lunes, mayo 19, 2014

Anschluss (3: el acuerdo)

Los primeros contactos entre Von Papen y Von Schuschnigg habían comenzado, realmente, apenas un poco antes del famoso concierto en el que se sacó por primera vez la idea de un pacto sólido entre ambas naciones. En realidad, Von Papen conoció al canciller austríaco el 1 de mayo de 1935, durante la fiesta de la Constitución. Viejo y hábil diplomático, Papen supo excitar, a un tiempo, el germanismo de Von Schuschnigg y sus enormes ganas de deshacer su pacto de gobierno con el príncipe Starhemberg.

Von Shuschnigg, en todo caso, no era ningún tonto. La información de que disponía, y la actitud del embajador alemán, le hicieron sospechar, desde el primer momento, que Berlín consideraba un eventual acuerdo con Viena como un caballo de Troya. Sin embargo, probablemente obsesionado con la idea de que Mussolini era quien resultaba realmente peligroso (porque a toro pasado es muy fácil escribir las cosas; pero la Historia de la preparación de la segunda guerra mundial no se puede escribir ni entender sin la cantidad de veces, y la cantidad de personas, que despreciaron a Adolf Hitler como un pobre diablo que, a la larga, sería incapaz de agredir a nadie), se creía en la capacidad de firmar a un acuerdo que otorgase una posición sólida a Austria en el concierto europeo; acuerdo que luego él sería capaz de revolver a su favor. Ni siquiera el famoso gesto de Berlín, en lo peor de sus relaciones con Austria, de imponer una tasa impagable de 1.000 marcos a los turistas que cruzasen a Austria (medida que arruinó a los pueblos alpinos), le percató de lo contrario.

El gran punto de fricción, en cualquier caso, era el nacionalsocialismo austríaco. Von Shuschnigg estaba dispuesto a tomar medidas que fuesen agradables para los ultranacionalistas y los pangermanistas austríacos; pero no a los nacionalsocialistas. Por mucho que lo intentó Von Papen, no logró ganarlo a la idea de que permitiese la entrada de algún personaje nacionalsocialista en el gobierno austríaco. A lo más a lo que se mostraba dispuesto era a otorgar sitiales en el consejo de ministros a personajes conocidos por su nacionalismo exacerbado, como el militar Edmund Glaise-Hostenau (quien, de todas formas, acabaría siendo general del ejército alemán durante la guerra).

En la nómina de negociadores y de personas que estaban en el secreto, no hay que olvidar a Guido Schmidt, entonces un prometedor diplomático oriundo de Voralberg que ocupaba la dirección general adjunta del gabinete del jefe del Estado austríaco, Wilhelm Miklas; pero que, al mismo tiempo, era probablemente el político mejor relacionado en asuntos diplomáticos y exteriores en toda la Administración austríaca. Miklas estaba acostumbrado a discutir hasta la guarnición de los filetes con Schmidt, lo cual convertía a éste en el segundo hombre mejor informado de Austria, después del propio Von Schuschnigg.

Ambos pesos pesados de la política danubiana, Von Schuschnigg y Schmidt, visitaron a Mussolini en su finca de Rocca della Caminate, en junio de 1936. El Duce los recibió en su despacho de trabajo, casi tan ampuloso como el que poseía en el Palazzo Venecia, y de un excelente buen humor, tal y como solía estar en aquellos tiempos casi todo el día. Tras soltar una serie de polladas sobre aquel lugar de la Romaña que tanto amaba y sobre la casa que ocupaba, se arrancó a hablar de la situación mundial. No se cortó un pelo a la hora de decirle a los austríacos que consideraba el conflicto por Etiopía como agua pasada, que había conseguido conservar su importancia continental y que, de hecho, estaba seguro de estar a punto de llegar a acuerdos permanentes muy provechosos con sus vecinos de continente, especialmente con Londres. Se preocupó mucho en dejarle claro a sus interlocutores que todos aquéllos que lo consideraban un simple anexo de Hitler se equivocaban. Con esa retórica tan suya, el romañés coqueteaba sin ambages con la idea de que, en realidad, fuese el cabo alemán el que iba a rebufo de su bicicleta.

Von Schuschnigg lo vio tan sobrado que pensó que era el mejor momento de compartir con él su proyecto tan querido: alcanzar un acuerdo con Berlín que sirviese para normalizar las relaciones entre ambos países. Un acuerdo basado en la asunción, por parte alemana, de la independencia austríaca y la no intervención del NSDAP en la política vienesa. A cambio, ambos países sintonizarían la misma onda en asuntos exteriores.

El acuerdo, prosiguieron los austríacos, serviría para eliminar de Europa Central un elemento de tensión ilógico que hacía ver el sistema de los protocolos de Roma como una entente antialemana. Era necesario, prosiguieron los danubianos, hacer todo aquello para reforzar en el área la resistencia contra la URSS, toda vez que ésta parecía estar consiguiendo éxitos parciales: primero, con el gobierno del Frente Popular en Francia; y, segundo, con el que llevaba el mismo nombre en España. Con aquel acuerdo, Italia podría ocuparse de África sin preocuparse de Europa. Von Schuschnigg informó a Mussolini, en los términos más categóricos que supo, que en todo momento se le había dejado claro al gobierno alemán que los protocolos de Roma eran intocables, porque suponían una red de ayuda que en el futuro seguiría siendo necesaria para Austria.

En suma, venían a solicitar que Roma auspiciase el acuerdo entre Berlín y Viena, para así consolidarlo.

Los austríacos, probablemente, esperaban sinceramente una reacción positiva del Duce. Pero se llevaron una sorpresa. Calcularon mal. Tres meses antes de aquel encuentro, a Mussolini le parecía cojonudo un acuerdo austrogermano, como medio para presionar a las potencias occidentales, Inglaterra y Francia, creando un espacio cercano a Hitler en Europa Central. Pero ahora que los conflictos de Italia, sobre todo con Londres, se habían enfriado, y las posibilidades de algún tipo de acuerdo se reputaban más cercanas, ya no le parecía tan buena idea. Mussolini sabía bien que el levantamiento de las sanciones de la Sociedad de Naciones contra Italia era cosa decidida, y que los ingleses manejaban la posibilidad de retrotraer las medidas especiales de vigilancia y seguridad en el Mediterráneo. Londres, París y Bruselas parecían cada vez más proclives a negociar un nuevo Locarno. En tal situación, encabronar a Londres era la peor de las ideas posible.

Sin embargo, todo eso, o más bien la participación de Italia en todo eso, de igual a igual con el resto de grandes potencias, pasaba porque las potencias occidentales tuviesen la sensación de que podían usar a Mussolini como contrapoder de Hitler en Europa Central. Si se firmaba un acuerdo entre Austria y Alemania con el beneplácito de Italia, toda esa sensación se iba al carajo, y Mussolini podía olvidarse del papel de árbitro de Europa con el que soñaba.

Lo que más cabreaba a Mussolini, además, es que, a pesar de tener todas esas potísimas razones, no podía negarse al acuerdo; eso habría supuesto malquistarse con Berlín, y necesitaba la amistad con Hitler para jugar en las reuniones internacionales al juego de «me necesitáis, muchachos». El movimiento de Von Schuschnigg, de hecho, le obligaba a quitarse la careta, y a elegir; y su elección tenía que ser Hitler, no por ideología, como muchos piensan, sino por simple y pura geopolítica.

Así pues, Mussolini les dio a los austríacos un montón de buenas palabras, pero pronunciadas con una frialdad tal que a ninguna persona versada en lenguaje gestual diplomático le dejaban de demostrar que todo lo que le contaban le sentaba a cuerno quemado.

El 8 de julio de 1936 fue la fecha escogida por el gobierno austríaco para oficializar su luna de miel con Berlín. Ante un coro de periodistas extranjeros, el ticket Schuschnigg/Schmidt, acompañado por Richard Schmitz, burgomaestre de Viena, y del director del departamento político del ministerio de Asuntos Exteriores, Homborstel, entre otros, anunció oficialmente, por primera vez, la conclusión inminente de un tratado con el III Reich. En una circular confidencial que envió a sus embajadas, el canciller austríaco declaraba que dicho tratado incluiría en su clausulado el reconocimiento explícito e indubitado de la independencia de Austria; el compromiso alemán de no inmiscuirse en los asuntos austríacos; la aceptación de la condición sustancial de los protocolos de Roma. Y que, por último, «el nacionalsocialismo no podría ser un factor político en Austria». Todo compromiso a favor del NSDAP era la vaga promesa de una amnistía de los militantes que se encontrasen encarcelados.

Visto con la distancia del tiempo, cabe preguntarse exactamente para qué pensaba Schuschnigg que iba a firmar Hitler un acuerdo de estas características.

En la tarde del día siguiente, 9 de julio, Schuschnigg ofreció una nueva conferencia de prensa. La razón de esta segunda convocatoria, en la que se hizo arropar por un ejército de periodistas oficiales, era, probablemente, Ernst Karl Winter, vice-burgomaestre de Viena y, en ese momento, quizá la persona, dentro de los círculos gubernamentales, más opuesta a un acuerdo con Alemania. Horas antes, ambos habían tenido una conversación en la que Winter vaticinó las mayores catástrofes interiores y exteriores para Austria si se firmaba dicho acuerdo. Ambos políticos habían terminado muy malamente. Ahora, Schuschnigg sabía que Winter preparaba un folleto contra el acuerdo, en el que, entre otras cosas, proponía la instauración de un régimen monárquico de fuerte contenido social que permitiese el acuerdo y la reconciliación con las izquierdas. Este tipo de movimientos aceleró el proceso de perfeccionamiento del acuerdo, que ya de por sí había sido acelerado, sobre todo, por Guido Schmidt tras el encuentro con Mussolini, porque en el mismo los austríacos habían quedado convencidos de que Mussolini no se opondría oficialmente al pacto; pero, al mismo tiempo, era capaz de mover hilos para bombardearlo por debajo de la mesa.


La presión de Winter no hizo sino exigir que las cosas fuesen más rápido aún, y el 11 de julio, finalmente, el acuerdo austroalemán fue publicado. 

Existen testimonios sobrados de cómo se recibió el acuerdo de 11 de julio de 1936 en Viena y en Berlín. Por lo que se refiere a la primera de las ciudades, Von Schuchsnigg, en varias conversaciones que han quedado registradas en los recuerdos de sus interlocutores, venía a decir lo siguiente: «Desde ahora, las relaciones entre Austria y Alemania han quedado fijadas de forma definitiva. El III Reich ha reconocido la independencia de Austria, por lo que la creación del décimo land alemán ha quedado totalmente fuera de la agenda de la campaña contra los trataos de paz, que Hitler considera impuestos por la fuerza e inmorales. Hitler ha ofrecido generosamente al mundo un conjunto de tratados de garantía bilateral. Su posición geopolítica no le permitirá considerar papel mojado el primer tratado de este tipo que ha firmado, excepción hecha de la convención con Polonia, que en realidad es un armisticio».

En Berlín, mientras tanto, no cabían en sí del gozo. El entourage de Hitler no hacía sino repetir que aquel acuerdo no era el final de nada, sino el comienzo. Incluso había importantes elementos del partido nazi que consideraban innecesario pelear por la Anschluss de Austria. Con el tiempo, pensaban, bastaría con que las políticas interior y exterior del país fuesen dictadas desde Berlín.


Lo realmente importante, en todo caso, es que ambas partes hacían interpretaciones, en el algunos puntos incluso radicalmente opuestas, de lo que habían firmado.


¿Qué lección nos importa a nosotros, los españoles, de lo aquí contado? Lo que debemos de tener claro es que exactamente una semana antes de que se produjese el golpe de Estado militar de Mola/Sanjurjo, al que finalmente haría una OPA el general Franco, a lo que estaba el mundo era a otra cosa. Era a la novedad que suponía que la relación de fuerzas diplomática en Europa Central hubiese cambiado radicalmente. Hitler, que todavía no se había apiolado Checoslovaquia, llegaba a un acuerdo con Austria que hacía sospechar a las potencias occidentales, no ya la Anschluss finalmente producida, pero sí, desde luego, el alineamiento de Berlín y Viena, esto es la obtención de un nuevo aliado en el ámbito internacional para Hitler, que lo hacía más fuerte en el ámbito europeo como para forzar un nuevo Locarno (un nuevo Versalles, digamos para quienes tienen una visión más simplista del ascenso del nazismo alemán y su relación con la primera guerra mundial) y, consecuentemente, cambiar la relación de fuerzas en el continente en un giro casi copernicano. 

Esto ocurría, además, en un momento en el que la URSS no podía considerarse un aliado sólido, hecho éste que bien se demostraría tres años después con el pacto Molotov-Ribentropp; así pues, esa visión naïf de la que vive una parte de la historiografía española desde hace décadas, que amalgama a todas las fuerzas políticas a la izquierda de la CEDA en la sinécdoque «fuerzas democráticas», estaba lejos de ser cierta en el ámbito de las diferentes naciones que apoyaban a unos y a otros. En Europa estaba muy lejos de existir un Frente Popular de naciones. De hecho, Inglaterra y Francia, en ese momento, estaban mucho más cerca de entenderse con Mussolini que con Stalin; y, si no fue así, fue por lo bien que jugó sus cartas Adolf Hitler, entre otros sitios, en Austia.

El cambio en la relación de fuerzas Europa se produjo, como digo, exactamente una semana antes de estallar la guerra civil española. Esto hace que lo que los políticos republicanos creían que podía pasar, demandaron en sus memorias, y han criticado ácidamente sus turiferarios desde entonces, esto es que Inglaterra y Francia se embarcasen en un decidido apoyo de la República española con armas e incluso tropas, por aquello de defender la democracia española (ellos, que estaban considerando seriamente llegar a acuerdos sólidos con la «democracia italiana»), resultaba imposible. Las llamadas potencias europeas occidentales recelaban de que, de hacerlo así, en realidad estuviesen haciéndole el caldo gordo a la URSS, de cuyas intenciones nadie estaba seguro de esta orilla del Don hasta Cádiz. Y, sobre todo, estaban mucho más interesadas en reasentar equilibrios ahora en peligro en Europa Central, y ese objetivo mayor les movía a ser notablemente cautos en cada movimiento.