lunes, septiembre 08, 2014

La guerra griega

El hombre guerrea en todos los rincones del mundo prácticamente desde el principio de los tiempos. Así pues, la guerra es un hecho total, global decimos hoy, que pertenece a todas las culturas y que, por lo tanto, a la vez ha moldeado y sido moldeada por ellas. Para nosotros, occidentales (pido perdón a mis lectores asiáticos), los principios de nuestra forma de hacer la guerra son también los principios de nuestra civilización: y es por eso que tal vez convenga escribiros unas notas sobre la guerra griega, que podemos considerar, un poco, nuestra primera forma de hacer la guerra.


Estoy seguro de que no es la primera vez que os recomiendo que leáis un libro de Fustel de Coulanges que se llama La cité antique. Estoy seguro que lo encontraréis de interés suficiente. Coulanges hace, en su obra, dos cosas fundamentales. Una, describir hasta qué punto la evolución de la sociedad griega, y sobre todo la romana, fue la tensión entre ricos y pobres. Y otra, probablemente más sorprendente, destrozar el mito de la civilización griega como una civilización sin religión.

En efecto: el hecho de que lo que todo el mundo sepa de la religión griega son esos cuentos de que había unos pavos viviendo en la cima del monte Olimpo y bla, que son unas milongas bastante difíciles de creer, ha hecho pensar a muchos nostálgicos de la sociedad sin religión que Grecia fue un poco ese sueño. Fustel, sin embargo, nos describe en su libro todo lo contrario; nos describe a una sociedad griega, sobre todo la más antigua, con un fortísimo sentimiento religioso que, de hecho, constreñía e influía en todos los ámbitos de la vida.

Para entender cómo comenzó a hacerse la guerra en los albores de nuestra civilización occidental, es fundamental entender este fuerte contenido religioso de los griegos, y el modo en que los ataba a su casa y su ciudad. Los dioses de los griegos eran dioses particulares, al estilo de los manes romanos. En las casas griegas, y en el terreno circundante de propiedad de sus inquilinos, convivían tres tipos de seres: los parientes vivos, los parientes muertos, y los dioses particulares. Tan importantes eran estas creencias propias y locales que los romanos, cuando les invadieron, adoptaron la estrategia de asumir sus panteones divinos en lugar de destruirlos o proscribirlos; razón por la cual los dioses de ambos rincones del Mediterráneo se parecen tanto.

El griego arcaico, pues, era su tierra, su lugar, su familia, su comunidad. Sentía que todo eso era sagrado y por eso quería defenderlo. No tenía, en cambio, ambición de poseer tierras allende esos lugares sagrados, motivo por el cual la griega nunca fue una civilización mesocrática, esto es basada en el dominio de la tierra (hoy diríamos: imperialista o colonialista); y sólo los impulsos talasocráticos (dominio del mar) de algunas de sus ciudades (notablemente Atenas) la llevaron a crear colonias enfrente de casa, en la costa turca. Al griego medio no se le había perdido nada luchando lejos de casa; y a través de ese concepto como hay que interpretar el elevadísimo significado épico que tiene el relato de la coalición formada para atacar Ilión.

La guerra griega, pues, no tenía más objetivo que ver al enemigo volver la espalda y dejar de atacar. Si por una cosa se hizo tan famosa la epopeya de las Termópilas, es porque resulta una perfecta definición de esta forma de hacer la guerra. Los griegos no buscaban acabar con el rival; sólo vencerlo.

Esta victoria la conseguían a base de falanges de infantería que, a menudo, combatían sin un verdadero mando coordinado único. No había arte de la guerra, sino demostración de valentía y, en los más echados para delante, búsqueda de fama.

Es lo que se ha dado en llamar temperamento agonístico. Palabra, ésta la segunda, que no proviene de agonía, sino de agonal, y ésta, en su origen más remoto, del nombre del dios Agonio. Lo agonal es todo lo referente a la competición en general, y la lucha muy en particular. De un temperamente agonístico diríamos, hoy en día, que estamos delante de una persona muy competitiva; ciertamente, todo aquél que hace de cada cosa un reto en el que pugna por quedar el primero es persona de temperamento agonístico.

Lo agonal de la guerra griega se comprende si tenemos en cuenta un elemento: las falanges hoplíticas eran formaciones locales. Cada formación se creaba con soldados de una misma zona, de una misma ciudad, de un mismo valle; y, en la medida de lo posible, los parientes quedaban agrupados. En el poema homérico, Néstor aconseja a Agamenón que agrupe a los dánaos por tribus y familias, «para que una tribu ayude a otra tribu, y una familia a otra familia» (1).

Esto quiere decir que el griego clásico iba a la guerra detrás de su hermano mayor, con su hermano menor a su izquierda, y con un primo huérfano acogido en su hogar a la derecha. De esa intensa relación entre los combatientes nace la ambición de gloria de los hoplitas. Una estructura así garantizaba al ejército una cohesión brutal (nadie, por cobarde que sea, da un paso atrás si sabe que todo su vecindario va a verle cómo lo hace), razón por la cual las unidades no necesitaban una dirección muy sofisticada. Pero, además, esta manera de cohesionar las levas suponía que los infantes estaban en ellas para buscar una gloria de la que pudieran disfrutar. Podríamos decir que el combatiente griego quería ganar, pero volver. Como Ulises, el George Clooney de aquella época.

Una buena batalla, pues, traerá la gloria del vencedor; no, necesariamente, la aniquilación del vencido que, incluso, podrá arreglárselas para salir, con bastante gente además, de la Ilión derrotada, para fundar Roma.

Nunca lucharon los griegos de noche, por la simple razón de que la ventaja estratégica que esto les pudiera comportar no sobrepujaba la incapacidad de alcanzar la gloria a base de acciones aleves y taimadas. Los griegos luchaban a cara descubierta, a pie, con un escudo en la mano izquierda y una lanza en la derecha. Pelea de machos alfa, sin mariconadas. Se sentían muy orgullosos de avanzar hacia sus enemigos marchando en silencio (los espartanos marcaban el paso al son de una flauta), en lugar de gritar y aullar como hacían, por ejemplo, los persas, y han hecho casi todos los ejércitos hasta hace bien poco. Y luchaban, en cada pelea, los que debían luchar, que eran quienes defendían el lugar atacado. Este principio es tan cierto que la famosa Esparta tenía la costumbre de que, cuando una ciudad le solicitaba ayuda en una guerra, no le enviaba tropas; les enviaba, simplemente, un general.

La guerra griega, pues, inventa hechos como el no destruir la ciudad asediada por completo una vez vencida, o la liberación de prisioneros mediante rescate y, sobre todo, el gesto, hoy universal, de cesar en el embate cuando el contrario levanta las manos y se rinde. Los profundos sentimientos religiosos griegos, por lo demás, también son muy comprensivos a la hora de permitir al enemigo recoger los cadáveres de sus hijos muertos; la escena de la Ilíada en la que Príamo reclama, arrasado por las lágrimas, el cuerpo de su hijo Héctor, es un destilado heleno de pureza casi total. De hecho los griegos, nos lo dice Platón, distinguían entre la pólemos, guerra contra los enemigos (bárbaros); y stasis guerra contra los propios griegos, en la que debía evitarse en lo posible la crueldad.

La falange de hoplitas se componía de secciones de doce por doce y, tradicionalmente, los mejores combatientes se situaban en el flanco derecho. Contaba con una infantería ligera, formada por los escuderos, que luchaba con lo que podía; por ejemplo, a pedradas lanzadas desde detrás de la formación. El ejército griego clásico, hasta Filipo, tuvo unas fuerzas de caballería muy modestas.

Antes he dicho que las falanges hoplíticas colocaban a sus mejores hombres a la derecha de la formación y que avanzaban de frente. Sin embargo, su avance no tenía nada que ver con la perfecta y cerrada formación que se suele ver en las pelis (las últimas sobre estas movidas, en plan 300 o Troya, confieso que no las he visto). Los griegos atacaban en oblicuo; porque no todos tenían los mismos huevos.

Es fácil de explicar: imaginad al hoplita Kevin Alcinoo de Zeus colocado en medio de la falange de Los de Palakamina, todos ellos vecinos y compañeros de juergas y gamberradas en el Pritaneo. Lleva, ya lo hemos dicho, un escudo en su mano izquierda y una lanza en la derecha. Por mucho que lo intenta, el escudo, que no puede ser enorme porque entonces no podría con él (además, Alcinoo no es que sea muy valiente; y los de la pandi, que son muy leídos, le han recordado ese pasaje de la Ilíada, (2) en el que Poseidón le recuerda a los griegos que los escudos más grandes han de ser para los mejores infantes), no le cubre todo el cuerpo. Esto le preocupa a Kevin Alcinoo; tanto le preocupa que, finalmente, acaba dándose cuenta de que a su derecha (recuérdese la regla: cuanto más a la derecha, mejor hoplita) está su primo Orestes Francisco de Tebascoechea, que es un puto perro y una bestia parda. Orestes lleva en su izquierda un escudo que podría tapar la Acrópolis, tan bestia es; y es por eso de Kevin Alcinoo se arrima a su primo Orestes, buscando proteger la mitad derecha de su cuerpo con el extremo izquierdo de su escudo, rezando para que Orestes no sea crea que se lo está intentando ligar. Cuando ya se ha arrimado, nota un tacto caliente en su pierna izquierda, y mira: es el esmirriao, el nenaza, de su vecino Lisístrato José de Todos los Dioses, a quien todos llaman Clitenmnestra, que claramente se arrima a él para buscar, para su propio flanco, protección en el escudo de Alcinoo.

Los soldados más a la izquierda en las falanges griegas siempre tendían a retrasarse, pues, buscando protegerse en el avance de su compañero de la derecha, usando el extremo de su escudo. Por eso los griegos atacaban en oblicuo, no de frente, presentando en su primer golpe a sus mejores hombres: los del ala derecha. Como todas las falanges, también las del enemigo si era griego, se organizaban igual, la conclusión es que ese ala derecha comenzaba la lucha penetrando contra los mongers del enemigo, para luego girar y presentar la batalla propiamente dicha, que era cuando se enfrentaban las alas de cachoperros.

Esto, sin embargo, cambió con el primer innovador del arte de la guerra griega, que fue el general tebano Epaminondas.

Epaminondas vivió en la primera mitad del siglo IV antes de Cristo, y hubo de guerrear nada menos que contra los espartanos. Tradicionalmente, Tebas había adoptado la formación que hemos descrito ya, aunque reforzando el ala derecha fuerte, que tenía una profundidad, en cada sección, de 25 hombres; el doble, pues que las demás. Sin embargo, Epaminondas cambió eso, porque decidió colocar ese ala a la izquierda. Esto suponía adoptar conscientemente la estrategia de atacar de forma oblicua y, sobre todo, dar un giro copernicano a la esencia de la batalla, que ya no cambiaría nunca jamás.

Colocando sus mejores hombres en el ala izquierda de las falanges, Epaminondas hizo que las unidades mejor preparadas y valientes de cada ejército se enfrentasen de salida. Era una apuesta jodida, porque si se perdía las consecuencias podían ser tremendas. Pero... ¿y si se ganaba?

Lo realmente importante para nosotros, como observadores de la Historia, es que una estrategia basada en atacar de salida lo mejor que tenía el contrario acabó, para siempre, con el concepto de que el elemento principal de la batalla era el desgaste del enemigo, para pasar a ser su anulación. De hecho, Epaminondas pasó de peleas en zonas pocas importantes, y decidió, algo bastante sorprendente, presentar batalla a los espartanos en el propio Peloponeso. Ambos gestos tienen la misma esencia: buscar un first strike definitivo que deje, si es triunfante, al enemigo tan desguarnecido y diezmado en sus mejores fuerzas que pueda ser anulado como enemigo.

Epaminondas, cierto es, no logró gran cosa con esa táctica. Pero otros la aprendieron, y, aplicándola, sí que consiguieron grandes cosas. Esas personas fueron los macedonios Filipo y, sobre todo, Alejandro.

Filipo de Macedonia hizo ya de por sí una innovación importante: el ejército macedonio, además de ser muy variado (chiste), estaba formado fundamentalmente por la caballería. El rey helenístico, en efecto, que había llegado el tiempo de las conquistas y las aniquilaciones; y que eso no se podía conseguir con pesadas falanges de vecinos a pie.

Usar a la caballería como principal unidad del ejército cambió otra cosa. El propio Epaminondas, del que hemos hablado, iba detrás de su formación hoplítica (aunque a los combatientes griegos se los suele representar en las pelis en primera línea, en plan Braveheart; por cierto, otro que...). En las falanges, los héroes eran los combatientes, porque ya he dicho que la gloria era una gloria local, con testigos, una gloria entre coleguitas. Al montar los matahombres a caballo, sin embargo, el jefe pasa, ésta vez sí, a estar al frente de sus huestes, para poder dirigirlas. En consecuencia, el heroísmo de muchos hombres se convertía en el heroísmo de un hombre. Estáis asistiendo, queridos niños, al nacimiento de la institución monárquica.

Un jefe por delante que, además, es más que otros (sangre azul, y bla) supone, también, que todo el ejército le obedece. Se acabaron las falanges, cada una de su padre y de su madre, haciendo un poco de su capa un sayo. A partir de ahora, se inventa la unidad diferenciada, y la coordinación de fuerzas. En el ejército macedonio, la aristocracia, los griegos macedónicos, los bárbaros y las naves tenían armamentos diferentes, que se coordinaban de diferentes maneras según las necesidades de la batalla.

Filipo toma de Epaminondas la idea de que la batalla «moderna» (para él) debe tener una primera acción, un primer golpe, que tiene la vocación de ser decisivo; pero no lo da ya con la infantería, sino con la caballería. Los mejores combatientes vuelven al ala derecha, porque los macedonios entendían, yo no sé si es verdad, que un caballo gira mejor a la izquierda que a la derecha. La falange hoplítica, en el centro, ha cambiado. Ya no lleva escudo, porque lleva una lanza, llamada sarissa, de hasta cinco metros de largo, que debe portarse con ambas manos; se trata, pues, de una unidad en modo como te acerques te pincho.

Los persas, fundamentales enemigos de los macedonios, colocaban lo gordo de sus fuerzas en el centro. Pero el genio alejandrino consistió, en buena parte, con colocar el empuje de la caballería a la derecha, pues con ello desarrollaron el concepto de maniobra envolvente. El choque de la caballería buscaba desconectar el ala izquierda persa del resto del ejército; una vez hecho esto, el rey con sus jinetes penetraba por ese pasillo para atacar por detrás. La caballería situada en el flanco izquierdo macedonio tenía como misión esperar al enemigo que, lógicamente, huiría hacia ese lado, y darle de hostias. Una estrategia, la filipo-alejandrina, que introduce, por primera vez en la tradición bélica occidental, la estrategia perfeccionada de persecución al enemigo y su aniquilación. Alejandro es propiamente el primer general que no termina las batallas una vez que las ha ganado.


Hay una sola cosa importante que no inventó Alejandro: el ejército de reserva. Eso se lo dejó a los romanos. Pero los romanos quedan fuera del perímetro de este post, ya lo siento.


(1) Agrupa a los hombres, oh Agamemnón, por tribus y familias, para que una tribu ayude a otra tribu y una familia a otra familia. Si así obrares y te obedecieren los aqueos, sabrás pronto cuáles jefes y soldados son cobardes y cuáles valerosos, pues pelearán distintamente; y conocerás si no puedes tomar la ciudad por la voluntad de los dioses o por la cobardía de tus hombres y su impericia en la guerra. (Canto II, 337 y s.)

(2) ¡Árgivos! ¿Cederemos nuevamente la victoria a Héctor Priámida, para que se apoderes de los bajes y alcance la gloria? Así lo cree él y de ello se jacta, porque Aquileo permanece en las cóncavas naves con el corazón irritado. Pero Aquileo no hará gra falta, si los demás procuramos auxiliarnos mutuamente. Así, obremos todos como voy a decir. Tomad los escudos más fuertes y grandes que haya en el ejército, y cubríos la cabeza con él. Coged las picas más largas, y pongámonos en marcha. Yo iré delante, y no creo que Héctor Priámida, por enardecido que esté, se atreva a esperarnos. Y el varón que, siendo bravo, tenga un escudo pequeño para proteger sus hombros, déjeselo al menos valiente y tome otro mejor.