jueves, marzo 27, 2014

Libia (12)

Con el tiempo Libia, a causa de su dirección basada en comités revolucionarios que negaban al Estado y, sobre todo, los caprichos y fobias de su primer representante, acabó cayendo en la tan inesperada como en el fondo inevitable crisis económica. A lo largo de los años ochenta, conforme los ingresos del petróleo fueron perdiendo suelo, y no digamos ya en los noventa, cuando a George Bush padre la jugada de la primera guerra del Golfo le sale, en este punto, de cine, Libia comienza a verse condenada a ver colas interminables en las tiendas de alimentos básicos y, en general, escasez. A ello hay que unir que la reacción de los gestores del país a estos problemas, derivados fundamentalmente de los embargos dictados desde Washington, fue tirar de reservas, con lo que tardaron demasiado tiempo en generar consecuencias económicas para el país.

La escasez siempre quiere decir lo mismo: desigualdad. Esto siempre es problemático, como estamos experimentando ahora en España, por ejemplo. Pero en el caso de Libia era peor aún, porque la Jamahiriya era un proyecto nacido desde y contra la desigualdad de la monarquía; un proyecto que había prometido una igualdad estricta que ahora no se cumplía. El islamismo militante fue la primera fuerza que tomó en sus manos la bandera de luchar contra este estado de cosas, especialmente en la Cirenaica. Para colmo, estos problemas fueron casi contemporáneos del descrédito del ejército, que alcanzó su punto más alto en el puesto más al sur de Libia, Maaten al-Sarra, donde el aeropuerto militar montado por las tropas de Gadafi fue tomado y aniquilado por fuerzas chadianas que apenas llevaban ametralladoras pesadas montadas en camionetas (lo cual tampoco es muy de extrañar pues, tal vez, haya que recordar aquí que la Jamahiriya nunca tuvo, propiamente hablando, un ministro de Defensa, ni un alto Estado Mayor coordinado). Como tercer elemento, hay que recordar que uno de los principales clientes de Libia era la Unión Soviética; y, consecuentemente, el colapso de la misma en los primeros años noventa le fue enormemente lesivo.

No hay que descontarle importancia tampoco al factor corrupción. Muamar el-Gadafi, que lo iba a cambiar todo y a petarlo con un nuevo espíritu que no tendría nada que ver con lo existente hasta el momento, no dejó de ser, sin embargo, un gobernante que reprodujo, en medio de toda su revolución, el esquema tribal norteafricano, más que con precisión, con pasión. Gadafi siempre gobernó rodeado de sus colegas de primera hora, así como de incorporaciones de jóvenes como su sobrino Sayed Mohamed Gadaf-al-Dam. Permitió, deleitado, la generación del conocido en su día como rabitat rifaq al-Gadafi, esto es el Grupo de Compañeros de Gadafi, cuyo principal elemento fue durante mucho tiempo Ibrahim Ibjad, pero que se llegó a estimar en no menos de 100 miembros que ocupaban puestos clave en la administración del país; una especie, pues, de masonería tribo-personal. Durante los años noventa, estas elites pasaron a controlar la distribución de subsidios y ayudas estatales.

No hay que olvidar, por supuesto, a los parientes directos de Gadafi o miembros de su tribu, como el brigadier Ahmed Gadaf-al-Dam y el ya citado Sayed, hermano suyo, y a quien Gadafi consideró durante mucho tiempo su sucesor natural.

Todos estos problemas estaban ahí cuando Muamar el-Gadafi decidió cometer el mayor error de su vida, que fue permitir los atentados aéreos de Lockerbie y Níger. A pesar de que el punto más elevado de confrontación entre Libia y Estados Unidos se produjo antes, con el bombardeo de Trípoli y Bengasi (provocado por un atentado terrorista en una discoteca alemana), con la perspectiva del tiempo es fácil darse cuenta de que estos dos atentados, y muy especialmente el de Lockerbie, estaban llamados a ser la tumba del líder libio. En la práctica, la crueldad y arbitrariedad de ambas acciones sirvió para reforzar el eje reaganismo-thatcherismo, en un momento en el que mostraba claros signos de agotamiento. En 1991, Estados Unidos y Gran Bretaña acusan formalmente a dos oficiales libios de seguridad, Abdel Basset Alí Mohamed al-Megrahi y Al-Amín Khalifa Fimah, por su implicación en el atentado. Asimismo, Francia acusó a otros cuatro oficiales libios por el atentado de Níger. Los tres países exigieron a Libia la entrega de todos los acusados. En enero de 1992, Naciones Unidas aprueba su resolución 731, en la que exige a Libia que cumpla con las demandas de estos tres países y extradite a los acusados. Cuando Gadafi se negó, en abril de 1992, Naciones Unidas pasó a prohibir todos los vuelos al país y un embargo total de armas (a lo que hay que sumar la resolución 883, noviembre de 1993, afectando al embargo de bienes de equipo).

En agosto de 1996, por su parte, Estados Unidos adoptó la Iran an Libya Sanctions Act, ILSA, que suponía más constricciones para el comercio con el país. No obstante todo eso, a finales de los noventa el aislamiento de Libia comenzaba a resquebrajarse, sobre todo por la actitud de algunos países africanos, que habían comenzado a volar al país y la Organización de Estados Africanos, para entonces en frontal oposición con las decisiones de Naciones Unidas. La OEA, además, actuó de intermediario en el conflicto de Lockerbie, tratando de influir para que, como quería Gadafi, el caso judicial fuese trasladado a un país neutral. En 1998, Estados Unidos y Reino Unido aceptaron, de hecho, que el juicio se produjese en La Haya. Falto ya de disculpas, en 1999 Gadafi entregó a los dos sospechosos a las autoridades holandesas.

El juicio, en el 2001, declaró culpable a al-Meghari, pero dejó libre a Fimah. Este resultado provocó algunos problemas en la coalición antilibia, hasta entonces firme, lo cual se vino a combinar con las ofertas de Gadafi de ofrecer compensaciones económicas a los familiares de los muertos en los aviones, e incluso a los de Yvonne Fletcher. En buena parte por este cambio de marea, Estados Unidos acabó aceptando el debilitamiento de las sanciones multilaterales, aunque se seguía reservando la exigencia de un cumplimiento total de sus demandas para levantar las propias (que eran las que más daño le hacían a Libia).


Momento en el cual sobrevino el 11 de septiembre del 2001.