miércoles, julio 03, 2013

Doping (1)



Desde el día que recomendé la lectura de este libro prometí realizar algún post, o grupos de posts, sobre este tema. Porque es un asunto que a muchos preocupa y ocupa y sobre el que, sin embargo, faltan las obras de referencia que, como la de Thomas M. Hunt, aborden la descripción somera del proceso.

Spyridion Louis, en una historia que es bien conocida, fue el primer ganador de la maratón de la era moderna. La prueba se celebró ya en los primeros Juegos Olímpicos de dicha era, celebrados en Atenas. Spyridion Louis se convirtió en un héroe nacional para sus connaturales, hasta el punto de que, durante la vuelta al estadio tras la victoria, muchos de los griegos en las gradas le tiraban sus monederos con todo lo que llevaban dentro.

Spyridion Louis pasó la noche anterior a la carrera rezando y comiendo higos. Y, durante la carrera, se paró en un momento para beberse un vaso de vino que le ofrecían. Ganó, pues, en buena lid; simplemente, corriendo mejor que sus contrincantes.


Pero eso no habría de durar mucho.


Conforme avanzaba el siglo XX, médicos, químicos, preparadores y atletas se fueron dando cuenta de que la farmacopea ofrecía soluciones para conseguir un mejor rendimiento atlético. Tal vez la primera forma de doping en el deporte no fue, sin embargo, el uso de sustancias químicas, sino la estrategia de hacer competir a mujeres que estaban muy cerca de ser hombres, o tal vez lo eran. En fecha tan temprana como 1936, durante los famosos juegos olímpicos en el Berlín nazi, las protestas de la delegación polaca obligaron a los organizadores a hacerle unas pruebas de sexo a la velocista estadounidense Helen Stevens. Años después, en una confesión que de todas formas es puesta en duda por muchas fuentes, el atleta alemán Hermann Ratjen aseguró que, en las mismas olimpiadas, el comité germano le obligó a competir en salto de altura como si fuese una mujer. Sea como sea, el tema del doping tomó rápidamente fuerza y se hizo cotidiano en una competición, como los Juegos, donde era el orgullo nacional el que se ponía en juego.

Hunt «sitúa» el comienzo de su historia del dopaje olímpico el 26 de agosto de 1960, día en el que, en medio de los juegos de Roma, un ciclista danés que competía en la prueba de 100 kilómetros, Knud Jensen, se caía de la bicicleta, se fracturaba el cráneo y moría pocas horas después como consecuencia de una hemorragia cerebral causada por un ataque al corazón. Dos días después, y ante el hecho de que los ciclistas daneses parecían ser los únicos que parecían mostrar problemas con el calor (a pesar de que aquel agosto no fue especialmente tórrido), el vicefiscal general italiano, Ferdinando Cocucci, anunció una investigación. La autopsia de Jensen encontró en su cuerpo trazas de Roniacol, un compuesto destinado a mejorar la circulación periférica.

Aquella noticia no dio ni frío ni calor a los responsables olímpicos. En realidad, no iba con ellos. Las autoridades olímpicas, en aquel entonces, no tenían responsabilidades en materia de doping; eran las federaciones nacionales las que debían proveer de controles, y no lo hacían con demasiada pasión, conscientes de que ponerse estupendos con el tema de la química les supondría caerse del medallero.

En realidad, la tragedia de Jensen no hacía sino introducir un elemento luctuoso en una serie de cosas que ya estaban pasando de tiempo atrás. En los juegos olímpicos de invierno de 1952, los patinadores de velocidad iban tan petados de anfetaminas que muchos se pusieron enfermos. Y en los juegos de Helsinki, Bob Hoffman, entrenador del equipo de halterofilia los Estados Unidos, afirmó en una rueda de prensa pública que le constaba que el equipo soviético estaba tomando hormonas. Sin embargo, hasta entonces no había muerto nadie. El cadáver de Jensen cambió las cosas.

En una reunión celebrada en Atenas en 1961, el conde Jean de Beaumont, miembro del COI por Francia, intervino para decir que algo debía hacerse en materia de control del dopaje para evitar más tragedias como la ocurrida con el ciclista danés. El presidente del COI, Avery Brundage, apoyó la moción indicando que algo debía de hacerse y que se deberían imponer sanciones. Aunque, en realidad, conocedor como era de que el uso de drogas estaba tan extendido entre los países de la elite deportiva que una prohibición explícita y controlada podría dar al traste con los propios juegos, buscó inmediatamente una vía de escape: primero, habría que definir qué es y qué no es doping. Para lo cual se nombraría un comité. Este subcomité de doping fue creado en marzo de 1962, bajo la presidencia del presidente del colegio británico de cirujanos, doctor Arthur Porrit. Porrit era un decidido enemigo de la actuación del Comité Olímpico en estos temas; ya lo había demostrado en pasadas reuniones. Y no defraudó, por así decirlo, porque se llegó a los juegos de Tokio en 1964 sin que se hubiese hecho gran cosa en este terreno. En una reunión previa en Innsbruck, Bo Elklund, también miembro del Comité, quizás el más preocupado entonces por las consecuencias que el tema podía tener en términos de opinión pública, propuso que se realizasen análisis de sangre en los casos más sospechosos. En realidad, en Tokio apenas se hicieron análisis de algún tipo. Sin embargo, tal y como Elklund había temido, el tema alcanzó una dimensión cada vez peor para el COI; motivo por el cual, en 1965 fue el propio Porrit el que propuso una nueva política, basada en el rechazo público al doping, la obligación a los atletas de declarar formalmente que no lo practicaban, y el proyecto de destinar un equipo de médicos en futuros juegos olímpicos.

El interregno olímpico hasta los juegos de México puso las cosas todavía más calientes. A la discusión puramente médico-química se unió otra, muy ácida, sobre el tema del entrenamiento en altura. Teóricamente, se impuso una regla de que los atletas sólo podrían entrenar un mes en condiciones similares a las de México DF; pero pronto el Comité Olímpico estadounidense acusó a la URSS de estar entrenando secretamente a sus atletas en altura, concretamente en las montañas Tien Shan, en el actual Kirguizistán. En abril de 1966, el doctor Porrit presentó al COI una primera lista de sustancias dopantes que serían prohibidas en México. Sin embargo, este proyecto sufrió el obstáculo derivado de la decisión del propio Porrit de dimitir al frente del subcomité, interesado como estaba en ser gobernador general de Nueva Zelanda. Su salida forzó una reordenación de la estructura anti-doping del COI que acabaría por poner al frente de la misma al príncipe Alexandre de Merode.

En el encuentro del COI de 1967, De Merode fue finalmente colocado al frente del comité médico; comité que, sin embargo, bajo la presión de Brundage, que seguía creyendo que el tema de las drogas en el deporte debía seguir siendo tema de las organizaciones atléticas nacionales, tenía una función más de llamar la atención sobre los riesgos del uso de sustancias en el deporte que de implantación de controles sistemáticos y sanciones efectivas. No obstante lo dicho, en la reunión de Teherán se acordó la realización de pruebas sistemáticas para la localización de: alcohol, cocaína, vasodilatadores, opiáceos, anfetaminas, efedrina y cannabis. Para entonces, el COI sabía bien que los anabólicos esteroides eran sustancias potencialmente dañinas y usadas por muchos deportistas. Pero no los incluyó en la lista porque todavía no existía un test capaz de detectarlos.

El príncipe De Merode esperaba que esta nueva estrategia estuviese completamente desplegada con ocasión de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1968, que se iban a celebrar en Grenoble. Sin embargo, pronto surgieron problemas importantes en la interpretación del fenómeno del doping. La delegación británica, por ejemplo, argumentó, y no le faltaba razón, que al incluirse el alcohol entre las sustancias dopantes, hacer que los atletas firmasen una declaración en la que aseveraban que nunca lo habían bebido parecía como de chiste. Además, el propio COI seguía coqueteando con la idea de que fuesen las federaciones nacionales las que se comiesen el marrón. De todas formas, al no incluirse los anabolizantes esteroides en la lista, las pruebas practicadas durante los juegos no localizaron ni un solo caso de doping; a pesar de que, para entonces, la mayoría de los atletas de elite competían hasta las trancas de droga.

Durante aquel año de 1967, además, se reavivó la vieja polémica sobre el tema de la competencia ilegal entre las atletas femeninas. El COI afirmó que tenía la sospecha de que algunas delegaciones nacionales jugaban sucio con sus atletas, haciéndoles tomar productos químicos que les retrasaban la primera menstruación (esta acusación permanecería en el tiempo: en la Olimpiada de Montreal, el equipo rumano de gimnasia deportiva, que se lo llevó todo gracias al concurso de la estratosférica Nadia Comaneci y su compañera Teodora Ungureanu, fue repetidamente acusado de haber retrasado la pubertad de ambas hasta después de los Juegos).

Dado que el asunto éste de dictaminar si una atleta es buitre o palomi es una cosa jodida, el COI adoptó en Grenoble una especie de solución ecléctica, basada en que se realizarían pruebas de cromosomas a través de muestras de saliva; pruebas que, de todas formas, serían realizadas después de que los Juegos hubiesen terminado, y de forma secreta y confidencial. Dichos análisis, según reportó el COI, no encontraron nada anormal.

El COI llegó a México (1968) profundamente dividido, con Brundage, y una gran mayoría de miembros, defendiendo que debían ser las federaciones nacionales las que controlasen el doping; y una irreducible aldea gala donde el príncipe De Merode sostenía que el comité médico del COI debía de llevar la voz cantante de aquella movida. Después de largas discusiones en las que Brundage cambió de opinión varias veces, finalmente se autorizó a la Comisión Médica del COI, a través del doctor Eduardo Hay, a conducir los test de sexo y doping en México. Las federaciones nacionales se mostraron cooperativas con Hay, de forma que 803 mujeres atletas fueron objeto de análisis de cromosomas; sólo dos pasaron a una prueba de confirmación que, en cualquier caso, dictaminó su pertenencia al sexo femenino. En el otro terreno, se realizaron 670 análisis de orina. Se encontraron trazos de anfetaminas en dos de ellos, aunque el propio Hay, en su informe, escribió que se habían detectado indicios de otras sustancias químicas extrañas. Hablando en plata: las sustancias prohibidas no se habían encontrado, pero había indicios de otras, primas hermanas de ellas.

Las cosas iban razonablemente bien. Pero eso fue, claro, hasta que llegaron los años setenta. En los años setenta, algo iba a pasar que iba a hacer que la política olímpica antidoping diese serios pasos hacia atrás.


Ese algo fue que los dos grandes contendientes en la Guerra Fría descubrieron la Guerra Fría Olímpica.