lunes, noviembre 10, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (21)

En julio de aquel mismo año, las resistencias respecto del flamante secretario general comenzaron a hacerse aparentes. La primera pista que recibieron de ello los kremlinólogos fue un extraño artículo publicado por Pravda, titulado Colegialidad y responsabilidad. «El espíritu colegiado», decía, «se hace patente cuando no se permite llegar demasiado lejos en el ejercicio del poder». Frase grandilocuente ésta que, es de suponer provocaría, una amarga sonrisa en los labios de muchos opositores al régimen soviético, algunos de los cuales, si leyeron el artículo, lo hicieron en los siquiátricos donde estaban ingresados como si estuviesen locos.

Y continuaba: «el secretario de un partido no es su jefe, porque no está investido del derecho a dar órdenes. Tan sólo es el primer hombre de un liderazgo colectivo. Ciertamente, tiene más responsabilidades que los demás, pero sus derechos son los mismos».

A estos movimientos se unían otros de opinión pública. Muy particularmente, la labor de zapa constante de Alexei Kosigyn, que aprovechaba las posibilidades que su posición le aportaba a la hora de hacerse una imagen internacional. En enero de 1966, recibió su bautismo de fuego como actor de primer nivel del orbe internacional en la conferencia de Tashkent, donde se produjo el encuentro entre Ayub Khan y Lal Bahadur Shastri, para tratar el eterno conflicto indo-paquistaní. Cuando en junio el presidente francés Charles de Gaulle visitó la URSS, Breznev llevó el peso de las negociaciones (dejando, por cierto, en el francés la impresión de que era un intransigente); pero los que se llevaron los oropeles y la impresión de cortar el bacalao fueron Kosigyn y Podgorny.

Para entonces, sin embargo, Leónidas Breznev había aprendido a ser una auténtica garrapata política. En realidad, tanto Alexei como Nicolae nunca parecieron darse cuenta de a quién tenían delante. Su oponente o adversario era, para ellos, una persona que comenzaba su cuesta abajo vital (pronto cumpliría sesenta años) y que era demasiado débil para imponerse. En realidad, Breznev, a pesar de ser un dirigente al que siempre le preocupó el consenso, sobre todo tener a su favor a los cuartos de banderas, era la quintaesencia del estalinismo, hasta el punto de superarlo, puesto que consiguió cotas muy parecidas a las de su maestro, pero sin utilizar los niveles de violencia gratuita de que hizo gala el georgiano.

En ausencia de violencia, Breznev necesitaba desarrollar su garrapatismo. Su capacidad de pasarse meses, si no años, viviendo de una gota de sangre, a la espera de momentos mejores. Todos los silencios de Breznev, que vamos contando, fueron en su día interpretados, sobre todo por sus adversarios dentro del Partido, como signos de debilidad; pero, sin embargo, la inmensa mayoría fueron episodios de fortalecimiento silencioso. La táctica de Breznev, cuando se analiza, se parece mucho a la de la familia Corleone: hacer como que se cede mientras se diseña una matanza de grandes proporciones.

Por su sexagésimo cumpleaños, Breznev recibió la medalla de Héroe de la Unión Soviética. Con aquella estrella dorada en la solapa, el secretario general del PCUS se dirigió a la sesión que celebraba el Soviet Supremo para aprobar sus presupuestos. Todo había sido cuidadosamente preparado en las semanas anteriores; las voluntades adecuadas habían sido captadas, las oposiciones recalcitrantes, quebradas. Aquella mañana comenzó el culto a la personalidad de Breznev, que alcanzaría proporciones inimaginadas hasta entonces en la Historia de la URSS (Breznev es, de hecho, el líder soviético más condecorado, de largo). Los 1.517 diputados lo recibieron con un largo aplauso cerrado. A continuación se produjo un efecto sumamente teatral, sin duda previsto.

No es casualidad, desde luego, que al frente de la sesión del Soviet Supremo se encontrase Ivan Spiridonov. Spiridonov se había hecho famoso en la pequeña historia del sistema soviético en 1961, tras presentar en el congreso del partido una moción nada menos que para que la momia de Stalin fuese retirada del mausoleo del Kremlin. Aquel hombre se desempeñó en hablar de Breznev recordando su eficiencia, su capacidad de trabajo y, last but not least, su compromiso ineludible con la pureza del marxismo-leninismo. El Soviet entero estalló en un bramido modelo fanboys de David Getta, aunque sin mover los pies.

Todo aquello ocurrió un lunes; día sin periódicos. Pero, al día siguiente, todos salieron con crónicas interminables de lo ocurrido, y con cuadernillos especiales detallando la vida del camarada secretario general.

Una vez ganada la batalla de la propaganda frente a sus competidores, Leónidas Breznev se aplicó a hacer las cosas como, de alguna manera, le había enseñado su verdadero maestro, Iosif Stalin.

Una de las medidas tomadas por Nikita Kruschev que, para algunos, lo acerca a la consideración de demócrata, fue el desmantelamiento del aparato policial centralizado creado por Lavrentii Beria; a partir de ahí, las labores policiales quedaron en manos de los milits, policías uniformados que dependían de las diferentes repúblicas. La URSS, por lo tanto, se convirtió en un sistema de mossos d'esquadra. No obstante, esto no lo hizo por convicción democrática alguna. Si lo hizo, fue porque había aprendido, en el ejemplo de Beria, lo peligroso que es que una sola persona controle una policía secreta de dimensiones sesquicontinentales.

En julio de 1966, siguiendo el capítulo siete, línea catorce, del Manual del Buen Estalinista, revirtió esto. Creó un Ministerio para la Protección del Orden Público, bajo cuyo paraguas volvió a poner a todos los maderos. Conscientes del enorme poder que acumulaba este departamento, todas las familias de la URSS se aplicaron a intentar ocuparlo con alguno de los suyos. A Breznev le costó dos meses, pero finalmente consiguió colocar en el departamento a Nikolai Schekolov, uno de sus protegidos.

La KGB, en cualquier caso, seguía bajo el control de Shelepin, a través de su liberto Vladimir Semichastny. Leónidas, en cambio, no se amilanó; movió sus hilos por debajo y, en mayo de 1967, mandó a Semichatsny a tomar Fanta como viceprimer ministro de Ucrania, y colocó en su lugar a un viejo conocido de la policía secreta, y amigo de Breznev que era su vecino en el mismo edificio: Yuri Andropov.

Andropov, que bien merece se considerado el mayor misterio de la Historia de la URSS (unos lo consideran un demócrata avant la lettre, otros apuestan porque de no haberle fallado los riñones se habría hostiado con Reagan hasta la última gota de sangre), no era exactamente un breznevita. En sus orígenes, era un hombre de Suslov, y es por eso que, en este estadio de las cosas, el secretario general, al nombrarle en la KGB, lo rodeó de deputys de su cuerda (Semen Tsvigun, Viktor Chevrikov, que conocía a Breznev desde que fuera primer secretario del Partido en Dnepropretovsk; el coronel Georgy Tisinev, graduado en la escuela metalúrgica de Dnepropretovsk...)

Y, ahora, quedaban las fuerzas armadas. Desde luego, los militares soviéticos, como ya sabemos viejos amigos del ahora secretario general, no podían quejarse, pues, aprovechando el presupuesto de 1967, Breznev había aprovechado para alicatar de billetes el Ministerio de Defensa hasta el techo. Hechas así las cosas, Leónidas consideraba razonable demandar del ejército que le aportase algo que le faltaba: un control explícito de las Fuerzas Armadas.

El 31 de marzo de 1967, el ministro de Defensa, Rodion Malinovsky, falleció; doce días después, Breznev consiguió colocar al frente del departamento a su gran amigo el mariscal Andrei Grechko. En realidad, el mariscal llevaba siendo el jefe de hecho de las fuerzas armadas soviéticas de meses atrás, por cuanto Malinovsky los había pasado luchando contra un cáncer. Así las cosas, todo el mundo esperaba un relevo rápido y, por eso, cuando se demoró casi dos semanas, las gentes empezaron a inquietarse. Las probabilidades son muchas, además, de que hubiese alguna mano negra intentando dar por saco en el tema, puesto que los«compañeros periodistas» de los medios soviéticos, todos ellos agentes del KGB en realidad, estuvieron especialmente lenguaraces con sus colegas extranjeros durante aquellos días. Muchos de ellos aseguraron que el Politburó estaba pensando en bloquear el nombramiento de Grechko, en un movimiento necesario para demostrar a los militares la preeminencia del Partido sobre el Ejército y nombrando, consecuentemente, a un civil (Dimitri Ustinov) para el puesto.

¿Fue cierto este pulso? Bastante probablemente, sí. Lo que es más seguro, sin embargo, es que difícilmente habría conseguido el Politburó construir una mayoría suficiente contra las intenciones de Breznev. Más que probablemente, erraron la estrategia. Medio siglo después de la Revolución y quince años ya después de Stalin, el Ejército soviético se había consolidado demasiado claramente como fuerza propia dentro de la URSS, y ya no resultaba tan fácil colocarle un ministro civil. Otra cosa le habría pasado al partido anti-Breznev si hubiesen elegido un campeón uniformado; y los tenían; sin ir más lejos, Nikolai Krylov, entonces comandante de la fuerza de misiles estratégicos.

Sea como fuere, Breznev consiguió finalmente colocar un peón en el Ejército soviético, totalmente alineado con él; y, además, el desarrollo de los hechos internacionales vino a ayudarlo inesperadamente. La debacle soviética en la Guerra de los Seis Días, en la que intervinieron claramente como instigadores, acabó salpicando directamente a Shelepin. El político soviético, con enormes responsabilidades en la policía secreta, fue señalado como el responsable directo de los movimientos de la URSS en el sentido de presionar a Egipto y a Siria para que atacasen. Así pues, Breznev se libró de un enemigo incómodo; eso sí, no pudo evitar que quien se reuniese con Lyndon Johnson y pactase una paz estable en la zona fuese Kosigyn.

Una vez caído Shelepin, el desmontaje de su red de poder fue rápida. Nikolai Yegorichev, que era primer secretario del Partido Comunista de la ciudad de Moscú (un cargo que ocuparía años atrás, por ejemplo, Boris Yeltsin), fue rápidamente emasculado. Vikton Grishin sustituyó a Yegorichev y, semanas después, Shelepin fue movido al puesto anterior de Grishin, políticamente insulso, de presidente del Consejo de Comercio de la URSS. Meses después, Shelepin perdía su secretaría del Comité Central, pasando, pues, a experimentar un nuevo concepto del dolor en el estómago del poderoso Sharlak.

Para cuando, en octubre de 1967, llegó la celebración del medio siglo de la Revolución Rusa (hasta el infinito, y más allá...), Leónidas Breznev se encontraba solo en la cúpula del poder, sentado en la silla de Felipe II, contemplando El Escorial que, ahora, era todo suyo.


Qué mala suerte tuvo el pobre de llegar a aquella cumbre justo en el momento en que la montaña comenzaba a resquebrajarse.