jueves, agosto 29, 2013

Reflexiones en torno a la intervención de un tercero en una guerra civil

Desde que comenzaron los disturbios de este verano en Egipto, venía yo comentando en Facebook cosas; textos en los que acababa, de una forma u otra, hablando de la guerra civil española. Finalmente, alguno de mis amigos acabó por preguntarme, de frente y por derecho, si realmente yo lograba ver algún tipo de similitud entre ambas situaciones. Leyendo esa pregunta me di cuenta de que sí, de que las veía; y más que las veo ahora que el foco de interés se ha desplazado a Siria y la posible intervención americana. Pero, claro, estas son cosas que hay que explicar.

No es la primera vez que digo, y no será la última, que la Historia sufre las consecuencias de la tendencia que todo ser humano con ideología (o sea, todo ser humano; hasta quien cree no tenerla) tiene a interpretar la realidad de forma que no ponga en cuestión o en peligro los presupuestos de dicha ideología. Este deseo es el que lleva a las personas a confiar en explicaciones sencillas de la realidad. Un fenómeno químico no se puede explicar con eficiencia diciendo que «coges una cosa azul, la echas en una transparente, y entonces sale un poco de humo y el líquido se pone rojo». Pero la Historia sí. De hecho, lo que la mayor parte de la gente sabe (y quiere saber) de la Historia se asemeja bastante a la descripción que acabamos de hacer de la mezcla de dos compuestos químicos. A quien describe le importa un bledo la composición de la cosa azul y de la transparente; datos ambos que son fundamentales para entender por qué se produce una reacción exógena y un cambio de color. En Historia ocurre mucho esto; en realidad, ocurre constantemente, porque la Historia es un campo del saber que está mucho más tiznado de ideas que la química (lo cual no le impidió a Daniel Cohn-Bendit, en el curso de las sagradas jornadas de Mayo, decir que la ciencia estaba al servicio del Estado burgués, y que había que enseñarla de otra forma).

Que la guerra civil es uno de esos asuntos que parece haber nacido para ser pasto de generalizaciones es bastante obvio. En términos generales, la Historia de la guerra civil, tal y como la conocen la mayoría de quienes la conocen, se basa en conceptos sencillos para los que no se admiten matizaciones, mucho menos enmiendas a la totalidad. El concepto de que todas las fuerzas republicanas eran demócratas en el sentido actual, es uno de ellos. El concepto de que Azaña tenía razón y la mayoría de los españoles quería la reforma religiosa que se abordó en la Constitución del 31, es otro (y muy importante; porque matizarlo, o enmendarlo, vendría a suponer admitir la idea de que Azaña, a quien se tiene por uno de los políticos más profundos de nuestra Historia, era en realidad un señor que se regía no pocas veces por conceptitos de la Señorita Pepis; y defender esta trinchera es una conditio sine qua non de bastantes historiadores).

Pero hay otro concepto, o más bien la interacción de tres sub-conceptos, que es el que me interesa en este post. Se trata, como digo, de tres afirmaciones entrelazadas que, juntas, conforman un concepto. Y que se podrían expresar así:

1) La República perdió la guerra civil porque no recibió la ayuda de las potencias europeas.
2) La no-intervención es el mero resultado de un egoísmo de quienes deberían haber decidido la intervención, incluso contrario a su opinión pública.
3) Al final, la no-intervención fue inútil, porque lo que pretendía parar, la guerra mundial, no lo paró.

La interacción de estos tres sub-conceptos nos permite obtener una explicación bastante sencilla para el inexplicable dato al que la historiografía hispana lleva 80 años intentando encontrarle una explicación: que la República perdiese la guerra. La guerra se perdió porque unos recibieron ayuda, y otros no, y, last but not least, porque las democracias europeas no se embarcaron en la defensa de la democracia en España.

Y aquí es donde los temas se abrochan, bastante, con el presente.

El presente, a mi modo de ver, nos enseña que en esta explicación histórica hay un error de base, que puede parecer inapreciable, pero está ahí. La afirmación «Francia e Inglaterra deberían haber intervenido en la guerra civil española» está partiendo de la base de que intervenir en la guerra civil de otro país es algo que está chupado que lo flipas. Pero la verdad es que no es así. Ni de coña, vamos.

La reacción de los militares egipcios contra el presidente al-Mursi y los Hermanos Musulmanes viene a ser una buena demostración de que hay una parte del razonamiento que falla. Esta parte es aquélla que dice que las democracias europeas deberían haber defendido la democracia española. Para que esto sea así de fácil, tiene que producirse una situación en la que las democracias siempre defiendan democracias. Pero eso no es lo que ha pasado en Egipto. Lo que ha pasado en Egipto nos ha permitido a todos, a poco que estemos mínimamente conectados en Facebook y en Twitter, contemplar cómo demócratas sincerísimos y de toda la vida aplauden un golpe de Estado.

La correlación estricta «demócrata inglés defiende a demócrata español» es incierta, como es incierto calificar de solución democrática al hecho de que un jefe militar se alce contra los excesos de un gobernante elegido por los votos, y se haga con el poder político merced a la promesa de corregirlos (cosa que los militares siempre hacen sin fecha clara; el general al-Sisi no ha hecho nada muy diferente de lo que hizo el general Primo de Rivera, que se tiró siete años).

Hay un argumento claro para que creyentes en la democracia, dentro y fuera de Egipto, hayan vitoreado a unos helicópteros que llegaron, cuando menos de momento, para dejarles sin ella. Ese argumento tiene que ver con los excesos sectarios de los Hermanos Musulmanes en el poder, que estaban, fundamentalmente, creando una Constitución a la imagen y semejanza de sus filias y fobias, diseñada para cualquier cosa menos para integrar a sus adversarios políticos, que es lo que debe hacer una Constitución.

Pero es que, en este terreno, se pueden recordar muchas cosas. La primera de todas, que la Constitución republicana de 1931 tiene, desde luego, muchas virtudes; pero la de ambicionar la integración de «el otro» no está entre ellas. Y que, si la Constitución de todas formas pudo salvar los muebles, desde luego la Ley para la Defensa de la República no lo hizo en lo absoluto. La República, dicho sea en llano, aprobó  una ley por la cual todo aquél que el ministro del Interior no considerase suficientemente republicano podía ser castigado por él mismo (ni siquiera por los jueces); sus posesiones podían ser intervenidas, sus periódicos cerrados e, incluso, la propia persona podría ser desterrada.

Hay más, desde luego. Por ejemplo, en el debate sobre orden público del 16 de junio de 1936, José María Gil-Robles se refirió a informaciones publicadas en la prensa inglesa según las cuales los conductores interurbanos eran parados en España por partidas alegales de militantes de izquierdas armados, los cuales les conminaban a realizar aportaciones «voluntarias» al Socorro Rojo Internacional.

Otro elemento que se podría recordar aquí es el hecho de que el Frente Popular, cuando ganó las elecciones del 36, lo hizo prometiendo el excarcelamiento de los detenidos por el golpe de Estado revolucionario del 34. Pero no es que lo cumpliese aprobando una amnistía; lo hizo abriendo, simple y llanamente, las cárceles, en un acto alegal que precisamente por esa alegalidad tiene poco de democrático. Para cuando Azaña firmó el decreto de amnistía, muchos de aquellos presos (y de paso todos los comunes; los ladrones, los hostiadores de tías, los pederastas, los violadores) estaban en la calle, como bien cuenta Pasionaria en sus memorias de la cárcel de Oviedo; que abrió ella misma de par de par, sin existir apoyo legal alguno para el gesto, acompañada por otra persona que había sido elegido diputada como ella.

Last, but not least, aunque jorobe un poco recordarlo, el régimen republicano fue un régimen en el que un grupo de policías cabreados fueron a la casa de un diputado aforado, lo secuestraron, en lo que paraban en un semáforo le pegaron un tiro, lo dejaron tirado en la puerta del cementerio y, ojo que aquí está lo importante, jamás fueron juzgados, prácticamente ni siquiera interrogados, al respecto. Aquellos tipos estaban cabreados a causa del asesinato de un compañero suyo, el teniente Castillo. Castillo había protagonizado, el 15 de abril de 1936, una dudosa actuación durante los disturbios en la plaza de Manuel Becerra en el entierro del alférez Anastasio de los Reyes; disturbios durante los cuales disparó a quemarropa sobre un joven civil de 19 años que estaba desarmado, Miguel Llaguno. Lo realmente alucinante de esta historia es que Castillo fue asesinado apenas dos meses después cuando se dirigía al trabajo. Esto es: jamás fue juzgado, ni siquiera suspendido cautelarmente, tras haber disparado sobre Llaguno.

Que los Hermanos Musulmanes albergaban, y albergan, el proyecto de hacer de Egipto un Estado islamista en el que todas las demás sensibilidades de los creyentes de Alá no tengan ni puñetera cabida, no lo tengo en lo absoluto en duda. Pero, que yo sepa, todavía no habían llegado al punto de haber aprobado leyes proscribiendo de facto de la vida pública a los no integristas; todavía no habían intentado hacer el país suyo generando patotas de activistas armados que, un suponer, solicitasen, arma en ristre, «gavelas voluntarias» a los muchos turistas de Karnak y de Luxor; todavía no habían practicado la simple y pura justicia parcial hacia los excesos islamistas practicados por su propia policía; y todavía no habían practicado el asesinato impune de políticos de la oposición, con la anuencia silenciosa de los resortes del Estado.

Si no habían hecho todavía nada de esto y, aun así, para tanta gente la intervención del ejército ha estado justificada, ¿por qué los ciudadanos demócratas de Francia e Inglaterra deberían considerar, en 1936, que había que apoyar una implicación de sus países en la guerra civil española, en defensa del Frente Popular (que no de la República; porque todo lo que era República y no era Frente Popular, con algunas excepciones como Luis Lucia, se puso del lado que se puso)?

El otro ejemplo que nos aporta el presente más rabioso es Siria. En Siria hay una guerra civil cuya composición es compleja y confusa. No está del todo claro exactamente de qué van los dos bandos, de qué se componen y cuáles son las razones de cada uno para agredir al otro. En esto ya hay una primera lección. Cualquier persona que esté inmersa en una guerra civil deberá asumir, si quiere tener una imagen adecuada de su entorno internacional, que las imágenes e informaciones que dentro pueden ser precisas, fuera son tibias y desdibujadas. Es más: el espectador exterior, a la hora de juzgar los hechos que ocurren en un tercer país, no hace grandes esfuerzos de comprensión, y se guía por hechos más bien epidérmicos. Así, en la polémica sobre si Estados Unidos puede, tiene derecho, o debe bombardear Siria, se ven posiciones de personas que, por ejemplo, rechazan esa intervención porque la va a hacer Estados Unidos (y ellos son antiamericanos). Otros, porque la oposición a la que favorece el debilitamiento de al-Assad son «los de Hamas y al-Quaeda» (cito de cosas que he ido leyendo) y, por lo tanto, nos vamos a hacer un pan con dos tortas.

Tenemos que tener en cuenta tres cosas, pues: una, que, como acabo de comentar, la idea que se hacen las sociedades de «lo que pasa» en el país problemático de turno es bastante imprecisa. Dos, intervenir supone implicarse: mandar cosas o personas; eventualmente, tener víctimas. Tres, no intervenir supone exactamente lo contrario.

La conjunción de estos tres hechos nos llevará a una conclusión clara: si hablamos de un país y su relación con otro en el que hay una guerra civil, lo que encontramos es que los consensos en torno a no hacer nada son mucho más sencillos que en torno a hacer algo.

Una sociedad que no ha sido agredida es mucho más proclive a aglutinarse en torno al concepto del «no» que en torno al concepto del «sí»; y, cuando se produce la agresión, las tornas son exactamente las contrarias. Obsérvese, sin ir más lejos, que en una España que estaba gobernada exactamente por los mismos que hoy en día (aunque los actuales tienen, eso es cierto, un afán de protagonismo internacional mucho menor) las fuerzas de izquierdas no tuvieron problema a la hora de aglutinarse en torno a un No a la guerra; pero, en el momento presente, esas mismas fuerzas están divididas entre el no, el sí, y el sí pero. Ésta es la razón por la cual no habría habido implicación norteamericana en la segunda guerra mundial de no haber existido Pearl Harbor; mientras la guerra no iba con ellos, los americanos querían aislacionismo; y si Hitler masacraba judíos o los camicie nere mataban a hostias a gente por la calle, what me worry? Dentro de esas mismas izquierdas que hace años bramaron porque EEUU se estaba inventando lo de las armas de destrucción masiva y pasando de la ONU, hoy se ven posturas de quienes no le hacen ascos a una intervención antes de que el uso de armas químicas haya sido adverado e incluso, en arabescos conceptuales acojonantes, casi conciben el Consejo de Seguridad como un estorbo.

Yo, sinceramente, no sé de dónde se sacan cierta historiografía española y sus diversos fanboys la idea, más o menos connotada en las cosas que dicen, escriben y opinan, de que a Reino Unido no le habría costado nada montar una intervención británica en la guerra española; la idea, pues, de que la sociedad británica lo habría entendido sin fisuras o al menos en una mayoría suficiente. Insisto en que, estructuralmente hablando, a todo gobierno siempre le será más fácil encontrar consenso en torno al no que al sí. Pero es que, además, hay que tener en cuenta el fuerte componente antibélico que había tenido la oposición laborista durante toda la década de los treinta, unido a la convicción de los políticos de que Reino Unido no estaba preparada para un enfrentamiento bélico a gran escala. A todo ello hay que unir un hecho que desde España recibe todos los parabienes del mundo y que, sin embargo, yo juzgo fundamental a la hora de inclinar la balanza británica a favor del no: las brigadas internacionales.

Juan Negrín, a lo largo de su convulsa vida de exiliado tras la guerra civil, se peló los labios de dar conferencias e intervenir en debates varios diciendo que nunca le habían gustado las brigadas. Él, que había estado al frente del gobierno al que supuestamente las potencias europeas deberían haber prestado su ayuda; él, que por razón de sus querencias personales y su poliglosía estaba muy presente en los asuntos exteriores de la República, sabía bien lo mucho que aquel proyecto del Partido Comunista había obstaculizado ese concepto de «demócrata ayuda a demócrata». Con los años, las décadas y la memoria histórica y bla, los miembros de las brigadas internacionales se han convertido en «combatientes por la libertad». Pero no eran exactamente eso. Eran combatientes por el comunismo, hasta el punto de tratar bastante mal a los despistados ácratas que se apuntaban al proyecto e incluso, si hemos de creer al socialista Justo Martínez Amutio, fusilar a varios de ellos. Con la leva y envío de las brigadas internacionales, el PC salvó, se dice, Madrid; pero, desde luego, en lo que se se refiere a conseguir otro tipo de brigadas internacionales que se uniesen a aquéllas, la República lo perdió todo. Exactamente igual que hay personas que rechazan la intervención en Siria, sin querer saber más, por el simple hecho de que «la hacen los Estados Unidos» (y la rechazaban en Serbia, a pesar de que periodistas y ONGs regresaban de Bosnia pidiéndola a gritos), el núcleo duro de la sociedad británica jamás habría aceptado que our boys se fuesen a jugar la vida codo con codo con los comunistas, o se implicasen vía venta de armas (armas que, por cierto, Reino Unido básicamente no tenía, y por eso las estaba fabricando aceleradamente).

El caso de Francia es aún más obvio, teniendo en cuenta que en aquel país existía una fortísima opinión pública de derechas, que no es que dudase sino que tenía muy claras sus simpatías por los golpistas; y un Frente Popular que tenía que tener en cuenta esa presencia casi cada día. Para colmo, como plañideramente se quejó José Antonio Aguirre en un informe al gobierno durante la guerra que activó las tímidas e inútiles negociaciones de la República con el Vaticano, para colmo, digo, la actitud del bando republicano hacia la Iglesia hizo que la mera idea de que Francia pudiese decidir una ayuda a la República consistente en enviar tan sólo un oficinista despistado para que cortase los teletipos en el Ministerio de la Guerra, aparece como un chiste.

En ambos países, en todo caso, las mayorías sociales silenciosas, esos tipos que ni salían a la calle para hacer cuestaciones por la República ni organizaban misas a favor de Franco, carecían de aliciente alguno para decantarse de lado de una intervención en la guerra española. Como ocurre ahora con Siria, y ocurrió incluso en Libia antes.

Así pues, como digo, esa idea que se trasluce de vez en cuando en comentarios y escritos, según la cual un tipo como Neville Chamberlain no habría tenido ningún problema en ir al Parlamento y anunciar la implicación del país en la guerra española a favor de uno de los dos bandos, es una idea compuesta de grandes cantidades de optimismo histórico, pero cero realismo.

Las potencias democráticas europeas, en todo caso, tenían otras razones para no intervenir. En realidad, es que durante aquellos tiempos miraron poco hacia España, porque tenían la vista puesta en otra esquina de Europa. De esto prometo que hablaré pronto.