miércoles, febrero 25, 2015

Nacht der langen Messer (12: «Ha muerto el único hombre que podría salvar a Alemania»)

Te recuerdo que antes de seguir leyendo te hemos recomendado que pases por una cabina de descompresión y te hemos contado el cabreo de Hindenburg que lo comenzó todo. Asimismo, te hemos contado el discurso de Von Papen en Marburgo, y la que montó. El relato siguió contando cómo Hitler decidió comenzar a apaciguar a las SA, y cómo Röhm se la metió doblada. Como consecuencia de todo esto, Göbels pasó a la ofensiva y se acojonó a partes iguales.

Acto seguido, te hemos contado una crucial conversación entre Hitler y el general Von Blomberg. Después ha llegado el tiempo de contarte cómo Hitler comenzó a tascar el freno, y la que se montó en Kitzingen. Después hemos pasado a contarte el secuestro de Edgar Julius Jung, y la vergonzosa reacción de su jefe.

El relato ha continuado explicándote cómo Hitler organizó la tangana desde una terraza al borde del Rhin (mientras Göbels andaba por ahí). En ésas, Hitler llega a Munich y desenfunda el cuchillo de capar. En Berlín se lía leoparda.


A las tres y media de la tarde de aquel sábado berlinés, cuando ya todos los ciudadanos están fuera de sus trabajos, la ciudad es un hervidero de rumores. En los cafés se dan por seguros los arrestos de Röhm y de Schleicher, y se especula con que el propio Von Papen está también retenido. Algunos dicen que Göbels también está detenido (rumor surgido del hecho de que se ha podido comprobar que no está en Berlín; y, tal vez, también alimentado por Göring, siempre proclive a darle por el orto a su correligionario); otros que se trata de una acción de los nacionalsocialistas contra el Casco de Acero y los monárquicos.

Como se puede ver, y es que es lo que ocurre casi siempre, la verdad viene a ser una especie de macedonia de todas las cosas que se dicen.


El tráfico del Tiergarten se ha desviado y una parte de éste, de hecho, ha sido convertida en una especie de campamento militar improvisado. Los pocos berlineses que se aventuran a preguntarle a la policía qué está pasando son rechazados con malos modos; incluso se rifa alguna que otra hostia. Todo será rumorología y nervios hasta que, en la tarde, casi todos los periódicos saquen una edición especial informando de la destitución de Röhm por Hitler, y su sustitución por Viktor Lutze.

A las cuatro de la tarde, Hermann Göring atiende en el edificio de la Cancillería a los corresponsales extranjeros. Se limita a decirles que al día siguiente por la mañana hará público un comunicado; que hay una acción en curso, pero que precisamente porque está en curso no puede dar detalles. Se limita a reconocer que Röhm ha sido detenido; pero, al añadir que lo ha sido en compañía de otros oficiales, se niega a dar los nombres de éstos.

Los periodistas le preguntan por Von Schleicher. Hay que entender que, en ese momento, es la suerte del viejo general la que importa más. A los corresponsales extranjeros, en ese momento, les cuesta comprender, mucho más asumir, la magnitud de una pelea interna dentro del nacionalsocialismo que haya alcanzado una magnitud tal como para provocar arrestos, fusilamientos y asesinatos. Los informadores más bien creen a quienes, en las cafeterías de los grandes hoteles, les han dicho que todo esto es un golpe de Estado desde el Estado dado por Hitler para quitarse de enmedio a monárquicos (y es que lo fue) e, incluso, al propio Ejército. Göring, para entonces, ya sabía que Schleicher y su mujer habían sido asesinados. Sin embargo, se limitó a decir que, puesto que el general «estaba conspirando contra la nación», había sido detenido; operación durante la cual se había resistido. Todo el mundo comprendió.

En efecto, Brüning y Von Schleicher eran, incluso más que Röhm, los dos grandes objetivos de Hitler y Göring. Al primero, también lo hemos insinuado ya, es probable que lo previniese Göring para que huyese, puesto que tenían una cordial relación que venía de antiguo. Al segundo, sin embargo, no. Por eso, a las nueve de la mañana de aquel sábado, un vehículo procedente de Berlín se había parado delante del chalet del general en Neu-Babelsberg. Descendieron seis hombres, que penetraron en la casa hasta llegar al salón, donde Schleicher desayunaba junto con su mujer y su hija de dieciséis años (aunque algunas versiones dicen que la niña no estaba con ellos). El caso es que, una vez confirmada la identidad, los hombres de la SS abrieron fuego contra el general y, dado que la mujer se levantó para protegerlo, se la llevaron también por delante.

Peor, según algunos relatos, fue la muerte de Von Klausener. Una vez herido en su despacho, tardaría cosa de una hora en morir, tiempo durante el cual los dos SS que habían hecho el trabajo no dejaron entrar a nadie en el despacho. Klausener, católico practicante, pidió primero hablar con el arzobispo de Berlín, amigo suyo; y, después, el auxilio espiritual de un sacerdote. Ambas cosas se le negaron.

Por supuesto, en un día tan intenso como aquél, hubo historias realmente rocambolescas. El comandante Gottfried Reinhold Treviranus, que había sido ministro de Brüning y de Von Schleicher, viejo líder parlamentario de la facción nacionalista del parlamento, salvó su vida por haber abandonado su casa muy pronto aquella mañana. La policía lo estuvo buscando y apenas dio con su pista a mediodía. Estaba en su club de tenis, en Wannsee. Estaba, de hecho, en la pista de tenis jugando una partida, cuando la SS vino a por él. Se apercibió de los hombres de negro hablando con el personal del club y, al instante, se imaginó que lo querían trincar. Así pues, se excusó con sus compañeros de partida, dejó la pista y, sudado y sin pasar por el vestuario, se metió por los jardines del club hasta llegar al bosque que lo rodeaba. Ocho horas más tarde, estaba en Inglaterra, donde se convertiría en uno de los representantes del exilio alemán.

Mucho más gallarda es la historia del general Ferdinand von Bredow; esto es así porque falleció en la Noche de los Cuchillos Largos. Pero falleció, como fallecen los de Bilbao, porque le dio la gana.

Von Bredow, no se sabe muy bien por qué medio, había conseguido llegar a las cinco de la tarde de aquel infausto 30 de junio sin haber sido descubierto. Y no estaba escondido. Estaba en su lugar habitual de tertulia, el bar del Hotel Adlon, rodeado por algunos de sus contertulios habituales. Para entonces, Von Bredow ya sabía que había muerto Von Schleicher pues, como sabemos, una hora antes Göring lo había insinuado con bastante claridad. Von Bredow y Schleicher habían sido compañeros tan estrechos que no había que ser ningún lince para darse cuenta de que, si iban a por uno, irían a por el otro.

Eso mismo pensó un diplomático extranjero quien, tras saber que Bredow estaba en el hotel, fue a buscarlo. Cuando lo vio y le preguntó si sabía la que se había montado, Von Bredow se limitó a contestar tranquilamente: «Pues sí; y lo que me extraña es que estos cerdos no me hayan matado todavía». Entonces el diplomático le dijo que tenía su coche en la puerta del hotel, y que le invitaba a cenar en su casa. Von Bredow contestó: «se lo agradezco mucho; pero es que esta mañana he salido demasiado pronto de casa y ahora, que ya he podido ver a mis queridos amigos, quiero regresar». Cuando le intimaron para que se salvase, se levantó, se alzó de hombros, y dijo: «han matado a Von Schleicher, y Von Schleicher era el único hombre que podría salvar a Alemania».

Nadie lo volvió a ver después de que atravesó el umbral del hotel Adlon.

Cabe señalar, por cierto, que quienes no sufrieron apenas violencia durante la Noche de los Cuchillos Largos, fueron los judíos. Al parecer, únicamente en Franconia hubo algunos nacionalsocialistas que, alarmados por las noticias de que Alemania estaba en peligro, que había una conspiración, y tal, decidieron agredir a algunos judíos. En el resto de la Alemania, la cosa no fue con ellos.

La Noche de los Cuchillos Largos, de hecho, se extendió como una pandemia por toda Alemania. En Gleiwitz, el jefe de policía local, Hans Ramshorn, mutilado de guerra y un auténtico camisa vieja nazi, muere en su propio despacho bajo los disparos de unos «desconocidos». En Bremen, como hemos comentado, el obergruppenführer Ernst está a punto de embarcarse de luna de miel hacia el cacao maravillao canario, pero es arrestado el mismo 30 de junio. Se da la circunstancia que el jefe de policía local que lo detiene y lo envía a la muerte es el mismo que, doce horas antes, le ha organizado una fiesta sorpresa de despedida.

Göring se atrevió incluso con la familia real. El conocido como príncipe Auwie, Auguste Wilhelm de Hohenzollern, fue inmovilizado en su propia casa y sometido a largos interrogatorios. Aunque Göring, finalmente, considerando que había sido «más imprudente que culpable» terminó por liberarlo, tras hacerle firmar una declaración en la que denunciaba a un montón de sus amigos. Augusto Guillermo, haciendo gala de esa presencia de ánimo y coherencia en las ideas de la que siempre han hecho galas las familias reales, estuvo el 13 de julio en el Reichstag, escuchando el discurso de Hitler sobre la Noche de los Cuchillos Largos; estuvo justo al lado del escaño vacío de su amigo Ernst, para entonces ya muerto; y, por supuesto, aplaudió a rabiar.

Quizás la movida más gorda de la NCL fuera de Berlín y Munich sea la que hubo en Breslau. Allá en Silesia había tres mandamases nacionalsocialistas: nuestro amigo Heines, del que ya hemos hablado, que era comandante de las SA y jefe de policía de Breslau. El segundo era un nota acojonante, Udo von Woyrsch, que desplegaría muchas de sus habilidades durante el Holocausto y entonces era jefe de las SS. Y, finalmente, Helmut Bruckner, un viejo compañero de Hitler, que dirigía el NSDAP propiamente dicho en la región.

Los tres compartían una característica: el odio africano que sentían por los otros dos.

Von Woyrsch recibió en las primeras horas del día 30, como otros muchos jefes de las SS, una comunicación de Himmler. En la suya, se soltaban sapos y culebras sobre Heines y las SA; momento en el que el esforzado jefe de las SS vio llegada su oportunidad. Ni corto ni perezoso, asumió el mando de las fuerzas de policía, y se puso a trabajar. Lo primero que hizo fue ir a por un viejo camarada de armas suyo, Eberhard von Wechmar, que había asumido el mando de las SA en ausencia de Heines. En un par de horas, lo había arrestado, y fusilado.

Estas acciones no se distinguen demasiado de las hechas en otros lugares de Alemania. El problema de Woyrsch es que, sobrado como estaba, no guardó las necesarias cautelas y cuidados, por lo que sus acciones se hicieron tan evidentes que hasta las SA se dieron cuenta, con lo que empezaron a ocupar sus cuarteles. Las SS hubieron de rodearlos allí y sitiarlos durante más de dos horas, en lo que fue una auténtica batalla con decenas de bajas. Esto convirtió Breslau en el único lugar en el que las SA intentaron defenderse.

[Te estarás preguntando: ¿y Bruckner? Pues lo mismo se preguntaba Woyrsch; pero no pudo cazarlo. Bruckner era un nazi de ultraizquierda, de ésos que según la historiografía al gusto nunca existieron, y tenía a Göbels por uno de sus maestros. Avisado con tiempo de la que quería montar su enemigo el de las SS, tuvo la inteligencia de no unirse a las SA en su lucha; cogió un coche para la capital y, una vez allí, al igual que su mentor y maestro, se apuntó al bombardeo].

Los periódicos del 1 de julio serán los primeros que comiencen a publicar listas de muertos. Desde el primer momento se informa de la muerte de seis obergruppenführer de diez que tenía las SA: Von Krauser, Ernst, Heines, Schneidhuber, Hayn y Von Heydebreck. A todos ellos se unen los nombres de Schmidt y el conde Spreti. El comunicado oficial prometido por Göring no dijo nada de Röhm pero sí, sin embargo, informaba de la muerte de Von Schleicher, «muerto accidentalmente mientras intentaba oponerse por la fuerza a las órdenes del Gobierno». Y dos huevos duros.

Nada se dijo, durante aquel día, ni de la señora de Schleicher, ni de Von Klausener, ni de Georg von Detten, ni de Gregor Strasser; todos ellos muertos en esas primeras horas.


Y, por supuesto, tampoco se informaba sobre cuál era, exactamente, el peligro que se había cauterizado con aquella acción.