jueves, diciembre 11, 2014

No tiene remedio




Hace muchos, muchos años, escuché una historia en los pasillos de Prado del Rey, en el curso de una visita breve. Una de esas cosas que no sabes si creerte, pero que de puro absurda y gilipollas piensas que debe de ser verdad, porque es difícil que alguien pueda ser tan demente como para inventársela de la nada. Según esta historia, la más famosa sintonía de Radio Nacional de España, una especie de firulí-firulá con la que se anunciaba el comienzo de El Parte (o sea, el informativo horario) era, en realidad, una retreta militar compuesta por un coronel del Ejército, asimismo trabajador de La Casa que, décadas después de la primera emisión, seguía cobrando derechos de autor cada vez que comenzaba un informativo.


Como digo, yo no puedo poner la mano en el fuego por la verdad de esta historia; de lo que sí respondo es de su veracidad, entendida ésta como posibilidad de que sea cierta. En eso que hemos dado en llamar El Ente han pasado y pasan cosas mucho más escandalosas que ésa; y no hace falta ser ningún español con información privilegiada para saberlo.

Es el día de hoy, que la corporación RTVE tiene menos dinero que los bolsillos de Carpanta, y sus directivos siguen viajando, en fila de a siete, a los grandes eventos deportivos, como si hiciesen falta para algo. En esta misma semana, el director y supongo que editor de las mañanas de Radio Nacional de España, al que escucho mientras me ducho, se ha ido, supongo que no solo, a Veracruz, México, a hacer su programa desde una cumbre iberoamericana insulsa como pocas (porque hoy en día una cumbre iberoamericana a la que no vayan Castro o Maduro a montarla es como un botellón convocado a los pies del retablo de la catedral de Santiago). Y a Pepa Fernández, responsable de las varietés de fin de semana, a la que escucho cuando viajo en tales días, siempre la oigo dándose de barrigazos por los salones de actos de España; en un gesto que al atractivo de su programa le añade entre nada y absolutamente nada, pero que pesa en nuestros bolsillos porque somos nosotros los que pagamos tamaña trotamundez.

Una mujer canora de los tiempos de la eclosión pop hispana de los sesenta salió hace algún tiempo en un programa de ésos de recuerdos del pasado que hacen en la tele y, comentando sus comienzos, dijo que su primera actuación en televisión había sido un programa cuyo director estaba dispuesto a dejar actuar a cualquiera que cantase una canción que le gustaba mucho y que, si no recuerdo mal, era ésa que dice que hay tres cosas en la vida: salud, dinero y amor. La anécdota, que es eso, una anécdota, refleja muy bien lo que ha sido en España, de toda la vida, la televisión pública: el cortijo de alguien. O sea: a mí me dan un programa musical, y ni de coña me planteo traer al mismo a los tipos que más lo merezcan porque canten como Gardel; yo traigo a Fulano porque es amigo mío, a Fulanita porque resulta que es la que me froto, o, ya en el paroxismo de la arbitrariedad, a unos tipos que resulta que cantan la cancioncilla que me cantaba mi abuela mientras hacía pestiños, cosa que me trae entrañables recuerdos. Como bien dijo una ministra de Cultura, el dinero público no es de nadie; ergo, añadiré yo, aquello que se financia con el dinero público, tampoco.

La Televisión Pública la inventó, en España, el general Franco. Nos obstinamos en preguntarnos, una vez y otra, por qué nosotros somos como somos y la BBC es como es, y no nos damos cuenta de que esto es como comparar una crema de guisantes con el bosón de Higgs. La BBC, como entidad pública como tal considerada, nació de la conversión de una entidad privada; pero conservó al director general que traía de su peligrosa etapa neoliberal, el severo escocés John Reith. Televisión Española, sin embargo, nació bajo el mando de un gallego que había combatido, con los buenos por supuesto, en la sierra del Guadarrama: Jesús Suevos, miembro del Consejo Nacional de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, y amigo personal de José Antonio Primo de Rivera. Dicho de otra forma: la primera señal que dio el Gobierno británico tras crear la BBC, con C de Corporation, fue que no quería inmiscuirse en cómo iba a ser gestionada; por su parte, la primera señal que dio el Gobierno español cuando creó TVE es que allí dentro ni la marca del papel higiénico de los lavabos se decidiría sin el nihil obstat del oficial de guardia o, en su defecto, del brigada despensero.

TVE nació como algo muy parecido a lo que hemos vivido quienes hemos tenido que servir en los cuarteles de la mili obligatoria española: como un cotolengo de suboficiales de escaso perfil, y en ocasiones preparación, que, sin embargo, en el estrecho terreno de su mando, dentro de su cuerpo de guardia, de su cocina o de su subayudantía, y precisamente por lo mucho que les jodía ser unos mandaos pringaos, resultaban ser Dios Todopoderoso Hecho Carne. Las gentes de televisión se acostumbraron pronto a mandar según los dictados de su testículo derecho; provisión hecha del concepto de que la dicha gónada fuese, faltaría más, respetuosa con los principios del Movimiento Nacional. Los pasillos de la tele se llenaron de generales de brigada, que sólo por casualidades de la vida eran civiles. Una vez conocí a una mujer que era hija de un jerifalte intermedio de La Casa, y la pobre me confesaba, entre risas, que incluso en su casa el buen hombre hacía uso de sus hijas para que le pusieran la llamada telefónica cuando quería hablar con un amigo. Y así mucho, como decía el ignorante al describir el Bolero de Ravel.

Radiotelevisión Española es un préstamo de la sociedad española. Un préstamo que, pronto, se ha convertido en sablazo, porque aquéllos que lo recibieron nunca lo han devuelto, ni lo devolverán. RTVE son los 50.000 euros que Amador Rivas le debe a Leonardo Romaní.

Cuando llegó la democracia, apareció un actor hasta entonces escondido que, repentinamente, tenía una importancia fundamental: la opinión pública. Si la clase política, desesperada por poder manipular a esa nueva incógnita de la ecuación de la que Franco había pasado como de rezar el rosario en el centro de Mosul, se hubiese encontrado en TVE a una indomable aldea gala, asentada sobre una sólida cultura del bien común, es posible que hubiera tenido que tascar el freno y aceptar que sí, que España quería, y podía, tener una BBC. Pero es que no fue eso lo que se encontró. Lo que se encontró fue una hidra de mil cabezas, un reino de Taifas petado de Al-Tariqs, cada uno mandando en su predio. Se encontró, pues, una sopa de Oparin de la que no podía salir más forma de vida que la manipulación. No por casualidad, el gran muñidor de los primeros minutos de democracia había sido director general de La Casa. Y de La Casta, también.

Alfonso Guerra, durante un debate de La Clave celebrado en las últimas boqueadas de la UCD de Landelino Lavilla, cuando todo el mundo sabía que el PSOE iba a ganar las elecciones, dijo aquello de: «lo mejor que se puede hacer en Televisión Española es echar a todo el mundo y, luego, una vez echados, colocarte en la puerta e ir diciendo: tú, pasa; tú, no; tú, pasa...» Mucha gente, yo mismo que cuando lo presencié tenía 19 añitos, creyó ver en esas palabras una voluntad de refrescar la institución (aunque, la verdad, la frase llama más a pensar que lo que quería Guerra era otra cosa...) Pretendiese Arfonzo crear el Pravda en España o colocar el medio público en los raíles de la modernidad, lo cierto es que lo que dijo, no lo hizo. El PSOE tragó con el rebaño heredado del centro-derecha nocional suarista a los dos minutos de conocerlo, pues le bastaron dos minutos para entender que aquel rebaño, como todos los que han pacido en esa Casa, y en esa Casta, lo que quiere es servir. El apellido del Amo, al menos entonces, era cosa de importancia exigua. Anda que no tiene atesorados la Historia del periodismo español nombres de encendidos editorialistas del Movimiento, olímpicos hagiógrafos de la persona de Francisco Franco, Caudillo de España, Martillo de Francmasones, Terror del Comunismo Internacional, Espada de Trento, que acabaron diciendo y escribiendo cosas que hacen que Pablo Iglesias parezca un sobrino de Rouco Varela.

El no va más del criterio periodístico moderno, para muchas gentes, es Will McAvoy, el aguerrido presentador televisivo interpretado por Jeff Daniels en The Newsroom, una serie estadounidense, como todas las escritas por Aaron Sorkin, con guiones tensos, pero un tanto desconectados de la realidad (Josiah Edward Barlett, el presidente de los Estados Unidos en The West Wing, es Nobel de Economía... ¿En serio? ¿De verdad cree Sorkin que un país que vota a la familia Bush dos veces, a Carter, a Reagan, a Obama, a Clinton, va a votar algún día a un Nobel de Economía?). McAvoy es republicano, algo que sus propios compañeros de niusrum no logran entender muy bien. Pero se pasa un episodio tras otro (al menos de la primera temporada; la única que he aguantado, y eso a medias) lanzándole unos cebollazos de la hostia al Tea Party, al que considera retrógrado, vergonzante y talibán.

McAvoy es, ya lo he dicho, un personaje un poco virtual; una de esas cosas que se ven en la televisión, pero que la Naturaleza no da. Como Lobezno, el Chapulín Colorado, o la Vieja'el'Visillo. Lo traigo aquí a colación porque creo que una de las mejores formas de describir el pacto firmado entre la televisión pública y la clase política, sobre todo tras la victoria del PSOE de 1982, es afirmar que ningún McAvoy de Badajoz, o de Tarifa, o de Lugo, o de Valls, ha pisado jamás los platós de Televisión Española, o los estudios de la Radio Nacional. Si un periodista es de A, jamás criticará a A. Así de claro.

El día, que fueron varios días, en que el PSOE de González y Guerra llevó a cabo su plan maestro, se acabó la posibilidad de que la televisión pública pudiera ser, jamás, algo presentable. Eso que denomino plan maestro es un conjunto de medidas del que forman parte elementos como la ley de órganos rectores de las cajas de ahorros, la reforma del gobierno judicial, las reformas educativas que han permitido que para ser interino pueda llegar a ser más importante el carné del sindicato que saber por dónde pasa el Pisuerga, la Comisión Nacional de las Comunicaciones, la de la Energía, el Tribunal de Defensa de la Competencia, el reparto de puestos en la cúpula del Banco de España ... o el consejo de RTVE. El propio Guerra, que al fin y al cabo tiene sus puntos de sinceridad, tuvo que reconocer que en España se había asesinado a Montesquieu, porque la división de poderes pasó a ser una entelequia, por obra y gracia, como digo, de un PSOE secretamente aplaudido, en esto, por sus opositores.

En la España de los ochenta, como en el bando republicano de la guerra civil, democrático pasó a ser sinónimo de intervenido por los partidos políticos. Todo órgano de gobierno donde no hubiese los correspondientes representantes de las fuerzas políticas parlamentarias y sindicatos mayoritarios pasaba a tener la vitola de antidemocrático. El gobierno de los mejor preparados se convirtió en el gobierno de los más fieles a la Idea. Esto fue letal para muchas cosas (ahí está el merdé del sistema eléctrico, que habla por sí solo de lo que pasa cuando mandas a los ingenieros a casa y los sustituyes con maestros de escuela en comisión de servicios parlamentaria); pero para nada fue más letal que para la televisión pública.

De repente descubrimos que los periodistas tenían ideología. Y no sólo la tenían, sino que eran sus servidores. Will McAvoy podrá ser republicano; podrá, incluso, plantarse delante de una cámara e informar a sus televidentes de que piensa votar a tal o cual candidato. Pero lo que jamás aceptará es ser consejero de Voice of America en representación del Partido Republicano.  El periodista español average de medio público, sin embargo, ha dado ese paso con un notable desparpajo, y sin despeinarse.

Recapitulemos: lo que tenía que haber pasado es que, cuando los políticos descubrieron los medios públicos, se encontrasen allí a unos tipos dispuestos a aceptar pocos chantajes y proclives a defender su libertad, y la de los demás, a toda hora. De haber sido así, los periodistas habrían convertido, o aspirado a convertir, a los políticos a su Fe. Pero lo que pasó fue lo contrario. Lo que pasó es que los políticos actuaron sobre una masa dispuesta a ideologizarse, contenta y cómoda respirando sectarismo, que lo que hizo fue, simple y llanamente, colaborar con ellos. En la televisión española, y en las muchas y variadas televisiones autonómicas. Darth Vader ni siquiera tuvo que informar a Luc Skywalker de que era su padre; se encontró, a las primeras de cambio, con que Luc quería ser su hijo. En países con honda tradición democrática, un periodista que se mete en política está muerto como periodista. En España, es cuando está vivo.

Televisión española es un instrumento voluntario del poder. Es un club de corifeos y turiferarios que protestan sólo cuando la imagen que se pasea en procesión no es la que prescriben sus creencias. Y no protestan for the sake of liberty, sino para que vuelvan los suyos. El sindicato aquél que en los años ochenta llamaba a Guerra Alfonso Beria (que hay que ver las bestialidades que puede decir la gente que no lee; Alfonso Guerra es a Lavrentii Beria lo que Romerito a Messi) no lo hacía para abrir las ventanas del Pirulí y que entrase el aire: lo hacía para echar a Guerra y que viniese Aznar. Con las mismas, el Consejo de Informativos que anda ahora escocidito de nalgas porque no le ha gustado la entrevista que le ha hecho un pollo a Pablo Iglesias, tuvo el papo, hace bien pocas semanas, de exigir que una persona, Juan Ramón Rallo, no fuese contratada por la televisión pública, porque su ideología no le gustaba (argumentaron que Rallo es un ultraliberal que quiere cerrar RTVE. Lo que demuestra que tienen un concepto muy limitadito de la libertad de expresión: deberían repasar el debate de La Clave sobre el racismo, en el que José Luis Balbín tuvo los santos cojones de sentar en el estudio a un miembro del Ku Klux Klan, con su uniforme blanco, su piquito y todo).

Todo esto tendría importancia, aunque algo más relativa, si, encima, no nos estuviese costando la pasta que nos está costando. Porque cuando las gentes están a las Batuecas del Poder, es difícil que estén a lo que deben estar, que es a hacer las cosas bien. Televisión Española (léase las televisiones autonómicas aussi) es un agujero negro de antimateria democrática; un agujero negro que sus habitantes no quieren cerrar por razones obvias, y sus jefes tampoco, por razones asimismo prístinas. La vamos a tener ahí, dando por culo en nuestras cuentas corrientes, per saecula saeculorum. Los medios públicos ya forman parte del paisaje de España. La gente abre la ventana, mira la montaña, y se piensa que la montaña es gratis.


Ja.


¿Cuál es la idea final que pretendo defender con estas notas? Pues que el problema esencial, en el caso de nuestros medios de comunicación públicos; el problema esencial que tenemos también en otros ámbitos, como por ejemplo el educativo, es la gestión de lo público. Para el trabajador público español, las estructuras públicas sirven a un objetivo, que es aportarle a él un medio de vida, un determinado estatus y, en el caso de los medios, apoyo logístico-ideológico. El servidor público español rara vez tiene la sensación, o la convicción de que es él quien sirve a lo público, no lo público lo que le sirve a él.

La famosa frase de Kennedy, aquello de no te preguntes qué puede hacer tu país por ti sino qué puedes hacer tú por tu país, tenía bastante más enjundia de la que a menudo creemos. La historia de tantos y tantos activos públicos en España es la historia de multitud de personas que jamás se han hecho esa pregunta en la dirección que JFK consideraba correcta. En España, la superioridad moral de lo público, elemento axiomático que se supone como el valor del soldado, impide que exista una ética de lo público. Como lo público es bueno per se, es mejor per se, es virtuoso per se frente a lo privado, ya da igual que enganchado a la teta, o mandando, coloquemos a un ladrón, a un inútil, o a un sectario. La corrupción existe en parte por esto: amamos tanto lo público, lo tenemos por tan inmaculado, que se nos ha olvidado controlarlo; se nos ha olvidado exigir calidad, eficacia y ecuanimidad a sus servidores. Ellos, como ya he dicho arriba, tomaron prestado lo que es nuestro, lo han hecho suyo, ya no nuestro, y no piensan devolvérnoslo. No piensan devolvernos los informativos, ni las aulas universitarias, ni tantas otras cosas.

La sociedad se ha despatrimonializado; y lo cojonudo del tema son los miles y miles de sus integrantes que salen a la calle, portando camisetas de diversos colores, para celebrarlo.