martes, junio 23, 2015

La GTA (1: el marco general)

Recuerda que de esta historia hemos escrito ya un prólogo.

En medio del proceloso y no siempre fácil proceso por el cual los actuales países de Sudamérica se sacudieron el yugo de sus metrópolis, lo que hoy conocemos como Paraguay estaba integrado en el virreinato del Río de la Plata. En mayo de 1810 se produce en Buenos Aires la revolución que normalmente se cita con dicha fecha, tras la cual la Junta creada en la hoy capital argentina envía emisarios a Paraguay invitando al territorio a unirse a la disciplina de dicha junta; pero esto es algo que los paraguayos prefirieron rechazar. La respuesta argentina a esta negativa es enviar una expedición militar, al mando de Manuel Belgrano, para imponer dicha disciplina; Belgrano, sin embargo, será derrotado. Tras dicha derrota comenzarán las negociaciones pacíficas, que no llegarán a gran cosa. Buenos Aires pretendía el centralismo fiscal, esto es que los ingresos por las exportaciones de productos paraguayos se produjesen en la capital. Los paraguayos entendieron que eso no era sino cambiar de amo (español por argentino) y se negaron. Esta negativa provocó un primer bloqueo económico argentino sobre Paraguay, que se centró, sobre todo, en la prohibición de entrada del tabaco paraguayo.

Paraguay tenía entonces una Junta de Gobierno que hubo de ser seguida por un gobierno constituido como tal. Éste recayó en Gaspar Rodríguez de Francia, nacido en 1766 y que fallecería en 1840, popularmente conocido en su país como el doctor Francia. El doctor Francia había sido designado el 17 de junio de 1811 como vocal de la primera Junta de Gobierno paraguaya, siendo el designado para pronunciar el primer discurso de aquel primer gobierno independiente. Se retiró provisionalmente de la política, pero fue reclamado en la labor por diversos diputados. En octubre de 1813 fue elegido por el congreso para formar un consulado con Fulgencio Yegros. Al año siguiente, el mismo congreso lo eligió dictador por cuatro años, pero antes de que terminase dicho periodo, lo proclamó dictador perpetuo.

El principal problema al que se enfrentó el doctor Francia fue el bloqueo económico argentino. Como respuesta, tomó medidas fuertemente intervencionistas, como crear el monopolio del comercio exterior. Dividió la tierra en una medida que llamó «chacras de la Patria», que entregó a pequeños aparceros a cambio de un alquiler bajo, además de crear fincas directamente explotadas por el Estado (las «fincas de la Patria»). Este esquema buscaba crear en el país una situación en la que todos o muchos de los ciudadanos se sintiesen propietarios de algo.

En su carrera independentista, ya sin frenos, Francia (o sea, el doctor) declara en 1815 que la Iglesia paraguaya es independiente de Roma; acabará confiscando todos sus bienes en 1824, haciendo esculpir el emblema de la República del Paraguay en el frontispicio de todos los templos. «Si el Papa viniese a Paraguay», dijo una vez el doctor Francia, «yo lo haría mi capellán».

A pesar de las fuertes convicciones independentistas de Paraguay, en Argentina Juan Manuel de Rosas no era de la misma opinión. Para él, Paraguay era una provincia autónoma del Río de la Plata que se encontraba provisionalmente separada. Tres provincias: Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, habían firmado en 1830 un pacto federal, y la expectativa de Rosas era que otros territorios, entre ellos Paraguay, acabasen uniéndose al mismo. Paraguay no se sentía demasiado tentada de unirse a aquel pacto, que consideraba porteño en demasía (y no le falta razón; casi todo lo argentino es porteño en demasía); pero, además, contaba con las presiones de Brasil, la otra gran potencia imperialista del subcontinente liberado, para que no lo hiciera. De hecho, el ariete principal usado por Brasil en favor de estas intenciones fue Uruguay, territorio que rápidamente trató de obtener una inteligencia con Paraguay tendente a debilitar el poder de la federación argentina. El doctor Francia, como decimos, respondió a aquel juego de tronos subtropical manteniendo la independencia de hecho del Paraguay, pero sin proclamar la misma de derecho.

Tras la muerte del doctor Francia, en marzo de 1841 un congreso paraguayo reunido en Asunción designa un diumvirato para gobernar el país: Carlos Antonio López y Mariano Roque; ambos llegan a la cúspide del poder bajo promesa de mantener la independencia paraguaya. Este binomio consular se propuso como tarea principal dar la vuelta al sistema autárquico puesto en marcha por su antecesor y abrir el país al exterior (aunque sin abandonar el intervencionismo: se nacionalizarán, entre otras cosas, las explotaciones de yerba mate y de madera). En otras cosas, sin embargo, fueron aun más lejos que el doctor Francia, pues si bien éste había alentado una política tendente a favorecer la disolución de la Confederación Argentina, los cónsules dieron pasos más concretos al llegar a un acuerdo (31 de julio de 1841) con los disidentes de la provincia de Corrientes rebelados contra su metrópolis. Objetivo importante tanto de Paraguay como Uruguay (y de Brasil), en aquellos tiempos, era fomentar la disidencia de algunas provincias argentinas que pudiesen serviles de tampón frente a la pujantísima Buenos Aires.

En noviembre de 1842, un congreso convocado al efecto proclamó formalmente la independencia del Paraguay. La reacción argentina fue hacer oídos sordos (justo lo contrario que Brasil, que se apresuró a reconocer al nuevo Estado). Buenos Aires seguía considerando a Paraguay una provincia argentina que algún día se uniría a la Confederación. Sin embargo, la postura de Rosas, con ser firme, no era belicista. Juan Manuel de Rosas consideraba que la entrada de Paraguay en el proyecto de una gran Argentina debería ser aceptado por éste de una forma pacífica, sin que mediase la presión de las armas (probablemente, porque calculaba, y si es así yo creo que calculaba bien, que si intervenía militarmente Brasil apoyaría las pretensiones independentistas, creando así un conflicto de grandes dimensiones en la zona). En 1850, Paraguay e Uruguay alcanzan un acuerdo, por el cual el primero de estos países se erige en garante de la independencia del segundo. Lo cual no fue un problema mientras al frente de los destinos argentinos estuvo Rosas, pues el general tenía muy claro que debería respetar la independencia concedida al país por Rivadavia tras el denominado Tratado de la Misión García (firmado en 1826 en el marco de la denominada como Guerra del Brasil, éste fue un tratado firmado por el plenipotenciario Manuel José García. García, excediéndose claramente de sus funciones, firmó aquel pacto con los brasileños que colocaba la Banda Oriental bajo su control; el acuerdo fue considerado deshonroso por los argentinos y provocó la caída de su máximo mandatario, Bernardino Rivadavia; volveremos a citarlo).

Carlos López, que era el principal gobernador del Paraguay a todos los efectos, adoleció, igual que el doctor Francia antes que él y su hijo después, de una importante cortedad de miras en política exterior. Prefiriendo fiarse de enfoques cortoplacistas y de poco fuste temporal, nunca fue consciente de que en el conflicto que surgía en torno a los ríos de la Plata, Paraná et alia no se dirimían, únicamente, cuestiones locales entre colectividades que hasta antes de ayer habían estado bajo un mando ya desaparecido: el español; sino que formaban parte de un mundo mucho más anchuroso y grande, en el que había jugadores mucho más importantes, como Inglaterra y Francia, que trataban de buscar mercados y zonas de influencia.

Dentro de esa visión muy limitada en el territorio observado, López cometió el error, que ya hemos visto, de atizar la rebelión correntina, y, de hecho, formar parte de la coalición de fuerzas que acabaría con Rosas en Caseros (3 de febrero de 1852; derrota de las tropas de la Confederación Argentina, al mando de Rosas, frente a una coalición de tropas de Corrientes y Entre Ríos, apoyadas con fuerzas brasileñas y uruguayas, todos ellos al mando de Justo José de Urquiza, quien se había sublevado contra su gobierno el año anterior). No se dio cuenta de que, haciendo eso, estaba minando el suelo que pisaba un presidente argentino que estaba dispuesto a respetar la integridad del territorio paraguayo; y que, además, su política antirrosista estaba alentando los deseos imperialistas brasileños sobre el Plata, algo que le podía salir, que le salió, muy caro.

Aun cometería otro error de libro Paraguay, que fue salvar a Bartolomé Mitre tras haber sido derrotado por Justo José de Urquiza en la segunda batalla del arroyo Cepeda. Producida en octubre de 1859, esta batalla forma parte de las guerras civiles argentinas y, en este caso, enfrenta a la Confederación Argentina con la provincia de Buenos Aires, que se había separado. El resultado de la batalla de Caseros, de hecho, había dejado al país fuertemente dividido entre unitarios (los porteños), enemigos de una Constitución Federal; y federales (el resto), renuentes a aceptar organizaciones constitucionales que profundizasen la preeminencia bonaerense. En tal situación, la provincia de Buenos Aires decidió ir por su cuenta, y el resto de las provincias mandataron a su presidente, Urquiza, para que resolviese el problema, incluso mediante el concurso de las armas. Buenos Aires interpretó esta orden como una amenaza, y dio orden a su general, Bartolomé Mitre, para que invadiese la provincia de Santa Fe. La batalla de Cepeda fue una derrota sin paliativos para las fuerzas bonaerenses. Con las tropas de Urquiza a las puertas de Buenos Aires y Mitre prácticamente en la picota, apareció el dictador paraguayo con su oferta de mediación. Tras fuertes discusiones con Urquiza en las que al parecer casi llegaron a las manos, si no llegaron, Solano convenció a Urquiza de ceder a diversas reivindicaciones de los bonaerenses, sobre todo fiscales, alcanzándose la estabilidad (una estabilidad bastante poco estable, como demuestra la batalla de Pavón dos años después). Urquiza, hombre de batalla pero no de despacho y mucho menos de mesa de negociación, tragó con la supervivencia de Mitre; pero quienes acabarán pagándolo serán el propio Solano y la población paraguaya.

Con ello, además, otorgó la conservación del poder a un tipo que, sobre ser un político de pura cepa, y esto quiere decir logrero vocacional que apoyaría la idea que hiciese falta para conservar su poder, tenía una bajísima opinión del pueblo paraguayo y, desde luego, carecía de los límites morales de Rosas a la hora de practicar la guerra contra ellos.

A la muerte de Carlos Antonio López (10 de septiembre de 1862), éste deja un Paraguay básicamente próspero, con escasa tasa de analfabetismo y que aplica fuertes medidas proteccionistas, por lo que se caracteriza por ser un territorio donde la influencia económica inglesa apenas penetra, al contrario que en muchos otros de los países de la zona. Le sucederá su hijo, Francisco Solano López, quien ya era general con 18 años y había colaborado en el gobierno de su padre desde joven.

Solano continúa la política de su padre casi hasta la coma, con el añadido de que comienza a interesarse, mucho más que él, en que se consiga la plena independencia del Uruguay, que él considera básica para los intereses de su país. Tras la batalla de Caseros, Justo José de Urquiza había cedido a los brasileños la navegación en varios ríos, a lo que hay que unir que el propio avance argentino sobre la denominada Banda Oriental, o sea Uruguay, presentaba malas perspectivas para la independencia del Paraguay.

Esto es una especie de resumen de urgencia de la situación. En futuros capítulos entraremos más a fondo.