miércoles, octubre 30, 2013

... pues a mí no me parece mal

Ayer por la noche, después de cargarme inmisericordemente a cuatro civiles en el GTA V, concluí que tenía los ojos demasiado cansados, así pues puse la televisión sin pensar en verla.  Reparé, zapeando, en algunas de las tertulias de barra de bar que se celebran en canales digitales varios. Me paré un rato en una porque estaban hablando de la propuesta del PSOE de sacar a Franco y a José Antonio del Valle de los Caídos, y ya me quedé, porque la cabra tira al monte y, en mi caso, el cabrón, ya ni te digo. Para mi sorpresa, me encontré con uno de esos raros casos en los que los contertulios (no entiendo muy bien eso de llamarlos tertulianos) de izquierdas y de derechas estuvieron más o menos de acuerdo. Y eso que estaban presentes un señor que, claramente, era muy de derechas; y luego estaba el ex marido de María Vidaurreta (creo que se llama Jorge Verstrynge), que es un señor que, sea lo que sea que es, que no lo tengo muy claro, también lo es mucho. Como elemento exótico-vayaustedasaber, estaba Ramoncín, el Rey del Pollo Frito.


Todos ellos, como digo, encontraron un acuerdo en un concepto básico: para la que está cayendo, no se entiende que el PSOE se meta en estas mandangas. La verdad es que éste de «para la que está cayendo» es un argumento que nunca he entendido. Si un grupo parlamentario formado por más de cien diputados (lo cual quiere decir: tiene la capacidad teórica de especializarse en el seguimiento de ciento y pico de temas distintos), que dispone de chorrodecenas de metros cuadrados de oficinas y servicios en el edificio del Congreso, en los que trabajan asesores y personal pagado con los chorromillones de euros de subvenciones que recibe; si una formación política en esas circunstancias, digo, no es capaz de ocuparse a la vez del paro, de la crisis financiera, de los desahucios, del problema de la cosecha de níspero y del asunto del Valle de los Caídos, mal vamos.

Es cierto, eso sí, y en esto incidían los contertulios menos proclives a la formación que está impulsando la proposición no de ley, que es posible que ese «para la que está cayendo» vaya por otro lado; es decir, vaya por el flanco de saco este tema para que la gente hable de él y se escondan otros que me gustan menos (como, por ejemplo, el carajal ideológico que tiene el socialismo oficial en Cataluña sobre si quieren ser buitres o palomis). Si es así, la verdad es que los señores que estaban allí sentados en la tertulia podrían ser acusados de ser un tanto naive; eso lo hacen los partidos políticos, aquí y en Alemania, las 27 horas del día.

La cosa es que yo, la verdad, no dejo de estar de acuerdo con la propuesta, por mucho que, según se dijo en el debate (y es otra cosa que, la verdad, no entiendo), la medida es imposible sin el consentimiento de los herederos del general Franco. Aunque probablemente lo esté por razones distintas a las que tendrán en la cabeza quienes quieren llevar a cabo el traslado.

Yo creo que la razón a favor de un traslado no tiene exactamente que ver con la primera que siempre se cita, que es la iconografía representada por el monasterio de Cuelgamuros. No sé exactamente en qué post, pero en este blog yo ya he escrito que la intención del PSOE, ya cacareada en el pasado, de convertir el Valle de los Caídos en un centro dedicado a la reconciliación, es papel mojado desde antes de existir. Primero, porque el Valle es lo que es, y no va a dejar de serlo porque el ministerio de Cultura se gaste un millón de euros en poner en su frontispicio un cartel que diga «Centro de Reconciliación Nacional Juan Carlos I», o así. Cambiar la personalidad del Valle de los Caídos no es tan fácil como retirar la placa de homenaje a Franco de la fachada del Cuartel General del Aire. El Cuartel General del Aire lo construyeron peones venidos del sur a la procura de una vida mejor al calor de las constructoras de entonces; el Valle de los Caídos lo construyeron presos políticos a los que no se les preguntó si querían construirlo, sino si querían redimir pena (que es una manera de decir: coge el pico por mis cojones). El PSOE nunca ha querido, que yo sepa, juntarse en la manifestación de los que quieren convertir el Valle en gravilla; eso es porque el Valle, shit you little parrot, es una atracción turística bastante visitada, así pues cargárselo sería como froilanear, esto es pegarse un tiro en el pie; y porque probablemente saben los socialistas, que para eso tienen más de cien años, que el tiempo pasa, que las cosas cambian, y que si se abre el portillo de reducir a escombros todo lo que no nos gusta de la Historia de España, a lo mejor ellos terminaban, algún día, viendo cómo las hormigoneras se llevaban por delante alguna que otra Casa del Pueblo. Por ejemplo, la que en Baleares les pagó, hasta el último mango, don Juan March (siendo ya contrabandista, como poco, de tabaco), que no sé si se la devolvieron con la democracia o si sigue siendo suya.

Pero, como digo, la razón no está en la iconografía del monasterio que, ya lo he escrito, es cuestión que no se va a resolver a menos que se deje trabajar de nuevo al espíritu de la Transición, que no buscaba otra cosa que el personal, simple y llanamente, llegase a no saber ni dónde queda el Valle de los Caídos, ni a qué caídos se refiere, ni ná. La principal razón para soportar la propuesta de que a Franco se lo lleven de allí tiene que ver con el hecho, para mí palmario, de que los países entierran en lugares públicos y singulares a aquellas de sus gentes que una mayoría o minoría razonable de ciudadanos considera merecedoras de ello. Aunque los mecanismos para ello no estén muy claros, yo creo que casi cualquier francés estará de acuerdo en que a Los Inválidos van a dormir los que los franceses quieren. Con las mismas, no creo que haya muchos florentinos que pongan en duda la selección hecha en esa iglesia de la ciudad, la Santa Croce creo, donde están enterrados, entre otros, Maquiavelo, Miguel Ángel o Giorgio Vasari. Si Benito Mussolini hubiese muerto Duce de Italia, podría haber ocurrido que su partido le hubiera hecho un sitio en ese templo, y nadie habría osado oponerse. Pero es un hecho que, algún día, habría que sacarlo de allí; porque en lugar excelso, ya lo he dicho, sólo permanecen las personas que el pueblo considera excelsas. Y para evitar diferencias y cachondeos, es por lo que las familias regias han inventado eso de los panteones reales, que son muy útiles a la hora de evitar los incómodos debates sobre si un rey fue bueno o fue una puta mierda.

Aunque entre Franco y José Antonio hay notables diferencias, tampoco se puede obviar que Primo de Rivera tuvo una labor importantísima después de muerto. De hecho, el Cid y José Antonio Primo de Rivera son, en mi opinión, los dos españoles para los que la labor tras su muerte es más importante; y, en esto, el fundador de Falange sobrepuja al jefe de patota castellana en mucho. Por mucho que sea obvio que Primo no tiene nada que ver, directamente, con la represión ocurrida tras el final de la guerra civil; y por mucho, también, de que falleciese antes de tener la ocasión de que le cayese el Estado en las manos, por lo que nunca podremos saber qué temperatura marcaba en realidad su termómetro de fascismo; por mucho que ambas cosas sean ciertas, digo, también lo que es que con el nombre, la figura, el sacrificio y los escritos de Primo de Rivera, se levantaron los muros de carga del franquismo (y yo, sinceramente, no creo que su presencia hubiese cambiado mucho esa teórica). Así pues, juzgar separadamente el franquismo y el primorriverismo, como acabaron por pretender los falangistas puros cuando la dictadura comenzó a dar sus últimas boqueadas, es como imposible. Si sale uno, habrá de salir el otro. Una más de las injusticias históricas cometidas sobre la persona de José Antonio; pero es que JAPR hace ya muchas, muchas décadas que dejó de ser una persona.

Eso sí: la salida de Franco no habría de servir para lo que debiera, que es para el famoso proceso de «cerrado de heridas». Ese proceso, que se supone es el objetivo de las organizaciones de la memoria histórica, en realidad es imposible de perfeccionar; y esto lo saben muy bien dichas organizaciones de memoria histórica, y es por eso que lo promueven. Yo no creo que haya nadie en el mundo que sepa exactamente a cuántos ucranianos civiles (vamos a dejar aparte a los que luchaban, para hacer la cosa más sangrante) masacraron los alemanes a su paso por aquel país. Pero, aunque lo supiéramos, aunque supiésemos que fueron exactamente 432.145, o 891.222, hay otra cosa que seguiría siendo imposible: desenterrarlos a todos. Por lo tanto, si la herida de un desafuero pasado sólo se cierra buscando a la víctima, identificándola, recuperándola y re-enterrándola o cremándola según deseo de sus familiares, las heridas, simple y llanamente, nunca se cerrarán. Ni las de la guerra civil, ni las del franquismo, ni las de la batalla de Azincourt, ni las de la Comuna de París, ni las de ningún proceso histórico en el que se disparasen, let's say, por encima de 150.000 balas.

Aquí podría escribir yo eso tan famoso de: «la culpa es de Zapatero». Lo que pasa es que no lo creo. Es cierto que pienso que el anterior primer ministro tomó este asunto como una forma relativamente sencilla de meter presión (tensión, tensión...) con un asunto que él creía inocuo y para el que entonces tenía pasta para aburrir; y que luego le estalló en las manos cuando los abogados del Estado le visitaron en Moncloa y le explicaron las muchas, muy complejas, y potencialmente lesivas para su partido et alia, derivadas jurídicas que podría suponer el gesto de dar audiencia a las avispas que el propio presidente había aventado, y que querían una ley con efectos retroactivos que anulase los actos jurídicos del franquismo. Todo ello, por no citar que la pasta para subvencionar zanjas y test de ADN hubo que empezar a gastársela en los parados, lo que acabó por mandar el momio a tomar por culo.

Yo no creo que Zapatero sea el culpable, porque Zapatero es la bala; y yo tiendo a creer que lo que mata, en realidad, no es la bala, sino la pistola.

Si aquel presidente del Gobierno pudo hacer lo que hizo, fue porque contaba con porciones muy elevadas de la opinión pública que iban a sostener esa idea de que, 65 años después de finalizada la guerra civil y 29 después de muerto Franco, todavía la reparación histórica de los actos de dicha guerra y del franquismo estaban pendientes. Y si esa idea prende, es, cuando menos en mi opinión, porque el primer sustrato del fondo del río, que es el debate histórico, está contaminado desde 1940, y ahí sigue.

No por haberlo escrito más veces voy a dejar de recordarlo una más: la II República y la guerra civil han servido, entre otras cosas, para que la historiografía española haya dado, y siga dando, uno de los espectáculos intelectualmente más lamentables que se puede imaginar. Ahí es nada: más libros, más análisis escritos que sobre casi cualquier otra cosa (hace ya muchos años que se estimaban en 40.000 los libros escrito sobre la República y la guerra, así que ahora andarán ya por encima de los 50.000); y, sin embargo, una confusión terminológica y epistemológica acojonante. No se trata, exactamente, de que tenga que haber una sola versión de los hechos; en la historiografía francesa no hay una sola versión sobre el régimen de Vichy, por poner un ejemplo. Se trata de la voluntad anuladora de las versiones contrarias que se detecta en la propia Historia. España no hace Historia sobre la guerra, sino que hace Historia en guerra, que no es que no sea lo mismo; es que una cosa es hacer Historia, y la otra, no.

La Historia es análisis del pasado; pero a veces se convierte en pieza del enfrentamiento presente. La guerra civil española del 36 no es un caso único. Hay otros donde, de hecho, las posiciones están mucho más enfrentadas. El caso quizás más brutal sea el de los historiadores chinos y japoneses, que son incapaces de llegar a un acuerdo mínimo en torno al episodio de la dominación de Manchukuo. El debate en España, además, ha pasado por dos fases muy claras: una primera en la que dominó la historiografía franquista y su cosmovisión; y otra en la que se ha tratado de imponer una historiografía con las vitolas de crítica y liberal que, en realidad, en no pocos casos está tan teñida de ceguera de parte como aquélla a la que ataca. De hecho, este enfrentamiento es el que justifica que hayan sido encumbrados al no va más de la calidad historiográfica los escritores hispanistas  (ergo no españoles), a pesar de que no pocas veces sus elaboraciones están pobremente documentadas, cuando no tan ideologizadas como las de cualquiera, lo cual les mueve a decir auténticas estupideces (como que, como me dijo uno de ellos en un debate internetero, los sucesos de mayo del 37 en Barcelona habían respondido «tan sólo a un conflicto sobre suministros»).

En estos tiempos, a través de gentes (que curioso: no historiadores, digamos, profesionales) como Andrés Trapiello, van levantándose velos sobre cosas; y lo realmente importante del dato es que sean cosas que, en el 2013, cuando cumplimos ya ochenta años de Casas Viejas, todavía sigan veladas. En el caso de Trapiello, me refiero a su cruzada por la recuperación de la figura y los escritos de Manuel Chaves Nogales; este mismo escritor, antes, había recuperado otra fuente normalmente olvidada en las bibliografías al uso (de hecho, no publicada durante tiempo) como son las anotaciones del diplomático chileno Carlos Morla Lynch.

Que Chaves Nogales haya permanecido siete décadas ignoto para el debate histórico lo dice todo de dicho debate y de sus etapas ya descritas: la franquista y la, digamos, liberal. El intento de silenciar a gentes así es el intento de silenciar a los pesimistas que veían claro que en la República había fuerzas muy fuertes que la querían derivar hacia una dictadura de izquierdas (argumento incómodo para quienes quieren sostener que el golpe del 36 lo dieron cuatro señoritos, ocho generales y un par de cardenales, en defensa de sus privilegios); pero que también vieron claro que ese primo de Zumosol que en julio del 36 se levantó y dijo «esto lo arreglo yo», en realidad venía para montar la que luego montó. Esa tercera España, tenuemente representada durante décadas por la penumbrosa figura de Salvador de Madariaga y su famosa monografía con argumentos de quita y pon según la edición que se compre; esa tercera España, digo, ha sido tradicionalmente preterida de la descripción de los hechos porque los descriptores de los mismos necesitan que no exista. Unos necesitan convertir la victoria de Franco en el resultado de una guerra de liberación, y otros necesitan que la II República, como decía el otro día en La Sexta un habitual contertulio de izquierdas, sea «el patrimonio democrático irrenunciable de todos los españoles». La historiografía común sobre la guerra civil española sólo funciona si podemos dividir el país en dos partes: los asesinos de García Lorca, por un lado; y García Lorca, por el otro. En el momento en el que tengamos que admitir la existencia de zonas grises entre ambos, el andamio se deshace.

La propuesta del PSOE trae causa de este estado de cosas. Lo dijo ayer mismo su redactor, Odón Elorza: nosotros votaremos que sí porque somos demócratas; otros ya se verá si lo son. Esto quiere decir: el PSOE puede plantear los temas en términos binarios porque el suelo que pisa también es binario. Porque en España, en términos de República, guerra civil y franquismo, o eres una cosa, o eres otra. Pero eso no es algo que inventen los políticos; lo han inventado los historiadores, y su pobre forma de acercarse al laberinto. Su empeño en convencernos de que el laberinto de la guerra civil es la avenida de los Campos Elíseos.

La marcha de Franco al cementerio de Ferrol o al panteón familiar si es que lo tienen donde lo tengan debería servir para centrar esta historia. Para dejar de pensar en Franco en tiempo presente cuando se escribe sobre él en tiempo pasado. Pero esto no va a pasar. La guerra civil se nos ha enquistado en el píloro de nuestras convicciones, y nos hemos condenado, nosotros solos, a resucitar, cada tiempo, al general Franco. Nunca dejaremos que se muera. Seguiremos siendo, Zeus sabe por cuánto tiempo, esa princesa Juana que paseaba por España el cadáver de su marido, esperando secretamente, en su locura, que un día se despertase, y el pasado se borrara.