viernes, mayo 17, 2013

La antigua muerte



Al hombre siempre le ha inquietado la muerte. Los ritos funerarios, descubiertos gracias a diversos éxitos arqueológicos, demuestran la existencia desde muy pronto de una visión de la muerte como un hecho que debía ser objeto de ritos. La forma en que las civilizaciones se han enfrentado al hecho de la muerte presenta variaciones muy diversas, pero en nuestro caso, al menos como europeos o miembros de eso que llamamos la civilización occidental, una vez más, como otras muchas, es en el mundo griego y romano en el que hemos de buscar las raíces de nuestra propia actitud. 

La actitud ante la muerte, sobre todo en Roma, evolucionó mucho durante el largo periodo de existencia de lo que conocemos como civilización romana. Pero en sus inicios se basa en creencias muy precisas que sobrevivieron a los tiempos, aunque, en algunos casos ridiculizadas por los romanos “modernos”. Aquellos primeros europeos creían en la muerte como el paso a otra forma de vida; pero en lo que no creían, y ésta es una de las razones por las que tan difícil les fue aceptar el cristianismo (porque no fue, desde luego, el apego a los dioses de su panteón), era en la vida después de la muerte o en una región de luz.

Los antiguos griegos y romanos, esos primeros europeos, creían que los muertos seguían viviendo en la Tierra, junto a los vivos.

Aquellos hombres y mujeres de la Antigüedad desarrollaron, además, una creencia en gran parte común con la existente en otras naciones relativamente cercanas, como Egipto: la creencia de que el cuerpo y el alma son indisolubles y, por lo tanto, nunca se separan. De esta creencia nace, de hecho, una costumbre fundamental para la forma en que tenemos de enfrentarnos con la muerte: el enterramiento.

Si alguien cree que los muertos siguen viviendo de otra manera entre nosotros, en la Tierra; y que su existencia es indisoluble del cuerpo, entonces es obvio que necesitamos colocar el cuerpo en algún lugar donde pueda reposar; que pueda ser la “residencia” del muerto: de ahí, la tumba.

Sub terra censebant reliquam vitam agi mortuorum, afirma Cicerón en sus disputas tusculanas, describiendo con ello la creencia de los viejos romanos en el sentido de que sus antepasados muertos seguían viviendo en las tumbas. Animanque sepulcro condimus, incluimos su alma dentro de la tumba, dice Virgilio al describir los funerales de Polidoro. Este condimus no podía ser algo en lo que propiamente creyese ya Virgilio; sin embargo, probablemente permaneció en el lenguaje de los latinos como un resquicio de aquellos tiempos en los que los romanos creían no estar, propiamente, enterrando un cuerpo muerto, sino un alma viva.

De hecho, el alma del muerto era llamada tres veces, al final de las exequias, por el nombre que había tenido el muerto en vida. Esas tres veces se le decía: pórtate bien y que la tierra te sea ligera (sit tibi terra levis). Una fórmula que reflejaba muy bien la calidad de la creencia de los romanos en una muy especial inmortalidad del alma. Como resultado de esa convicción de que el alma conservaba el sentimiento de lo agradable y lo desagradable, y el deseo de que a partir del momento de la muerte lo segundo desapareciese de su “vida”, es por lo que los ciudadanos clásicos desarrollaron la costumbre, vigente hasta el momento presente, de señalar las tumbas con una lápida indicativa de que ahí se encontraba alguien reposando. La suya era una afirmación literal.

Obviamente, la convicción de que el alma vivía una vida dentro de la tumba importó al mundo grecorromano la costumbre egipcia (bien que reservada a sus ciudadanos más importantes) de enterrar con el muerto objetos y cosas que le serían útiles en su nueva vida como lo fueron en la antigua. Tucídides atestigua esta costumbre de los antiguos atenientes; y Plutarco, en su libro sobre Solón, informa de que las leyes del reformador establecieron un máximo de tres vestidos que podrían ser colocados en la tumba. En tiempos tan tardíos como la muerte de Julio en Roma, si hemos de creer a Suetonio, la superstición de los romanos les llevó a enterrarlo con un montón de objetos de su propiedad.

La estricta vinculación entre alma y cuerpo, una creencia no exenta de componentes supersticiosos, planteaba sus problemas. Píndaro, por ejemplo, nos cuenta en el cuarto libro de sus Píticas el caso de Frixos, un griego que había sido condenado al ostracismo y que había huido a la Cólquida. Allí murió pero, el poeta nos lo describe, aun muerto allí, su alma quiere regresar a Grecia. Por esta razón, su fantasma se le aparece a Pelias, ordenándole que viaje a la Cólquida y rescate su cuerpo. Sin haber sido enterrado en Grecia, el alma tampoco puede permanecer en el país.

La superstición funeraria griega prescribía los peores males para las almas de los cuerpos que no fuesen adecuadamente enterrados, y tengo por mí que ésta es la razón principal de que, durante mucho tiempo, los griegos fuesen superados por otros pueblos, como los fenicios, en tanto que navegantes. Los helenos tenían pavor, literalmente, a morir en la mar. Esta afirmación queda confirmada por un pasaje de las Helénicas de Jenofonte, que cuenta el triste regreso de los almirantes atenienses tras una victoria naval. Aquellos mandos, acabamos de decir que victoriosos, sea por ateísmo, sea por cualquier otra razón, no se habían preocupado de recuperar los cuerpos de los marineros fallecidos en la lucha, y los atenienses en asamblea, espoleados por los atormentados parientes de aquellos soldados que ahora tendrían una existencia de ánimas errantes, los condenaron.

No bastaba, de hecho, con haber sido enterrado; hacía falta respetar los ritos adecuados. Suetonio cuenta que el cuerpo de Calígula había sido enterrado de cualquier manera tras su asesinato y obvia deposición; el fantasma del emperador se comenzó a aparecer en diversas partes (dice Suetonio: satis constat, priusquam id fieret, hortorum custodis umbris inquietatos, nullam nocten sine aliquo terrore transactam; obsérvese el satis constat: aun mucho tiempo después, cuando él escribe, lo da por cierto), hasta que el cuerpo fue exhumado y re-enterrado, esta vez cumpliendo todas las formalidades.

En casi todos los escritores griegos clásicos: en Esquilo, en Sófocles, en Eurípides, encontraremos pasajes que nos documentarán el hecho de que la privación de sepultura era una de las penas anexas a la condena por alta traición.

Estas costumbres están hoy más presentes de lo que se cree. De hecho, es en el mundo grecorromano, al calor de esta creencia de que el muerto está vivo bajo la tierra, el que crea la costumbre que hoy se honra, sobre todo, el día de Difuntos: la costumbre de visitar la tumba.

Los hombres y mujeres de hoy llevan a los suyos flores, que son un símbolo de vida. Los griegos y romanos eran distintos: les llevaban manduca. Era una consecuencia lógica de las cosas en que creía, esto es en el hecho de que aquellos antepasados seguían vivos y con necesidades. Ese alimento que se llevaba a las tumbas era denominado inferias ferre, parentare, o ferre solemnia. Dos pasajes de la literatura latina son especialmente bellos en la descripción de esta costumbre. En el primero, tercer libro de la Eneida, Eneas especula:

(…)sollemnis cum forte dapes et tristia dona
ante urbem in luco falsi Simoentis ad undam
libabat cineri Andromache manisque uocabat
Hectoreum ad tumulum

… que yo traduciría, más o menos, como (sin respetar los versos): “Acaso Andrómaca, junto a la tumba de Héctor, cerca de la ciudad y junto a las aguas de un falso Simunte, alimentaba a la ceniza con viandas y tristes ofrendas mientras convocaba a los Manes”.

(Siempre puedes usar el resultado del traductor automático de Google, mucho más poético: “con, tal vez, una fiesta solemne, y los regalos antes de la ciudad en el bosque por la ola de falsos Simois, amado a cenizas debajo prácticas Andrómaca la tumba de Hector”).

El segundo ejemplo es de Ovidio, en el segundo libro de sus mesmerizantes Fastos. Aquí va:

Est honor et tumulis, animas placare paternas,
parvaque in exstructas munera ferre pyras.
parva petunt manes: pietas pro divite grata est
munere; non avidos Styx habet ima deos.
tegula porrectis satis est velata coronis
et sparsae fruges parcaque mica salis,
inque mero mollita Ceres violaeque solutae:

Es muy bonito este pasaje por lo que demuestra de preocupación del poeta por lo que se adivina como cierto desinterés de las gentes por sus muertes y, asimismo, cierta propensión a montar grandes movidas por aquello de quedar cojonudamente.

Dicen estos versos: “la tumba debe ser honrada. Aplaca a los espíritus de tus padres, y lleva pequeños regalos a las tumbas que les construiste. Sus sombras se contentan con poco, prefieren la piedad a las caras ofrendas; los dioses ambiciosos no pueblan la [laguna] Estigia. La ofrenda de un tilo adornado con guirnaldas será suficiente. Un poco de comida, una pizca de sal, un poco de pan mojado en vino, y unas violetas”.

Las violetas, esto es las flores, son lo único que ha sobrevivido de la receta ovidiana. Las viandas eran enterradas junto a la tumba, para asegurarse de que era el muerto quien las disfrutaría.

La costumbre romana era, en realidad, griega. “coloco sobre la tierra la leche, la miel y el vino, porque son las cosas que disfrutan los muertos”, dice Ifigenia. El mismo Eurípides hace decir a Neoptolemo: “Hijo de Peleo, recibe este vino que place a los muertos”; y, por cierto, continúa: “ven y bebe de esta sangre”, detalle que vendría a demostrar que Jesús, si dijo aquello de bebed este vino porque es mi sangre, no inventó nada. Y a Orestes, lo que más le preocupa de poder morir es que, si es así, su padre muerto no tendrá quien lo homenajee y alimente en la tumba.

La creencia de los griegos en la necesidad de alimentar a los muertos era tan grande que nos cuenta Plutarco que, tras la batalla de Pelea, habiendo sido muchos de los victoriosos griegos enterrados en el mismo campo de batalla, una de las condiciones impuestas a los vencidos fue que, una vez al año, acudiesen al mismo, a las tumbas, a alimentar a los soldados muertos.

Estas costumbres ya eran criticadas por los romanos de los tiempos imperiales como anticuadas y propias de cierta superstición. Sin embargo, su permanencia es una buena prueba de que, en el mundo antiguo, también la religión oficial tenía problemas a la hora de imponerse a los ritos que la gente quería tener. Luego llegó el cristianismo, y su creencia en la resurrección lo cambió todo. Pero algunos de aquellos ritos, puesto que nacen de lo más profundo y auténtico del corazón de las personas que echan de menos a quienes se han ido, siguieron ahí. En el fondo, el hombre moderno sigue cumpliendo con lo descrito en los versos de Ovidio.

Eso sí, lo que ha dejado, es de leerle.