo que pocas veces nos damos cuenta de lo difícil, e importante, de la labor. El asedio de La Rochelle es, desde varios puntos de vista, un verdadero turning point en la Historia de Francia, mucho más que en la vida o los éxitos de Richelieu, quien tal vez en su día tuvo bastante más prestigio por cosas como forzar la mano austrohispana para la firma del tratado de Ratisbona. 

Hay una famosa frase de Françesc Cambó: en cierta ocasión, cuando fue colocado en la dicotomía entre monarquía o república, contestó: «¡Cataluña!» Esta respuesta es un poco la respuesta de Richelieu. ¿Católicos, hugonotes, normandos, pícaros, rosellones? ¡Franceses! Franceses unidos, además, por una personalidad única, la del rey legítimo, que aparece como garante de la buena política y de la justicia, en un esquema absolutista que es, en su tiempo, moderno. Esto, además, en un momento, no me cansaré de repetirlo, en el que la volubilidad del ácido desoxirribonucleico contenido en la genética de la familia Capeto no había colocado en manos del primer ministro el mejor de los especímenes posible; porque Luis XIII, la verdad, no valía ni para la mitad de las cosas que hizo. En eso, la Francia y la España barroca sí que se parecían bastante.

Alejandro Dumas, cuando ya se estaba forrando con los derechos de autor de sus tres mosqueteros, acabó por reconocer que se había cebado en exceso en su novela con la figura del cardenal de Richelieu. Lo cual tampoco hay que tomárselo a la tremenda, porque hay algunas cosas en sus escritos que están muy bien tiradas. La misoginia del cardenal, por ejemplo, que a Dumas le vino de coña para trazar una trama de ésas de las que el público devora impaciente, en la que hay mujeres de por medio torciéndolo todo. Por lo demás, la inquina de la Francia del siglo XIX, que es ya otra Francia porque ha pasado por la turmix de la Revolución Francia, hacia el cardenal Richelieu, tiene su lógica. En las notas que he escrito hemos visto que, como primer ministro, Richelieu jamás dejó de verter una sola gota de sangre que tuvo la oportunidad. Nunca fue clemente con sus enemigos, en un gesto que sus observadores de dos siglos después consideraban prueba de falta de sensibilidad; lo cual es lógico, porque para entonces ya no se paraban a tratar de entender los tiempos en los que esas cosas se producían. Como ni me he cansado ni me cansaré de escribir, mirar la Historia con los ojos del presente es la mejor receta para malinterpretarla.

Acudamos a una imagen cinéfila: The Godfather, segunda parte. Fredo Corleone, expulsado por su hermano Michael del entorno de la familia tras haber averiguado que lo vendió a Hyman Roth en Cuba, acude al funeral de su madre. En la habitación donde reposan los restos están todos los miembros vivos de la familia y los principales soldados de la familia mafiosa Corleone. Fredo entra trastabillado, temeroso, presenta sus respetos a su madre, y luego se queda delante de su hermano, pálido, firme, sin saber que hacer; hasta que el jefe de la familia lo atrae hacia sí y lo abraza, momento en que estalla en llantos. Francis Ford Copolla nos muestra entonces una toma de uno de los principales lugartenientes de Michael, que está mirando la escena, y luego a Al Pacino que lo está mirando. Es en ese momento en el que el líder de los Corleone comprende que ha de matar a su hermano. Abrazarlo, aceptarlo, cuando es un traidor, es un gesto de debilidad; y eso es lo que lee en los ojos de sus hombres: el jefe es débil. Para recuperar su fuerza, deberá demostrar que no tiene problemas en matar a su propio hermano.

Para entender la crueldad barroca de Richelieu hacia todos los nobles que conspiraron contra él y fueron arrestados por ello no hay más que sustituir a Al Pacino en la escena de la película por la de un cardenal de barbita elegante. Richelieu fue hondamente cruel con quienes le atacaron porque mostrar piedad hacia esos agresores, o hacia sus cómplices, habría supuesto darle alas a ellos mismos o a otros que estuviesen contemplando la escena. Tiene, por otra parte, gracia que Richelieu pasase en la Francia decimonónica, y por mor de Dumas, por ser lo más de lo más del gobernante cruel y despiadado, cuando esos gobernantes revolucionarios a los que Francia ilolatra(ba) habían ordenado asesinar conscientemente a mujeres y niños del pueblo común, cosa que Richelieu nunca hizo. Que es que si nosotros, los españoles, tenemos un problema a la hora de entender y aceptar nuestra Historia, el de los franceses es un problemón king size.

Otro elemento que no hay que olvidar es que Armand du Plessis era un noble menor; para los pares de Francia, de hecho, no era ni noble ni una hostia. Éste es otro punto en el que Francia nos cogió ventaja en el momento más propicio. En un momento en el que en España se seguía considerando que puestos del gobierno del país como el de Almirante de Castilla o miembro de los consejos eran poco menos que vitalicios y hereditarios, hasta el punto de negarle el pan y la sal en los mismos a los catalanes, gesto que habría ahorrado muchos sinsabores pasados y presentes; mientras teníamos una España así, digo, en Francia un hombre cuyo mérito no era ser de la familia Borbón u Orléans sino ser muy listo, llegó a primer ministro. Esta revolución, podríamos llamar revolución del funcionario, no llega a España hasta el siglo siguiente, lo cual hace inútil la discusión sobre las inteligencias personales. Tal vez, así, el conde Aranda o Floridablanca, eran más brillantes que Richelieu. O no. Pero da igual, porque lo que marca la diferencia entre ellos, en términos de efectividad, fue el tiempo en el que actuaron.

La pregunta de qué  habría sido de Francia sin Richelieu es la misma que otras muchas ucronías que se pueden plantear en la Historia. La que se me ocurre ahora mismo: cómo habría sido la caída del Muro de Berlín de no haber sido Konstantin Chernenko un bebedor compulsivo y, consecuentemente, no haber muerto para dejar paso a Milhail Gorvachov. Las ucronías nunca se contestan; su única función es dar que pensar. La figura del cardenal Richelieu da mucho que pensar a quien quiera reflexionar sobre la formación de la Europa moderna. Ése es su legado. Sus muertos llevan mucho tiempo enterrados. Sus vivos se juntan en plazas para enarbolar todos una misma bandera, una bandera que Richelieu habría abominado; y para cantar un himno sobre cuya letra, asimismo, habría escupido el cardenal.

Pero todo eso, de alguna manera, es, también, obra suya.