jueves, octubre 23, 2014

La España de nueva planta



Quién: Antonio Morales Moya et alia
Qué: 1714. Cataluña en la España del siglo XVIII.
Con quién: Cátedra.
Cuánto: 488 páginas.




Una de las cosas más tristes que se dice en este libro, que de alguna manera nos hace perder toda esperanza, es que nosotros habíamos vivido durante mucho tiempo pensando que el problema de la Historia es que la escriben los vencedores. Sin embargo, todo lo que rodea a los hechos ocurridos en 1714, o más bien deberíamos decir en los veinte primeros años del siglo XVIII, es un buen ejemplo de que el problema es más profundo. Es más profundo, porque cuando resulta que quienes escriben la Historia son los vencidos, también tenemos los mismos problemas de falta de respeto con la verdad, o peores. Una lección que también estamos aprendiendo, en parte, desde que por nuestros lares anda rulando ese fenómeno a ratos intelectual llamado memoria histórica.

En efecto: el tiempo ocurrido en lo que llamamos Guerra de Sucesión, nombrecito que ha dado históricamente para más de un suspenso escolar porque, por una letrita, es susceptible de ser gravemente confundido con las peleas entre yanquis y confederados; aquel tiempo, digo, no es un tiempo sobre el cual nos haya quedado una imagen forjada por quienes resultaron vencedores de aquella contienda, sino por quienes fueron bombardeados. Éstos, los perdedores, no sólo se han abrogado el derecho a interpretar las intenciones de sus antepasados, sino también las de sus enemigos (que es, ejem, lo mismo que hizo el franquismo con sus enemigos, y lo que hacen ahora esos enemigos con el franquismo); y, sobre todo, se han sentido con derecho a construir una interpretación cómoda, binaria, de las cosas; han construido, pues, una especie de esquema simplificado de lo que realmente pasó, que le va como anillo al dedo a los actuales niveles de exigencia curricular en la escuela y, por supuesto, al nivel intelectual de la tertulia televisiva media y mediana.

El problema, de todas formas, viene de antiguo. La culpa de lo mal que vemos el siglo XVIII español tiene que ver con los catalanes, pero tiene que ver con muchas otras cosas más. La Leyenda Negra de la España renacentista e imperial nos la construyeron nuestros enemigos foráneos; pero la Leyenda Negra del siglo XVIII, que viene a ser algo así como el siglo en el que pasamos a ser una puta mierda, la hemos forjado nosotros mismos. Aunque ningún ensayista de este libro lo diga así (algunos, creo yo imaginar que lo apuntan), tengo yo por cierto que el victimismo catalán sobre 1714 se ha venido colando en el debate dizque intelectual español porque España, como tal, abría un gran espacio para esa especulación, al considerar el siglo XVIII como el epítome de la debilidad de España y de los vicios y errores del Antiguo Régimen.

Porque no soy persona tendente a compartir esta tesis al 100%, ni siquiera en un porcentaje muy cercano, es por lo que lo más valioso de este libro me parece a mí lo que no tiene de catalán; lo que no tiene de desarrollo intelectual del problema de la relación de Cataluña con el resto de España. Este análisis se quedaría cojo, efectivamente, si quienes lo realizan, además de analizar las actitudes de Cataluña respecto de Castilla y de Castilla respecto de Cataluña, no abordasen el estudio y la descripción de lo que podríamos denominar el Proyecto de Nueva Planta, esto es el proyecto de Estado, más que de nación, que trajo Felipe V, y los desarrollos, demasiado olvidados a menudo, que tuvo en los tiempos posteriores, notablemente durante el magisterio de Carlos III, de la mano de la caterva de ilustrados españoles que, luchando contra el francés, acabarían abrazando sus ideas.

Los decretos de Nueva Planta son fundamentales para entender la España de hoy. Me cuesta decir, aunque lo pienso, que sin ellos nuestro presente sería cualitativamente peor; pero lo que sí es evidente es que sería distinto. Solucionar de un plumazo esa iniciativa con la idea de una ideología castellanocéntrica, poco menos que xenófoba, revanchista, encabronada contra media España, es la mejor manera de no comprenderla. Los decretos de Nueva Planta no se hicieron para sojuzgar a una Cataluña rebelde. Se hicieron por la convicción, que el Antiguo Régimen español comparte con el Nuevo (esto es, con los liberales cristinos decimonónicos) en el sentido de que es necesario construir un Estado fuerte, y construir un Estado fuerte pasa por desbastarlo de sus fueros medievales y de las particularidades de los portazgos y almojarifes.

En los primeros ensayos del libro encontrará el lector el desarrollo de unas ideas que son tan evidentes que parece mentira que, a estas alturas de partido, todavía haya que explicarlas. Me refiero al hecho de que la muerte de Carlos II, y el follón que montaron sus testamentos con freno y marcha atrás, combinados con el proyecto francés de hacerse el dueño cuando menos de la Europa continental, hacen de lo que nosotros llamamos Guerra de Sucesión una cosa bien diferente de lo que reza ese nombre. La sucesión en el trono de España fue un hecho casi accesorio de un enfrentamiento de orbe europeo en el que lo que se estaba jugando era el primer gran equilibrio entre fuerzas europeas modernas; de la misma forma que la guerra de los cien años fue la gran pelea por la relación de fuerzas entre las antiguas. Lo que estaba en juego, mutatis mutandis, era parar a Francia, cosa que se consiguió, en buena parte, a pesar de que París logró colocar en el Palacio Real de Madrid a un Borbón que apenas hablaba español, si lo hablaba. En todo este juego, la integridad territorial de España, no digamos ya los consuetudinarios derechos locales o regionales, ocuparon un lugar meramente decorativo.

La solución final a una guerra agotadora fue la práctica desaparición de la presencia española más allá de los Pirineos (esto es, una patada a Francia en el culo de España) a cambio de la integridad del core capital patrio, que era la propia península (neto de Portugal) y las posesiones americanas. Fue la paz que firmaron otros, con España como mero testigo, la que no le dejó al país otro proyecto que no fuese trabajar su dimensión, y cohesión, interior: los decretos de Nueva Planta.

Durante el siglo XVIII, el proceso que se produce es un proceso de relativa, lo cual quiere decir no del todo exitosa, conversión de unas estructuras apolilladas en una administración moderna. Surge la figura del alto funcionario civil, hombre de gobierno, que sucede al cardenal y, sobre todo, al aristócrata de los viejos consejos de la administración felípica. El principal impulsor del cambio, en todo cambio, es siempre la potencia naciente. No es casualidad, desde luego, que el derecho internacional naciese en la España triunfante del Imperio, que la Ilustración se acunase en Francia, o que los derechos humanos fuesen reconocidos por los padres de la patria americana. Aquella novedad, llamada a construir las administraciones modernas, venía de Francia, mientras que la Europa central, lo que en el marco del enfrentamiento llamamos austracismo, tenía otras ideas, más apegadas al pasado; ideas que, no se olvide, en las décadas por venir cristalizarán en cosas como el imperio austrohúngaro (todo un portento de modernidad, como todo el mundo sabe), la Santa Alianza, Metternich, y toda la pesca.

La Guerra de Sucesión es la réplica en el subsuelo español de ese choque de placas tectónicas que se produce en el mismo centro de Europa, y en ella parte de los aragoneses (porque la historiografía de hoy hace como si no hubiese borbónicos más allá de la raya de Calatayud, afirmación ésta que mueve al cachondeo) optan, de una forma yo diría que lógica, por lo que hoy podemos llamar austracismo autonomista o fuerista. Lo que nunca han explicado los austracistas del siglo XXI son las consecuencias que, con probabilidad, habría tenido una eventual victoria de esta postura en la guerra española. Nunca se nos ha explicado, por ejemplo, de dónde habría provenido, en esas circunstancias, la prosperidad catalana desarrollada en aquel siglo y el siguiente, si resulta que la dicha prosperidad está basada, en su práctica totalidad, en una medida de la Nueva Planta, cual es la apertura del comercio americano a los no castellanos.

Nunca se nos ha explicado, ni se nos explicará porque no deja de ser un contrafactual, cómo habrían podido Cataluña y Aragón, al fin y al cabo empobrecidas por la mutilación de sus colonias naturales en Italia y además separadas de España, sobrevivir con sus instituciones viejas a los vientos que, finalmente, acabaron por llegar de las montañas pirenaicas unas décadas después. Yo creo que era en esta ucronía en la que estaba pensando Cambó cuando decía que a Cataluña le interesa ser España, porque de lo contrario sería Francia. Y aquí no se puede hablar sólo de ucronías, porque la dominación, en diversos grados, de Cataluña por Francia, se ha producido en la Historia; y no con buenos resultados para las barretinas, como bien sabía el líder de la Lliga.

Quiere esto decir que, en el fragor de un debate que tiene de histórico lo que de disertación de física cuántica tenía el espectáculo de Gaby, Fofó, Miliki, Fotito y Milikito, nadie parece preocuparse de valorar el austracismo como alternativa, y lo que hubiese supuesto su imposición en la Guerra de Secesión. No va a encontrar en lector en el libro un desarrollo sobre este tema, porque a los historiadores, gente sana en este terreno, no les gusta hablar, menos escribir, sobre ucronías. Pero la pregunta está ahí, y es interesante porque plantea el problema moral que está en el fondo de la famosa frase de Agustín de Foxá («Cataluña es la única metrópoli del mundo que quiere independizarse de sus colonias»), y que ya no pertenece al terreno de las opiniones. Porque lo que es un hecho palmario es que los catalanes, tras los decretos de Nueva Planta que, insisto, los rescataban de un futuro económico-comercial post-Utrecht bastante más que comprometido, se forraron. No se forraron, ojo, a costa de nadie. Eso llegaría en el XIX, con la polémica proteccionista. Pero sería bueno que se recordase, más a menudo, que Cataluña, como modelo económico, ha sido rescatada del albañal por España dos veces: una, en el XVIII, cuando, además de sus libertades, perdió sus mercados europeos; y otra, en 1898, cuando perdió los americanos.

El gran problema, que deja enormes espacios para la interpretación nacionalista, es que el proyecto del Antiguo Régimen no fue, en modo alguno, un proyecto perfecto; en muchos puntos, ni siquiera exitoso. En este punto, hay varios ensayos en el libro que son muy claros y significativos a la hora de entender las muchas cosas que, en aquella España debilitada y acojonada, siguieron funcionando mal como en el tremendo siglo anterior, o incluso peor. Al fracaso general debido a una dinastía cuya preocupación por la nación es un fenómeno muy moderno (porque los borbones han necesitado reinar varias veces antes de darse cuenta de que lo suyo era trabajar por España), hay que añadir las limitaciones del pensamiento ilustrado español, y, por supuesto, las limitaciones objetivas introducidas por el hecho de que España, en ese momento, era un proyecto en cuesta abajo. En el siglo XVIII, por decirlo así, España respira el virus que en el XIX le provocará la enfermedad del guerracivilismo y la división estricta entre dos países diferentes, dos sociedades diferentes que, de una manera más o menos elegante desde entonces, no han dejado de odiarse.

Tiene el libro una serie de ensayos dedicados a la polémica historiográfica presente introducida por las autoridades catalanas al impulsar (esto quiere decir subvencionar) una determinada visión de las cosas ocurridas en España desde 1714. Sinceramente, creo que sobran. Cuando menos en el terreno de la Historia, tengo por mí que la actitud más lógica, y gallarda, es la de Henry Kamen, quien tras ser invitado al famoso seminario de Barcelona sobre la materia, se limitó a decir que no merecía la pena ni acudir. Eso sí, por el camino de meter esos contenidos más presentes, se incluye un ensayo del profesor Polo sobre las consecuencias económicas de una eventual secesión que da como para pensar. Si se quiere pensar, claro.

Este fenómeno de la invención del pasado por necesidades del presente no es nuevo. Los galleguistas hicieron lo mismo en la segunda mitad del siglo XIX, inventándose un mito absurdo, el de la Galicia céltica, y escribiendo, algunos de ellos, libros de Historia en los que no hay un adarme de verdad contrastada. Yo comprendo que los no gallegos no conocerán bien el caso porque el galleguismo no tiene el sex appeal del catalanismo; pero es una experiencia que demuestra que las personas, cuando quieren creer algo, lo creen, y punto. La manipulación histórica está tanto en quien manipula como en quien se quiere dejar manipular. Esto no tiene vuelta atrás, porque cuando uno quiere creer que su tatarabuelo era un pastor gaélico, no hay análisis de ADN que se lo desmienta.

La mejor parte del libro, pues, es la parte serena, profesional, que se ocupa del juicio de un siglo del que habitualmente sabemos muy poco, y que tenemos clasificado, visceralmente, como compendio de negatividad. Si eso abona el nacionalismo catalán o el nacionalismo español, es conclusión propia de gentes de ésas que dicen que leen mucho a los clásicos griegos, especialmente Prólogo y Epílogo; otrosí digo, personas a las que libros como éste les traspasan sin romperles ni mancharles.