lunes, marzo 02, 2015

Nacht der langen Messer (y 13: la justificación)

Te recuerdo que antes de seguir leyendo te hemos recomendado que pases por una cabina de descompresión y te hemos contado el cabreo de Hindenburg que lo comenzó todo. Asimismo, te hemos contado el discurso de Von Papen en Marburgo, y la que montó. El relato siguió contando cómo Hitler decidió comenzar a apaciguar a las SA, y cómo Röhm se la metió doblada. Como consecuencia de todo esto, Göbels pasó a la ofensiva y se acojonó a partes iguales.

Acto seguido, te hemos contado una crucial conversación entre Hitler y el general Von Blomberg. Después ha llegado el tiempo de contarte cómo Hitler comenzó a tascar el freno, y la que se montó en Kitzingen. Después hemos pasado a contarte el secuestro de Edgar Julius Jung, y la vergonzosa reacción de su jefe.

El relato ha continuado explicándote cómo Hitler organizó la tangana desde una terraza al borde del Rhin (mientras Göbels andaba por ahí). En ésas, Hitler llega a Munich y desenfunda el cuchillo de capar. En Berlín se lía leoparda y la casca un montón de peña.


El día 2 de julio, un comunicado público del gobierno alemán informaba de que la operación que ahora conocemos como Noche de los Cuchillos Largos había terminado. Al dar esa información, no se aportó ninguna otra lista de víctimas distinta de la que ya habían publicado los periódicos el día 1, y que era notablemente limitada. En realidad, de la NCL cabe preguntarse, con cierta base, si alguna vez alguien llegó a tener toda la información sobre sus víctimas. Es posible que ni siquiera Hitler la tuviera.

La única persona que disfrutó la deferencia de que su muerte fuese reconocida fue Ernst Röhm, cuya ejecución, si bien no admitida, sí fue suficientemente sugerida en la nota del día 2.

La nota oficial de 2 de julio, en cualquier caso, también ha servido para alimentar uno de los debates colaterales de la Noche de los Cuchillos Largos que más atrae a muchas personas y que, de hecho, ya ha dado para algún que otro comentario en los hilos de las tomas anteriores: el papel de la homosexualidad. Sobre este punto, os diré lo que pienso: pienso que la homosexualidad no tuvo nada que ver en la decisión de ordenar y ejecutar la Noche de los Cuchillos Largos. Sí fue, en cambio, un elemento de primera magnitud en la propaganda negativa orquestada por el nacionalsocialismo contra detenidos y ejecutados, como, a mi modo de ver, demuestra muy bien la nota del día 2, que dedica un tercio de su espacio a este tema.

Mi teoría particular es que Hitler y Göring conocían bien las tendencias homosexuales de algunos de los mandos de las SA y las consecuentes derivas que se producían en muchas de sus fiestas. Las conocían bien y, porque las conocían bien, las utilizaron en contra de los detenidos. Todo lo demás, sobre todo la teoría de que la NCL fue una movida que Hitler montó para esconder su propia homosexualidad, me parecen interpretaciones demasiado forzadas. Si Hitler hubiera sido homosexual activo habría podido serlo sin que se enterase nadie. Röhm, si conocía dicha presunta tendencia, no tenía ningún aliciente para hacerla pública; además de que anécdotas como la del discurso de Von Papen en Marburgo demuestran muy bien que en aquella Alemania no era nada fácil hacer públicas cosas que Hitler no quisiera que se supiesen.

En todo caso, he encontrado una versión teóricamente literal de la nota de prensa del día 2, traducida al francés por la agencia Havas. Aquí os dejo mi versión en español:

Durante muchos meses, elementos aislados han tratado de fomentar una oposición entre las secciones de asalto y el Estado. La sospecha de que estos intentos provenían de un grupo limitado, de una orientación determinada, se confirmó crecientemente. El jefe de Estado Mayor Röhm, investido de la confianza total del Führer, no ha intentado oponerse a estas tendencias y, sin duda, las favoreció. Sus malas tendencias, bien conocidas, pesaban tanto sobre la situación que el Führer se hubo de enfrentar a un grave conflicto de conciencia.

El jefe de Estado Mayor Röhm estaba en relaciones con el general Von Schleicher a espaldas del Führer, por el intermedio de una personalidad oscura, pero bien conocida, en Berlín. Estas negociaciones fueron conocidas por una potencia extranjera y su representación diplomática, hizo necesario intervenir, tanto desde el punto de vista del Partido como del Estado.

Esta noche, a las dos horas, el Führer ha ido en avión a Munich y ha ordenado la degradación y el arresto inmediato de los jefes más comprometidos.

Durante los arrestos han tenido lugar escenas tan punibles desde el punto de vista moral que no ha quedado lugar para la piedad. Algunos de estos jefes de secciones de asalto tenían con ellos jovencitos de costumbres especiales; uno de ellos fue sorprendido y detenido en una actividad absolutamente repugnante. El Führer ha dado la orden de acabar inmediatamente con este absceso pestilente. En el futuro no se debe permitir que personas normales puedan verse comprometidas por las pasiones aberrantes de otros. El Führer ha ordenado al ministro presidente de Prusia Göring para que ejecute en Berlín la misma acción y de librarse en particular de los aliados reaccionarios de este complot político.


Pero, bueno, todavía nos faltan algunos pasos por dar.

El día 5 de julio, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores admitió ante la prensa extranjera que había habido otras ejecuciones además de las oficialmente admitidas, aunque se apresuró a decir que no serían más de diez personas (eran bastantes más). Hitler, por su parte, compareció en el Reichstag para informar de la movida, momento en el que hablará de 76 muertes, de los cuales 19 eran altos jefes de las SA, 31 oficiales subalternos de las guardias de asalto, y 3 miembros de las SS, 5 miembros del NSDAP. Dijo también que 13 mandos de las SA o personalidades civiles habían fallecido por resistirse a sus detenciones, a lo que había que unir dos suicidios. Por lo que se refiere a los 3 miembros de la SS, habían sido, dijo, ejecutados por haberse desempeñado con sus prisioneros con una crueldad y un desprecio fuera de todo decoro.

Pero Hitler no dio los nombres. Ni los dio entonces, ni nunca.

La prensa nacionalsocialista, por su parte, comenzó ya el 1 de julio a publicar informaciones y artículos en los que se defendía la idea de que había habido una potencia extranjera implicada en la conspiración contra la cual se había dirigido la Noche de los Cuchillos Largos. Se decía en los periódicos que a muchos detenidos se les habían intervenido armas de esa potencia extranjera en sus casas; pero que las necesidades de la política internacional aconsejaban al gobierno callar sobre la filiación de ese socio.

Göbels, asimismo, hizo celebrarse manifestaciones en todo el país, paralelas a la consabida campaña de desprestigio de las víctimas en la prensa. Mientras tanto Hermann Göring se ocupó del verdadero objetivo de todos aquellos movimientos: Neudeck.

Es importante tener en cuenta que a Otto Meissner, secretario general de la Presidencia, le pilló el 30 de junio en Berlín. Este dato nos da la medida de una más que probable confluencia con Göring. Por si fuera ésta poco, también debe de tenerse en cuenta que el hijo de Meissner era voluntario en las SS, y que participó en las acciones represivas. Tendría lógica pensar que Göring organizó así las cosas para tener a la familia totalmente relacionada con la NCL.

Meissner, desde Berlín, dio el día 30 una orden imperiosa al chambelán de Hindenburg, el conde Schulenburg, en el sentido de no permitir a ninguna persona ver al viejo mariscal sin el conocimiento del secretario general. Así pues, aquel día 30, mientras todo el mundo se fijaba en las detenciones y asesinatos, los nacionalsocialistas hicieron algo todavía más importante para ellos, que era sellar a Hindenburg para que nadie pudiese verlo. Himmler, de hecho, envió a varios SS a la residencia del Presidente, con la orden de comprobar que esta orden se cumplía estrictamente. Y acertaron al hacerlo, porque lo cierto es que Von Papen, cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, se puso en contacto con un vecino de Hindenburg, el conde Elard Kurt Maria Fürchtegott von Oldenburg-Januschau, al que encomendó la misión de hablar con el Presidente con urgencia. Pero no le dejaron pasar, además con recochineo, pues le dijeron que Hindenburg estaba demasiado débil para atender a nadie, cuando esa misma mañana había recibido al rey de Siam.

Franz von Papen, beneficiario fundamental del testamento de Hindenburg, estaba, como ya hemos dicho, prisionero de facto en su casa de Berlín. A pesar de estar aislado, los nacionalsocialistas permitieron que fuese informado de las muertes de Von Bose, de Von Detten y de Jung. De hecho, fueron los mismos SS que lo vigilaban los que se lo dijeron, además de añadirle que no esperaban nada más que una orden de Hitler para añadirlo a la lista.

Hitler, sin embargo, probablemente nunca pensó en matar a Papen. Lo conocía bien y sabía que era un acojonado. Alguien como, por ejemplo, el general Von Schleicher jamás habría aceptado sobrevivir a sus colaboradores más cercanos, y habría exigido seguir su suerte. Pero no Von Papen. El vicecanciller quería vivir, y si para vivir tenía que dejar atrás a tres personas que lo habían dado todo por él y que habían muerto como perros por su causa, estaba dispuesto a hacerlo; y Hitler lo sabía. Le valía más vivo que muerto y, de hecho, seguiría rindiéndole impagables servicios. Por lo demás, matar a Papen, un hombre con fortísimas ligazones personales con el Sarre, a pocos meses del crucial referendo en la zona, habría sido del género estúpido.

Así las cosas, durante su comparecencia del 13, Hitler saldrá en defensa cerrada de Von Papen, afirmando que, en realidad, eran los conspiradores los que querían acabar con él. Si había sido aislado, dijo, era para protegerlo; exactamente igual que la conservación de su vida había exigido acabar con todas las personas de su entorno. A finales de julio, Hitler nombró a Papen ministro alemán en Viena. Al político católico le faltó tiempo para coger el tren.

En medio de toda esta conspiración de balas y silencio, el entorno de Hindenburg, en total sintonía con Göring, consiguió arrancarle al viejo presidente un telegrama oficial publicado el día 2 de julio. En dicha comunicación, Hindenburg se felicitaba porque «las tentativas de alta traición han sido contestadas» y, dirigiéndose a Hitler, le agradecía calurosamente «haber salvado al pueblo alemán de un gran peligro». Casi al mismo tiempo, el general Von Blomberg lanzaba un comunicado en el que afirmaba: «con la visión de un soldado y un coraje ejemplar, el Führer ha atacado por sí mismo y ha derrotado a los traidores y los rebeldes. El Ejército, que lleva las armas en favor de toda la nación y que permanece ajena a las luchas políticas, valora la fidelidad del Führer».

Hindenburg murió el 2 de agosto de aquel mismo año de 1934. Todas aquellas semanas se habían consumido en los vituperios y acusaciones vertidos por la prensa nazi contra las víctimas de la NCL. A Von Schleicher y Von Bredow decidieron, un tanto torpemente, acusarlos de haber hecho extraños viajes a París; acusación que, además de inventada (no fue difícil averiguar que ninguno de los dos había estado en Francia aquel año) acabó por descubrir que la pérfida potencia extranjera a la que apuntaban los alemanes era Francia. Esto tensó la cuerda diplomática entre ambos países, pero pronto las prioridades cambiaron. El 25 de julio, Hitler intentó el golpe fascista en Viena, que le salió mal a pesar de la muerte de Dollfuss, y automáticamente los alemanes tuvieron que recular.

Este recule, sin embargo, afecta a la política exterior. No a la interior. En la tarde del 1 de agosto, esto es en las horas de espera para la muerte de Hindenburg, se aprobó una ley que, en su artículo 1, venía a refundir las funciones de presidente y canciller en la persona de Adolf Hitler. El Ejército prestó juramento de obediencia al nuevo canciller-presidente a las nueve y media de la mañana del día 2; apenas media hora después de que Hindenburg hubiese muerto.

El 3 de agosto, el gobierno cierra el círculo con una nota de prensa en la que califica de rumores sin fundamento las noticias de que Hindenburg ha dejado una última voluntad al pueblo alemán. El testamento de Hindenburg ha dejado de existir (por el momento, como veremos); y la única persona viva que podría desmentir este hecho está en la embajada alemana en Viena, mirando debajo de la cama cada noche para comprobar que no haya un miembro de las SS con una pistola en la mano.

El último paso de la Noche de los Cuchillos Largos es el plebiscito de 19 de agosto. El 20 de julio de 1933, una ley había modificado algunos aspectos de la Constitución de Weimar y, entre estos cambios, había previsto la consulta al pueblo alemán en plebiscito. Además, otra ley de 30 de enero de 1934 había dado al gobierno alemán plenos poderes para modificar aquellos aspectos de la Constitución que considerase. Fue de acuerdo con esta última ley que Hitler, el 1 de agosto, pudo suprimir la Presidencia de la nación; y fue de acuerdo con la anterior por lo que, el mismo día 2, convocó el referendo.

El 5 de agosto, fecha de las exequias de Hindenburg en Tannenberg, Göbels perpetró una de sus típicas operaciones de propaganda. Las radios alemanas, en ese día, difundieron la voz de Hindenburg pidiendo el «Sí» para el referendo... de noviembre de 1933, en el que se sometió la decisión alemana de abandonar la Sociedad de Naciones. La confusión interesada sirvió para sustantivar la principal tesis de la prensa nacionalsocialista, en el sentido de que Hindenburg, si estuviese vivo, sería el primero en votar afirmativamente.

El 15 de agosto, en todo caso, los nazis cambian de idea, y pasan de negar la existencia del testamento de Hindenburg a informar al mundo de que Franz von Papen se lo ha facilitado, y que lo van a publicar. Evidentemente, los textos que se publican son llamadas a Hitler para que continúe la labor comenzada, y no contienen previsión alguna sobre su sucesión.

Con la obvia victoria en el referendo (este tipo de votaciones se convocan siempre para ganarlas), el régimen nacionalsocialista adquiría plena validez jurídica. Un proceso legal que no se comprende sin la Noche de los Cuchillos Largos, pues la NCL no es otra cosa que la alimentación de la imagen de Adolf Hitler como un político moderado amante del orden... sí, sí, ya sé que, con lo que sabemos que pasó después, resulta difícil de creer en esto. Pero la verdad es que, con la NCL, Hitler mató dos pájaros de un tiro: por una parte (y no te olvides de que éste era el pájaro fundamental) cauterizó la posibilidad de que una última voluntad de Hindenburg pudiese llevar al pueblo alemán a alimentar un regreso de la monarquía o, en cualquier caso, otra cosa distinta de la dictadura nazi; y, por otro, se libró de sus jonsistas, de sus nazis de izquierdas, de sus patotas más violentas, quedando ante ese mismo pueblo alemán, y ante Europa entera, como una persona deseosa de refrenar a sus elementos más radicales.

Durante el largo proceso que culmina en el estallido de la segunda guerra mundial y que comienza con el golpe de Estado en Austria, Hitler jugará constantemente con la carta de la NCL; dejará que sus radicales afilen sus armas pero, al mismo tiempo, chantajeará a las cancillerías europeas manejando la idea de que él es, en realidad, el único que puede pararlos. Para cuando Europa se de cuenta de que el compromiso de Hitler con el orden es sólo de boquilla, ni Austria ni Checoslovaquia existirán ya formalmente.


La pregunta epilogal. Y, ahora, ¿de qué hablamos: de Mahoma, o de Richelieu?