viernes, junio 20, 2014

El hombre que sabía hacer bien las cosas (14)

En relativamente poco tiempo, Nikita Kruscher perdió pie en el poder soviético. Y esto, como acabamos de insinuar, tiene razones muy precisas.

La principal razón de todas es el fracaso casi total de la política exterior kruschevita. Nikita Kruschev dio pasos en política internacional inesperados en un líder de la URSS; entre otros, reconocer la legitimidad de la jefatura del Estado del general Franco (cosa que hizo para interceder por la vida de Julián Grimau). El elemento más importante de esta política exterior, en todo caso, fue la política de acercamiento y entendimiento con el enemigo estadounidense.

La estrategia de aparente entente con los americanos tuvo demasiados elementos fallidos: la aventura soviética en el Congo, y todo lo que rodeó el ultimátum sobre Berlín. Con todo, probablemente fue el pulso de los misiles cubanos el peor de todos. A lo dicho hay que unir que tampoco podía Kruschev exhibir un currículo de mejor calidad en lo referente a las relaciones con el mundo comunista. La sublevación húngara, que en buena parte disparó él mismo con su pretendida desestalinización, fue solucionada por él de la peor manera; y, last but not least, fue él (aunque en buena parte heredó de Stalin los cimientos del problema) el secretario general del PCUS que fue incapaz de cerrar la falla china en el comunismo mundial. Cuando Mao se reveló como un partner más que un obediente satélite, Kruschev optó por la línea dura; lo cual dio pábulo a sus oponentes más ortodoxamente leninistas, notablemente Suslov, para hacer oposición eficiente desde la defensa de políticas más comprensivas.

Con todo, cualquier persona que analice la praxis de la política, igual en países democráticos que dictatoriales, aprenderá rápido que nadie cae por razones estrictamente relacionadas con la política exterior. De hecho, es común que en un país como España muchas elecciones en otros países como las presidenciales en Estados Unidos sorprendan en sus resultados, y esto es así porque el ciudadano español «lee» la gestión del inquilino de la Casa Blanca fijándose en lo que ha hecho en Iraq, o en Angola, o donde sea; olvidando que todas esas acciones, en realidad, pesan en el ánimo del votante americano más bien poco.

Las sociedades, en efecto, dan y quitan (e incluso en las dictaduras están, de alguna manera, presentes) por motivos interiores. Y es por ello que para describir la desgracia de Nikita Kruschev es necesario hablar de ellos. Por ejemplo, la agricultura.

Como ya hemos descrito anteriormente, el programa de las tierras vírgenes, que era el cigüeñal de la política agrícola kruschevista, fue bien al principio, pero con los años comenzó a dar rendimientos decrecientes. El secretario general del PCUS tenía un objetivo fundamental: que hubiese más vegetales y carne en las tiendas soviéticas. Cuando el proyecto de obtener esas nuevas remesas de comida de tierras vírgenes le falló, decidió (y está bien utilizar el verbo, porque Kruschev casi nunca escuchaba el consejo de los expertos agrícolas, a los que reputaba de gente demasiado conservadora) que abogaría por el maíz, producto que en Estados Unidos había dado muchos réditos. Sin embargo, como no tenía demasiada idea de lo que estaba haciendo, decretó la plantación del cultivo en áreas de la URSS totalmente desaconsejables para ello, con lo que llevó a la Unión a una situación de ineficacia supina en su producción primaria. Para contrarrestar este problema, afrontó un programa monstruo de inversión en la industria química de abonos y de fabricación de maquinaria agrícola. Como el dinero es finito, tuvo que sacarlo de sitios donde iba a ser invertido en otros proyectos. Como consecuencia, los grandes perdedores del plan fueron la industria metalúrgica y de armamento; lo cual, como veremos, tiene su importancia.

Desde el punto de la organización del Estado, la principal obsesión de Kruschev, en su guerra con Malenkov que era, por así decirlo, el capitán general de los burócratas gubernamentales, era reafirmar la autoridad del Partido. En 1957, siguiendo este objetivo, abolió hasta 20 ministerios de fuerte carácter técnico y creó hasta 105 sovnarjozes o consejos regionales, con la tarea de desarrollar la industria en sus ámbitos. En la práctica, era una medida para hacer que el desarrollo ecosocial de la Unión Soviética dependiese de los cuadros del Partido.

Este movimiento supuso que un montón de jefes y coordinadores varios del ámbito económico e industrial, que vivían razonablemente contentos en Moscú o Leningrado con trabajos que consistían en revisar informes y echar broncas, tuvieron que irse con sus familias a vivir al culo del mundo, donde, aparte de beber vodka y pegarse entre ellos, no había muchas más diversiones. Esta súper-estructura acabó generando un esquema acromegálico con niveles estratosféricos de ineficiencia, imposible de coordinar, razón por la cual hubieron de crearse consejos coordinadores suprarregionales y a escala de la Unión, esto es, la reinvención por la puerta de atrás de los viejos ministerios un día cerrados. Con la llegada de Koslov y Kosigin comenzaría una nueva ola recentralizadora.

En realidad, la huella, o más bien las cagadas, de Kruschev en el Partido no se queda ahí. La segunda mayor estupidez cometida por el ucraniano durante su mandato fue, probablemente, la supresión de los comités de partido a escala de distrito, además de dividir los comités supervivientes, a escala provincial o de república, en dos cuerpos separados y con el mismo poder: uno para agricultura, el otro para industria.

La supresión de los comités de distrito dejó automáticamente sin trabajo a decenas de miles de devotos burócratas comunistas. La división de los comités existentes, por una mera fórmula matemática, dobló la burocracia y, consiguientemente enfangó todavía más la toma de decisiones en un régimen en el que se podía tardar meses en dar el visto bueno para comprar una caja de lápices de colores. Eso sin mencionar que, al crearse un comité de agricultura y otro de industria, en realidad nadie sabía quién tenía que encargarse de lo que no era ni una cosa ni la otra (por ejemplo, la política cultural).

Otro factor que hay que recordar en las explicaciones de la caída de Kruschev es que no fue ningún santo. Hay mucha gente, en efecto, que considera al ucraniano poco menos que un demócrata, y se agarra para ello en el gesto del Congreso de 1956 y la desestalinización. Quienes hacen eso cometen, primariamente, el error de malinterpretar dicho gesto.

Kruschev no desestalinizó la URSS para hacerla un régimen más democrático. En primer lugar, porque fue una desestalinización más cosmética que real, como bien saben los húngaros. Y segundo, además de mucho más importante, porque ese movimiento de Kruschev fue hecho para poder apiolarse a sus enemigos.

Ir de desestalinizador por la vida le permitió a Kruschev acabar con las manchas que había dejado Lavrentii Beria en el Estado soviético, por ejemplo. Como le permitió arremeter después contra Malenkov. Ciertamente, la política de Kruschev dejó varios elementos de gran valor, como su valiente decisión de permitir la publicación del libro de Alexandr Solzhenitsyn Un día en la vida de Iván Denisovitch. Pero terminó de enemistarle con los chinos y aglutinó una oposición interior que terminaría acabando con él.

Sin embargo, como decía Superratón, aún hay más. He escrito antes que la reforma de los comités del Partido fue la segunda gran cagada de Kruschev. Y escribí la segunda porque la primera, para mí sin ningún lugar a dudas; el error que abrió un agujero muy propio para que por él se colase, precisamente, Leónidas Breznev, fue el creciente ninguneo de lo que podríamos denominar el «comunismo uniformado». Esto es: el estamento militar.

Iosif Stalin creó un ejército en el que no había sitio para los indecisos o los mediopensionistas. Siendo como había sido un activista bolchevique metido (con escaso éxito, aunque eso sólo se supo tras su muerte) a estratega militar, comprendía muy bien que un régimen totalitario no puede sobrevivir si las Fuerzas Armadas no asumen los cimientos de ese totalitarismo. Hitler, en el fondo, tuvo el problema de la distancia, calculadamente maquillada, que siempre mantuvo con él el Ejército, o él con el Ejército, o ambas cosas. Stalin no estaba dispuesto a que algo parecido abriese una grieta en el muro socialista, y por eso se cebó, en su estrategia purgatoria, con el Ejército, hasta dejarlo tan huero de mandos que por esa sola razón pudo fácilmente haber perdido la guerra contra los alemanes.

Tras la segunda guerra mundial, el georgiano aprendió muy bien que a la gente se la puede controlar con una buena policía política, pero eso tiene el pequeño problema de que ese Estado dentro del Estado puede llegar un momento que decida colocarse en el lugar del dictador, como probablemente estaba maquinando Beria cuando el cerebro de Stalin decidió fallar. Una dictadura, pues, necesita siempre de un ejército que la respalde. Si no es así, nunca dormirá tranquila por las noches, porque los de caqui, a esas horas, hacen guardia en sus garitas, y te pueden dar una sorpresa.

Kruschev, sin embargo, desoyó toda esta experiencia. Con su elefantiásica fe en el Partido y en sus capacidades, consideró que las cosas estaban ya muy maduras en la Unión Soviética y que, en consecuencia, el Ejército ya no era una fuerza capaz de hacerle sombra. Además, tenía un problema grave, y es que pocos años después de comenzar su mandato en el mundo occidental comenzó una larga etapa de prosperidad que fue automáticamente transmitida a los particulares. En los años sesenta, la calidad de vida de las clases medias y obreras de Alemania, de Inglaterra, de Estados Unidos, de Canadá, de España incluso, experimentó una mejora que en aquel momento fue de dimensiones impresionantes. En esa situación, el estancamiento del nivel de vida del soviético medio, más que estancamiento, parecía deterioro.

Por eso Kruschev necesitaba más maíz y más carne en las tiendas. No le quedaba más remedio, porque, aun mediando un Telón de Acero, no podía impedir que sus administrados se enterasen que al otro lado del océano las gentes vivían, cada vez más, la vida de La Tribu de los Brady, serie televisiva de fuerte corte ideológico (sic) destinada a transmitir la idea de que, en Estados Unidos, un matrimonio con seis hijos a cargo podía tener dos coches.

Para intentar esa apuesta, ya lo he escrito, el ucraniano tuvo que quitar. Y quitó. En esas circunstancias, ya no se sabe muy bien si sus esfuerzos de distensión provocaron la menor inversión militar, o fue la menor inversión militar la que le obligó a defender la distensión. En realidad, si fue antes el huevo o la gallina no es tan importante. Lo importante es que lo hizo.


Y, haciéndolo, les cabreó.