jueves, junio 25, 2015

La GTA (2: el Imperio brasileño)

Recuerda que de esta historia hemos escrito ya un prólogo, y que te hemos dado una primera visión muy general de la situación del Paraguay y sus vecinos.

Para explicar adecuadamente la génesis de la guerra de la Triple Alianza, sin embargo, estamos yendo demasiado deprisa. Antes de entrar en la época de Solano, debemos entender cómo se desarrolló la política del Paraguay en medio de dos colosos y medio. Porque el Cono Sur de la primera mitad del XIX se caracteriza por la presencia de dos grandes bloques, que son el Brasil, fuertemente imperialista y que, además, en el caso del Paraguay considera a este país como una extensión natural del Mato Grosso y una competencia para las producciones del Río Grande; y la Confederación Argentina, el otro gran coloso del área que, sin embargo, está viviendo un problemático nacimiento, con una guerra civil, en ocasiones larvada, en ocasiones declarada, entre el centralismo bonaerense y el federalismo de provincias. Todos los demás actores del área, y muy especialmente Paraguay e Uruguay, o bien deberán definirse en esta pelea de gallos, o bien serán directamente afectados por ella.


El medio coloso que queda por inventariar es Inglaterra. La potencia europea y mundial se encuentra, como es bien sabido, durante todo el siglo XIX embarcada en una carrera colonial con otras potencias, intentando obtener cuantos más territorios de influencia económica y política, mejor. La guerra colonial se despliega de distintas formas en distintos escenarios. En África, será una guerra por la posesión de los terrenos, ya que se considera que los gobernantes locales, apelados de salvajes y tal, no son gobernantes legítimos. Esto, lógicamente, no pasa en el Cono Sur, donde lo que hay son unidades políticas definidas, con instituciones y tal, además de la unidad religiosa dejada por los españoles y la caterva de derechos diplomáticos que genera el hecho de haberse producido movimientos de independencia formal. En el Cono Sur, por lo tanto, la colonización ya no podrá ser militar, sino que tendrá que ser económica. Lo que busca Inglaterra en el área son países que se conviertan en mercados de venta de materias primas para ella y, también de endeudamiento adquirido con sus bancos. Para ello, influirá en la política interna todo lo que pueda, sobre todo en Buenos Aires.

Empezando por Brasil, de todos es sabido que las dos grandes potencias imperialistas del Renacimiento: España y Portugal, se repartieron sus ámbitos de influencia en América por medio del tratado de Tordesillas. Tordesillas siempre escoció a los lusos, que querían llegar más lejos, y es por eso que en fecha tan cercana a dicho acuerdo como 1531 ya enviaron a Martín Alonso de Souza a explorar el río Paraná; una expedición cuyo objetivo final, que era hacerse con los territorios bañados por ese río, quedó frustrado por la fundación de Buenos Aires por Pedro de Mendoza y, más tarde, la segunda fundación (1580) por Juan de Garay. En medio de este proceso, los españoles amplían su ámbito de poder hasta Asunción. Todavía en 1648, Brasil intenta expandirse conquistando territorios guaraníes, siendo rechazados por éstos. En 1680 fundan la colonia de Sacramento, con acceso a la cuenca del Plata; pero ese mismo año una fuerza constituida por el gobernador de Buenos Aires José Garro y, de nuevo, indios guaraníes, los echa de allí. Sacramento, sin embargo, regresó a manos portuguesas merced a la letra pequeña del tratado de Utrech. En 1750, con España de retirada en el orbe mundial, los portugueses consiguen, finalmente, doblarle algo el brazo al tratado de Tordesillas, consolidando posesiones más allá de sus límites. De nuevo los españoles echan a los lusos de Sacramento, pero éstos la recuperan en el tratado de París (1763).

España trató de reaccionar a este expansionismo portugués creando el Virreinato del Río de la Plata, esto es una unidad territorial y política fuerte que fuese capaz de presentar batalla (en no pocas ocasiones, literalmente) a la creciente influencia brasileña. Sin embargo, eso no acalla a los portugueses. A principios del XIX, durante las guerras napoleónicas, Juan VI de Portugal se refugia en Brasil y, una vez allí, aduciendo su matrimonio con la infanta Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII de España, y el hecho de que éste, en ese momento, está prisionero de los franceses, reclama para sí los derechos sobre las posesiones españolas en el Plata. Estas pretensiones, sin embargo, fueron atropelladas por el camión de la Historia en mayo de 1810, cuando se producen en Buenos Aires los hechos de mayo que acaban con la deposición del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y la formación de la primera Junta de gobierno. Los hombres de mayo estaban claramente en contra de la dominación portuguesa, pero al mismo tiempo tenían una visión centralista, esto es de poder porteño sobre el resto de las provincias argentinas, que no era la visión que tenían éstas. Por esta razón, la revolución de 1810 puso la semilla del dificilísimo, y violento, proceso de consolidación de la República Argentina; aunque, para lo que nos importa aquí, sirvió para ponerle sordina a las pretensiones portuguesas sobre el Plata.

Portugal, a través de Brasil, comienza entonces su política, que no abandonará prácticamente durante todo el siglo, de trabajar para la desunión de las provincias argentinas, con el objetivo de debilitar al único oponente serio que tenía para su expansión hacia el sur. A Paraguay, de hecho, le propone la creación de un ducado adherido al imperio brasileño; propuesta que el doctor Francia rechaza con bastante lógica. Pero, sobre todo, en aquellos primeros años del siglo lo que hace Brasil es explotar la división entre el unitarismo y el federalismo argentinos. Aprovechando los enfrentamientos entre los porteños y José Gervasio Artigas y todos quienes con él defendían la autonomía de la Banda Oriental como integrante de las provincias de La Plata, Brasil se coloca del lado de los unitarios y, en 1812, les arranca un acuerdo que le permite intervenir militarmente en el territorio del actual Uruguay, que inmediatamente ocupa con tropas al mando del general Carlos Federico Lecor. Artigas inicia entonces una guerra imposible (enfrentado, al mismo tiempo, a España, Buenos Aires y Brasil) que dura hasta 1820, cuando se ve obligado a buscar asilo en Paraguay.

Una vez vencidos los que podríamos denominar uruguayos, Brasil, el 31 de julio de 1821, se anexa la Banda Oriental, con el nombre de Provincia Cisplatina. Brasil, o sea Portugal, finalmente, había llegado al Plata, como siempre había pretendido desde que se vio obligado a firmar en Tordesillas que no lo haría.

Hacia 1825, Tomás Manuel de Anchorena, uno de los 32 diputados que firmó el acta de independencia argentina, junto con un grupo de estancieros o terratenientes, intenta la recuperación de la Banda Oriental. Todos éstos, con el apoyo de Rosas esto es del poder en Buenos Aires, financian la llamada expedición de los 33 orientales, al frente de la cual se sitúan Juan Antonio de Lavalleja y Manuel Oribe. Encontrando bastante adhesión al otro lado del río, Lavalleja se apresura a proclamar un gobierno provisional y solicitar de Buenos Aires la incorporación en la comunidad argentina. El 25 de agosto de 1825, los orientales declaran su independencia del Brasil y su unión con los argentinos.

Brasil, sin embargo, no abandona su proyecto de poseer una provincia cisplatina. Entra en guerra con Argentina, una guerra que termina en Ituzaingó con la derrota militar brasileña. Sin embargo, los argentinos no están para muchas peleas más, pues para entonces ya tienen enormes problemas internos entre unitarios y federales, e Inglaterra media para que se produzca una solución diplomática. Manuel García viaja de Buenos Aires a Río de Janeiro con este objetivo (es la Misión García de la que ya hemos hablado), y concierta un tratado que reconoce la incorporación de la Banda Oriental al imperio del Brasil; el mismo tratado en el que, como ya hemos visto, reconoce la independencia de Paraguay. Y, como también hemos visto ya, el escándalo que se monta en Buenos Aires cuando se conocen los términos humillantes del pacto provoca la caída de Rivadavia.

El 4 de enero de 1831, Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos firman su pacto federal por el que se establece la Confederación Argentina, bajo el mando de Juan Manuel de Rosas. Rosas, que es un evidente obstáculo para el expansionismo brasileño, es una figura incómoda de la que Río tratará de deshacerse. En 1840, Juan Lavalle invade la provincia de Buenos Aires bajo bandera extranjera, en una tentativa que acabó en derrota en Quebracho Herrado. Asimismo, la denominada Liga del Norte, alimentada por el general José María Paz, Gregorio Aráoz de Lamadrid y otros, le hace la guerra a Rosas desde las provincias.

Esta debilidad interna de los argentinos fue aprovechada por los brasileños para intentar desestabilizar la situación en el Uruguay, utilizando para ello al caudillo local Fructuoso Rivera. El presidente legal de la provincia, Manuel Oribe, fue desalojado por la fuerza. Oribe inicia el sitio de Montevideo, que resiste gracias, sobre todo, a que hasta allí se desplaza el general Paz.

En 1850, todos estos movimientos orquestales en los que Brasil mueve los hilos con una inestimable ayuda de las potencias europeas (Lavalle, sin ir más lejos, llega a Buenos Aires en barcos franceses) cuajan en la formación de una alianza antirrosista, que incluye, entre otros elementos, al líder entrerriano Justo José de Urquiza quien, entre los compromisos de esa alianza con los brasileños, se aviene a reconocer la independencia del Paraguay. El 17 de julio de 1853, Santiago Derqui, enviado argentino en Asunción, reconoce formalmente dicha independencia, sancionada el 7 de junio de 1856 por el propio Congreso argentino.


Antes, sin embargo, los movimientos de Brasil, en comunicación con Urquiza, producen la batalla de Caseros en 1852, la derrota de Rosas y, como dato simbólico, el hecho de que las tropas brasileñas pudiesen desfilar por Buenos Aires, triunfantes, el mismo día del aniversario de la batalla de Ituzaingó. La victoria de Caseros habría de tener consecuencias muy importantes para el Paraguay y el tema que estamos tratando en estas notas pues, al situar en el entorno argentino a un triunfante, Urquiza, aliado con los brasileños, cambió el sentido del sempiterno (y natural) enfrentamiento entre las dos potencias, uniéndolas en objetivos comunes como, por ejemplo, destrozar el Paraguay. Sin embargo, para cuando Carlos López, el mandatario paraguayo, se dio cuenta de ello, ya era tarde para modificar su política de alianzas.

La alianza de Urquiza con los brasileños en Caseros, de hecho, cambia la Historia, o al menos así lo veo yo. Como he dicho, el Cono Sur se conforma, hasta ese momento, como un área geopolítica en la que, una vez retirada España como metrópoli, nos encontramos con dos grandes actores continentales, de fuerza similar, pugnando por la hegemonía: Brasil, y Argentina. Algo así como la dicotomía Francia-Alemania en la que vivió Europa durante bastante tiempo. Brasil, sin embargo, supo jugar sus cartas con gran habilidad, especulando con las dificultades internas de los argentinos, y acabaría logrando que ambas naciones, lejos de ser enemigos irreconciliables, acabasen por ser aliadas. En este cambio, las dos pequeñas piezas que se situaban entre ambos, esto es Uruguay y Paraguay, no tenían sino que sufrir las consecuencias. Y el gran error del Paraguay fue no darse cuenta de esto, no considerar como posible una alianza argentinobrasileña, hasta que fue demasiado tarde.