lunes, octubre 28, 2013

La senda de Dios (5: Egipto, o la inmortalidad)

Esta serie se compone de:

Algunas cosas a modo de introducción
In Tiberim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles


El Vaticano de la religión egipcia tardía, que por serlo pudo pasar a Roma, fue el Serapeum de Alejandría, fundado en su día por Ptolomeo Soter. En el Serapeum se veneraba al dios Serapis pero, en realidad, esta deidad, que tal vez ni siquiera era egipcia en origen (bien podría ser el Sar-Apsi caldeo), muy pronto se identificó con el viejo dios egipcio. Serapis, como Osiris, era el rey del reino de los muertos, en el subsuelo del mundo conocido, y compartía con sus habitantes la inmortalidad.

Si en algún lugar de la Tierra se ha hecho cierto eso que los Evangelios nos dicen Jesús le dijo a Cephas, lo que ates aquí quedará atado en el cielo, ese lugar es Egipto. La identificación de Faraón con la deidad era tan fuerte que, con cada gobernante de Egipto, era normal que se allegase un nuevo dios a la religión oficial, aquél al que el rey tuviese una especial afición; o, tal vez, lo que se producía era una preeminencia de algún dios ya existente en el lugar de donde venía el nuevo hombre de mando. Todo esto convivía (incluso, por cierto, en los tiempos de Akhenatón) con la pluralidad de dioses, con la que los egipcios se sentían muy cómodos. La situación, sin embargo, cambió con el contacto con las civilizaciones de los últimos siglos antes de Cristo, y notablemente la hebrea, que estuvo fuertemente implantada en el imperio. El contacto con los hebreos, y también con la cultura helénica, llevó a los ptolomeos a ambicionar una unificación de la fe nacional o, si se prefiere, el desdibujamiento de las diferencias entre el Alto y el Bajo Egipto, eternamente presentes en la doble corona que portaba Faraón.

Este proceso culmina, de alguna manera, con Manetón, el sacerdote egipcio autor de la lista de dinastías que se usa en todos los estudios sobre el antiguo Egipto, pero que fue mucho más. Según Plutarco, él, un tal Timoteo, y un tal Eumólpido de Eleusis, construyeron una fe conjunta para el pueblo egipcio que incluía elementos de la vieja religión del valle del Nilo y los misterios griegos. Todo era, como casi siempre en religión, política; lo que estaba detrás era el intento de los lágidas de construir un imperio capaz de jugar fuerte en el entorno mundial. De alguna forma, Manetón y su equipo estaban intentando hacer para sus reyes lo que siglos después haría Constantino con el imperio romano.

Fue por entonces cuando el antiguo idioma egipcio comenzó su decadencia, al ser adoptado el griego como idioma litúrgico principal (cambio que nos vino de coña, pues permitió la realización de la piedra de Roseta). Sin embargo, Isis y Osiris siguieron siendo el centro de aquella creencia, crecientemente identificados, conforme el Egipto lágida tomaba más contacto con su entorno, con Dionisio y Démeter. Y la cosa tiene su lógica. Dionisio y Osiris eran ambos dioses del inframundo. Ambos tenían un enemigo que los asesinaba y cortaba en trozos, y en ambos casos se producía la vital intervención de una diosa que coleccionaba esas partes para reconstruirlos milagrosamente. Siendo mitos tan cercanos, no había problema en que los griegos que poblaban aquel nuevo Egipto los adoptasen.

Griegos y romanos tenían una doble actitud respecto de los egipcios. Por un lado, respetaban en gran medida la magnificencia de sus templos que, verdaderamente, no ha vuelto a tener parangón en la civilización humana. Pero, por otro, rechazaron gran parte de su religión, porque la mayoría de los cultos egipcios, de origen animista y vegetal, le era extraña a las personas que se habían criado en un caldo que hoy llamamos clásico. Juvenal se burla con especial inquina de las supersticiones egipcias. Como consecuencia, el conjunto de creencias de los egipcios no viajó hacia el centro del mundo. Lo hicieron sólo sus deidades principales, aquéllas que tenían perfiles reconocibles sobre todo por los griegos, con lo que la exportación de la fe egipcia contribuyó, en gran manera, a deslizarla hacia el monoteísmo.

La religión egipcia salió de su país a partir de la irradiación política de los lágidas. La alianza alcanzada por los ptolomeos con Nicocreon, el rey de Chipre, llevó a éste a aceptar la creencia osiríaca. Y a Sicilia llegó cuando su rey Agatocles se casó con una hija de Ptolomeo I. Por su parte, Ptolomeo Euergetes hizo construir un templo a Isis en Antioquía, labor que fue entusiásticamente aceptada por el rey Seleuco Calínico. Por último, la amistad entre la Alejandría de Ptolomeo Soter y Atenas provocó que Isis acabase teniendo un templo al pie de la Acrópolis.

Isis, que era la diosa de los navegantes, fue diseminada por todos aquéllos lugares, que eran muchos, a los que llegaron los mercaderes egipcios. Y fue esta religión sincrética la que llegó a Roma. En puridad, es inexacto decir que Roma adaptó los cultos egipcios si por ello entendemos las creencias de ese Egipto antiguo en el que piensa todo el mundo. Lo que llegó a Roma fue una religión de base egipcia, pero desbastada de sus cientos de dioses menores, muy centrada en el tema del reino de los muertos y la inmortalidad, y notablemente sincretizada con las especulaciones griegas. Como hemos dicho, entró por el sur de la península, sobre todo de la mano de Agatocles, quien impulsaría la construcción de un Serapeum en Pozzuli, además de extender la creencia por Campania y Catania. En Pompeya, como sabemos bien gracias a los restos excepcionalmente conservados por la lava, había un Iseum.

El colegio de sacerdotes de Isis establecido en Roma afirmaba de sí mismo haber sido fundado en la época de Sila. Luego hubo resistencias. El Senado decretó cuatro veces (años 59, 58, 53 y 48, todos ellos antes de Cristo) el derribo de los altares isisíacos o osiríacos. La razón fundamental de esta oposición es que se trataba, al parecer, de una liturgia ligeramente blanda, digamos, con las costumbres y las acciones, lo que no casaba con la moral de los romanos. La segunda gran razón fue que Egipto y Roma pronto se hicieron enemigos. Egipto fue el gran aliado de Marco Antonio; de haber ganado él la batalla de Actium, podrían incluso haberse convertido Osiris e Isis en los dioses oficiales de Roma. Pero no fue él quien ganó, y quien terminaría por imponerse en Roma, el frío y calculador Augusto, odiaba a aquellos dioses procedentes de la tierra de Cleopatra. En el año 28 antes de Cristo, una ley prohibía la erección de altares a las divinidades egipcias dentro del pomerio, y algunos años después Agripa incluso extendió aquel radio. Tiberio salió de la misma rama, y en el 19 AC persiguió a los sacerdotes de Isis con especial e inquisitorial saña sanguinaria.

Pero todas estas cosas, como suelen decir los historiadores, no son otra cosa que pruebas de lo fuertes que eran estas creencias en Roma. Uno no persigue algo que no tiene vigencia.

Cayo Calígula cambió todo esto. Siendo como era una persona criada en el ambiente siríaco, en modo alguno ajeno a la influencia egipcia, cuando llegó al imperio construyó con bastante rapidez un templo a Isis Campensis. Más tarde, tanto los flavios como los antoninos y los severos pasaron de soportar las creencias egipcias en Roma, a ser decididos partidarios de ellas. Domiciano levantaría otro templo a Isis pero, sobre todo, la gran iniciativa fue la de Caracalla, que levantó el suyo en pleno Quirinal, en el centro de la ciudad.

A comienzos del tercer siglo de nuestra era, las creencias egipcias alcanzaron su clímax en Roma, pero pronto chocaron con el cristianismo victorioso. En el año 391, el patriarca alejandrino Teófilo hizo quemar el Sepapeum de la ciudad, después de un acto en el que él mismo había asestado el primer golpe de hacha a la estatua del dios. Tal y como Hermes Trimegisto había profetizado, Egipto perdió a sus dioses, en algún momento entre el reinado de Teodosio y el de Justiniano.

La teología, si así se le puede llamar, egipcia, estaba sin embargo llamada a crear algunos de los elementos que el paganismo legó al cristianismo para convertirlo en religión universal ganadora. Importante entre estos elementos fue su adaptabilidad; pero, sobre todas las cosas, lo fue su teología de la inmortalidad.

La religión siempre requiere de cierto grado de hermetismo y rigidez. Las religiones son nacionales, locales, raciales. La última gran religión surgida en el mundo, es decir la musulmana, lo demuestra muy bien. Aquél que es ajeno al entorno de donde surge una creencia y la quiere adoptar, tiene que hacer algunos ejercicios de travestismo y renuncia; y aun así a veces no es propiamente aceptado dentro de la creencia, como les pasa a algunos conversos al judaísmo. Por muy universal que quisieran ser aquellas creencias de la era pagana, no dejaban de presentar sus obstáculos a la llegada de gentes de lugares del pensamiento muy distantes de sus cosmovisiones. Pero no la religión egipcia. Más de veinte siglos de extremada variedad, en una nación asimismo variada, habían enseñado a la fe egipcia a ser adaptable a lo que hiciese falta. Isis y Osiris eran los dioses nacionales de un país que abarcó desde las orillas del Mediterráneo hasta Nubia; y eso es mucha, pero mucha diferencia. Para hacer que todas esas gentes creyesen en cosas razonablemente homogéneas, la religión egipcia tuvo que hacerse flexible como una goma. Osiris, como Mitra, del que ya hablaremos, son dos ensayos de catolicismo; porque católico quiere decir universal.

Isis, carente de características que la pudieran enfrentar con otras diosas y al mismo tiempo dotada de una liturgia atractiva (hágase notar que los romanos pronto la identificaron con su diosa más divertida, es decir Venus), fue identificada con casi todas las diosas con las que tuvo contacto, hasta convertirse en una deidad panteísta. Una quae est omnia, decían los latinos; una que al tiempo es todo. Separio/Osiris, por su parte, también experimentó el mismo proceso de identificación con todos, que también llevó a la convicción de que era todos, convirtiéndose con ello en un ensayo de dios único.

Con el tiempo, conforme las creencias egipcias residieron en Roma, en contacto con las especulaciones grecorromanas, perdieron buena parte de sus elementos vitalistas para pasarse con armas y bagajes al partido de la pureza. Es entre los creyentes de la vieja religión egipcia donde nace el concepto de que la renuncia a los placeres impuros de la vida acerca al hombre a su divinidad. Siendo Osiris el rey del mundo de los muertos, esta idea de la pureza personal como un camino hacia la divinidad lleva rápidamente a la idea de la retribución de esa pureza en vida con la inmortalidad tras ella. Es Egipto, pues, quien integra con el paganismo la idea de que la vida es como la sucesión de unos hechos que, una vez considerados en su totalidad, llevan a la recompensa o al castigo; una idea que estaba ya más que implícita en la ceremonia del pesaje del alma en la que los egipcios venían creyendo de mucho tiempo atrás.

La creencia egipcia cambió radicalmente el tono y el hecho de ser creyente. Un escritor griego, Porfirio, se extraña de que los creyentes de Isis no amenacen a sus dioses al orar. En efecto: en la religión grecorromana, y en parte incluso en la judía, Dios es un señor que puede actuar mal por razones muy diversas y al que los ritos, los sacrificios y el respeto a sus leyes meten, por así decirlo, en vereda. Las creencias egipcias, en cambio, no creen en eso; creen en un dios que es un juez, y colocan sobre los hombros del hombre la labor de hacerse acreedor de una sentencia favorable.

Los sacerdotes egipcios, que son los intermediarios entre el hombre y Dios en esta relación que ahora es mucho más difícil que matar un cordero en Pascua, se tonsuran como lo harán los sacerdotes cristianos, y llevan túnicas de lino que anuncian las casullas. Y ellos son los que comienzan a decirle a sus feligreses una frase que está llamada a tener un gran éxito y a modelar la moral del hombre durante siglos: Dios te ve en todo momento.

La religión egipcia se extendió rápidamente por Italia por puro márquetin: era un producto que ofrecía lo que nadie había ofrecido antes que ella: la inmortalidad del alma.


El siguiente paso en la senda de Dios, pues, fue decirle al hombre: «yo puedo hacer que seas inmortal».