miércoles, agosto 28, 2013

Doping (5: a peor)

La situación del doping en los juegos de Moscú fue tan escandalosa que acabó por convencer al príncipe De Merode de que había que hacer algo, y hacerlo ya. Su primer paso en este sentido fue negociar con la IAAF, es decir la federación internacional de atletismo, un acuerdo para que los controles antidopaje se realizasen no sólo durante los Juegos Olímpicos, sino también en los años intermedios. Es obvio que el COI no era nadie para realizar comprobaciones en competiciones no olímpicas; ésta es una labor que le correspondía, en el atletismo, a la IAAF, y la aceptó, siquiera parcialmente. Además, admitió la inclusión de la testosterona entre las sustancias prohibidas. Pronto, sin embargo, el deporte mundial acabaría por darse cuenta del fuerte componente estético de estos pasos.

En 1983 se celebraron en Helsinki los Campeonatos del Mundo de atletismo, y las sospechas son muchas de que la inmensa mayoría de los atletas acudió hasta la ternillas de droga. Los récords mundiales cayeron como moscas. Así las cosas, cuando ese mismo año se celebraron en Venezuela los juegos Panamericanos, la IAAF endureció las condiciones del dopaje. La consecuencia fue inmediata: doce atletas estadounidenses, directamente, no se presentaron a las competiciones. De los que fueron, muchos dieron positivo. Y, en el caso del equipo USA del halterofilia, cuando se supo que los medallistas serían chequeados en todo caso, los atletas, repentinamente, fueron incapaces de levantar aquellos pesos que les habrían dado medalla.

Estos hechos no son casuales. Si alguien estaba jodidamente presionado en 1983, ése alguien era el USOC, el Comité Olímpico estadounidense. Al año siguiente, los juegos eran en su casa, en Los Ángeles. Ronald Reagan, en la Casa Blanca, lideraba una revolución conservadora que estaba decidida a darle el último golpe de riñones a la Guerra Fría. Moscú había sido un paseo militar de los atletas soviéticos o de su galaxia…

A toro pasado de los juegos de Los Ángeles 84, el propio comité olímpico estadounidense confesó que no menos de 86 atletas USA habían dado positivo en diversas pruebas anteriores a las Olimpiadas, incluidos diez que lo hicieron en los mismísimos trials, sin que se hiciera nada para impedirles competir. Por lo demás, los juegos de LA se habían montado, como siempre que se hacen en Estados Unidos, para ganar pasta; y sus organizadores tenían el precedente, apenas ocho años antes, de los muy ruinosos juegos de Montreal (además de sospechar que los beneficios de Moscú no podían haber sido nada del otro mundo). En ese contexto, contemplaban  el trabajo en costosos controles masivos como algo fuera de toda lógica económica y, por ello, consecuentemente presionaban para que no se diese mucho por saco con el tema del dopaje.

A estos factores se unía otro igual de importante. En 1980, es decir el año de los juegos de Moscú, el COI había elegido presidente en la persona del español (o catalán, según se mire) Juan Antonio Samaranch. Samaranch era un diplomático excelentemente bien relacionado en quien se valoraban habilidades como haber sido un alto funcionario del franquismo y haber sobrevivido a su desaparición y, sobre todo, el de haber sido, como consecuencia de dicho estatus profesional, embajador en Moscú. Samaranch, por lo tanto, fue el hombre seleccionado por el movimiento olímpico para mantener a dicho movimiento extramuros de los grandes conflictos geopolíticos mundiales. Fue para eso para lo que lo eligieron, además de para que convirtiese el olimpismo, de una vez por todas, en un negocio redondo.

Ambos objetivos los cumplió. Yo diría que con creces. Si, por el camino, sacrificó lo poco o mucho de limpieza que quedaba en las competiciones, eso ya es algo que los amantes del deporte tendrán que valorar en positivo o en negativo. Yo, que carezco de espíritu olímpico y que de hecho tiendo a ver el movimiento olímpico como un club de millonarios que un día se divirtieron compitiendo en unos juegos, y que ya talludos tratan de ser más millonarios aun; yo, digo, desde esos confesados pensamientos, creo que la estrategia de Samaranch de no malquistarse con nadie, de darle a todo el mundo lo que quiere, acabó con los últimos restos del sueño del barón de Coubertin que, desde entonces, se ha convertido en un mero soporte para la venta de unos derechos televisivos, y poco más.

Como un ex ejecutivo del COI (Michael Payne, responsable de márquetin) expresó muy bien, Samaranch, en aras de su objetivo mayor de mantener la unidad del movimiento olímpico, se dedicó a «mirar hacia otro lado cuando se producían indiscreciones». El abogado canadiense Dick Pound, que llegaría a encabezar la agencia mundial antidopaje, ha dejado dicho que a Samaranch todo aquello de la lucha contra las drogas en el deporte le parecía un obstáculo; algo que podía dañar la imagen del movimiento olímpico.

El USOC colocó al frente de la organización de los juegos a un empresario (el antiguo CEO de la First Travel Corp., Peter Ueberroth), y no falló: los juegos arrojaron un beneficio oficial de 250 millones de dólares, poniendo, a partir de ese momento, los dientes largos a falanges enteras de políticos, alcaldes y primeros ministros del mundo entero, que, en su estulto esquematismo, tienden a pensar que todo el monte es orgasmo y que cualquier Olimpiada derramará cascadas de pasta (curiosamente, si algo enseña Los Ángeles es que para que unos Juegos sean negocio, lo primero que hay que hacer es quitar de encima de ellos las zarpas de los políticos y resto de representantes de la res publica). El propio Ueberroth ha contado que el objetivo se lo marcaron desde el principio: que los juegos no le costaran un duro al contribuyente. Aceptó el reto, y lo cumplió. Lo cumplió, él mismo lo ha dicho, siendo muy sistemático en la gestión presupuestaria. Lo cual, mutatis mutandis, quiere decir, entre otras cosas, desplazando los costosísimos análisis antidopaje a un segundo, si no tercer, plano. El organizador de los juegos presionó para que los positivos anteriores a la celebración no se hiciesen públicos, para así no dañar el proceso, importantísimo para aquellos juegos, de allegamiento de fondos privados. Además, le puso la proa a los test de cafeína y de testosterona, aduciendo que su eficiencia no estaba científicamente demostrada. Finalmente, tuvieron que tragar con ambos controles, aunque inmediatamente surgió un nuevo problema cuando se supo que cada vez más atletas parecían estar usando la conocida como hGH o human Growth Hormone; la famosa hormona del crecimiento de la que aun hoy se habla, sobre todo en foros balompédicos.

Otro problema fue que los representantes del Bloque del Este presionaron para que los análisis se duplicasen: uno en un laboratorio allende el Telón, y otro aquende. Al final no hizo falta desarrollar esto porque, como se sabe, se acabó yendo al boicot; tras el cual, los americanos respiraron aliviados, acojonados como estaban con que la RDA les diese hasta en el cielo de la boca en su propia casa.

Así las cosas, Estados Unidos se paseó por sus juegos. Incluso en disciplinas donde nunca había brillado, como la gimnasia deportiva, se permitió el lujo de epatar al mundo. Se llevó 83 oros, 61 platas y 30 bronces, que se dice pronto. En todos los juegos, doce atletas dieron positivo; ninguno de ellos estadounidense. Y pasaron cosas muy raras. La mayoría de la documentación relativa a las pruebas nunca llegó a manos del COI; según algunas versiones, porque se perdió camino de Lausana; según otras, porque fue destruida. Dick Pound, a quien ya hemos citado, atribuyó éste y otros juegos sucios a una suerte de entente entre Samaranch y el presidente de la IAAF, el italiano Primo Nebiolo.

Los juegos de Los Ángeles supusieron un avance clarísimo; pero no para el antidopaje, sino para el dopaje, puesto que nuevas y sofisticadas técnicas se pusieron en juego. Herman Falsetti, un cardiólogo norteamericano, realizó una trasfusión de sangre a cinco ciclistas antes de correr las finales de su especialidad. Se subieron al cajón. Buena parte de los pentatletas de aquellos juegos habían usado betabloqueantes (que habían sido permitidos por el COI por motivos terapéuticos).

El COI, en 1985, anunció campanudamente un endurecimiento de las pruebas antidoping. Ese mismo año, sin embargo, el festival deportivo nacional de Baton Rouge dejó bien claro que la negociación con las federaciones deportivas había sido tan dura que el plan había tenido que ser seriamente matizado; entre otras cosas, porque para sancionar a un atleta, diesen lo que diesen los análisis, hacía falta el nihil obstat de su federación nacional correspondiente. Los Juegos de la Amistad de 1986, en Moscú, fueron elegidos por la URSS para demostrar que si hubiesen ido a Los Ángeles lo habrían ganado todo; consecuentemente, sus atletas eran cestas hiperventiladas de anabolizantes. En 1987, durante los campeonatos nacionales de atletismo al aire libre en San José, la federación de atletismo USA se negó a sancionar al campeón de disco John Powell aduciendo tecnicismos. En los campeonatos del mundo de Roma hubo barra libre de drogas. Sin ir más lejos, Charlie Francis, entrenador del esprínter canadiense Ben Johnson, no ocultó que su pupilo había tomado Probenecid, un compuesto capaz de enmascarar la presencia de esteroides, aduciendo que tenía que tratarse una gonorrea.

Por aquel entonces, en todas las televisiones del mundo, la española incluida, se emitían reportajes variados contando la vida de Johnson, su ejemplarizante experiencia de hombre hecho a sí mismo que en los últimos años, recuerdo bien decía la voz en off de uno de estos reportajes, «ha engordado decenas de kilos, todos de músculo». En otras palabras: delante de las narices de los periodistas deportivos se desplegaba un ejercicio masivo y descarado de uso de sustancias prohibidas, y los periodistas, o bien eran incapaces de verlo, o bien lo veían, y callaban. No sé cuál de las dos hipótesis es peor.


Así fue como llegamos a Seúl y, muy concretamente, a su muy esperada final de los cien metros lisos.