martes, mayo 20, 2014

Padres, maestros y tuits: ¡Es la educación, estúpidos!

Anda el mundo hispano muy revuelto con el tema de la criminalidad de palabra en las redes sociales. Lo que parece haberlo disparado todo ha sido la cascada de comentarios provocada por el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, pero la cosa viene de antiguo. Hoy mismo he visto la noticia de que un dirigente de Nuevas Generaciones del PP ha amenazado de muerte al diputado gatoclarinete Alberto Garzón; y, al tiempo, un amigo mío, gallego, me ha informado de que incluso el accidente del tren de Angrois provocó ya algunos tuits despectivos hacia los muertos por su condición galaica. Aquí mismo se puede comprobar el tipo de apelaciones que tiene que soportar en Twitter la periodista Ana Pastor. Y qué decir de cuando la delegada del Gobierno en Madrid se arreó el toñazo en la moto...

Ahora que ya tenemos el problema aquí, toca reflexionar sobre el mismo y, cómo no, exigir soluciones. Pues bien: es el momento de decir que la solución no existe. Ya no es posible. Yo sé que mucha gente en España vive bajo el paraguas del «algo se nos ocurrirá» o el muy piadoso «Dios proveerá»; pero ya es hora de que se vayan enterando que hay problemas que no tienen remedio, y esa ausencia de remedio es provocada por el hecho de que todo problema tiene un momento procesal para ser prevenido o solventado; y el momento procesal de este problema pasó hace mucho tiempo.

En el momento presente, todo lo que se puede hacer para evitar que la española sea una sociedad que celebra con repugnantes alharacas la desgracia del de enfrente es ponerle parches a esa realidad; no otra cosa es la política represiva consistente en imputar al lenguaraz y acabar metiéndole una multa a él o a su padre, o generándole un antecedente penal de ésos que parecen tonterías pero que, al correr de la vida, pueden llegar a ser un auténtico grano en el culo. Pero la solución ya es imposible por el mero hecho de que las personas que hacen tales cosas están ya creciditas. Han crecido convencidas de que ese tipo de cosas se podían hacer, y las hacen.

Mensajes no nos han faltado. Llevamos años encontrándonos cada dos telediarios con la historia de que si unos fulanitos hostiaron a un compañero de clase, o a su profesor incluso, y lo grabaron con el móvil. No hemos hecho nada porque vivimos bajo el mantra acomodaticio de los gobernantes que elegimos en listas cerradas (el matiz es importante: es lo que sostiene el mantra) y que dice eso de «no hay que legislar en caliente». Supongo que todo político que haya dicho eso alguna vez (y yo le recuerdo esa declaración, o parecida, a la práctica totalidad de las cúpulas socialista y popular) declarará, acto seguido, que la Ley Antiterrorista que ha regido en España durante muchos años era una ley errónea, puesto que es, en sí misma, la quintaesencia de una norma «legislada en caliente».

Lejos de lo que dicen nuestros responsables políticos, si hay que legislar de una manera, es en caliente. Porque en caliente es como se responde a las inquietudes y necesidades de una sociedad, actor último que es el que cambia las leyes con su evolución. Hace ya mucho tiempo que tenemos pruebas más que sobradas de que nuestro sistema educativo es notablemente ineficiente a la hora de transmitir valores básicos de convivencia. Las reformas educativas han llegado, pero han sido reformas técnicas, de las que les gustan a los pedagogos porque inciden en las technicalities de su trabajo, allí donde los demás no alcanzan. Los árboles de tal o cual matiz no nos han dejado ver el bosque de que nuestra escuela es, demasiado a menudo, incapaz de educar personas.

No hace falta aquí hacer discursos, ni políticos, ni mucho menos religiosos. Una persona bien formada es como una democracia bien formada: alguien que respeta a la minoría, y defiende los derechos de todos. No hace falta haber leído a Duns Escoto del revés o ser capaz de citar a Hegel en endecasílabos suabos para saber eso. Hasta los tontos del culo que responden en los exámenes de capacitación que el Ebro pasa por Madrid pueden enseñar eso. Pero, claro, tienen que creerlo. Tal vez ahí está el problema.

El problema está en la escuela, y también en el salón de casa. Han pasado ya dos décadas, por lo menos, desde que el sistema educativo ha sido dejado al albur del viento del momento en lo que a valores se refiere. Hace ya por lo menos veinte años que España, sus diferentes expresiones ideológicas, sus múltiples esquinas geográficas, es incapaz de encontrar un mínimo común denominador que a todos identifique. Los españoles, hoy, ya no estamos de acuerdo ni siquiera en lo del respeto a las minorías y la defensa de los derechos de todos. Se ha introducido un matiz de gran importancia.

En lo que cree hoy el español medio, el padre que estudió hace años y el hijo que estudia hoy, es en el respeto a sus minorías y la defensa de los derechos de los suyos. Cosas ambas, por cierto, en las que también creía Adolf Hitler.

La actitud, pues, del que siendo de derechas le niega el derecho a la vida a alguien de izquierdas, o viceversa, es una actitud hitleriana. Es nazismo reciclado en «mira cómo molo». Quien defiende únicamente todo lo progre no es progre: es un sectario. Y esto es algo que se sabe desde Solón, que ya ha llovido. Aquí todavía nos queda un rato para enterarnos.

La moderna pedagogía ha olvidado elementos importantísimos de la formación de la persona, en un proceso que yo no creo que haya sido ni espontáneo ni casual. Hoy en día, educar a una persona es un proceso en el que se concede mucha más importancia al hecho de que respete la existencia de la ballena jorobada que al hecho de que se respete a su vecino el de la ideología que no le gusta. Habrá quien diga que si es ingeniería social, y yo pienso: ojalá. Ojalá hubiese un proyecto detrás. A mí me da la impresión de que lo que hay detrás, para padres y maestros, es simple y pura vagancia. Explicar por qué debe mantenerse la población de ballenas jorobadas es muy sencillo. Explicarle a alguien que vomita cuando le hablan del PP, o del PSOE, que debe defender a rabiar el derecho a de esas personas a poder decir lo que piensan, es mucho más complicado. Los padres no tienen tiempo y los maestros no tienen ganas. Eso en el mejor de los casos. En el peor, lo que tienen es ideología y, como el rechazo al contrario forma parte de ella, la transmiten.

Es éste un problema de las últimas décadas, pero también tiene raíces más profundas. La ética social española tiene, desde el siglo de la picaresca como poco, una característica contra la que nunca ha luchado en serio. En ese sentido, las dos Españas existen desde el Siglo de Oro. Esta característica es la asunción colectiva del principio de que en la propia sociedad hay personas con derechos recortados, inferiores. Ciudadanos acreedores de menor respeto, o de ausencia total de respeto, por el hecho de ser algo. La moral española siempre ha encontrado gente a la que colgar ese sambenito de cabrón que merece cabronadas: los ricos, los conversos, los católicos, los ateos, los rojos. La reacción del español que fue odiado durante décadas es odiar en cuanto le quitan la bota de la tráquea; se convierte en lo que le hizo sufrir, haciendo sufrir a otro, entre el aplauso general que considera dicho movimiento «justo». Pero si lo justo es clonar los patrones que a uno le herían, si lo justo es vengarse, la evolución se convierte en enfrentamiento y el enfrentamiento, en atraso. Lo lógico sería romper la espiral y, algún día, hacer justo lo contrario y decir: te respeto como tú no me respetas, o no me respetaste. Es el mensaje central de ese señor que ahora todo el mundo llama Madiba, al que la sociedad española dice admirar; miente como una perra.

Nuestra escuela cava ese hoyo con pasión. Los maestros y los padres enseñan a los hijos que hay que respetar a quienes ellos consideran débiles y desamparados, más aquéllos que piensan lo mismo que ellos. Ahí termina su generosidad. A partir de ahí, se procede al inventariado meticuloso de las miles de razones por las cuales aquéllos que no son ni desamparados ni afines merecen un régimen de comprensión mitigado, un desprecio, en el mejor de los casos, educado. La educación en España pone en nuestras mentes una manivela a la que nos aprestamos a dar vueltas cada vez que uno de nuestros enemigos tropieza y se rompe un dedo del pie o, mejor, lo matan de tres balazos en medio de un puente. Somos mezquinos; no por naturaleza: por educación.

Pero no lo vamos a resolver. Porque son ya muchos años; como digo, haciendo una notaría laxa, no menos de 500, y en la distancia corta, unos 30. Así pues, ya nos hemos acostumbrado y, además, tanta repetición, tanta insistencia, nos ha convertido en una sociedad de miserables. Todos lo somos, y por eso nos cuesta verlo. Somos como esa finca cerrada, quiero recordar que de El obsceno pájaro de la noche, todos cuyos habitantes eran tullidos y contrahechos. Un mundo de minusválidos construido para que sus habitantes no se dieran cuenta de que existen personas que no lo son. 

Lo más de lo que somos capaces es de detectar la mezquindad de la sociedad española en aquellos tiempos en que se basaba en principios que no son los nuestros. Al español de derechas no le cuesta detectar la mezquindad de la España de Zapatero, exactamente que el de izquierdas detectará con rapidez la de la de Aznar. Pero un buen detector de repugnancias es aquél que es capaz de detectar las que llevamos en nuestra entrepierna. Que la Bella se dé cuenta de que la Bestia es fea está chupado; lo jodido es que sea, ella, capaz de admitir que es un poco hija de puta.

Y nada de esto va a cambiar porque para cambiarlo necesitaríamos, para empezar, una clase profesoral comprometida con su objetividad. Y hace ya mucho tiempo que en España nadie, ni maestros, ni periodistas, ni sacerdotes, ni políticos, ni chaperos, ni ingenieros químicos, se plantea ser objetivo. El cambio es imposible, por la simple razón de que el cambio no quiere cambiar.

Nunca, en España, ha sido tan fuerte la presión de las fuerzas conservadoras; eso que ahora se llama, con neoexpresión innecesaria, elites extractivas. Fuerzas que quieren mantener el statu quo, que no quieren que la cosa cambie. Da igual que eso lo vistan de progresismo o de tintes reaccionarios. En la España de hoy, tan conservadora es la Iglesia como el Sindicato, la elite política como la Marea Verde. El conservadurismo español defiende este orden de cosas en el que es normal que un tipo se asome a la ventana de su ordenador y llame a pegarle cuatro hostias a quien sea. Porque eso mola, siempre que el insultado nos caiga mal.

Éste es, tristemente, nuestro concepto de democracia.