miércoles, septiembre 10, 2014

Anchsluss (14: Berchtesgaden)

El 12 de febrero de 1938 fue sábado. Los periódicos del domingo, en Viena, se publicaron a base de generalidades, sin ofrecer ningún detalle realmente preciso de la jornada histórica del día 12. Por su parte, los diarios franceses e ingleses iban incluso más allá, sugiriendo una imposición de las tesis austríacas. Todos los funcionarios exteriores austríacos habían recibido la instrucción de referirse al encuentro casi con displicencia, otorgándole el trato de encuentro de trámite dentro del lógico devenir de los acuerdos de julio. A la hora del crepúsculo dominical, en las oficinas del poder en Viena se estaba a la expectativa de conocer exactamente el minuto y resultado del encuentro, pero en una ausencia total de inquietud. Sin embargo, entre las personas más finamente agudas en su capacidad de análisis, la zozobra por la excesiva tardanza que se tomaban las noticias en llegar fue acreciéndose.

Al final de la tarde, poco a poco, fue sabiéndose la verdad.


Se supo que Von Schuschnigg había vuelto a Viena para encerrarse en su casa durante varias horas. No quería recibir a nadie, ni siquiera a sus amigos más cercanos. Guido Schmidt había vuelto con él, decían, pálido y con gesto grave, y, simple y llanamente, se había micronizado. A media tarde del domingo, Schusschnigg había cogido el coche oficial para ir a ver al presidente Miklas. El lunes por la mañana inició una larga serie de encuentros con todos los políticos importantes del régimen austríaco, amén de otros, como el ministro italiano en Viena.

Fue en esa mañana de lunes cuando se fue sabiendo la verdad. Lo que Kurt von Shusschnigg se había encontrado en Berchtesgaden no había sido, como esperaba, a un líder alemán mordiéndose el labio inferior y aceptando, con renuencia, el fait accompli de la incapacidad por su parte de cercenar la libertad austríaca. Lejos de ello, se había encontrado con un Adolf Hitler en estado puro, como el que hemos visto en películas como El hundimiento o las imágenes conservadas de sus discursos. El encuentro tuvo, según fuentes austríacas, un «tono tumultuoso y exento de todo decoro diplomático»; lo cual, en cristiano, quiere decir que Hitler se puso a gritar como una jineta a la que un mandril estuviera dando electrochoques y a insultar a su interlocutor como sólo sabe hacerlo quien ha vivido en los verdaderos bajos fondos de Viena. En el mismo encuentro, los austríacos tuvieron conocimiento de los primeros movimientos de tropas alemanas en la frontera bávara.

Los representantes francés e inglés en Viena fueron informados a media mañana del lunes por Guido Schmidt. Una vez más, y el temita da como para sospechar mucho, el responsable de la política exterior austríaca se distanciaba del tono desesperado que adoptaba su jefe en ese momento en sus audiencias. Le dijo a los diplomáticos occidentales que la situación era comprometida, pero que él no tenía ninguna razón para pensar que lo peor (la invasión) fuese a ocurrir. En su opinión, el ultimátum podría atemperarse con algunas concesiones de política interior y un cambio de gobierno. Es absolutamente imposible que un experimentado alto funcionario diplomático no supiese, en ese momento, que estaba mintiendo. Es imposible que no conociese a Adolf Hitler.

Utilicemos este post, pues, para contar, un poquito escena a escena, lo que pasó en Berchtesgaden.

Adolf Hitler recibió en solitario al canciller Von Schuschnigg en su propio gabinete de trabajo. Se le veía agitado y, de hecho, prescindió de las habituales mandangas amables de la performance diplomática cuando le hizo pasar; ni siquiera le ofreció un sillón para sentarse. En la antecámara quedaron Schmidt, su secretario, Von Ribentropp, algunas personas del entourage diario del Führer, y los generales Keitel, Reichenau y Sperrle.

Hitler comienza a hablar enseguida, sin permitir que su interlocutor lo interrumpa o apostille. Su discurso versa de una larguísima nómina de desencuentros, acusaciones y quejas sobre la actitud austríaca desde julio. Formaba parte muy común de la estrategia de Hitler (no tardaría en usarla con el checo Benes, sin ir más lejos) el acojonar a su rival dejándole claro que, personalmente, le importaba un huevo. De haber dependido todo aquel asunto sólo de él, le dijo a Von Shuschnigg, en ese momento no estarían hablando esas dos personas; porque personalmente, continuó Hitler, no albergaba sentimiento de amistad alguna, ni consideración de ningún calibre, hacia las personas que ahora mismo gobernaban Austria. Se declaró, sin ambages, enemigo del sistema de gobierno de Austria, del legitimismo austríaco y de las traiciones que, según él, fraguaba con los enemigos de Alemania. Acusó al gobierno de infligir sufrimientos sin fin a los hombres y mujeres de Austria (sí, lo dijo así; como si fuesen vascos y vascas) que creían en él y habían depositado sus ilusiones en el nacionalsocialismo.

Una vez enviada la Panzerdivision a laminar el campo de batalla, en estrategia que también era común en él, Hitler pasó a la fase «en fin, aunque no te lo mereces, he decidido darte una última oportunidad para que te comas el Danonino». Eso sí, continuó, es la última vez que seré magnánimo.

Ante un repentinamente avejentado Kurt von Schusschnigg, que de repente entendía el por qué de aquella cita y, sobre todo, el por qué de haberla diseñado sin más testigos ni intervinientes, el magnánimo Adolf Hitler se ofreció a «sacrificar sus sentimientos y convicciones», a cambio de que el acuerdo de julio se aplicase sobre lo que llamó bases correctas. Sí, estaba dispuesto a suprimir todo apoyo a los nacionalsocialistas austríacos. Pero a cambio de una serie de condiciones que el gobierno austríaco debería cumplir, so pena de procederse a la invasión efectiva del país. Más en concreto, la expresión fue «realizar una ofensiva contra el sistema [de gobierno austríaco] y limpiarlo».

Ante dicha frase, el canciller austríaco hizo un gesto de protesta, que generó el primer acceso de furia à la Adolf. Primero, comenzó a gritar como un poseso: «¡Sí, limpiar, limpiar!». Lo hizo varias veces, antes de continuar: «Y, usted, usted, usted ya lo verá... ¡también será laminado!». En ese momento, Adolf Hitler estaba ya en esa fase, común en él, en el que su furia se retroalimentaba. Son muchos los testimonios de que consumía muchas noches con sus íntimos en largos monólogos de este estilo, en los que ya sólo se escuchaba a sí mismo. Le colocó a Schuschnigg un largo discurso histórico-filosófico sobre la misión de Alemania, que terminó con un definitivo, brutal: «Yo fundaré un imperio de 80 millones de personas».

A eso siguió un discurso detrás del discurso, destinado a explicar qué le esperaba a Austria si no aceptaba la que él definió como «mano pacífica» que se le tendía. El ejército alemán sólo esperaba una orden (para hacer creíble este afirmación era para lo que estaba Keitel en la antecámara; de hecho, Hitler acabó haciéndole entrar en la sala para confirmar que no mentía) y la aviación podía bombardear Viena en tan sólo unas horas. «Sólo tengo que pronunciar una palabra», dijo también, «para movilizar a los nacionalsocialistas austríacos, ¡y le aseguro que no serán medios lo que les falte!».

A eso siguió, ante el silencio consternado de Von Schuschnigg, otra asonada de gritos, esta vez porque Hitler parecía haberse convencido a sí mismo de que el austríaco no lo respetaba como debía. En un momento verdaderamente teatral, se situó frente a él, y, usando poses muy de Chaplin en El Gran Dictador, le espetó: «Pero, ¿es que no es usted consciente todavía de encontrarse frente al más grande alemán que haya jamás conocido la Historia»?

Entonces regresó al tema de la descripción de sus fuerzas militares, haciendo entrar, en cada caso, al general correspondiente para que le contestase preguntas que, cuando menos en el parecer de Von Schusschnigg, daban la impresión de estar previamente preparadas y ensayadas por preguntador y preguntado.

Después de todo esto, Hitler invitó al canciller a retirarse a deliberar con su gente.

En la antecámara, donde se oían los gritos y de vez en cuando se distinguían palabras, el que peor lo pasó, al parecer, fue Von Ribentropp. Al fin y al cabo, era el representante de la diplomacia alemana, y aquello era lo más antidiplomático que se puede imaginar. Estuvo casi todo el rato rojo de vergüenza, mientras un inocente ayuda de campo de Hitler trataba de convencer a los austríacos de que aquellos accesos de ira le ocurrían a Hitler algunas veces, pero no frecuentemente.

Con la larga lista de demandas alemanas en la mano, que Hitler se guardó de entregar personalmente a Von Schuschnigg (se la dio un ayuda de campo), el canciller se reunió con Schmidt. En ese momento ambos creían, probablemente, que podrían elaborar una contrapropuesta. Sin embargo, poco después Hitler mandó llamar al canciller y, cuando éste entrase en su gabinete de nuevo, le comunicó, fríamente, que era fundamental adoptar ya una resolución, sin la cual, en unas pocas horas, él tomaría «otras decisiones». Como quiera que el austríaco estuviese algo más calmado y situado, Hitler se embarcó en ponerse la venda antes que la herida y convencerlo de que no podría conseguir ayuda de otras potencias. Inglaterra, le dijo, era un gigante con pies de barro (no erraba demasiado Hitler; en ese momento, lo era). Y, sobre la gran esperanza blanca austríaca, Mussolini, se explayó: «Ya sé, ya sé... usted piensa en Mussolini. Yo admiro profundamente su persona y su obra y tengo con él una solidaridad completa, mundial. Pero si hablamos de la capacidad militar de los italianos, ésa es otra cuestión. Yo que usted no me haría ninguna ilusión sobre esto. Si Mussolini quisiera ayudarles, algo que ciertamente no hará, me bastará con 100.000 soldados alemanes no sólo para parar a los italianos en el Brennero, sino para perseguirlos hasta Nápoles».

Voy a contestar a lo que estás pensando ahora mismo, lector. La respuesta a tu pregunta es: sí, Benito Mussolini supo de estas palabras. Le fueron referidas, en el Palazzo Venecia, por el ministro austríaco en Roma, unas dos semanas después de la cita de Berchtesgaden. El Duce escuchó el relato en silencio, mientras paseaba a grandes zancadas por su gabinete. Luego se sentó y, acompañando cada palabra con un golpe de dedo sobre la mesa, dijo: «Yo se lo aseguro, el mejor ejército actual en Europa no es el alemán, ni tampoco el italiano. El mejor ejército de Europa sigue siendo hoy el francés». Inteligente, el muchacho.

Tras aquél monólogo-diálogo, Von Ribentropp y Schmidt fueron llamados dentro del gabinete para comenzar las negociaciones propiamente dichas. Asunto del que trataremos en el próximo post de esta serie.

Ten paciencia, lector. Te garantizo que acabaremos invadiendo Austria.