lunes, septiembre 15, 2014

Cannae

A estas alturas de la película, ya es para mí evidente que a una parte nada irrelevante de los lectores de este blog les va la marcha de la guerra clásica. Es por esto que le voy a dedicar algunas líneas a Cannae, la gran victoria de Atila.

En este blog  ya hemos hablado sobre el tema de las guerras púnicas (aquí y aquí), que es un tema que, de toda la vida, le ha interesado mucho a Tiburcio Samsa. Dicho esto, no hemos tratado nunca el tema concreto de la batalla de Cannae; que es un tema bastante interesante, porque se compone de tres subtemas, a saber: por qué ganó Aníbal, por qué perdieron los romanos, y por qué a Aníbal aquella victoria no le sirvió para llevarse por delante a Roma.

Todavía hoy en día resulta relativamente fácil, con utensilios nada sofisticados, desenterrar huesos y restos humanos en las orillas del río Ofanto. Es normal, porque allí quedó un montón de cuerpos que nadie enterró, en lo que, durante no poco tiempo, debió de ser un espectáculo bastante poco edificante. El causante de esta riqueza de testimonios es el mismo Aníbal Barca, pues el general cartaginés, tras recaudar cuidadosamente los cuerpos de sus combatientes de los confusos montones de restos que quedaron tras la batalla, se negó durante los tres meses que permaneció en la zona a que los romanos enterrasen a los suyos, y es por ello que allí quedaron algunos o muchos de aquellos hombres para siempre.

Aníbal quería destruir a Roma, y en ese gesto de extremada crueldad para aquellos tiempos, en los que el reposo del guerrero resultaba tan importante, se acrisola esa voluntad. El general cartaginés había heredado de su padre un ejército bien dotado y el odio a Roma. Sin embargo, como acertadamente ha analizado ya Tiburcio, sabía que no podía rendir a su enemigo por mar, pues la república se había hecho con el dominio del Mediterráneo. Fue por ello que tuvo que diseñar la monstruosa operación de traslado e invasión que supone desembarcar en España, ir subiendo por la misma hasta la costa sur de Francia y a través de ésta, pasando los Alpes, ganar la península itálica por tierra. Resulta difícil, para un escritor de este tiempo, transmitirle a sus lectores contemporáneos lo ciclópeo de aquella misión. Los cartagineses no conocían adecuadamente el terreno por el que avanzaban; no podían estar seguros de lo que se iban a encontrar, y aun así hicieron un viaje de centenares y centenares de kilómetros, enfrentándose a sus enemigos y moviendo un ejército.

Merced a este esfuerzo, culminado con la machada de cruzar los Alpes, Aníbal se presentó inopinadamente con su ejército en el valle del Po. Su primer y principal objetivo era romper la confederación itálica, por la cual el resto de las ciudades y pueblos de la península luchaban del lado de la metrópoli. Comenzó por los galos cisalpinos, en parte porque fue los primeros que se encontró, en parte porque también se habían sometido a Roma recientemente. Avanzó península abajo hasta llegar a Taurasia, la actual Turín, donde encontró la primera resistencia. Consciente de la necesidad de mandar un mensaje bien claro a los aliados de Roma a los que se iba a ir encontrando, Aníbal pasó a cuchillo a la totalidad de los habitantes de la villa que encontró. Funcionó. Los galos cisalpinos, hasta entonces convencidos de que Roma podría siempre protegerlos de sus enemigos, se dieron cuenta de que no era así, y cambiaron de bando.

Ya en el año 218 antes de nuestra era, Aníbal inflige una derrota a las tropas de Escipión, a las que persiguió hasta la actual Trebbia, donde se refugieron a las órdenes de Sempronio, ya que el otro cónsul escipionero estaba herido. Aníbal los ataca con un temerario movimiento envolvente de su caballería que, la verdad, podría haber servido para que los romanos aprendiesen algo sobre su táctica. El ataque fue tan brutal que apenas 10.000 romanos sobrevivieron. Ya en el año 217, Aníbal pasa los Apeninos sin saludar a Marco (que se habría ido a buscar a su mamá) y avanza hacia Perugia. En ese momento, en Roma se dan cuenta de que la cosa va en serio, y levantan una leva de dos ejércitos. Una decisión que hasta Napoleón consideró errónea, pero que, sin embargo, era la forma más habitual que tomaban las expediciones militares romanas, a causa de la institución del consulado.

Por lo tanto, en el valle de Tíber se situó el ejército de Flaminio, mientras que en el área de Rímini se aposentó el de Servilio. Fue el primero de ellos quien se encontró con Anibal. Persona de escasas habilidades militares y mucha testosterona, Flaminio da toda la impresión de ser, a la luz de lo que las crónicas nos han dejado dicho de él, un poco como ese Sonny Corleone que interpretó James Caan, y que acaba pagando con su vida su temeridad. El general romano, en efecto, avanzó él solo para aplastar a Aníbal, sin esperar a Servilio, y entre el lago Trasimeno y los Apeninos fue atrapado por los cartagineses. La sorpresa fue tan grande que Flaminio ni siquiera tuvo tiempo de formar a su ejército que, falto de la protección de la disciplina, fue literalmente aplastado por el enemigo, junto con 4.000 jinetes del ejército de Servilio que éste había enviado, a pelo puta, a echarle una mano.

Ante esta derrota, Roma tuvo prácticamente que improvisar un nuevo ejército formado por 16 legiones, más 8 de reserva donde militaban los aliados itálicos. Aprendiendo de los errores, nombraron un dictador o generalísimo en la persona de Flavio Máximo.

Aníbal, tras la victoria del lago Trasimeno, había decidido avanzar hacia Apulia. Máximo, temeroso de sufrir una derrota como la de Flaminio, se embarcó en una estrategia de pequeñas escaramuzas, sin presentar nunca batalla campal. Su indecisión sentó muy mal en Roma, que acabó retirándole el mando y entregándoselo a los dos nuevos cónsules nombrados: Cayo Terencio Varrón y Lucio Paulo Emilio.

El historiador Polibio no ahorra epítetos poco cariñosos hacia Varrón. Era jefe militar de indudable valentía, pero escasa inteligencia. Debía, además, su consultado a la simpatía entre la plebe de Roma, que era el grupo social más ardientemente belicista en aquel momento, por lo que se sentía un poco caudillo de quienes querían aplastar al odioso púnico. Además, según los indicios estaba enormemente pagado de sí mismo, cosa que acabaría pagando Roma muy caro (en realidad, Roma pagó muchas veces la soberbia de sus generales). Por su parte, Paulo Emilio era el tipo pijopera patricio; de haber nacido alemán, de seguro se habría llamado Von Richtofen von Clausevitz und Beigbeger Auslander von Primnitz, o así. Era hombre de tradición militar heredada de pertenecer a la clase dirigente de Roma pero, en realidad, poco dotado para la misión por carecer de verdadero espíritu y conocimiento militar. Este dúo Sacapuntas de conquistadores becarios fue todo lo que Roma fue capaz de poner delante de uno de los mejores estrategas de la Historia.

En la primavera del 216 antes de nuestra era, Aníbal había llegado a Apulia y ocupado Cannae, tras encenderle el pelo a un pequeño ejército al mando de Cneo Servilio. Ocupar esta población le supuso poder rapiñar varios almacenes de mercancías romanas, cosa que puso las cosas en Roma a la temperatura de la pasteurización. Si antes los cartagineses se tuvieron que enfrentar a dos ejércitos mandados por dos cónsules, ahora se enfrentaban a uno solo, aunque mandado, también, por dos generales distintos. La cosa es tan absurda que cada uno de ellos mandaba un día alterno, como si fuesen divorciados repartiéndose la custodia de un churumbel. Uno de los días que mandaba Paulo Emilio, el ejército se llegó a unos diez kilómetros de Cannae, y detuvo la marcha. En ese punto, ambas formaciones se podían ver.

Paulo Emilio, más versado en temas militares y además con tendencia a la cautela, era de la opinión de que era mejor no atacar. Sabía que si un arma de su ejército era improvisada, ésa era la caballería. En realidad, los romanos nunca tuvieron su fuerte en los soldados a caballo; el ejército romano, al fin y al cabo de raíz griega, se basaba en la infantería a pie. Sin embargo, tenían caballería, y Emilio sabía que aquélla que traían, tratándose de un ejército improvisado, era muy bisoña. Combatir a caballo no es fácil y se aprende con tiempo, práctica, y la suerte de no morir. Por esta razón, Paulo Emilio era partidario de quedarse, como dicen los castizos, como Quevedo (ni subo, ni bajo, ni estoy quedo), para así no permitir a Aníbal utilizar su poderosa caballería númida, de gran experiencia y acometividad. Consideraba que era mejor esperar a que ambos ejércitos estuviesen en algún terreno más propicio a la infantería, no aquel campo abierto de Cannae. Varrón, sin embargo, era de otra opinión. Se sentía, por seguir con las analogías con The Godfather, con ese Andy García en la tercera parte, después de que hayan intentado matar a su jefe en Atlantic City y, como García, exigía que se actuase ya, convencido de que el cartaginés no tenía ni media hostia.

En la mañana del 11 de junio (nota para friquis: las crónicas hablan claramente del 1 de agosto; pero debe de tenerse en cuenta que ese cálculo de fecha se hizo antes de aplicarse el calendario juliano), Aníbal trató, aunque sin éxito, de que los romanos le planteasen batalla. Ordenó a un importante destacamento de jinetes númidas que realizase una maniobra siguiendo el curso del Ofanto, en el no man's land entre los dos ejércitos. Atacaron los depósitos de agua de los romanos. Éstos enviaron a algunas tropas a repeler a los cartagineses, pero no presentaron batalla total como Aníbal había previsto.

En la tarde de aquel mismo día, los romanos celebraron reunión de estado mayor, en la que además tuvieron noticia de los despachos que llegaban de una Roma cada vez más inquieta, en los que se demandaba una solución final para el problema de los cartagineses. Aquello fue oro molido para Varrón, que se apresuró a poner a votación la idea de una batalla frontal, que sólo recibió los votos en contra de Paulo Emilio y el procónsul Servilio; que es más que probable que fuesen los dos únicos seres que en aquella tienda tenían una idea más o menos adecuada del arte militar.

Varrón contaba con un factor que ha hecho equivocarse a muchos generales en la Historia: su ejército era superior en número al de Aníbal. En efecto, hay mucha gente en este mundo que vive convencida de que la superioridad de combatientes garantiza casi por sí sola la victoria. Sin embargo, como muy bien demostraron, en la propia Roma, el tío Cayo Mario y el sobrino Julio, lo que le da la victoria a un ejército es la veteranía, la disciplina y una buena estrategia. Coleen McCollough, es sus excelentes libros sobre Roma, hace incluso decir a Julio que enfrentarse a un ejército muy numeroso es un chollo, porque los ejércitos muy grandes, cuando se sienten perdidos, huyen de cualquier manera, y eso les hace presas fáciles.

Este tipo de convicción fácil y simplista era, sin embargo, la que alimentaba a Cayo Terencio Varrón. Y le hizo ordenar, para el día siguiente, el despliegue de las fuerzas.

Alrededor de las cuatro de la mañana del 2 de agosto/12 de junio, comenzó a amanecer. Nada más despuntar estas primeras luces, Varrón dio orden de izar la bandera roja en su tienda, en signo de guerra. Inmediatamente, el ejército romano se desplegó.

La formación romana fue clásica, en tres filas: los principi, o primeros; los astati o lanceros; y los triari, o tercera fila. El primer error de Varrón fue compactar estas tres filas hasta hacer la distinción entre ellas casi imaginaria. En consecuencia, los 60.000 infantes romanos se empaquetaban en un espacio muy reducido.

El segundo error de Varrón, que la verdad yo no me explico, fue no echar mano de la acostumbrada formación ajedrezada de los manípulos que formaban las legiones romanas, sino que los colocó uno junto a otro, en masa densa. Como digo, me cuesta entender este movimiento y, en realidad, sólo encuentro dos hipótesis, combinables entre sí. La primera es que Varrón no tenía ni puta idea de estrategia militar y, consecuentemente, desconocía lo realmente importante que es que un campo de batalla la infantería tenga flexibilidad para adaptarse a terreno y batalla; flexibilidad que obtenía con la formación ajedrezada, y a la que él renunció. La segunda hipótesis es que quisiera hacer las cosas así a propósito, pensando que los cartagineses huirían ante la visión de una masa compacta de combatientes que les superaba en número.

A los flancos de este elefante con pies de barro que era el ejército varroniano, su general colocó a la caballería: en el flanco derecho, unos 2.000 jinetes romanos, bisoños y casi recién reclutados, al mando de Paulo Emilio; a la izquierda, 4.000 jinetes más, más maqueados pero no romanos sino itálicos aliados, al mando del propio Varrón. Aquí tenemos otra retropollada del cónsul que tiene una explicación bastante difícil. ¿Cómo es posible que el generalísimo de un ejército se coloque en su ala izquierda? ¿Repugnancia hacia la figura de Paulo Emilio? ¿Simple cabrestrez chulesca? À mon avis, no hay que descartar en modo alguno la hipótesis de una animadversión personal. Tras la reunión de estado mayor, Varrón tenía que estar malquisto en grado sumo contra su colega, y es un hecho que se reservó para él la unidad de caballería más numerosa y curtida. Pero lo realmente importante es que Varrón se colocó a sí mismo, y colocó al otro general en mando de la tropa, en las dos ubicaciones más extremas de la formación. ¿Cómo pensaba dar instrucciones?

Por su parte, Aníbal, en cuanto vio la bandera roja, hizo izar la suya. Después colocó sus fuerzas.

El general cartaginés contaba con una infantería aliada de no más de 30.000 infantes galos, baleáricos e ibéricos (o sea, españoles y gabachos). La colocó en el centro de su formación, muy al estilo de los romanos que estaban enfrente, y que los doblaban. A causa de esta inferioridad, las tropas cartaginesas fueron dispuestas en una sola línea y en un orden angular, para que no todos los soldados entrasen en combate en el primer embate. A los dos lados de esta formación, desbordando ya el poderoso rectángulo romano, colocó dos grupos de 6.000 infantes veteranos de África, o sea la flor del ejército a pie que lo acompañaba desde el principio de su campaña. Estas formaciones, a causa de la linea angular de la central formada por los aliados, estaban retrasadas en la línea; una situación coherente con la función que Aníbal les quería dar de fuerza decisiva al final de la batalla.

Por último, en su ala derecha, esto es frente a Varrón, Anibal colocó a los jinetes númidas, al mando de Maharbal, relativamente poco numerosos. En la izquierda, colocó a la caballería africana y aliada, en número de 8.000 jinetes, al mando de su hermano Asdrúbal. Tras reservar 500 jinetes númidas en un bosque, se situó él donde se sitúan los generales: en el centro de la formación.

La batalla comenzó con el avance de la infantería romana, al mando de los procónsules Marco Atilio Régulo y Cneo Servilio. El ángulo cartaginés comenzó a recular, para obligar a avanzar más al enemigo y, consecuentemente, a apiñarse cada vez más. La caballería romana había iniciado, en ambas alas, un movimiento envolvente para ayudar a los de a pie, lo cual fue oro molido para los cartagineses pues, al moverse hacia el centro, las caballerías dejaron más desguarnecidos sus flancos. Como ya hemos dicho, Aníbal envió a Asdrúbal contra el ala derecha de los romanos, esto es la tropa bisoña de Paulo Emilio, y a Maharbal contra el ala de Varrón. Éste aguantó el tipo, pero Paulo Emilio, en franca inferioridad frente a 8.000 jinetes experimentados, no pudo hacer nada. Cuando esto hubo pasado, Aníbal ordenó a su hermano que diese la vuelta por detrás para atacar a las fuerzas de Varrón, que se vieron entre dos frentes muy poderosos. Todavía no habían terminado Maharbal y Asdrúbal de laminar a los caballeros de Varrón (quien, por cierto, logró huir con unos pocos de ellos) cuando quedó evidente que los flancos de la infantería romana habían quedado desguarnecidos, sobre todo el derecho, donde una vez estuvieron los jinetes de Emilio y ahora sólo había cadáveres; momento en el que Aníbal dio orden a las unidades retrasadas de veteranos africanos para que atacasen. Acto seguido, ordenó a los 500 escondidos en el bosque que también atacasen.

Como resumen, la infantería romana, que para entonces estaba compactada en una masa enorme de nula maniobrabilidad, se vio atacada de frente, por detrás y por los lados. Ni siquiera pudieron escapar. Fueron, simple y llanamente, masacrados sin piedad por los cartagineses que, a decir de Polibio, se desempeñaron con una crueldad incompatible con cualquiera de las costumbres o protocolos de la guerra de la época. En aquel centro atrapado murieron, en las primeras de cambio, Régulo y Servilio, dejando a las tropas sin mando; y aunque Paulo Emilio se las arregló para llegarse al centro para sustituirlos, allí murió el cónsul. En el tumulto, diría Gila.

Sólo en el asalto posterior al campamento romano, donde habían quedado 10.000 soldados de reserva (en realidad, Varrón los había dejado allí para atacar el campamento cartaginés), las tropas de Aníbal degollaron a 2.000 personas. Esto nos da una idea de la suerte de degollina de matadero que fue Cannae para los romanos; una derrota como pocas. La cifra total de muertos romanos probablemente llegó a 50.000. Los cartagineses incluso hicieron la humorada de enterrar a muchos de sus soldados muertos rodeados de seis cabezas de romanos, lanzándole a los arqueólogos de dos mil años después un mensaje claro: por cada uno de los nuestros que murió, matamos seis de ellos.

Todo esto ocurrió a pesar de que el ejército romano, ya lo hemos dicho, era claramente más numeroso que el cartaginés. Es por ello que Cannae ha cimentado desde entonces la fama de Aníbal como uno de los grandes estrategas de la Historia. Hecho éste que yo no le niego, porque la disposición de las fuerzas y el desarrollo de la batalla son propios de alguien que sabe mucho de la guerra, de cómo hacerla y de cómo ganarla. Pero no olvidemos el papel de la estulticia, de la chulería, de la improvisación y el ardor temerario, elementos todos de los que hubo mucho en el lado romano y sobre todo de Varrón, el tonto del culo de esta movida.

La pregunta es: ¿por qué, tras una victoria así, que laminó al ejército romano, Aníbal no tomó Roma, acción que habría hecho, que diría Churchill de la batalla de Stalingrado, girar los goznes de la Historia? Pues hay varias razones para ello.

En primer lugar, Aníbal perdió 8.000 efectivos en Cannae, por lo que su ejército estaba bastante menguado. Además, estaba formado fundamentalmente por caballería, que es algo muy útil en campo abierto, pero muy poco a la hora de sitiar una ciudad como Roma.

En segundo lugar, en Cannae, como es lógico, Roma mantuvo impolutas sus comunicaciones por mar y, muy especialmente, toda la retaguardia de la ciudad hasta el agua, lo que le permitía reabastecerse y plantar batalla en caso de un ataque.

En tercer lugar, a pesar de su victoria, Aníbal no consiguió romper la coalición itálica en torno de Roma. Probablemente, no supo valorar de una forma adecuada el nivel de cohesión que, para entonces, habían alcanzado ya los pueblos de la península itálica, y los muchos intereses que tenían en la prosperidad de Roma, lo que les hacía desconfiar de pasar a depender de una metrópoli africana.

En cuarto y último lugar, bueno, Roma es Roma. Lo cierto es que la república, es por cosas como ésta por la que algunos la admiramos tanto, dio pruebas, tras la derrota, de una capacidad de recuperación impresionante. Roma perdió en Cannae a 80 senadores, que se dice pronto. Pero eligió sustitutos casi inmediatamente. Este nuevo Senado llamó a la ciudad a dos legiones situadas en Ostia y levantó nuevas unidades con romanos muy jóvenes, pero también armando a libertos, a gente que estaba en la cárcel. Se llegó incluso a comprar esclavos que fueron armados. En las ciudades de Roma, por cierto, se prohibió el luto por los muertos en Cannae e, incluso, el Senado se permitió la machada de que, cuando llegasen a la ciudad unos embajadores de los presos por los que los cartagineses pedían rescate, decirles que se volviesen por donde habían venido.


Roma es una gran cosa, por eso la admiramos. Tan, tan grande, y tan sólida, que hasta Aníbal se partió los morros contra ella.