lunes, noviembre 04, 2013

La senda de Dios (6: Siria-Caldea, o la omnipotencia)

Esta serie se compone de:

Algunas cosas a modo de introducción
In Tiberim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles
Egipto, o la inmortalidad


El camino de Dios hacia su existencia presente es difícil y complicado, pero prosigue sin descanso. Su siguiente etapa será Siria.

En Siria convivieron diversas religiones, aunque sin mezclarse, como una consecuencia lógica de la elevada fragmentación, tanto racial como orográfica, de la zona. Todas ellas conformaron un importante conjunto de panteones semíticos que, poco a poco, fueron llegando a Roma.

El primero de los dioses siríacos adorado en Roma fue diosa: Atargatis; que puede parecer, pero no es, la fenicia Astarté, que tenía un marido llamado Hadad. Los griegos siempre pensaron que Astarté era la principal diosa siria, y era por eso que no la conocían por este nombre, sino como Dea Syria. Según la descripciones de Luciano y de Apuleyo, los creyentes de Astarté vagaban por las vías romanas ofreciendo un espectáculo que no debía ser muy distinto de aquellos tipos que, años ha, cruzaban las ciudades de España cantando aquello de hare Krishna. Exactamente igual que en las creencias frigias, bailaban compulsivamente dando vueltas como peonzas, y practicaban la autoflagelación.

Pasadas las guerras romanas contra el rey Antíoco el Grande, el botín de las batallas, es decir los esclavos, fue repatriado hacia Roma. Fueron ellos los que trajeron la fe en los dioses sirios. Junto con ellos, llegaron aquéllos que los latinos conocerían como chaldaei, esto es adivinos del futuro que decían basar sus conocimientos en la astrología caldea. Su nivel de influencia entre las gentes rurales debió de ser tan grande que Catón previene a los terratenientes del problema, y les insta a echar a estos arúspices de sus tierras.

El tráfico de esclavos de Siria tenía su hub en la isla de Delos, donde la devoción por Atargatis era tan grande, que incluso griegos y romanos de origen la seguían. La gran rebelión de esclavos ocurrida en Sicilia en el año 134 antes de Cristo fue dirigida por un esclavo apameo del que se sabe era gran devoto de Atargatis. La influencia de este tipo de creyentes era enorme; el propio Cayo Mario se hacía aconsejar por una adivina siria. Por lo demás, el gran espaldarazo para la difusión de las religiones semíticas lo dio Julio quien, tras la conquista romana del área, nutrió no pocas de sus legiones con soldados provenientes de aquellos lugares. De hecho, aquellas levas pusieron en contacto a Roma con deidades realmente distantes, tales como Baltis, una Madre de más allá del Éufrates. Aziz, un dios proveniente de Edesa, en quien muchos han querido ver la figura de Lucifer. O Malakbel, el dios preferido de los soldados de la zona de Palmira. De todos éstos, sin embargo, quien más éxito tuvo fue un Baal de Doliche, conocido como Júpiter por los romanos, que llegó a tener adeptos incluso en las Islas Británicas.

Heliogábalo, el emperador adolescente que llegó al poder tras el golpe de Estado del año 218, era un devoto creyente de Baal de Emesa. De hecho, como muchos siglos antes, en Egipto, hizo Akhenaton, tenía el proyecto de convertirle en el dios principal de los romanos. Tenía una roca negra traída de Emesa que pretendía hacer el rey del panteón de dioses romano. Medio siglo después, Aureliano tuvo la misma idea, sólo que esta vez el dios patrocinado fue Sol Invictus, un hombre que ya se había manejado en los tiempos de Heliogábalo. Todo ello era de inspiración siríaca. De hecho, Aureliano importó las imágenes de Bel y Helios existentes en Palmira.

Un elemento que también tendría su éxito en la religión cristiana y que ya existía en las religiones semíticas fue el simbolismo animal del pez. Los sirios, de hecho, veneraban a los peces y a las palomas, lo cual es una cosa que tal vez nos suene. Atargatis era representada en forma de pez.

Con la llegada del imperio, poco a poco Atargatis dejó de ser la única diosa siria presente en Roma. Los comerciantes tomaron el testigo de los esclavos como difusores de sus creencias propias y extendieron nuevas creencias. Y así llegaron Adonis, el dios Biblos cuya muerte era llorada en la primavera; Balmarcodes, conocido como el dios de la danza; Marna, el dios de la lluvia en quien creían los gazaríes; o Maiuma, un dios marítimo que llegó a celebrarse mucho en Roma. Pero también llegó, de Damasco, el Jupiter Damascenus de los latinos, que no era otro que Baal. Hadad, el marido de Astarté, fue conocido como Iupiter Heliopolitanus, y fue venerado en un templo, considerado una de las maravillas del mundo, reconstruido por Antonino Pío.

No es el nombre y apellidos de los dioses lo que realmente importa de los cultos siríacos en una descripción del sendero de Dios. Lo realmente importante eran algunas características que tenían estas religiones y que, en conexión con el helenismo primero, y el cristianismo después, colaboraron para formar éste último. Debe hablarse, por ejemplo, de que las religiones sirias, al revés que otras con la única excepción de algunas creencias judías, no sólo admitían sino que admiraban la vida monacal, esto es, la reacción del creyente que toma la opción de aislarse del mundo, de no actuar en él, para estar más cerca de Dios. Resulta curioso, en este sentido, lo fácilmente que mucha gente, sobre todo desde el descubrimiento de los llamados Rollos del Mar Muerto, se inclina por pensar que Jesús podía ser un esenio (siendo, como es, bastante difícil de explicar cómo un esenio viajó tanto y se juntó con tanta gente no esenia); pero nunca reparan en que esos gestos que hace Jesús, eso de irse al desierto a meditar y a charlar con el Diablo, más que un gesto judío, es un gesto siríaco.

Otra cosa de enorme importancia que aportan las religiones de Siria al cristianismo es la simbología de la cruz. Y, para que se me entienda bien, no quiero decir que los cultos siríacos inventasen la iconografía de la cruz (que, de todas formas, bastante antigua sí que es: ahí está la cruz gamada, sin ir más lejos); lo que sí, de alguna manera, inventan, es la iconografía de adorar a un ser masacrado; adorar la masacre en sí.

Imaginad a un escultor, pintor o literato que quiere exaltar a su dios, Jesucristo. Obviamente, para esa exaltación escogerá, con facilidad, el hecho de que su dios murió y resucitó. Pero hay formas muy sutiles de abordar eso. Puede uno centrarse en el aspecto más positivo, y entonces esculpir a un Jesús que asciende a los cielos con estigmas en las manos. O puede representar el momento peor, aquél del sacrificio: a Jesús sufriendo clavado en la cruz.

Ahora echad un vistazo a los diferentes referentes icónicos existentes en museos y todo eso y tratad de encontrar imágenes de los primeros tiempos del cristianismo que recojan la figura de un hombre crucificado. El ejercicio os servirá para daros cuenta de que el protagonismo icónico de esa figura es un fenómeno relativamente tardío en el cristianismo. Y la razón de esa tardanza no es otra que la sociedad, incluso la sociedad creyente, de los primeros tiempos del cristianismo, abominaba de la figura de un dios que se había dejado torturar y matar por los hombres. Esto es claro si se es judío; a un hebreo, esa sola idea respecto de su dios le repugna. El dios de los judíos levanta los brazos y derriba los muros de Jericó y de lo que se le ponga por delante. Es un dios al que no le tose ni dios. Para aquellos judíos del siglo I, como a los actuales, la idea de un dios que envía a su hijo a la Tierra a sacrificarlo le parecería un chiste. Y, como sub-creencia judía en sus inicios, el cristianismo tampoco podía hacer mucho ruido con esa movida.

Hasta que llegaron los sirios, y entraron en contacto con el cristianismo. Las religiones sirias, asimismo en algún contacto con creencias que ya hemos visto, entendían el concepto de un dios muerto y sacrificado (siempre y cuando resucitara, claro). No sólo lo entendían, sino que lo convirtieron en objeto de culto, oponiéndose incluso a escuelas muy fuertes dentro del cristianismo, como el monofisismo.

Con todo, el principal mérito de las religiones siríacas es que sirvieron como caja de resonancia para teologías que tendrían una importancia fundamental en el cristianismo, como eran las creencias caldeas.

Todo este proceso, ya lo he dicho, hay que contemplarlo como un sendero. Los senderos tienen etapas. Normalmente, los amigos de lo paranormal y la mistabobía en general suelen tratar de hacernos creer que las religiones míticas, notablemente la egipcia, eran creencias muy desarrolladas cuyas potencialidades, simplemente, hoy desconocemos. Pero no es exactamente eso. Las religiones antiguas eran antiguas. Tenían fortísimas cargas de superstición y de creencia mágica, precisamente las dos cosas contra las que luchará a muerte el cristianismo en cuanto pueda. Llevan el germen de creencias, pero no son las creencias en sí.

Hasta ahora hemos visto a las diversas religiones frigias, tracias, egipcias y siríacas cotillear con diversas ideas que nos son muy conocidas. Notablemente, las ideas de la inmortalidad adquirida mediante la virtud en vida, que es la clave de bóveda del cristianismo en muchísima mayor medida que ideas como la Trinidad, que son más el resultado de luchas políticas y relaciones de dominación que acabaron en los púlpitos. Y lo que realmente hace sólidas esas creencias que encontramos en diversas esquinas del mundo mediterráneo es el contacto de las mismas con la escatología caldea.

Los egipcios, a pesar de adorar al Sol, miraban al suelo. Lo suyo era esperar las crecidas del Nilo, y dichas crecidas eran, de hecho, el gran don de los seres inmanentes en los que creían. Pero el pueblo caldeo era distinto. Ellos miraban al cielo. Ellos lo mapearon, ellos se dieron cuenta de que respondía a una determinada mecánica que adjudicaron a los dioses, en una creencia, que llamamos astrología, que es tan fuerte que sigue teniendo, a día de hoy, millones de adeptos en todo el mundo.

Esa observación del cielo, y el convencimiento de que su mecánica gobernaba las vidas de los mortales, llevó a caldeos a pensar, y en esto fueron los primeros, que allí arriba podría estar el reino de los dioses. Así pues, en una ruptura que fue fundamental para la evolución del hombre como ser filosófico, apuntaron la idea de que las almas salvadas por su pureza no pasaban al submundo, a vivir junto a dioses de la oscuridad; sino que subían al cielo, a vivir junto a dioses de la luz.

Esta teoría casaba perfectamente con las ideas, que se iban concretando antes del nacimiento de Jesús, de la inmortalidad del alma. Dónde iban a estar las almas inmortales salvo en el cielo, donde están los astros inmortales. Los caldeos desarrollaron ya una idea que, años después, en los tiempos de Carlomagno, retornaría su jefe espiritual, Alcuino de York: la idea de las siete esferas del cielo, que el alma traspasaba en su descenso hacia la Tierra, en el momento del nacimiento (hoy se dice, todavía, eso de estar en el séptimo cielo). Durante este viaje, hacia abajo en el natalicio, hacia arriba tras la muerte, el alma adquiría, o devolvía, las características de cada círculo, y no hay más que repasar los nombres de nuestros planetas para darnos cuenta de que ahí siguen, hoy en día, declarando cada uno su idiosincrasia según aquellas creencias viejas. En cada esfera, el alma debía de pasar por una puerta, guardada por un portero; de esta manera, el viejo mito de Caronte consiguió sobrevivir, hasta llegar a la simpática imagen de San Pedro guardando las puertas del cielo; todas ellas de naturaleza muy parecida. Aquellas almas, en virtud de su ídem, conocían las palabras de paso necesarias que habían de decir a cada uno de los guardianes de cada esfera, para poder pasar (detalle caldeo en el que yo creo ver un contacto con la escatología tradicional egipcia; pues el famosérrimo Libro de los muertos es, fundamentalmente, un compendio de fórmulas que el muerto-momia debe conocer y utilizar para superar las diferentes etapas a las que es sometido hasta el pesaje de almas; un apprach, pues, más mágico que teológico). Las fuertes influencias griegas se hacen ver en el hecho de que estas almas de los mitos caldeos todavía viajan, como las que pisaron la laguna Estigia, en compañía de un psychopompos, una especie de sherpa de almas, como lo es Hermes en los mitos griegos. Perdía el alma todas las características mundanas en este viaje, hasta pasar del séptimo cielo, cuando ya se convertía en esencia inmortal.

De esta manera, la especulación en su origen babilónica acabó penetrando en el mundo mundial, que diríamos hoy. En los siglos del imperio romano, su atractivo fue teológicamente tan potente que acabó por suplantar a casi todas las creencias existentes en la metrópoli. Durante un tiempo, los adoradores de Isis siguieron celebrando el descenso de los buenos muertos en los Campos Elíseos; pero la cosmovisión caldea era tan fuerte, que antes incluso de comenzar a brillar la estrella del cristianismo, el subsuelo de la Tierra había sido ya reservado para los pecadores.

Hay que tener en cuenta que lo que los caldeos denominaban Baal de los cielos, esto es la deidad que gobernaba las estrellas, pronto entró en contacto con las cercanas creencias persas, de modo que en tiempo de los aqueménidas ya se confundía con Ahura Mazda. Los romanos, al recibir creyentes de esta fe, dieron en llamar a este dios importado Júpiter Celestial o, simplemente, Caelus. Por lo demás, el hecho de que este Baal original que acabó sincretizándose con Júpiter viviese en la última de las esferas del cielo, allá en lo más alto, hizo que pronto sus creyentes lo llamasen El Altísimo, influyendo en este punto a los hebreos, que también le dedicaron este apelativo a Jehová. En ese caldo se terminó de inventar el concepto de un dios omnipotente. Lo que les llevó, también, la idea de un dios eterno, que había existido siempre, y que siempre existirá.


El siguiente paso de Dios, pues, fue construirse una casa allí donde el  hombre no podía llegar y, así, afirmar su eternidad, y su omnipotencia.