jueves, mayo 15, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (10)

El joven y prometedor burócrata comunista Leónidas Breznev heredó una tierra teóricamente independiente situada donde Cristo perdió la tarjeta sanitaria de la Comunidad de Madrid y que puede considerarse un buen ejemplo del tipo de panachés humanos creados por el estalinismo. Porque uno podrá pensar que Kazajstán estaba formada de kazajos. Error. En realidad, aquella república, además de por locales, estaba poblada, en bastante proporción, por alemanes residentes en las riberas de Volga que habían sido desterrados allí durante la segunda guerra mundial, chechenos (ésos que luego volvieron a casa para poner bombas), polacos, e incluso descendientes de los ucranianos que utilizara el zar en el siglo XIX para colonizar aquellas tierras, y que todavía se sentían ucranianos en mayor medida de que kazajos. Por no citar las miles y miles de personas de otros variados destinos que habían sido deportados, ellos o sus familias, por la policía zarista, o por la comunista.


El primer objetivo era plantar 6,3 millones de hectáreas en veinte meses. Ahí es nada. Pero Breznev acometió la labor con esa capacidad suya de hacer lo que se esperaba de él. En un año aproximadamente, creó casi 300 nuevas granjas estatales, o soljoses, cada una con 50.000 hectáreas a su cargo. Todo eso fue posible gracias a un apoyo de Moscú que nunca se le regateó, dada la creciente influencia de Kruschev en la capital de la URSS. Kazajstán recibió un supercrédito de 50 millones de dólares de la época (en rublos, mucho más) para construcción; eso sí que fue una burbuja. Las autoridades de la industria y la agricultura decretaron el transporte hacia la zona de 5.000 cosechadoras, 10.000 camiones, 6.000 sembradoras y más de 50.000 tractores, entre otras cositas. Se construyeron miles de kilómetros de vía férrea y carretera para transportar todo eso. En toda la URSS, las organizaciones de partido prometieron a militantes y mediopensionistas en general salarios de estratosfera y privilegios varios si se establecían permanentemente en Kazajstán. Aquellas apelaciones, como las de la División Azul española, germinaron en un suelo formado por pobreza, viviendas hacinadas y casi nulas expectativas de futuro; así pues, convencieron a muchos.

La gente emigró a lo bestia. Sólo tractoristas y técnicos agrícolas cualificados, llegaron 50.000 en menos de un año. A finales de 1956, en los soljoses trabajaba medio millón de personas que en 1953 no residía en Kazajstán.

Hasta aquí la visión de los documentales y películas diversas de realismo socialista (oxímoron) que se hicieron sobre el éxito de la política de tierras vírgenes. La realidad, sin embargo, fue, en buena medida, otra. Cualquier persona que esté en este mundo y que haya tenido que organizar desde una cena con treinta comensales para arriba sabe que los temas logísticos son la puta mierda más maloliente que se puede llegar a tener entre las manos. Mi récord personal es organizar una reunión de 243 personas, y casi morí en el intento. Así que no quiero imaginar lo que tiene que ser desplazar a medio millón de personas y millones de toneladas de infraestructuras, hacerlas llegar a su lugar de destino, monitorizar la eficiencia de su distribución, etc. Es un proyecto de una gran complejidad que sólo algunos ejércitos (sic) podrían realizar adecuadamente; y, la verdad, los jerifaltes soviéticos lo afrontaron con ese idealismo naïf, muy comunista, de que las cosas, cuando son virtuosas, como que se hacen solas.

La verdad es que muchas mercancías nunca llegaron a su lugar de destino. Fueron utilizadas por otros, o revendidas. En cuando al equipamiento, mucho, que se enviaba por piezas, éstas fueron llegando a diferentes destinos, comúnmente muy alejados unos de otros (inciso: ésta es, también, una de las quejas que realiza Justo Martínez Amutio en sus memorias. Amutio era gobernador de Albacete en la guerra civil, largocaballerista hasta el duodeno. Como en Albacete tenía sede la comisión que teóricamente coordinaba las compras de material de guerra a la URSS, tuvo acceso a algunas informaciones que cuenta en su libro, entre ellas que muchos aviones llegaban desarmados y sus piezas se desembarcaban en puertos distintos).

A ello hay que añadir que, como una nueva consecuencia de este buenismo marxista que citábamos, los ardientes jóvenes comunistas de miles de komsomoles en toda la URSS llegaron a Kazajstán dispuestos a todo, pero sin tener ni puta idea de nada (tradición obsesiva de la ideología soviética, transmitida también al Ejército Popular de la República, es que a la hora de hacer cosas de militares es mucho mejor un comunista mal militar que un militar no comunista; y lo mismo, por lo que se ve, rige a la hora de plantar). Les fue encomendado el uso de maquinaria agrícola que no conocían, con el agravante de que los libros de instrucciones no habían llegado (como siempre, los envíos parciales, derivados de que el envío de la cosechadora era responsabilidad de un camarada, y el de las instrucciones, de otro…) Como era de esperar, rompieron las máquinas (en la España de Franco se contaba un chiste muy propio aquí sobre las miembras de la Sección Femenina que ayudaban voluntariamente en las tareas agrícolas; puede que alguno de mis lectores más provectos lo recuerde… sí, el de la vaca, sí). ¿Herramientas para reparación? ¿Piezas de repuesto? Tal vez en el próximo tren, camarada… Incluso el Pravda tuvo que acabar publicando (esto quiere decir: el Estado admitiendo) que miles y miles de toneladas de material había llegado a la estación de ciudades como Kustanai sin que hubiesen llegado antes las grúas y elementos de transporte; por lo que todo aquel flamante equipamiento se quedó allí, en las campas traseras de la estación, literalmente oxidándose al aire kazajo.

Que la política de las tierras vírgenes produjo cosechas nuevas no lo negaré (a pesar de la insoportable levedad de las estadísticas oficiales de la URSS, absolutamente para todo); pero nunca sabremos el valor del esfuerzo perdido, sobre todo en forma de equipamiento enviado al lugar que nunca llegó a usarse, o se usó mal, o hubo que tirarlo porque no respondía las necesidades existentes en su destino. Ésta, como otras, es una de las cositas que hasta la glasnost se llevó a la tumba; y no parece, la verdad, que Vladimir Putin tenga muchas ganas de conocerla.

Más. En la primera flamante cosecha del primer año, centenares de toneladas de grano que, a pesar de este caos, habían podido ser cultivadas, se perdieron. Y, ¿sabéis por qué? Pues porque no había sacos para meter el grano. No sólo no había sacos, sino que tampoco había lonas para tapar los volquetes de los camiones, con lo que cuando el grano se transportaba bajo la lluvia, se echaba a perder. De nuevo, hay un chiste, el del Infierno español y el cubo de mierda, que recuerda bastante esta situación. O la asombrosa capacidad de organización del mariscal Göring, que no conseguía alimentar por aire a las tropas atrapadas en Stalingrado pero que, aun así, un día les envió avión… lleno de condones.

El caos kazajo alcanzó incluso a la joya de la corona soviética: la sanidad. En efecto, hace ahora cuatro décadas o así, cuando se osaba criticar al comunismo, sus miles de corifeos (muchos de los cuales han cambiado de puente con elegancia, y siguen por ahí haciendo películas, er, esto…) sacaban a pasear casi siempre el mismo argumento: «ya, pero tienen una sanidad universal y gratuita». Pues sí; pero no para los kazajos, tal y como Breznev habría de escuchar de labios del ministro de Sanidad de la República, S. R. Karynbayev, durante una conferencia celebrada en 1954. 68 hospitales en Kazajstán, se dijo en aquella conferencia, no tenían médicos. 68. Faltaban especialmente ginecólogos y pediatras, con lo que las mujeres parían con la ayuda de la naturaleza, y sus hijos sobrevivían a las enfermedades puerperales por designios del Espíritu Santo. Al parecer, nadie en Moscú se percató de que la gente desplazada se resfriaría y necesitaría alguien que les mirase la garganta; y los doctores que ya estaban en Kazajstán, cuando vieron toda aquella multitud llegar, simplemente emigraron, ellos mismos, en masa, a algún otro lugar menos poblado.

… bueno, pues, a pesar de todo, la gestión de Breznev fue un éxito. En el verano de 1954, los resultados presentados por Leo a Moscú eran tan impresionantes que Kruschev reaccionó decretando la ampliación del objetivo de roturación. En noviembre se reportaron los resultados finales: la cosecha kazaja de 1953-1954 se había doblado.

Con aquel informe serio y frío, Leónidas Breznev proporcionó a Nikita Kruschev el tocón y el hacha que éste necesitaba para decapitar a Malenkov. En enero de 1955, pocas semanas después de reportado el éxito inicial del programa de tierras vírgenes, el PCUS celebró una sesión de una semana de su Comité Central. Breznev, como miembro del CC, estaba allí.

No sabemos bien lo que pasó dentro de aquel Comité, pero es muy probable que nada que Malenkov no esperase. Muchos de sus colaboradores habían ido perdiendo sus puestos en los meses anteriores, y si era listo (que eso está por ver), ya se habría dado cuenta de que tenía las de perder. El hecho es que el 8 de febrero, dimitió como primer ministro ante el Soviet Supremo, incluso confesando que era incompetente para el cargo. Kruschev lo sustituyó por uno de sus Samsagaz particulares: Nikolai Bulganin.

A partir de ahí, el ucraniano comenzó la acostumbrada purga de malenkovistas, en la que habría de caer, lógicamente, Ponomarenko. La carrera de Pono desde entonces, de hecho, fue como para vomitar. Lo enviaron de embajador a Varsovia, luego a la India, luego a Nepal, para ser enviado después a los Países Bajos. En octubre de 1961, cuando una mujer estaba desertando de la Unión Soviética, fue, como embajador, al aeropuerto de Schipold a intentar impedirlo. La policía primero le pidió con buenas maneras que no diese por culo y luego ya se puso un poquito más severa. El caso es que el señor embajador acabó metido en una pelea en la que se comió una hostia que le hizo sangrar por la nariz. Fue declarado por los holandeses persona non grata.

En Alma Ata, agosto 1955, Leónidas Breznev heredaba oficialmente de Ponomarenko el cargo de secretario general del partido comunista kazajo. Para entonces, los cuadros kazajos del partido habían entendido la situación y pactado con él. De hecho, el primer ministro kazajo, Dinmohamed Kunayev, se convirtió en su principal valedor allí. Fue en compañía de Kunayev, que de todas formas era medio ruso, como Breznev acabó por darse cuenta de que Kazajstán disponía de recursos minerales que eran susceptibles de ser la base de una industrialización.

La cosa tenía su razón de ser. Breznev era hombre de ojo entrenado para asuntos agrícolas, y por eso sabía que, a pesar de ser capaz en aquella campaña de roturar 9 millones más de hectáreas de suelo, la cosecha iba a ser una flus. En Kazajstán no había llovido gran cosa y, para colmo, en los tradicionales graneros de la URSS, notablemente Ucrania, la añada se anunciaba soberbia (cabe recordar, no obstante, que en 1956 fue al revés, y los 16,1 millones de toneladas cosechados en Kazajstán más que compensaron una cosecha modesta en Ucrania). En tales circunstancias, a Breznev lo que le quedaba era abordar proyectos industriales, menos dependientes del clima. Pero no le dio tiempo, porque le vino Dios a ver.


Bueno, Dios no. Lenin, para ser más exactos.