lunes, marzo 09, 2015

Richelieu (2: Los Estados Generales de 1614-1615)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu.

Los Estados Generales de 1614 tenían un orden del día cargadito. La nación estaba dividida por la cuestión religiosa, y en Palacio se acababa de vivir una rebelión de hondo calado. Muchos fueron los hombres cercanos a María de Medicis que le recomendaron a la regente que no los convocase. Pero la reina madre carecía del coraje suficiente para enfrentarse a los príncipes en este punto; y los grandes nobles de Francia, a pesar de haber llegado a la paz, querían esta asamblea para escenificar en ella los problemas del pueblo con el rey niño y su puñetera madre.

A las diez de la mañana, la larga fila de diputados desfiló delante del rey, la reina y los príncipes de sangre, en el claustro de los agustinos. Después la procesión, escoltada por dos filas de soldados, camina, cruzando el Sena, hacia Notre-Dame. La escena es difícil de imaginar, entre otras cosas porque entonces era costumbre en Francia que la procesión de diputados fuese precedida por otra, caótica, formada de mendigos, ciegos, tullidos y personas de parecida condición, en un intento simbólico de mover a los representantes de los tres estados a la piedad y la conmiseración. La primera sesión propiamente dicha no tendría lugar sino al día siguiente, en el Hotel Bourbon. Fue, según las crónicas, una sesión caótica en la que se coló gente de la calle que ocupaba los sitios destinados a muchos diputados, que tuvieron que sentarse en los parterres en medio de un confuso diálogo a gritos que con dificultad lograron domeñar los heraldos. Cuando esto ocurrió, el rey le habló a los representantes, declarando la sesión abierta. Una vez hecho esto, comenzaron los discursos de diversos representantes; pero el que todos esperaban no se produjo. Todo el mundo allí, en efecto, esperaba el discurso del príncipe de Condé, en el que debería haber desarrollado los puntos de su manifiesto indignado. Condé, sin embargo, permaneció sentado, sin pedir la palabra. Probablemente, juzgó que no conseguiría nada significándose, y prefirió conservar las prebendas ganadas en Sainte Menehould. Por otro lado, como veremos pronto, esperaba su momento.

No es, a mi modo de ver, muy aventurado decir que aquellas sesiones de los Estados Generales tuvieron una gran importancia en la formación del Richelieu, digamos, dictador. Esto es, al fin y al cabo, lo que acabaría siendo el cardenal: un gobernante omnímodo que no respondía sino ante el rey. Y la pertinencia de este estatus es algo que muy probablemente comenzó a incubar durante aquella asamblea, puesto que, como nos dicen las crónicas, fue desabrida, bronca y prostibularia como pocas, con los estados enfrentándose entre sí, y las gentes de los mismos estados entre ellas. Un ejemplo muy claro es el propio estado clerical, en el cual había un grupo, dirigido por Charles Miron, obispo de Angers, que había creado un partido anti-Medicis; y otro grupo de prelados, no menos radical, partidario de la reina madre. A este segundo grupo es al que Richelieu, quien como hemos dicho había tomado ya una decisión estratégica, se apuntó con pasión de neófito.

Los EEGG de 1614 son también importantes porque también fueron la ocasión en la que Richelieu se estrenó en uno de los principales oficios de su vida: correveidile. Con los años, este arte de recorrer pasillos trayendo recados de unos y de otros para fabricar consensos, paces o alianzas, se le acabó dando de coña. En aquel noviembre parisino fue en el que comenzó a labrar su oficio, puesto que los prelados lo eligieron a él para acudir, como plenipotenciario, ante los representantes de la nobleza, para buscar puntos de encuentro. Negociando con ambas partes logró arrancar a su estado una proposición que venía a declarar el poder del rey y de su madre como uno e indivisible, lo que suponía una victoria importantísima para los partidarios de la florentina, y colocó a María totalmente de su lado. Tantos son los puntos que ha ganado Richelieu ante la reina regente que ésta le recompensa designándole orador del clero en la sesión de clausura. En realidad, la Medicis no hizo sino utilizar a un hombre que sabía cercano para finiquitar unos Estados Generales que habían durado cuatro meses (se abrieron en octubre de 1614, pero estamos ya en febrero del año siguiente) sin que se hayan alcanzado soluciones prácticas.

María de Medicis había decidido el 24 de enero que un mes después el señor de Richelieu sería el portavoz del clero en la clausura de la asamblea, y así se lo hizo saber a los purpurados, que obedecieron designándolo. El obispo de Luçon, pues, pasó un mes preparando un discurso de una hora que pronunció el día 25 de febrero. La valoración que nos dejan algunos de los oyentes de aquellas palabras marca la esencia de la retórica del futuro cardenal, el epicentro de su valía como político: «Contentó a todo el mundo, y no ofendió a nadie».

¿De qué habló Richelieu? Pues, de alguna manera, sentó las bases de su ideología política. Habló, sobre todo, de la prevalencia del Estado frente al orden eclesiástico. En primer lugar, echando mano de la teología (esa ciencia construida con quien es parte para también poder ser, a la vez, juez), Richelieu afirmó la supremacía de la Iglesia sobre cualesquiera de los otros estados e, incluso, sobre la corona. Sin embargo, continuó, la Iglesia no quiere hacer uso de su poder temporal más allá de sus intereses propios; lo que quiere es consagrarla a un nuevo poder fuerte. Así pues, afirmada la primacía eclesial, se afirma, de seguido, la voluntad de la Iglesia de poner esa primacía en manos del rey (o sea: de la regente). En otras palabras: fue el suyo un discurso sobre la legitimidad de los poderes de que estaba investida María de Medicis. Un discurso desde, por y para ella.

En el marco de un speech del que todo el mundo debía de quedar contento, al Tercer Estado le tira el hueso de criticar las excesivas pensiones recibidas por miembros de la nobleza (el siempre eficiente discurso sobre los muchos coches oficiales de los poderosos). Eso sí, esa reivindicación se hacía reclamando al rey (concesor de las pensiones) que las diese con un mayor sentido del equilibrio; pero sin poner en duda el sistema en sí, con lo que la nobleza, en realidad, no podía sentirse amenazada.

Un elemento importantísimo de aquel discurso de Richelieu fue el tono conciliador y hasta pastueño con que se desempeñó al hablar de los franceses de fe protestante: «En cuanto a aquellos que, ciegos por su error, viven bajo vuestra autoridad [todo el discurso, lógicamente, el orador se dirige al rey], nosotros no pensamos en ellos para nada que no sea desear su conversión, en conseguirla con nuestro ejemplo, nuestras enseñanzas, nuestras plegarias, que son las únicas armas con las que les queremos combatir».

No se puede dudar de que Richelieu apareció ante la Francia política como un hombre capaz de aunar voluntades y de derribar resistencias. Que era, exactamente, lo que él pretendió con esas palabras, de las que quedó tan orgulloso que las hizo imprimir, días después, en un folleto.

Terminados los Estados, Richelieu volvió a Coussay. Se fue casi cagando melodías, y de nuevo hay que decir que se trató, por su parte, de un movimiento muy inteligente. La verdad es que aquellas Cortes habían terminado como el rosario de la aurora; lo veremos muy pronto. Estando Francia en una situación financiera comprometida, dividida, y con un rey adolescente, en aquellos cuatro meses se propusieron un montón de cosas, pero se acordaron poquísimas. En palabras del propio Richelieu en sus memorias: «aquellos Estados terminaron como habían comenzado». Había una sensación de caos y bastante cabreo, y no era cuestión de quedarse en París, porque en ese caso, si se rifaba una hostia, siempre podía pasar que acabase en la nuca propia. Richelieu, consciente de que María de Medicis difícilmente les olvidaría a él, a su fina retórica y a su fidelidad, puso tierra de por medio.

La conclusión, o más bien anti-conclusión de aquella asamblea que se convocó para alcanzar acuerdos y sólo consiguió certificar desencuentros, era que la reina regente se encontraba bastante aislada. A despecho de fidelidades anteriores, ahora a la hostilidad de la nobleza de sangre, crecida porque al fin y al cabo había recibido concesiones de palacio, se unía la de los viejos lugartenientes Enrique IV (a los que Concini solía llamar, no sin sorna, les barbons), que querían pillar cacho. Era sólo cuestión de tiempo que la regente pensase en crear nuevas estructuras de poder con sus fieles.

Además, está la posibilidad, alimentada por los mitos románticos decimonónicos sobre Richelieu que tienen su epicentro en la famosérrima obra de Dumas, de que el obispo de Luçon estableciese su influencia sobre la Medicis a distancia, a través de la exiliada Eleanora Galigai, toscana como la reina madre, y que poco a poco se convirtió en su confidente, y quién sabe si algo más (porque en la rumorología palaciega francesa referida a aquella época, puestos a inventar, sólo falta algún capítulo sobre los chemtrails). Sea la verdad cual sea, estuviera María de Medicis medio enamorada de Concini, como también se dijo, o frotándose a la Galigai, lo que sí parece claro es que esta italiana, dama de compañía de la reina y sin duda su confidente, hacía bastante pandán con Richelieu. ¿Se la pulía el obispo? Yo, sinceramente, creo que no. Es muy difícil imaginar a este hombre amando a alguien, pues derrochaba su pasión con el poder.

Francia estaba revuelta, y no tardó en potar. Dentro de los cabildeos soportados por el rey en los Estados Generales para que la nobleza no se arrebatase, el monarca había admitido quitar la paulette. Se trataba de una tasa pagada por los oficiales de la judicatura y las finanzas para asegurarse el carácter hereditario del puesto, esto es para poder legárselo a sus hijos. El nombre le viene de que quien le sugirió la idea al ministro de Enrique IV Maximilien de Béthune, príncipe de Henrichemont y de Boisbelle, marqués de Rosny, marqués de Nogent-le-Rotrou, conde de Muret y de Villebon y vizconde de Meaux, par de Francia y a quien, para abreviar, solemos conocer como duque de Sully o Sully a secas; quien le fue, decimos, a comer la oreja a Sully con lo del nuevo impuesto fue un secretario llamado Jacques Paulet.

Quitar aquel impuesto supuso hacerle un agujero a las finanzas franceses de millón y medio de libras, cifra para nada anecdótica; pero, sobre todo, supuso eliminar el carácter hereditario de los puestos sometidos a la tasa. El Tercer Estado, en una parte no desdeñable beneficiario de este estado de cosas porque eso que luego se bautizaría con el nombre de burguesía comenzaba a tener pasta para comprar cosas así, puso pies en pared e interpretó la medida como lo que era: una movida para dejar los altos puestos de la administración en manos de la nobleza o, si se prefiere, en lenguaje contemporáneo, de la casta.

Como los representantes del Tercer Estado no querían enfrentarse directamente con la corona, lo que hicieron fue montar la mundial contra quien pensaban que había alimentado la medida, esto es Concini y su mujer, de quienes decían eran responsables de todas las polladas que hacía o permitía la reina y, de consuno, el joven rey. Para colmo, Condé hizo piña con aquellos sucios burgueses a los que, como buen francés de la grandeur, despreciaba por considerarlos a todos malolientes toneleros.

No pocos diputados de los Estados Generales expresaron su malestar negándose a abandonar París cuando las sesiones terminaron. De hecho, estos diputados relapsos acabaron por reunirse, e invitaron a la nobleza a unirse a la fiesta. La reina estuvo tarda y un poco pollas. Primero les prohibió reunirse, pero los diputados le hicieron la higa. Después, en lugar de mandarles a los grises y disolver el contubernio a hostias, que es lo que en mi opinión hay que hacer cuando uno da el paso de prohibir algo, anunció el aplazamiento de la retirada de la paulette en tres años; pero eso no sirvió nada más que para enconar los ánimos todavía más. En mayo de 1615, el presidente de la Asamblea y cuarenta magistrados se presentan en Palacio para hacerle llegar a la regente sus reivindicaciones. El discurso que le soltaron a la Medicis no podía ser más claro. Le dijeron que en los consejos reales se admitía gente sin mérito e, incluso, exigieron que los gobiernos provinciales y las altas dignidades del Estado fuesen ocupados sólo por gentes nacidas en Francia. Realizaron un ataque frontal a las «sectas infames» instaladas en la Corte, en una referencia directa a los amigos judíos y anabaptistas de la Galigai. Finalmente, la delegación amenazó a la reina regente con hacer públicas estas acusaciones; pero no con insinuaciones, como habían hecho en su discurso, sino con nombres y apellidos.

El Parlamento lo dejó ahí, porque no podía ir más allá (haber seguido adelante habría supuesto adelantar la Revolución Francesa en 150 años). Pero, sin duda, de aquel conflicto la corona salió devaluada. Las cosas, de hecho, fueron a peor, porque aquel momento de debilidad fue aprovechado por los nobles de sangre para declarar a los cuatro vientos que París daba asco, que el ambiente de palacio era irrespirable, y abandonando la ciudad. Para María de Medicis, aquella rebelión llegaba en el peor de los momentos, pues justo entonces tenía que llevar a cabo los pactos alcanzados por Madrid, en virtud de los cuales se iba a producir un doble compromiso matrimonial: el de Isabel de Francia con el infante español; y el de Ana de Austria, hija de Felipe III, con el joven Luis XIII.

María de Medicis no se atrevía ni siquiera a dejar París para allegarse a la frontera, por miedo a encontrarse a la vuelta la capital ocupada por Condé. Finalmente, el rey hizo una leva de 12.000 hombres, que puso a las órdenes de Urban de Laval de Bois-Dauphin, marqués de Sablé, señor de Bois-Dauphin, de Précigné, de Aubay y de Saint Aubin, conde de Bresteau, y la Corte partió hacia Burdeos. Desde Poitiers, Luis XIII lanza una acusación de lesa majestad contra Condé. El par de Francia, tal vez considerando llegado el momento de provocar la guerra civil, trata de soliviantar a los protestantes. Sin embargo, estos respondieron con renuencia, dejándolo en inferioridad con la armada real.

Una vez que tuvieron razonablemente claro que Condé no les podría atacar, el rey y su mamá se llegaron a Fuenterrabía, ay va la hostia, donde intercambiaron princesas con los españoles. Nada más producirse el comercio de carne (que, obviamente, habría de terminar en comercio carnal, por el bien de las dinastías), representantes de la Medicis comenzaron a negociar con Condé en Loudun. Un diálogo en el que, según escribió Richelieu en sus memorias, «todo el mundo buscó la manera de prostituir su fidelidad al precio más alto posible».

A la vuelta hacia París de la comitiva real, a Richelieu le toca la lotería. Al paso de la comitiva por Poitiers, Isabel de Francia, futura reina de España, se siente indispuesta y tiene que descansar, mientras los demás siguen adelante. Es Richelieu quien queda encomendado de cuidarla, lo cual le da una oportunidad de oro para mandarle misivas a la regente, que aprovecha para lamer sus posaderas con fruición.

El 3 de mayo, se llega a un acuerdo en Loudon. Que, básicamente, consiste en que esa Maria de Medicis en la que Richelieu cree tanto se baje, una vez más, ante la nobleza de Francia, esos pantalones que no tiene.

Richelieu le hace tisanitas a Isabelinchi, mientras espera. Espera. 

Espera.