miércoles, junio 10, 2015

Richelieu (y 13: el affaire Cinq-Mars)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu, así como el estreno de Richelieu como político en los Estados Generales. Luego le hemos visto ascender a secretario de Estado, y después cómo el obispo eligió mal el bando, y estuvo a punto de irse por el desagüe de la Historia. Eso sí, inmediatamente comenzó a cambiar las cosas para llevarse bien con el rey. La estrategia da sus frutos pues Richelieu, no sin esfuerzo, consigue alcanzar la cumbre del poder. Una vez allí, se deberá enfrentar a su primer conflicto en el exterior, conocido como de La Valtelina

Tras resolver el conflicto de la Valtelina, Richelieu hubo de enfrentarse a una fuerte conspiración interior y exterior, que terminó resolviendo con el ejemplarizante castigo del marqués de Chalais. A continuación, hemos pasado a contarte el que tal vez es el hecho más importante del mandato de Richelieu, esto es el sitio de La Rochelle. Luego la cosa se pondrá de nuevo mal en Italia, y se producirá el desagradable, pero ejemplarizante, affaire Montmorency-Bouteville. Luego las cosas se emputecen de nuevo en Italia, pero Superqueso Richelieu se las arregla para enderezarlas. Luego nos ha llegado el momento de contarte una gran bronca palaciega que acabó por clavar el último clavo en el ataúd de María de Medicis.

A pesar de esta victoria estratégica sin paliativos, los proyectos de acabar con Richelieu nunca decayeron. En 1636, cuando Luis XIII y Richelieu sometieron a asedio la muy pícara población de Corbie, en el marco de la Guerra de los Treinta Años y de las hostilidades contra los españoles, el ínclito Gastón de Orléans y el conde de Soissons trazaron un plan para asesinar al cardenal en Amiens. Sin embargo, el conspirado de sangre real se defecó a última hora (cosa que le pasaba a menudo), el atentado no tuvo lugar, y Soissons tuvo que huir a Sedán.


En 1641 todavía se pensaba en lo mismo. El momento, además, era bastante propicio pues Richelieu, quien al fin y al cabo contaba con una Hacienda epiléptica para financiar sus gastos de guerra, había montoreado a los franceses, subiéndoles un montón de impuestos. El eterno conde de Soissons entró en contacto con los españoles, que ponen a su disposición varios miles de soldados, con los que marcha contra las tropas realistas. El 6 de julio, en la batalla de la Marfée, dichas tropas fueron derrotadas, con un montón de muertos entre los que se encontró el propio conde.

Pero nada como lo que conoceremos como el affaire Cinq-Mars, que se convierte en el acto crepuscular de la vida de Richelieu.

El 27 de marzo de 1638, cuando todavía contaba 17 años, Henri d'Effiat, marqués de Cinq-Mars, había sido nombrado Gran Maestro del Guardarropa del Rey. No era la primera vez que Effiat recibía un gaje de la Corte. Algún tiempo antes, y como recompensa por los trabajos de su padre, Antoine d'Effiat, superintendente de las Finanzas, el propio Richelieu le había entregado el mando de una compañía de guardias.

Los nombramientos a favor de Henri distribuyeron por todo París la idea de que el rey estaba elevando a un nuevo valido. De hecho, poco tiempo después fue promovido al puesto de Grand Écuyer de France, algo así como primer jinete del país, amén de recibir del propio rey el condado de Dammartin.

Todo esto fue instigado por Richelieu, y por su inveterado machismo. Como les suele ocurrir a menudo a los hombres que adquieren votos de castidad por puro cálculo estratégico, y tal es el caso de Richelieu que desde luego tenía más alma de general que de obispo o cardenal, con el tiempo la abstinencia más o menos total, pero desde luego forzada, acabó por generar en Armando una suerte de misoginia focalizada en la Corte. Dicho de otra forma, Richelieu odiaba a las mujeres que brujuleaban en torno al rey y la reina, y a las reinas mismas cuando no eran sumisas. Por lo demás, el cardenal sabía bien que su materia prima y el origen de todo su poder, esto es el rey Luis XIII, era una persona indolente, extremadamente tímida e introvertida. Hasta aquel momento (el rey tenía entonces 36 años), esta combinación de factores había llevado a Luis a alejarse de las mujeres, aunque es probable que por alguna de las damas principales de la Corte desarrollase algo parecido al amor; pero eso, pensaba el primer ministro, podía cambiar si algún día alguna de ellas daba con la tecla. La tecla, es evidente, todavía no la había encontrado nadie, y mucho menos Ana de Austria, la reina. La noticia, el 5 de septiembre de 1638, del nacimiento del Delfín de Francia, sorprendió absolutamente a todo el mundo, pues todo París sabía que hacía años que el rey no tocaba a la reina.

Este fue el punto en el que entró a jugar Cinq-Mars. Sin cortarse un pelo, Richelieu pretendió, a través de la promoción de aquel efebo adolescente, que su monarca tuviese una amistad masculina con la que gestionar sus melancolías. Riesgo de escándalo había poco, pues Luis XIII creía sinceramente en la castidad; por muy amigos que fuesen el monarca y su maestro de guardarropa, jamás habría entradas por el garaje.

Luis XIII, podemos especular, se enamoró, de alguna manera, de aquel muchacho cuya adolescencia todavía le dotaba de cierto aspecto andrógino; y su primer ministro fue la Trotaconventos de aquella movida. Una relación entre un jovenzuelo y un rey que podría ser su padre, y que muy pronto adoptaría la forma habitual de las relaciones homo y heterosexuales en las que, por la razón que sea, existe una evidente y objetiva disparidad de estatus entre los amantes: discusiones, grandes broncas, reconciliaciones estilo Meg Ryan y, sobre todo, un Henri d'Effiat que, convencido de que tenía a Francia a sus pies (y la tenía) se vuelve crecientemente caprichoso y pollas.

Richelieu intenta demostrar al jovenzano que es creación suya y que, por lo tanto, debe aliarse con él. Pero Henri vuela muy, muy alto. Tiene o cree tener al rey en la palma de su mano, y considera que no necesita al cardenal para nada; Richelieu ha creado y alimentado a la Bestia. Así las cosas, sólo es cuestión de tiempo que este adolescente voluble pero con mucho poder acabe siendo tentado por las siempre presentes fuerzas de la oposición palaciega.

A Henri se le acerca Gastón de Orléans. El eterno conspirador contra Richelieu tiene una sangre demasiado azul como para que la represión por pasadas conspiraciones contra el primer ministro o el rey le puedan alcanzar. Por esas estúpidas incongruencias que tienen las Cortes posrenacentistas del XVII en Europa, gracias a que es intocable el eterno aspirante a sustituir al rey (que ahora ya sólo puede hacerlo a través de un golpe de Estado, puesto que el rey ha tenido un hijo) sigue en los pasillos del Louvre, dando por culo. De años atrás, como hemos visto, el partido de la oposición viene tratando de aprovechar los esfuerzos bélicos que Francia debe realizar en su frontera suroeste a causa del enfrentamiento con los españoles.

Tres grandes conspiradores: Cinq-Mars, Gastón de Orléans y el duque de Bouillon, se ponen de acuerdo. El segundo de ellos se acantonaría con sus tropas en Sedán, mientras que Bouillon, con control sobre la armada de Italia, esto es las tropas francesas situadas allí, pondría estos recursos también a disposición de los rebeldes. Se animaría una rebelión en masa de los protestantes de Cévennes y, ojo que esto es alta traición, Cinq-Mars, que no se olvide es casi un adolescente, firma con los españoles un acuerdo secreto, negociado a través de un tal Fontrailles, por el cual la Corte de Madrid pondría a disposición de los conspirados casi 20.000 soldados y caballeros, además de armamento y dinero a cambio de la plaza de Sedán. Richelieu, según este plan, sería asesinado cuando se desplazase al asedio de Perpiñán.

Un elemento que tuvieron en cuenta los conspiradores para su movida es que Richelieu no pasaba precisamente por su mejor momento personal. Para entonces, el cardenal se desplaza por Francia en una litera que porta en su interior a un pingajo humano. Sus dolencias de siempre siguen ahí, pero además se le ha abierto una úlcera en el brazo derecho. Los médicos sangran al cardenal con la misma naturalidad con que un botellonero deglute calimocho, lo cual lo tiene si cabe más débil de lo que ya estaba. Sin embargo, el cardenal está siempre sobreprotegido. Ni en Lyon, ni en Narbona, donde lo intentan, consiguen los conspiradores acabar con é; ni siquiera consiguen acercarse.

Por lo demás, Richelieu, en esta ocasión como en otras, si no lo sabe todo, sabe muchas cosas. Y se las cuenta al rey. Al otoñal Luis XIII, las noticias le pillan en ese momento del proceso de enamoramiento en el que empiezas a estar hasta los huevos de que tu novio sea un porculo constante.

El 9 de junio de 1638, Richelieu llega a Arles. Unos días antes, en Narbona, 27 de mayo, ha dictado su testamento; por eso sabemos que, probablemente, sus dolencias han adquirido una calidad que le hacen comprender que la cosa está mal. El 11 de junio, envía un emisario al secretario de Estado Des Noyers, que estaba en Narbona. Allí también está el rey. Cuando Monsieur de Chavigny, que así se llama el emisario de la total confianza del cardenal, llega a la ciudad con su recado aparentemente cotidiano, solicita ver personalmente al rey, que en este momento está con Cinq-Mars.

Luis XIII, en efecto, abandona la estancia en la que está con su efebo para pasar a una sala contigua. Y, cuando sale de ésta, ha firmado ya la orden de arresto de Effiat y de todos sus cómplices. Es más que evidente cuál era el documento que Chavigny llevaba consigo: el texto del acuerdo secreto muñido entre el maestro del guardarropa del rey y el rey de España; un documento que demostraba una alta traición.

El joven Henri d'Effiat fue encarcelado en Montpellier. El único de los conspiradores que no probó celda fue Gastón, que se fue a la naja.

El 12 de septiembre de 1642, en una sesión celebrada a las siete de la mañana, un tribunal condenó por unanimidad a muerte a Cinq-Mars. Ese mismo día, a eso de las doce, en la place des Terreaux, se le separó la cabeza del resto del cuerpo.

Tres días antes, había caído Perpignan, lo que venía a significar que España era expulsada del Rosellón. Victoria total, pues. Sin embargo, los protagonistas de esta Historia estaban a punto de perder la última, lógica, pelea, contra la muerte. María de Medicis había muerto en Colonia. Al rey Luis le quedaban siete meses de vida. A su primer ministro, cardenal Richelieu, apenas tres.


Para cuando los enésimos conspiradores contra Richelieu pierden la cabeza, éste ya es un zombie que apenas puede moverse. Morirá el 4 de diciembre de aquel mismo año.