lunes, marzo 31, 2014

Libia (13)

En el momento de torcer la esquina del siglo, los salarios en Libia llevaban casi veinte años congelados. Los sucesivos embargos liderados por Estados Unidos habían terminado por ser efectivos a la hora de provocar un colapso del régimen libio. Muamar el-Gadafi, ciertamente, adoptaba, en cada renuncia, una retórica orgullosa: cada paso atrás en el esquema revolucionario lo vendía como un paso evolutivo, como un cambio que la revolución se podía permitir porque estaba ya consolidada. Nada de eso, sin embargo, era verdad. La revolución no había conseguido construir una economía petrolera, y la práctica totalidad de lo que el país necesitaba para pasar el día a día era importado.

El 11 de septiembre del 2001 colocó al líder libio delante de una dicotomía radical. El atentado contra los dos edificios del World Trade Center de Nueva York provocó una reacción por parte de Estados Unidos a la que ya nos tenía acostumbrados: dividir el mundo en amigos y enemigos. El gran cambio cualitativo del 11-S es que, por primera vez en mucho tiempo, por primera vez desde Vietnam o incluso más allá, EEUU, además de señalar claramente a sus enemigos, se mostraba dispuesto a atacarlos, sin tener en cuenta ni soberanías nacionales ni leches en vinagre. El líder libio ya había sido bombardeado en 1983, así pues sabía mejor que nadie que Washington podía cumplir las amenazas que ahora blandía. Así pues, intento salvar los muebles durante algún tiempo pero, conforme los sucesos tras los atentados se fueron centrando y definiendo, acabó por darse cuenta de que la pervivencia era imposible si no se arrancaba unas cuantas plumas; o las alas enteras.

En diciembre del 2003, Gadafi, acorraladlo internacionalmente, despreciado por sus compadres en el odio antiisraelí, y también, probablemente, presionado por su hijo, Saif al-Islam al-Gadafi, dio el paso que no quería dar, y renunció oficialmente a las armas de destrucción masiva. Este camino, como digo, fue probablemente teselado por Saif, personaje con algunas convicciones democráticas mayores que su padre (claro que eso tampoco es muy difícil) y, sobre todo, teñido del pragmatismo propio del príncipe que sabe que si quiere ser rey como su padre, no puede ya portarse como él.

Era el camino lógico. Las sanciones multilaterales habían sido levantadas en 1999, y desde entonces algunas inversiones occidentales, sobre todo europeas, habían vuelto al país; pero esos inversores necesitaban nuevos síntomas para decidirse finalmente por aquel mercado. Además, el levantamiento multilateral no era suficiente porque Libia no conseguiría sacudirse la mugre de la pobreza si no se levantaban también las sanciones unilaterales de los Estados Unidos, y esto, obviamente, no ocurriría si el país no retiraba a Libia de la lista de países que otorgan apoyo a los grupos terroristas. Este hecho es el que justifica la rapidísima condena por parte de Gadafi de los atentados del 11-S y su calificación de la invasión de Afganistán como un acto de legítima defensa.

A Gadafi le llegaron de Washington, altos y claros, los mensajes de lo que se esperaba de él. Tanto en Estados Unidos como en Reino Unido, el colectivo de víctimas del atentado de Lockerbie se había convertido en un lobby muy poderoso; así pues, además de haber finalmente permitido el juicio en Holanda de los dos libios acusados del atentado, debería implantarse una solución indemnizatoria suficientemente generosa. Además, el régimen libio debería renegar de forma neta y clara del terrorismo, y ofrecer todo tipo de colaboración en las comprobaciones inherentes a su renuncia a las armas de destrucción masiva. Y lo hizo. Además, comenzó un juego típico de poli bueno y poli malo, con él mismo realizando dentro de Libia toneladas de exhortos revolucionarios en plan la llama sigue viva y tal, mientras Said se presentaba en el Foro de Davos a dárselas de liberal de libro.

Otra cosa que hizo Gadafi fue alejarse progresivamente de los conflictos existentes en la zona, renunciando con ello a la actividad a la que nos había tenido acostumbrados durante casi un cuarto de siglo, y que le había llevado a implicarse en los asuntos de Uganda, de Túnez, de Chad, o de Egipto. En el caso de este último país, después de haberlas tenido dobladas con Anuar el-Sadat por considerarlo un nenazas en la cuestión palestina, Gadafi se apresuró a construir un entorno de colaboración con Hosni Mubarak.

En febrero del 2004, Estados Unidos levantó la prohibición de viajar a Libia. Inmediatamente después, una delegación de congresistas visitó el país, y poco tiempo después lo hizo el primer ministro británico, Tony Blair. Washington comenzó a levantar sus sanciones económicas y Gadafi pudo viajar a Bruselas en visita oficial a la Unión Europea. En junio de aquel año, las relaciones diplomáticas entre Libia y Estados Unidos fueron restablecidas. En septiembre, este último país levantó definitivamente sus sanciones comerciales.

Estos esfuerzos fueron paralelos con una estrategia para convertir el cachondeo de economía que se había formado desde el Libro Verde y los presupuestos de la revolución en un algo coherente. La moneda libia fue unificada en su relación de cambio (hasta entonces existían varios, oficial, comercial, mercado negro), disciplinándola de acuerdo con los índices del Fondo Monetario Internacional, lo cual supuso una devaluación de hecho del entorno del 50%, a la que siguió una apertura casi total de las importaciones. El Consejo de la Revolución, quién te ha visto y quién te ve, sombra de lo que eres, aprobó leyes que permitían la privatización de las empresas estatales, incluido el petróleo. 360 sociedades fueron puestas en el mercado después de marzo del 2004, fecha de la reunión anual del Congreso Popular. En agosto de aquel mismo año, se anunció, por primera vez en mucho tiempo, la salida a licitación de nuevas explotaciones petrolíferas. En el 2005 se hicieron públicos los resultados: de 15 nuevas licencias concedidas, 11 eran para empresas estadounidenses.

Fue ese año cuando Saif al-Islam se presentó en Davos para explicar un ambiciosísimo plan de reforma económica que incluía, sobre todo, la resurrección del sector privado. Sin embargo, y esto es al que hay que entender si se quiere comprender por qué un país que se avino a cambiar como Libia no logró sino que las naciones que le exigían ese cambio acabasen ayudando a los rebeldes; sin embargo, digo, esas reformas se hicieron a la manera de los dictadores.

Recuérdese el espíritu del 12 de febrero del general Franco. El dictador español también estaba presionado: por la edad, por los reformistas de su propio régimen, por las presiones internacionales… Y decidió un cambio, una evolución. Pero cuando quien evoluciona es quien hace necesaria la evolución, el cambio no puede ser completo. Franco intentó una reforma política lampedusiana que en el fondo no cambiaba nada, y Gadafi, tal vez sin darse cuenta, hizo lo mismo.

El problema del régimen revolucionario libio es que carecía de seguridad jurídica. Las previsiones del Libro Verde, implantadas además con un sistema político elitista, tribal y corrupto, tenían como consecuencia que en la sociedad y en la economía libias no había nada que se pudiese dar por cierto, pues todo dependía, mutatis mutandis, del albedrío de los jerarcas. Lo que Saif se calló en Davos es que ni él ni el resto de los miembros de la elite gobernadora tenían pensado cambiar eso. Y si eso no cambia, nada cambia. Uno puede aprobar un decreto diciendo que permitirá la operativa de empresarios privados; pero si esos empresarios privados se encuentran de que para conseguir una licencia, para poder hacer unas obras de ampliación, o para poder importar las mercancías que necesitan vender, todo depende de que a un señor detrás de una mesa, enfundado en una bandera revolucionaria, le salga de los cojones permitírselo; en ese caso, digo, el tal decreto es papel mojado, y no sirve absolutamente para nada.

A esto hay que unir que, como suele pasar también en estos proceso de «revolución de la revolución, todo desde dentro», las posiciones dentro del movimiento son variadas. Saif al-Islam había colocado un peón fundamental, Shukri Mohamed Ghanem, en el puesto también fundamental de ministro de asuntos petrolíferos y al frente del gobierno. Ghanem fue el alma de las nuevas concesiones y de la reapertura del sector. Pero en el año 2005, Ghanem y Gadafi Jr. se encontraron de frente, en la reunión anual del Congreso Popular celebrada en Sirte, con Ahmed Ibrahim, secretario del Congreso y algo así como el principal guardián de los principios revolucionarios.

Ibrahim y otro miembro del Congreso, Abd al-Qadr al-Bagdadí, presentaron una oposición frontal al proyecto del círculo de Saif de intentar desarrollar una Constitución para el país (punto primero y fundamental para conseguir un a modo de seguridad jurídica). Los revolucionarios de toda la vida contestaron que ya era suficiente con el Libro Verde y la palabra de Gadafi.

En el 2006, el gobierno Ghanem cayó (cayó por movidillas entre la elite; porque el hijo de Gadafi, sí, quería una Constitución, pero de dejar hablar y decidir al personal no decía nada) para ser sustituido por Alí Bagdadí al-Mahmudi, un miembro de la elite muchísimo menos comprometido con las reformas.

¿Y qué hacía Gadafi padre mientras tanto? El coronel solía evitar elegantemente el tema de la economía, como si le escociese (otro detalle en el que nos recuerda, de nuevo, a Franco) y procuraba mantener en su retórica elementos del viejo revolucionario que había sido. En fecha tan tardía como el 2006, por ejemplo, se marcó un discurso encendido contra la presencia extranjera en el país, afirmando que en el pasado lo habían esquilmado. Dos años después, en el 2008, cesó al gobierno porque, decía, no estaba trabajando para el ciudadano de a pie, y resucitó la vieja idea del Libro Verde consistente en repartir directamente los ingresos del petróleo entre los ciudadanos. En dicho año, de hecho, algunos empresarios privados fueron detenidos bajo la acusación de haber violentado los principios socialistas del Libro Verde.

Pero esto es lo que pasaba dentro. Fuera, las cosas le iban mucho mejor.

En septiembre del 2008, una de las secretarias de Estado más hawky que ha tenido Estados Unidos en muchos años, la pianista Condoleeza Rice, visitó Tripoli. Esas cosas no pasan a humo de pajas. Libia, poco después, fue designada miembro del Consejo de Seguridad de la ONU. Gadafi, por último, fue cálidamente recibido por Silvio Berlusconi en Italia. Gadafi, de repente, molaba, y, además, ayudaba a molar reconociendo errores. En el 2009, en la sede de Naciones Unidas, así lo hizo, señalando que había hecho lo que había hecho porque era muy joven y eran otros tiempos.

Don Muamar, sin embargo, hacía todo eso por pura estrategia y, además, con los años se había vuelto todavía más voluble y caprichoso que de joven. Al día siguiente, cuando le tocó hablar en la ONU, se marcó un discurso a la antigua usanza, reclamando un puesto en el Consejo de Seguridad para África, desplegando toda su vieja retórica occidental y terminando con el gesto dramático de romper displicentemente el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas. Aunque esta charlotada no pilló al departamento estadounidense de Estado por sorpresa (no era más que una continuación del tipo de retórica pollas que venía practicando Gadafi de tiempo atrás) sí es verdad que comenzó a trabajar entre los sectores más radicalmente conservadores del país la idea, coincidente con la creciente oposición interna, de que no habría solución en Libia si pasaba por Gadafi. La Casa Blanca, sin embargo, se guardaba mucho de seguir esos pasos, ante el apoyo decidido que estaba prestando Libia contra el terrorismo talibán.

Gadafi, sin embargo, no parecía dispuesto a poner nada de su parte para que este juego de gestos públicos simbólicos le diese cuartelillo a Washington. Cometió el enorme error de presionar a Gran Bretaña para la entrega de al-Meghari, el terrorista de Lockerbie, gravemente enfermo ya de cáncer. Lo que podía haber sido una operación humanitaria, la familia Gadafi lo convirtió en una cagada de grandes proporciones. Una vez que se acordó por Londres la liberación del terrorista, el propio Saif al-Islam fue a Escocia para llevárselo a Libia, y una vez en Trípoli le organizaron una recepción por todo lo alto.


Gadafi, además, alimentaba un culto a la personalidad cada vez más descarado y divorciado de la realidad. Todo esto estaba inclinando el plano y provocando que, lentamente, Libia comenzase a deslizarse hacia ese sitio al que se deslizan casi todos los países donde no corre el aire.