viernes, noviembre 14, 2014

I am Pilgrim



Quién: Terry Hayes
Qué: I am Pilgrim
Con quién: Atria, 3 de diciembre 2014
En qué: en inglés. As far as I know, no hay edición en español, ni sé si alguien la está preparando.



La novela tiene algo que quien no es novelista rara vez llega a dominar. Quiere esto decir que cuando alguien llega a la novela desde el periodismo o, como es el caso, desde la profesión de guionista para el espectáculo audiovisual, siempre se le quedan a uno pegadas algunas lapas de lo que es su profesión habitual que, sin saber muy bien por qué, le estorban al lector. Los periodistas, por ejemplo, tienden a empezar lo más cerca que pueden del final (éste es, de hecho, el primer mandamiento del periodista); y, a menudo, cuando escriben ficción, como son conscientes del problema, lo dilatan en exceso (verbigracia, Pérez Reverte). Los guionistas de televisión y cine tienden a pensar que lo que no es visual, no es.



La novela, en cambio, es a estas escrituras especializadas lo que la ópera es a otros géneros musicales. Bien hecha, es un arte total que excita lo visual, lo conceptual, lo abstracto y lo preciso. Por esta razón, habitualmente, de las buenas novelas sólo se hacen malas películas; porque cuando una novela es buena se convierte en tantas películas como lectores la leen y, cuando el lector va al cine, se sentirá, indefectiblemente, traicionado.

Terry Hayes salva buena parte de estos obstáculos mediante una estrategia inteligente que, sin embargo, cabe adivinar le ha costado muchas horas de trabajo de las que la escritura pura y dura habrá sido un porcentaje relativamente bajo. Como buen guionista, sabe que cuando las historias han de ser contadas en imágenes y, lo que es peor, con pausas a menudo largas en las que el espectador es bombardeado con consejos relativos al mejor bollo del mercado, o la colonia del macho alfa, o el coche del moderno hípster, hay que ir a lo que hay que ir, y dejarse de hostias. Los thriller contados en imágenes tienen un solo hilo, más o menos feliz, al cual todo lo demás se sacrifica. Cuando el relato no se filma sino que se escribe, el autor accede a la potestad de hacer las cosas de otra manera, entrelazando distintas historias, generando, pues, una especie de thriller coral, fiándose en el hecho de que el lector tiene mucha más soberanía que el espectador: si quiere, puede quedarse toda la noche en vela y pulirse las 700 páginas de un tirón. Éste es el sentido que yo le doy a la frase que el propio autor maneja en el epílogo, en el sentido de que si escribir un guión para la televisión es meterse en una piscina, escribir una novela es meterse en un océano.

Así pues, I am Pilgrim es una historia coral, que va y vuelve, que se encoge y se estira, aparece y desaparece, creando una sensación de universo particular que sólo la complicidad entre las habilidades de un escritor y el cerebro de un lector pueden construir. La adaptación al cine o a la televisión de esta novela, que supongo que llegará, es bastante probable que decepcione; un poco al estilo del tipo de decepción que se percibe cuando se lee LA Confidential y, acto seguido, se visiona la peli.

Comienza el libro en un hotelucho de mala muerte de Nueva York. En la bañera de una de sus habitaciones aparece el cadáver de una mujer, en un baño de ácido que la hace irreconocible para los CSI. No hay dactilares, no hay rostro. La persona que ha perpetrado ese asesinato ha borrado las huellas que dejaba tras de sí, y lo ha hecho siguiendo, puntualmente, las prescripciones contenidas en un libro escrito por un especialista forense, ya fallecido. O no. Porque lo cierto es que cuando la policía neoyorkina llega al hotel, junto con ellos está un hombre que es quien, en realidad, ha escrito ese libro. Pilgrim.

Pilgrim ni siquiera es agente de la CIA. Ni siquiera de la Agencia de Seguridad Nacional. Scott Murdoch (éste es el nombre más frecuente que usa durante las 700 páginas del libro) está por encima de todo eso. El relato de quién es, a qué se dedica, por qué su peripecia vital ha sido la que ha sido hasta el momento en que acompaña a los uniformados al hotel de Nueva York, es una de las tramas del libro; tal vez, en el fondo, la más importante.

Aquí se ha de quedar la descripción de la peripecia de Scott Murdoch, como casi todo lo demás. Sólo cabe decir que, pronto, se verá en el centro de la caza de un terrorista islámico, el más peligroso de todos, a pesar de que apenas va armado si tiene necesidad. Un hombre solo cuya fuerza es, precisamente, estar solo, y cuya debilidad final residirá en el hecho de que, en realidad, no lo está.

La caza de El Sarraceno, así lo conoceremos, es el tronco central del libro. Pero, como ya he insinuado, no es la única rama. Hay más historias dentro de la historia, historias que se imbrican y se separan pero, al final, todas ellas tienen un papel. Y está, como digo, la historia del protagonista, de Pilgrim, que le concede un atractivo especial a la novela.

La mayor parte de los espías que conocemos en las novelas son personas de un exacerbado cinismo. Ésta es la escuela, por ejemplo, de John Le Carré, cuyas novelas están trufadas de dobles y triples agentes que, en realidad, sólo se sirven a sí mismos. Cínico, descreído y autosuficiente, el espía medio se acaba convirtiendo en alguien a quien todo lo que le importa es la pela y, por conseguirla, son capaces, como el modélico Andy Osnard de El sastre de Panamá, de mentirle a todo el mundo, inventar oposiciones que no existen, o convencer al gobierno británico de que Panamá planea venderle su canal a los chinos.

Scott Murdoch es, en este sentido, una rara avis. Baja a las cloacas del Estado americano por una convicción que, 700 páginas después, todavía conserva. Vive de alguna manera torturado por su primer asesinato. Hace lo que tiene que hacer, pero eso no quiere decir, necesariamente, que la Patria sea un paraguas suficientemente ancho como para no mojarlo de remordimientos. Esto quiere decir que es un ser humano, no un épsilon anulado por lo que ha visto, dicho, hecho. I am Pilgrim es la historia de una operación antiterrorista que es, probablemente, de las más complejas que se pueden imaginar; pero también es la historia del camino que, desplegando dicha operación, realiza su protagonista (que es, en este sentido, un peregrino). Hay más cosas que la mera persecución en las páginas, y es por ello que, cuando esta aventura la protagonice el Toño Crucero de turno, bíceps, tríceps y un rostro menos expresivo que el de Imanol Arias, tengo por mí que fracasará entre quienes hayan leído el libro.

Leer este libro no te sacará de pobre ni de inculto. Pero, desde luego, creo que lo colocarás en tu estantería junto a otros de este género que tienen algo más que las historias de factoría, recauchutadas con documentación acopiada por una caterva de becarios universitarios a sueldo; libros, pues, hechos para ser best sellers durante su añada, y poco más.

Y esto es mucho en los tiempos que corren.