lunes, febrero 23, 2015

Nacht der langen Messer (11: la apisonadora)

Te recuerdo que antes de seguir leyendo te hemos recomendado que pases por una cabina de descompresión y te hemos contado el cabreo de Hindenburg que lo comenzó todo. Asimismo, te hemos contado el discurso de Von Papen en Marburgo, y la que montó. El relato siguió contando cómo Hitler decidió comenzar a apaciguar a las SA, y cómo Röhm se la metió doblada. Como consecuencia de todo esto, Göbels pasó a la ofensiva y se acojonó a partes iguales.

Acto seguido, te hemos contado una crucial conversación entre Hitler y el general Von Blomberg. Después ha llegado el tiempo de contarte cómo Hitler comenzó a tascar el freno, y la que se montó en Kitzingen. Después hemos pasado a contarte el secuestro de Edgar Julius Jung, y la vergonzosa reacción de su jefe.

El relato ha continuado explicándote cómo Hitler organizó la tangana desde una terraza al borde del Rhin (mientras Göbels andaba por ahí). En ésas, Hitler llega a Munich y desenfunda el cuchillo de capar.


Maurice y Bruckner son los dos oficiales que llegan con Hitler y toman el mando de la operación de penetración en la casa parda de Wiessee. Después de Spreti, detienen a Heines, que duerme en el dormitorio de al lado con su chófer. Parece ser que Heines trató de coger su revólver, razón por la cual Maurice disparó el suyo. Fue sacado de la mansión herido y murió al tiempo; o tal vez murió ya mismo en la mansión.

Otto Strasser dejó escrito que Hitler fue hacia la habitación de Röhm y que llamó a la puerta. Según esta versión, el jefe de Estado Mayor de las SA habría creído que, simplemente, el canciller llegaba antes de lo que él esperaba, pero al abrir se lo encontró soltando por la boca todo tipo de insultos. Una vez más, es una versión posible, aunque no sé si la tengo yo por probable. Por muchas ganas que le tuviese Hitler a Röhm, cuadra mucho mejor con su personalidad el haber dejado hacer a otros el arresto del máximo responsable de las SA. De hecho, todas las personas que rodeaban a Hitler, notablemente los SS, no habrían hecho su trabajo si le hubiesen permitido ir en plan pecholobo a enfrentarse con Röhm cara a cara.

Lo que sí tiene más visos de ser cierto es que, una vez procedidas las detenciones, y cuando la pequeña tropa acopiada por Hitler salía de la mansión, se produjo una situación que, de haber ocurrido algo antes en el tiempo, tal vez habría cambiado el tono de la Noche de los Cuchillos Largos: se dieron de bruces con la guardia personal de Röhm. Los miembros de esta tropa, que llegaban de la calle, se bajaron de sus camiones, pálidos y sorprendidos por encontrarse ahí a la última persona que esperarían, tan de mañana. Hitler, esta vez sin perder la calma, les ordena que entreguen sus armas a la SS, que se metan en los camiones y sigan camino hasta Munich. Afortunadamente para él, le obedecen sin rechistar; es, desde luego, lo que el propio Röhm les ha enseñado que deben hacer.

Una vez superado el obstáculo de la guardia de Röhm, las fuerzas de Hitler salieron de nuevo hacia Munich, muy atentas a la carretera; su plan era ir interceptando los coches de diferentes jefes de las SA, que sabían que en esos momentos se estarían desplazando hacia Munich. De esa forma, contaban con poder detenerlos de manera aislada, sin que éstos se pudiesen concertar.

El primer coche interceptado fue el de Peter von Heydebreck, obergruppenführer de Pomerania. Von Heydebreck, mutilado de guerra, quintaesenciaba la alianza del viejo ejército prusiano de toda la vida con el nacionalsocialismo. En los complejos años veinte, había tenido su propia tropa paramilitar, los conocidos como cazadores de Heydebreck, que había hecho importantes servicios a un NSDAP entonces todavía invertebrado. La relación con Hitler era tan estrecha que, apenas tres semanas antes, el canciller había decidido cambiar el nombre de un pueblo fronterizo con Polonia, cuyo topónimo consideró tenía demasiados elementos eslavos, por el nombre de Heydebreck. Todo eso, sin embargo, no le impidió fusilarlo por alta traición.

En Munich, mientras tanto, hemos dejado a Hesse, a Luzte y al bueno de Adolf Wagner, que no se había visto en una como ésta, ni esperaba verse, en toda su vida. Para entonces, entre los tres han montado, fundamentalmente, un dispositivo especial en la estación de tren. La han tomado, a medias, el ejército y la SS, con los uniformados de negro recorriendo los andenes constantemente. A la llegada de los trenes de Berlín, la SS se colocó en las puertas de los vagones, empeñada en reconocer a los miembros de las SA. Cuando eran efectivamente reconocidos, se los llevaban de mejores o peores maneras.

Todos estos standartenfürer y sturmführer, la inmensa mayoría de los cuales se avino a ser trasladado sin una mínima queja, fueron directamente llevados a la prisión de Stadelheim, que será el verdadero matadero de aquella movida. Una vez allí, no fueron muchos los que se mosquearon (hombre, que te lleven a una cárcel, es normal que te mueva al mosqueo). Incluso dieron en pensar, y en decir, que estaban siendo objeto de un golpe de Estado comunista. Pero aquéllos que fueron llegando de la carretera, que podían contar que habían sido enviados allí por el mismísimo Hitler, les convencieron, lógicamente, de que no. Sin embargo, la llegada, que no tardó, de la noticia del arresto de Röhm y la muerte (para entonces ya estaba muerto) de Heines, comenzó a soliviantar los ánimos. Se empezaron a escuchar gritos de que Hitler estaba contra las SA.

Más o menos a esa hora, Hitler estaba en el despacho del alcaide de la prisión, dictando un telegrama a Göring en el que le informaba de que, por orden suya, esa noche habían sido ejecutados los obergruppenführer Schneidhuber, Heines, Von Heidebreck, Hans Hayn (otro hombre de perfil muy parecido a Von Heydebreck: antiguo oficial de los cuerpos francos, había sido camarada del célebre capitán Schlageter, que se decía fusilado en el Rühr por los franceses, y que era un mito heroico del nacionalsocialismo; comandaba todas las SA sajonas) y Fritz Ritter von Krauser (también veterano de guerra, estaba destinado en el Estado Mayor de las SA, y solía sustituir a Röhm cuando estaba inactivo), el gruppenführer Schmidt, y el standartenführer conde Spreti. Este comunicado fue remitido cuando Heydebreck, Hayn, Krauser y Spreti estaban vivos. Estaban, de hecho, junto con Röhm, en una habitación cercana.

Los fusilamientos de Stadelheim comenzaron muy pronto. Las personas ejecutadas eran juzgadas por cortes marciales, pero eso no significaba gran cosa. Hitler desplazó a Hess a la mansión parda de Munich, donde les hizo un discurso a los SA allí retenidos en el que, sustancialmente, les dijo: estáis todos prisioneros y sois todos sospechosos. Se os irá interrogando, y a partir de ahí, se verá.

Llegada la mañana, en cualquier caso, las escuadras de las SS se distribuyen por Munich, con instrucciones claras de que las listas de traidores que se les han dado no son listas cerradas, y que conviene ser creativos. El principal acicate de estas patotas de la muerte es Josef Göbels, quien está especialmente interesado en que todos esos guardias armados no hagan ni se hagan demasiadas preguntas a la hora de llevarse a según qué gente por delante. Uno de estos grupos, de hecho, se dirige a un pequeño restaurante de la ciudad, llamado algo así como El carrillón de las salchichas, donde, de manera inopinada, se llevan al dueño y al sommelier. Ambos son culpables del, en ese momento, gravísimo delito, de haber servido la cena a Göbels y Röhm la última noche que se vieron y se hicieron pajas con la segunda revolución. Nadie los volverá a ver vivos.

Hitler visita al general Franz Ritter von Epp, Statthalter de Baviera, para informarle de todo lo que ha pasado. Es de suponer que le presenta frente a un fait accompli sobre el cual el militar preferirá mancharse las manos lo menos, mejor. Después vuelve al ministerio del Interior, donde se reúne con Lutze, a quien dicta su primera proclama como jefe de las SA, incluyendo doce puntos. Es un documento sin fisuras, en el que Hitler reclama una obediencia ciega de todos los miembros de las SA, y donde se dirige a los soldados de a pie tratando de ponerlos en contra de sus mandos, sobre los que dice han traicionado la confianza de sus subalternos mediante la vida muelle a la que se habían entregado. «Es escandaloso», brama Hitler mientras Luzte le sigue el ritmo como puede, «que se sirvan de los recursos del Partido, recursos acopiados gracias a las cotizaciones de gentes humildes que se privan de muchas cosas, para organizar después ostentosas orgías.» Tras redactar el manifiesto, Hitler y Luzte se van a la masión parda muniquesa, para leérselo a los centenares de camisas pardas que están allí retenidos.

Una vez leído el comunicado, Hitler lo deja muy claro: podéis seguir apoyando a esos jefes que ahora están en Stadelheim siendo juzgados por cortes sumarísimos y ejecutados, o afirmar vuestra obediencia de mi persona. Y los miembros de las secciones de asalto, que al fin y al cabo son humanos (y nacionalsocialistas), aclaman a su nuevo jefe, Viktor Lutze, sin un pestañeo. La victoria del canciller es tan evidente que Hitler da órdenes a las SS de abrir las puertas de la mansión. Eso sí, cada uno de los miembros de las SA saldrá del edificio acompañado de dos de la SS, y habiendo dejado dentro su uniforme pardo. Todos, al salir, juran que no volverán a participar en acción alguna hasta que su jefe no les haya comunicado la removilización de las secciones de asalto.

Y, mientras, ¿qué pasaba en Berlín?

En Berlín amanecía un precioso sábado de verano. Las personas madrugaban para ir a sus trabajos, en los que terminarían a mediodía, momento en el que la mayoría tenían pensado tomar el camino de las afueras, para disfrutar del fin de semana. La prensa del día invitaba a relajarse con sus noticias de una apreciable mejoría en el estado de salud del Presidente Hindenburg.

Eso sí, los más observadores de entre todos se darían cuenta de que ya a primera hora de la mañana había en la calle más vehículos y efectivos de las SS de lo que se podía tomar por normal. A media mañana, once horas más o menos, ya no se podía negar, por así decirlo, que algo estaba pasando. Todo el mundo sabía que el epicentro de los problemas era la Standartenstrasse, entonces una calle pituca y pija de aquel Berlín, que daba al Tiergarten. Precisamente en el ángulo entre la calle y el Tiergarten se encontraba el estado mayor de las SA berlinesas. De hecho, había sido por ello que la calle había sido rebautizada, puesto que de toda la vida se había llamado la Matthaikirchstrasse. En la misma calle se encontraban los locales del Casco de Acero, la embajada de Italia, el consulado francés, y la mansión donde residía normalmente Ernst Röhm.

A eso de las once, como hemos dicho, la policía prusiana cerró la calle.

El cónsul francés, que como hemos dicho reside en esa calle, se apercibe de que la han cerrado, así pues llama a la embajada para saber si allí pueden darle razón de lo que está pasando. El embajador no está (está en París), así pues le atiende el encargado de negocios, quien le dice que acaba de llegar de la Wilhelmstrasse y puede asegurar que allí no tienen información de nada raro (y no miente: no la tienen).

Esa mañana, además, en la embajada de Italia, hay un desayuno formal convocado. Cuando la mujer del embajador se da cuenta de que la calle está cerrada, comienza a ponerse nerviosa, preguntándose cómo serán capaces de llegar sus invitados. Esta es, en realidad, la gran dificultad que se encuentra la operación en Berlín, dado que el embajador llama al ministerio de Asuntos Exteriores, el ministerio a la Policía... y, allí, los hombres de Göring se disculpan diciendo que son unas comprobaciones en el Casco de Acero, que terminarán pronto. Los hechos, sin embargo, captan la atención, no sólo de los diplomáticos, sino de los propios periodistas extranjeros, y pronto en la Wilhelmstrasse se encuentran un tanto acosados por las peticiones de información. En el Ministerio, sin embargo, no saben nada, y repiten la plana explicación que les han contado. Pero pronto, puesto que tienen intervenidas las comunicaciones de las embajadas, escuchan una recibida por el embajador francés, a quien informan desde el consulado de que han aparecido policías en la terraza de la casa de Röhm.

En la Wilhelmstrasse, el secretario general de Asuntos Extranjeros, que se llama Von Bulow, está intentando comprender todos estos testimonios divergentes y confusos cuando recibe una llamada del club de caballeros al que pertenece. Una llama urgente en la que un confundido gerente le informa de que el vicepresidente del club, conde de Alvensleben, ha sido arrestado. Bulow comprende e, inmediatamente, pregunta por Von Papen. Se le informa de que la policía tiene su casa rodeada, y que también se espera su arresto.

Estas noticias llevan al todo Berlín a estar convencido, a mediodía, de que la segunda revolución de Göbels y Röhm ha triunfado; un error de apreciación que será de gran utilidad para Hitler cuando todo se aclare, pues hará a todo el mundo más proclive a aceptar los hechos como un mal menor. Esta convicción será más profunda cuando los hombres de la alta sociedad berlinesa tengan noticia de que el director general del Ministerio de Trabajos Públicos, el doctor Erich von Klausener, considerado por todos el portavoz de los alemanes católicos, ha sido asesinado en su propio despacho, poco tiempo antes de dar una conferencia sobre obras hidráulicas, por cuatro personas «disfrazadas de miembros de las SS».

En los círculos diplomáticos se extiende la noticia del presunto arresto del general Von Schleicher. La inquietud permanece hasta el anuncio de que Göring hará una declaración pública a las siete de la tarde.