lunes, mayo 12, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (9)

El imperio dictatorial de Iosif Stalin desapareció dejando tres herederos, cada uno de ellos poseedor de uno de los tres pilares de la URSS: Kruschev controlaba el partido, Beria la policía, y Malenkov la maquinaria estatal.

Beria fue, de los tres, el que estuvo menos ágil y más torpón. Da la impresión de que al georgiano, que probablemente temía ser purgado por Stalin, le bastó con la muerte de aquél a quien consideraba el origen de todos los peligros contra su persona; y, consecuentemente, no se dio cuenta de que había una lucha por el poder que realizar, una lucha en la que sus dos contrincantes no tardaron en aliarse.

La gran argamasa que unía a Kruschev y Malenkov era la convicción compartida por ambos de que con Stalin había muerto un modo de hacer las cosas que no podía pervivir; afirmación ésta que se ha visto parcialmente desmentida varias veces en la Historia de URSS, y aun en la Historia de la moderna Federación Rusa. El caso es que ambos, de la mano a pesar de ser enemigos declarados, comenzaron una política de tibia desestalinización que, por ejemplo, supuso la liberación de los médicos presuntamente envenenadores (la Historia de la URSS demuestra claramente que, en dicho país, ser inocente no era garantía alguna para no estar en la cárcel), así como de otros presos políticos. En términos generales, todas las estructuras cuya función era apretar fuerte la vida soviética para no dejarla respirar, cedieron en su apretón.

Asimismo, los dos líderes soviéticos tenían claro que la URSS necesitaba reformas económicas. Iosif Stalin, con sus planes quinquenales, había montado una estructura económica totalmente esclavizada en aras del objetivo de tener la industria pesada más grande del mundo. Para llevar a cabo este objetivo, el secretario general del PCUS no había dudado en utilizar mano de obra forzosa, que ahora los nuevos dirigentes soviéticos querían liberar en parte y, en cualquier caso, conseguir que en las fábricas trabajasen trabajadores, no presos. En realidad, el estalinismo había hecho que las diferencias entre un trabajador forzoso y un trabajador a secas fuesen casi inapreciables, ya que en el altar de la industria pesada fue sacrificada sin pudor la de los bienes de consumo y aun la construcción; motivo por el cual, al final del estalinismo, la práctica totalidad de los ciudadanos soviéticos vivían hacinados en viviendas de escasísima calidad y apenas tenían nada en qué gastarse sus kopecs que no fuese vodka.

Desde el punto de vista de la política económica, la apuesta de Stalin por la industria había tenido un gran pagano, que había sido el sector rural; de modo y forma que había ratios fundamentales para la producción agrícola de la URSS que se encontraban a la muerte de Stalin en peor situación que cuando había llegado al poder.

Malenkov, animado por la claridad del diagnóstico y por el aparente consenso con Kruschev, se animó a salir a la palestra afirmando el principio general de que la producción de bienes de consumo debía crecer al mismo ritmo que la industria pesada. Sin embargo, erró el tiro porque Kruschev, aun estando claramente de acuerdo con este punto de vista, y por pura estrategia política, se le opuso, convirtiéndose con ello en el gran defensor de eso que llamamos el complejo militar-industrial, principal cliente de la industria pesada. Solo cuando Malenkov había sido descabalgado de la lucha por el poder admitió que la pelea de éste era la suya propia, pasando a apoyar lo que entonces se llamó «el comunismo del goulash».

El cambio de dirección fue anunciado por Malenkov en la sesión del Soviet Supremo celebrada el 8 de agosto de 1953. Lo más sobresaliente de su discurso fue que apenas hizo referencias al PCUS, en lo que rápidamente se interpretó como lo que era: un intento por su parte de otorgar el protagonismo del proceso a las estructuras gubernamentales y administrativas, que eran las que él dominaba.

Tres semanas más tarde, en una sesión del Comité Central, Kruschev movió sus fichas. En primer lugar, se aseguró el nombramiento de su persona como primer secretario general del Partido (el cargo de Stalin). Además, escogió la agricultura como el elemento a utilizar para contrarrestar a Malenkov.

Fue una jugada bastante inteligente. Por la propia esencia de la forma de organizarse el Estado soviético, éste, aunque en el gobierno tenía un ministerio de Agricultura, confiaba más en el Partido para dominar el campo. En el área rural, a través sobre todo de la estructura de koljozes y soljozes, era en realidad el Partido el que tenía implantación y medios para hacer que las directrices se cumplieran. Así, pues, Kruschev situaba su enfrentamiento con Malenkov en un terreno en el que éste tenía unas cuotas de control y poder relativamente tenues. Además, si conseguía revivir la agricultura y, consecuentemente, llenar los estantes de las tiendas de Moscú, entonces vacíos, su liderazgo social sería algo imposible de desmentir.

Por increíble que parezca, en aquella sesión del Comité Central, en septiembre de 1953, fue la primera vez que el Comité Central del PCUS conoció unas estadísticas metódicas que describían la situación, catastrófica, de la agricultura soviética (hago aquí un inciso: es habitual que los defensores de la URSS, presentes, pasados y supongo que futuros, echen mano de estadísticas para defender sus postulados. El hecho de que todo un Comité Central del Partido Comunista llegase hasta 1953 sin haber visto nunca una estadística fiable de la situación del sector rural soviético lo dice todo sobre la verdad que contienen esos números. Aun así, como digo, aprovechándose de ese monumental beneficio de la duda que se suele conceder a los proyectos sedicentemente de izquierdas, estas estadísticas cocinadas hasta el hastío siguen usándose hoy como trampolines argumentales, que tiene eggs). Tras desplegar todos esos datos Kruschev, en un acto de cinismo muy de aquellos tiempos y de aquel Estado, culpó del desastre al gobierno, no al Partido, y consecuentemente debilitó la posición de Malenkov.

En las semanas siguientes, Nikita Kruschev desplegó una monumental campaña de artículos e informaciones (para que contó con todo el aparato del Partido) en defensa de su reforma agrícola: incentivos para la mecanización, aumento del precio tasado con que el Estado compraba las mercaderías, así como la permisividad de la propiedad privada de pequeñas explotaciones. Por último, y como gran apuesta personal, lanzó el Plan de las Tierras Vírgenes.

El PTV era una estrategia que tenía como objetivo roturar y sembrar las enormes estepas y praderas de Kazajstán y el sudoeste de Siberia. Su plan era poner en cultivo 13 millones de hectáreas, esto es más o menos el suelo de toda Inglaterra, en sólo dos años. Aunque pronto elevó esta cifra a 30 millones de hectáreas.

Este plan kruschevista era como el Plan Badajoz de Franco, pero a lo súper-bestia. Suponía el desplazamiento de centenares de miles de toneladas de maquinaria agrícola, así como centenares de miles de ingenieros agrónomos y voluntarios, hacia Kazajstán como destino principal. Los líderes comunistas en aquel país, y notablemente el secretario general del Partido, Zumabai Shayajmetov, se opusieron al plan, por considerarlo demasiado ambicioso. En realidad, su principal razón de oposición es que temían la eslavización de su país a causa de la masiva emigración hacia el mismo de técnicos y agricultores.

La oposición de los kazajos hizo pensar a Kruschev que había errado al diseñar el nuevo plan, cuyo objetivo ya hemos dicho que era echar a Malenkov del poder, porque no había pensado en que necesitaría que alguien de su confianza se encargase de llevarlo a cabo. Había pensado que el PC kazajo aceptaría la labor con una sonrisa, pero fue exactamente lo contrario.

Necesitaba un hombre que supiese que agricultura, que le fuese fiel como un caniche y que no se asustase ante el reto de hacer algo que todo el mundo decía que no se podía hacer ni en veinte años, en tan solo dos.

El candidato estaba claro.

En las navidades de 1953, Nikita Kruschev estaba completamente convencido ya de que tenía que nombrar a Leónidas Breznev gran jefe del proyecto de las tierras vírgenes. Sin embargo, el necesario juego de equilibrios en el Kremlin hizo que la labor recayese, formalmente, en un protegido de Malenkov: Panteleimon Ponomarenko, que había desarrollado buena parte de su carrera política en Bielorrusia, pero que había sido llamado a Moscú, como uno de los cinco secretarios del Comité Central, a la muerte de Zdanov. En el XIX congreso, cuando Stalin estiró el Presidium, fue nombrado miembro de pleno derecho, como Breznev; y, como Breznev, cuando tras la muerte del dictador el órgano fue reducido, fue pasado a miembro suplente y se le nombró ministro de Cultura.

Fue Ponomarenko, pues, quien fue nombrado primer secretario del Partido Comunista de Kazajstán, siendo Breznev segundo secretario, una vez que Shayajmetov y su segundo secretario, Iván Afonov, fueron llamados a Moscú y cesados. Acto seguido, Ponomarenko y Breznev se desplazaron a Alma Ata, donde dirigieron una purga de cuadros del Partido, lo que incluyó la convocatoria del VII Congreso del Partido kazajo, en el que Shayajmetov fue acusado de desviarse de las directrices del partido y exiliado al puesto nada importante de dirigente del Partido en el distrito de Kazajstán del Sur; puesto del que sería purgado un año después por orden expresa de Breznev.


El ruso criado políticamente en Ucrania, sin embargo, no se arredró. Para entonces, ya sabía que la mejor forma de desaparecer en la URSS era fracasar en los objetivos. Y esto es algo que a él no le iba a ocurrir.