miércoles, marzo 26, 2014

Libia (11)

Acabamos de decir que Gadafi acabó dándose cuenta de que lo que tenía que hacer era ser menos revolucionario de lo que había sido hasta ese momento. Pero no hemos dicho, exactamente, que le llevase apenas un telediario darse cuenta de eso. De hecho, su primera reacción a los bombardeos estadounidenses, lejos de la que apuntamos, fue perseverar en el error. Libia, después de 1986, pasó a implicarse en el apoyo del terrorismo como no lo había hecho nunca, hasta el final de su ominosa década de los ochenta.

En paralelo, Gadafi terminó de decepcionarse de la idea de la unidad árabe y, llevado por su ciclotimia política, viajó sin solución de continuidad hacia el lado exactamente opuesto. Esto quiere decir que pasó de tratar a las naciones árabes como hermanas a motejarlas de la peor manera por lo que consideraba una excesiva tibieza por su parte hacia el conflicto palestino-israelí. Además, no contento con las hostias que ya se había llevado, intensificó su implicación en los conflictos del área subsahariana.

Estados Unidos, que normalmente suele caracterizarse por gestionar estas cosas de una forma un tanto precipitada y sobreactuada, sin embargo, en esta ocasión no hizo tal cosa. Especialmente una vez que terminó la era Reagan, los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca comenzaron a concebir a Gadafi como era rana viva del relato a la que hay que cocer subiendo la temperatura muy despacio. Conscientes, sobre todo, del efecto que acabamos de describir de enemistad creciente con las naciones de su entorno natural, los estrategas de Washington diseñaron, y llevaron a cabo por encima de vaivenes republicanos o demócratas, una estrategia de progresivo aislamiento del régimen libio. Gadafi, para colmo, se lo puso fácil con su implicación en hechos tan poco edificantes como el atentado contra el vuelo 103 de la Pan Am sobre Lockerbie (1988), y el UTA 772 francés que volaba sobre el desierto del Níger (al año siguiente). Tras estos dos hechos y otras cosas que les siguieron, para Estados Unidos estaba chupado conseguir unas sanciones multilaterales contra Libia, que acabaron llegando en 1992.

El hecho de convertirse en un paria mundial hizo que el régimen libio se hiciese preguntas, y que dentro del país comenzasen a moverse cosas. A causa de ello, el premier jaimero (de jaima) tuvo que comenzar a pensar en dar pasos atrás respecto de su Libro Moco, y por lo tanto comenzó a permitir determinadas medidas destinadas a controlar el poder de sus queridísimos comités revolucionarios. El segundo paso fue reformar la economía, eliminando algunas de las cortapisas, por no llamarlas prohibiciones, que había introducido el régimen hacia casi cualquier forma de actividad económica. Sin embargo, estas medidas no tuvieron demasiado éxito, por la misma razón por la que nunca la tienen, ni en la Libia de Gadafi, ni en la España de Franco: porque pretender liberalizar la economía manteniendo su férreo control es algo que, simple y llanamente, no se puede hacer. Si al personal le das libertad, le das libertad.

Como ya hemos dicho, el verdadero turning point del régimen libio ocurrió los días 15 y 16 de abril de 1986, con los bombardeos estadounidenses. Literalmente, los hombres del régimen libio no esperaban que Reagan se atreviese a cosa tal; y, cuando lo hizo, los dejó sonados y, a algunos de ellos, incluso albergando proyectos de distanciamiento del régimen, cuando no de oposición pura y dura. Gadafi, por ello, se vio obligado a elaborar, a partir de 1988, un discurso, que seguro que le costó horrores, sobre las consecuencias negativas que se derivaban del excesivo control ejercido por los comités revolucionarios. Se creó un comité específico para estudiar los presuntos casos de corrupción y abuso de poder por parte de miembros de los mentados comités revolucionarios. A finales de ese mismo año, el poder de los comités en las fuerzas de seguridad fue seriamente dañado.

Asimismo, Gadafi comenzó a dictar amnistías de presos políticos e incluso, en un acto celebrado el 3 de marzo de 1988, participó en la destrucción de la prisión central de Trípoli. Miles y miles de registros policiales de ciudadanos libios fueron oficialmente destruidos. Se decretó la libertad de movimientos de los ciudadanos (entre otras cosas, porque la labor de validar los pasaportes le fue retirada a los comités revolucionarios). Gadafi hizo, además, promesas a los exiliados de que se les daban garantías para volver al país e incluso intentó reunirse con dirigentes opositores, pero con escaso éxito; llevaba demasiados años haciendo el pollas. Finalmente, cerró los tribunales populares y, apareciendo repentinamente como un líder preocupado por los derechos humanos, abogó por la codificación de los crímenes, para que los ciudadanos no pudiesen ser detenidos a capricho de los comités que él mismo había creado y a los que él mismo había dado el poder de hacer tal cosa.

En junio de 1988, Gadafi se bautizó como un nuevo coleguilla demócrata del mundo, con el anuncio de lo que se conoció como La Gran Carta Verde de los Derechos Humanos en la Era de las Masas. Aquel documento, que seguía siendo verde, fue redactado por el mismo pollo que había escrito en el libro del mismo color que la propiedad privada quedaba proscrita del país; y ahora la declaraba sacrosanta e inviolable, con esa habilidad que tienen los tiranos con ideas de decir una cosa y la contraria, y exigir ser felicitados en ambos casos.


Sin embargo, como la cabra tira al monte y el macho algo más grande al desierto, Gadafi, y aquí nos acordamos una vez más de las reformas democratizadoras del franquismo, colocaba en el mismo papel los derechos de las gentes y las normas técnicas que servían para no hacerlos cumplir. Por ejemplo, la propiedad privada, sacrosanta e inviolable, podía dejar de serlo, sin embargo, por causas de interés público, que no se explicaban muy bien (lo cual suena bastante al famoso «exprópiese» de ese otro notable intelectual de la democracia, el comandante Chávez). Además, se establecía la obligación de todo libio de defender su país «hasta la muerte», lo cual abría el portillo para la leva obligatoria y tal. En general, la Gran Carta Moco no evitaba el mayor mal liberticida del régimen libio, como era la capacidad que tenía de sustantivar una acusación de la mayor gravedad hacia casi cualquiera, con tal de que tuviese flato o así; así como la capacidad de impedir cualquier oposición legal organizada. Tampoco se permitió la libertad de prensa, con la excusa de que el personal tenía la libertad de decir lo que quisiese en los comités revolucionarios.