lunes, junio 29, 2015

La GTA (3: la Confederación Argentina)

Recuerda que de esta historia hemos escrito ya un prólogo, y que te hemos dado una primera visión muy general de la situación del Paraguay y sus vecinos. Además, te hemos explicado la situación y papel básico en la zona del Imperio brasileño.

Si hasta ahora hemos hablado de las intenciones del Brasil, centrémonos un poco ahora en la dinámica en la Confederación Argentina. Para desesperación de sus miembros, y sobre todo de los centralistas porteños que envidiaban el porte imperial de su vecino del norte, desde la revolución de mayo, Argentina no había hecho sino perder territorios de lo que había sido el anchuroso Virreinato del Río de la Plata; en no pocas ocasiones, por rechazo voluntario de los porteños, como ocurrió en el caso del Alto Perú. En 1831, como hemos visto, Juan Manuel de Rosas consigue confederar una serie de provincias; pero esta Confederación adolecerá siempre de una división binaria entre la capital y el resto, entre el centralismo y el federalismo, entre ciudadanos fuertemente occidentalizados como los bonaerenses, y el gaucho.


El gran problema externo de Rosas, ya lo hemos visto, fue Brasil. Respondió a los cariocas con la misma moneda, pues fue un importante impulsor de las tendencias segregacionistas de la provincia de Río Grande do Sul, que ambicionaba anexar a su proyecto. El presidente de la Confederación Argentina sabía que tenía ganadas las guerras con Brasil en el largo plazo, puesto que la armada brasileña era de acometividad relativamente baja (como se comprobaría en la guerra de la Triple Alianza); sin embargo, fue derrotado en Caseros gracias a la defección de Urquiza, quien con todo su ejército de operaciones, creado, mantenido y financiado por Rosas, se pasó al otro bando.

La victoria de Caseros consumó la división de la Confederación en dos bandos irreconciliables: por un lado, la provincia de Buenos Aires, la población porteña, liberal, unitaria y mitrista; por otro, las provincias del interior lideradas por Urquiza. A los federales, sin embargo, les falló su líder. Tanto las batallas de Cepeda como de Pavón acaban por avalar el avance dentro de la confederación del bando porteño liderado por Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento.

El mitrismo, de hecho, se embarca, sobre todo tras su derrota en Cepeda que se convirtió en victoria política merced a la torpísima mediación paraguaya, en una limpieza de federales dentro de la nación; limpieza que quiere decir, no pocas veces, exterminio del opositor político y del gaucho como elemento diferencial. Hoy en día, la exaltación del gaucho, sus costumbres y la poesía de su existencia forma parte de la cultura argentina, y sus arreos y vestidos son elemento fundamental en las tiendas de recuerdos del centro de Buenos Aires; pero no hay que olvidar que Mitre y Sarmiento juraron que ni uno solo de ellos habría de quedar vivo, como el propio Mitre reconoció en 1852. Sarmiento, en carta al propio Mitre en 1863, se refiere a los habitantes de las provincias como «animales bípedos de perversa condición»; un ensayo descriptivo que, no es por nada, jamás han tenido que soportar ni catalanes, ni vascos, de castellano alguno. No ha de extrañar que, entre las muchas personas a cuya cabeza puso precio Sarmiento estuviese José Hernández, el autor del Martín Fierro. Entre los elementos que utilizó el ticket Mitre-Sarmiento para llevar a cabo sus acciones se encontraron no pocos caudillos orientales (uruguayos), entre los que encontramos uno importante para nuestra historia: Venancio Flores, conocido como «el degollador de Cañada de Gómez», después de que, en dicho lugar, se apiolase a cuatrocientos vencidos, tanto mandos como soldados.

¿Por qué esta limpieza, medio étnica, medio política, tiene importancia para la suerte del Paraguay? Pues por la razón de que, una vez que Mitre consiguió la «uniformidad de la política de las provincias con la de Buenos Aires», como eufemísticamente describiría el proceso en el Congreso, le quedaba otro teatro que limpiar de federales antiunitarios: Uruguay, cuyo partido blanco simpatizaba con el federalismo, frente a los colorados, de tinte más liberal unitario. De ahí que Argentina apoyase de muchas formas a Venancio Flores, buscando que desplazase al blanco Bernardo Berro. Pero la independencia de Uruguay era fundamental para Paraguay, puesto que dicha independencia le garantizaba la salida al mar a través de los ríos del Plata. Por lo tanto, perdiendo Uruguay su independencia, Paraguay se convertiría en una provincia más de aquél que consiguiese dominar la Banda Oriental, por mucho que conservase una independencia formal.

Una vez producido el acercamiento entre Argentina y Brasil, hasta entonces sempiternos enemigos, mediante un tratado de amistad cuyo principal ganador era Brasil, pues obtenía la libre navegación de los ríos, Paraguay se cae del guindo y López se pone nervioso. Por eso, cuando el encargado de negocios brasileño en Asunción, Felipe José Pereira Leal, le exige al paraguayo los mismos tratados de límites y navegación que ha conseguido de los argentinos y uruguayos colorados, el paraguayo se negó; lo cual fue tomado por los brasileños como una grave ofensa, toda vez que vivían convencidos (y en parte no les faltaba razón) de que Paraguay les debía su independencia. Pero, claro, no se habían dado cuenta de que quien busca la independencia, con los apoyos que sea, no lo suele hacer para caer en otro tipo de dependencia a cambio.

En ese punto, los cariocas llevaron a cabo sus nada veladas amenazas militares. Cambiaron la diplomacia por el ejército, y enviaron al almirante Pedro Ferreira de Oliveira al frente de una escuadra con una veintena de buques de guerra. Aquella demostración de fuerza, que venía a demostrar que Brasil se había convertido en el dueño del Paraná, tuvo sin embargo la consecuencia de poner nerviosos a algunos sectores opositores argentinos, a los que no gustó ver a los brasileños entrar en «su» río sin pedir permiso. Por su parte, López puso Asunción en estado de guerra. Ante esta situación, Oliveira opta por ser prudente y el 15 de marzo de 1855 avanza con un solo buque, que es precisamente lo que le habían dicho los paraguayos que hiciese, y abre una negociación, para la cual fue designado interlocutor el hijo de López, Francisco Solano.

Solano, mucho más preparado que Ferreira, se lo comió por las patas. Le arrancó una protocolaria declaración de amistad que dejaba en agua de borrajas los desafueros que aducía Brasil para tomar acciones tan violentas y, lo que es más importante, en materia de libre navegación se limitaba ésta a los buques mercantes, debiendo cualquier traslado de buques de guerra contar con el previo visto bueno paraguayo. De esta manera, Paraguay intentaba evitar que la armada pudiera ser utilizada para rearmar el Mato Grosso y, de hecho, conseguía un acuerdo en mejores condiciones que el que habían firmado los argentinos.

Regresado Oliveira con sus barcos al Brasil, el emperador le vino a decir que si era gilipollas o qué, que cómo se había dejado convencer de firmar esa mierda; y ya lo tenemos en julio de 1856 comunicando que donde dijo digo ahora decía Diego, y que quería la libre navegación. López envía a Río a José Bergés, quien transige únicamente en el incremento del tonelaje del acuerdo, pero sin cambiar la sustancia de sus cláusulas. Merced a las normas impuestas por los paraguayos, los buques mercantes extranjeros debían llevar un piloto paraguayo, y tocar puerto para ser inspeccionados. Claramente, estaba tratando de evitar el transporte de armas, sobre todo hacia el Mato Grosso.

En octubre de 1857, el acuerdo provoca un nuevo conflicto. Brasil establece un puerto en el Mato Grosso y concede franquicia de navegación a Inglaterra, pero Paraguay se niega aduciendo que, en los términos del tratado, los derechos que concede éste no pueden ser traspasados a un tercero. Brasil envía a Asunción a un diplomático bastante poco diplomático, José María de Amaral; quien con sus actitudes poco negociadoras chocará prontamente con los paraguayos. El inevitable «acordemos de no estar de acuerdo» coloca a ambos países al borde de la guerra, y si Brasil no atacó entonces fue porque, muy inteligentemente la verdad, no estaba seguro de la actitud que tomaría Urquiza.

Hablamos de Urquiza, claro; porque la actitud del mitrismo siempre estuvo clara. Durante años, el mitrismo liberal unitario argentino estableció, a través de la prensa, una típica dicotomía de buenos y malos en la cual la confluencia entre brasileños, argentinos y uruguayos blancos era lo bueno («alianza de la civilización y de las formas regulares de gobierno», se la llamó en la prensa afecta), y los otros unos capullos cabrones. Hay que reconocer, no obstante, que las formas escasamente democráticas de Paraguay daban munición a estos disparos, pues el machaconeo de la prensa mitrista era constante a la hora de reclamar que tanto Uruguay como Paraguay se diesen a sí mismos gobiernos liberales, con sus elecciones y tal. Las elecciones argentinas solían celebrarse entre navajeos literales y atentados de diverso jaez entre los diferentes opositores; pero al menos eran elecciones, y en esto, ciertamente, López tenía muy poco que contestar a Mitre.

Aunque la guerra comenzó, propiamente dicha, en 1864, el hecho evidente de que estaba ya incubada y casi planteada se demuestra si vemos que bien pudo haber comenzado un año antes. El 1 de julio de 1863, el buque de guerra uruguayo Villa del Salto se dirigió a Fray Bentos, dado que se había recibido información de que una nave argentina, el Salto, llegaría con armamento y otros efectos militares destinados al ejército rebelde de Venancio Flores. Toda la mercancía del barco fue incautada y el ministro de Asuntos Exteriores de Mitre, Rufino de Elizalde, montó la mundial. Uruguay se limitó a entregarle, como respuesta a su nota, el sumario judicial del suceso, en el que el capitán del buque argentino confesaba que las armas habían sido embarcadas en Buenos Aires y pertenecían al gobierno argentino. Elizalde reaccionó sostieniéndola y sin enmendalla, exigiendo la devolución de la mercancía (que hay que ser hipócrita) y la degradación del capitán uruguayo que, en pleno uso de los derechos que le otorgaban los tratados por cierto, había procedido a la inmovilización del barco y la incautación de las armas.

Argentina actuó de inmediato incautando el buque uruguayo General Artigas, que llevaba tropas gubernamentales uruguayas hacia el norte, y bloqueó de hecho el paso al Uruguay. Este país reaccionó pidiendo ayuda a Paraguay. En ese punto, Montevideo propuso a Asunción una alianza militar defensiva, pero López no quiso comprometerse por no desencadenar una guerra. No obstante, en octubre le envió una carta a Mitre para dejar claro que Paraguay estaba vigilante. El presidente argentino le contestará finalmente el 2 de enero de 1864, en el que suelta algunas ripiosas alabanzas en la persona del paraguayo (al que en la prensa consideraba un dictador infumable; pero, bueno, estas cosas pasaban cada día, y siguen pasando) y trataba de rebajar la tensión sin ofrecer nada en realidad. El fondo de la cuestión está en que, en esos momentos, Mitre no estaba ya nada convencido de poder confiar, en sus movimientos exteriores, y muy especialmente si conllevaban guerra, en ser seguido por las provincias argentinas, y muy especialmente Entre Ríos; por no citar al gobierno blanco uruguayo, que nunca colaboraría en una agresión al Paraguay.

De hecho Urquiza, que es el único elemento importante de las provincias federalistas argentinas que quedó impoluto tras la política de limpieza de Mitre y Sarmiento, intentó algunos contactos tanto con paraguayos como con uruguayos blancos. Recibió en San José al uruguayo José Vázquez Sagastume y envía mensajes secretos a López. Sin embargo, no es más que una prueba de la doblez con la que se desempeñó Urquiza durante toda su vida política pues, como veremos, no le importará concertar otros acuerdos. Sin embargo, lo que sí es bastante claro es que para entonces los enterrianos están casi al borde de la guerra civil con Buenos Aires, hecho éste que prueban diversos sucesos, quizás el más importante de todos la proclama del coronel Manuel Navarro en octubre de 1863, provocada por una victoria de Waldino Urquiza contra una partida de Venancio Flores, y la consiguiente reacción entrerriana, en la que se le niega a Mitre la condición de presidente y aun los grados militares.


La situación es solventada por Buenos Aires de la misma forma que siempre: con pasta. Se le concede un préstamo a la provincia, además de aprobarse diversos subsidios. A cambio de ello, Urquiza se posiciona públicamente contra actos como el del coronel Navarro. Bajándose la presión en Entre Ríos, lo que queda expedito es el camino hacia la guerra civil en Uruguay, otro elemento importante de la guerra de la Triple Alianza. De hecho, es ya en ese mismo año 1863 que Venancio Flores invade la Banda Oriental. El gobierno oficialista, blanco, de Berro pilla in fraganti, contrabandeando armas, a los buques argentinos Pampero, Villa del Salto y Guazú; pero a la protesta formal de los orientales, el gobierno argentino contesta muy altivo, reclamando incluso indemnizaciones por el ultraje sufrido por su pabellón.