miércoles, marzo 04, 2015

Richelieu (1: la forja de una voluntad)

El prior de la abadía de Saint Florent de Saumur, padre Hardy Gillot, probablemente comentó con sus compañeros de rezos que aquel alumno delgado de menos de diez años nunca llegaría a nada. El joven Armand-Jean du Plessis, en efecto, era de esos niños que, en el siglo XVII o antes, parecían nacidos para morir jóvenes. A pesar de ser de una familia de la nobleza menor, lo cual le garantizaba ciertos cuidados, lo común de sus fiebres, y lo discapacitado que lo dejaban, hacía pensar a muchas personas, tal vez con la única excepción de él mismo, que su vida iba a ser corta. Y, sin embargo, verdaderamente, como el propio Du Plessis tendría ocasión de decir y escribir muchas veces a lo largo de su vida, Dios escribe con renglones torcidos. Nadie se habría creído, jamás, que a aquel niño enfermizo le estaba reservado el destino de ser, tal vez, el mayor estadista, en el sentido de hombre de Estado, de la Historia de Francia. De alguna manera, el inventor de Francia tal y como la conocemos nosotros.

Aquel niño candidato a la muerte prematura consiguió, a base de esfuerzos, tisanas, sangrados y lavativas, llegar vivo a los diez años de edad, además con un aprovechamiento intelectual que le hizo pensar a su tío, Amador de la Porte, que tal vez sería cosa buena apostar por él. Es por ello que en 1594, el joven Armand ingresa en el conocido como Colegio de Navarra; una institución educativa de gran prestigio, que tenía el orgullo de haber contado entre sus alumnos a los reyes Enrique III y Enrique IV.

Fue en aquel Colegio de Navarra, aunque su salud no le puso las cosas nada fáciles, donde Armand du Plessis, en esos años en que forjamos lo que seremos ya toda la vida, crea esa personalidad suya: fría, decidida, constante. Aprende a no mirar a otra cosa que el objetivo marcado, y a sacrificar todo lo demás. Eso mismo: sacrificar todo lo demás, es lo que hará todo el resto de su vida. Aborda sus estudios superiores llevando el título familiar de marqués de Chillou, y se somete a la disciplina de Antoine de Pluvinel, un decidido partidario de lo que hoy denominaríamos educación integral, en la que no sólo se incluyen la filosofía y la gramática sino también la música, las matemáticas, la educación física y la esgrima. Gracias a De Pluvinel y su querencia por las virtudes militares aprenderá Du Plessis las artes del mando, y del liderazgo.

En 1584, el rey Enrique III había concedido a la familia Du Plessis el obispado de Luçon. En consecuencia, el priorato transmite sus beneficios a la familia y su titular es, en la práctica, elegido por ésta. En 1592, es obispo-empleado un tal François Yver quien, sin embargo, no tiene otra función que mantener la silla obispal caliente para Alphonse de Richelieu, uno de los miembros de la familia. Alfonso, sin embargo, se prepara tanto para la tarea de ser obispo, que se pasa de frenada de fe y, finalmente, decide renunciar al cargo para hacerse cartujo. Para poder mantener el control del obispado, a la familia Du Plessis no le queda otra que echar mano del hermano menor de Alphonse, Armand, el alumno del señor de Pluvinel. Y de esta forma, Armando, que iba para oficial del ejército de la mano del muy castrense Pluvinel, fue llamado, por un quítame allá esos beneficios de los que la familia no puede prescindir, a la carrera tonsurada. Todos lo tenemos inscrito en nuestro imaginario personal vestido con la púrpura cardenalicia; pero, la verdad, ese hecho, por mucho que Armand fuese siempre un católico ferviente, no deja de ser fruto de la casualidad.

Armand tiene apenas 17 años cuando deja la academia para hacer un curso acelerado de obispo. El nombramiento le llegará en 1606 cuanto, teóricamente, todavía le quedan cinco años hasta tener la edad mínima, motivo por el cual hubo de pedirse una dispensa especial a Roma. Finalmente, el 17 de abril de 1607, en plenas fiestas de Pascuas, Armand du Plessis fue sacralizado como obispo, en Roma. De apenas dos días después de esta ceremonia data un detalle que nos puede servir para ir adivinando el tipo de personalidad que va construyendo Richelieu: solicita ser incluido en la lista de doctores teólogos de la Sorbona. Lo cual es un poco acojonante. Primero, porque tiene 23 años. Y, segundo, porque hasta los 17 ha tenido una educación encaminada a convertirle en un militar, así pues sus estudios de teología, en los que ahora reclama ser admitido como un gran maestro, son relativamente recientes. Pero así es Richelieu.

Desde octubre de 1607 a diciembre de 1608, Richelieu permanece en París, en el que es su primer contacto con la Corte. Rápidamente, hace valer la habilidad siempre más apreciada en un sacerdote: la retórica predicatoria. El mismo rey Enrique comienza a apelarlo de «mi obispo», ya que gusta mucho de sus homilías. Además, durante esa época consolida otra amistad estrecha que será fundamental para su desarrollo intelectual como político de altura: el cardenal Du Perron, quizás la persona más importante de la Corte en ese momento. Nombrado lector de Enrique III, había sido ordenado en 1593, tras de lo cual había conseguido, ahí es nada, la conversión de Enrique IV (esto es: fue él quien le convenció de que, célebre frase cervecera, París bien vale una Mixta), quien lo hizo su director espiritual. Obispo de Evreux y cardenal desde 1604, arzobispo de Sens en 1606, nunca abandonó, sin embargo, París, donde enseñó a su joven discípulo muchas de las sutilezas del poder en las que luego Richelieu sería consumado maestro.

De hecho, sólo pensando en un consejo de Jacques Davy du Perron se puede entender el siguiente movimiento de Richelieu, verdaderamente sorprendente: abandonar París para tomar posesión de su sede obispal. Como ya he tratado de insinuar, en realidad este gesto no tenía nada de necesario, pues titulares de diócesis que, por ser consideramos más necesarios junto al rey, nunca tomaban posesión de sus prioratos, había bastantes. Du Plessis, además, llevaba una carrera política interesante, aunque no cabe decir que meteórica. Mi teoría particular es que Du Perron, buen conocedor de los pasillos del poder versallesco, debía de saber bien que aquella Corte llevaba trazas de convertirse en un lugar irrespirable, susceptible de hacer picadillo con un sacerdotillo aun inexperto; motivo por el cual le aconsejó poner tierra de por medio para poder madurar a gusto.

Porque el hecho es que Armand se va a Luçon; pero las trazas son bastante evidentes de que nunca tuvo en la mente otro lugar que no fuese París. En enero de 1610 se convocó una sesión de la asamblea del clero en la capital. Inmediatamente, Richelieu alberga el proyecto de hacerse elegir como uno de los representantes a la misma por la provincia de Burdeos. Siguiendo una vieja fórmula que ha seguido siendo usada en las reuniones eclesiásticas francesas hasta hace bien poco, el joven obispo de Luçon le escribe una carta al arzobispo de Burdeos mintiendo como un perro y aseverando que no tiene personalmente ninguna ambición de acudir a la asamblea; pero que la insistencia de los sacerdotes de la zona ha sido tal, que finalmente ha debido ceder para solicitar tal prerrogativa. Incluso envía a la capital provincial a su amigo Claude de Bouthillier, señor de Fouilletourte (al que recompensará en el futuro por este y otros servicios, por cierto), quien se despliega por la ciudad visitando a tirios y a troyanos para convencerlos de que en ese pequeño obispado sobre el que nadie piensa hay un diamante en bruto para Francia.

Richelieu, sin embargo, erró. No le ocurriría muchas veces en la vida, pero en esa calculó mal. Debería haberse informado antes. De haberlo hecho, habría sabido de monseñor François d'Escoubleau de Sourdis, su arzobispo, quería ir él mismo a París representando a la provincia. Y, con rival de tal calibre, el joven obispo no podía ganar. Muchas más posibilidades habría tenido de haber optado por la segunda plaza, algo así como subalterna, a la que Burdeos tenía derecho. Pero como no lo hizo, otro prelado fue elegido para esta plaza de acompañamiento.

Fue cuatro meses después, rumiando su fracaso en su priorato de Coussay, cuando supo, por una carta de su amigo Claudio, del asesinato de Enrique IV.

La muerte del rey Enrique puso al frente de Francia a un niño de nueve años. Esto, claramente, Richelieu lo sabía bien como lo sabía cualquiera que hubiese estado dos minutos en Versalles, significaba que el poder real, y nunca mejor dicho, quedaba en manos de la reina viuda, María de Medicis. Esto significaba un giro copernicano, porque en la Corte francesa dejaban de mandar esos nobles hombres de armas que llevaban rodeando a su rey desde los tiempos merovingios, para pasar a ser el nido de una serie de hombres políticos, muchos de ellos de origen italiano, taimados y básicamente interesados en sus peculiares peculios.

La muerte del rey que le llamaba «mi obispo», sin embargo, fue una gran oportunidad para Armand du Plessis. Su hermano Henri de Richelieu era, de hecho, uno de los grandes favorecidos por el cambio, pues la de Medicis lo tenía en alta estima. Además, también cerca de la muy piadosa reina se encontraba otro amigo íntimo de Richelieu, su gran compañero de fatigas, François le Clerc du Tremblay, más conocido como el Padre José. Iluminado por todas estas perspectivas, el obispo de Luçon hará incluso algo bastante inconcebible, como es escribirle personalmente una carta a María de Medicis ofreciéndole sus servicios. En las últimas semanas de 1613, tras haber echado la caña varias veces, Richelieu viaja a París, con el objeto de entrevistarse con Concino Concini, esto es, el favorito italiano de la reina. El Paolo Vasile de la Francia barroca. En tres palabras: el puto amo. Armand le escribe una carta casi rastrera en algunos de sus párrafos, y luego le va a ver personalmente. Cuando regresa de París a su obispado, ya ha tomado una decisión a favor de la reina madre.

Había que tomar partido, porque la Corte estaba dividida en dos. En un lado se encontraba María de Medicis, haciendo piña con Concini y con los viejos ministrios de Enrique IV. En el otro se encontraban los llamados príncipes, esto es las testas nobles de Francia, los Condé, Bouillon, Nevers, Mayenne. El más díscolo de todos es Condé, quien elaborará un manifiesto en el que pretende colocar a todos los órdenes: pueblo, nobleza e Iglesia, contra la monarquía, amagando con levantar un ejército. María de Medicis contestará levantando el suyo propio. La sangre no llega al río y por la llamada paz de Sainte Menehould (15 de mayo de 1614) se le garantizan a los príncipes los gajes, prebendas y gobiernos que pretendían, con lo que quedan contentos. No obstante, se hace necesario convocar unos Estados Generales, y es por eso que Richelieu, como obispo, recibe la orden de reunir a los tres estados de su territorio. Claro, esta vez, como la elección la organiza él, no se le escapará: el representante del clero será, cómo no, Armand du Plessis.


El gran político se hace mayor.