domingo, mayo 12, 2013

Lectura: Christian beginnings



El judio de origen húngaro Geza Vermes practica mucho un género de ensayo exegético consistente en libros relativamente breves, descargados de la cita excesiva tanto de las escrituras como de los exégetas, dedicados a diversos aspectos interpretativos de los orígenes y desarrollo del cristianismo. En este libro que hoy comentamos, de muy reciente publicación por la editorial británica Penguin, realiza, de alguna manera, una especie de cóctel de un montón de cosas desarrolladas ya en pasados ensayos. Un cóctel que le queda bastante sabroso.


Es admirable la forma en que este estudioso integral del desarrollo del cristianismo (y ya volveremos a lo de integral) describe el proceso de mutación de la creencia en Jesús de Nazaret quien, en las apenas 250 páginas de este libro y cuatro siglos, sin prisa pero sin pausa, pasa de ser uno más de los que el autor llama judíos carismáticos a convertirse en el Dios verdadero de medio mundo. Todo un viaje, la verdad.

Desde que a mediados del siglo XIX comenzó a desarrollarse lo que en los libros de aquella época se denomina la "interpretación liberal" de las escrituras, la lata del cristianismo ha quedado abierta y expuesta a muchas interpretaciones. Poco a poco, la presión de lo que se sabe, y sobre todo lo que no se sabe, sobre la vida de Jesús de Nazaret, de sus seguidores y apóstoles, y de los seguidores de éstos, ha ido descubriendo un mundo que antes permanecía oculto bajo toneladas de ortodoxia.

En realidad, éste es un debate completamente independiente al de la historicidad de Jesús. Que Jesús de Nazaret fuese un personaje real o no lo fuese, en efecto, apenas afecta a un debate que tiene que ver con la pregunta: ¿de dónde procede el cristianismo que hoy conocemos? La obvia respuesta de un creyente es: del mensaje de Jesús, el Cristo, que nos ha llegado fielmente descrito por las Escrituras, y cuya interpretación, según de qué tipo de cristianismo estemos hablando, es labor de unos, o de otros. Los cristianos, sin embargo, apenas difieren en la interpretación de su creencia como una verdad revelada desde todos los tiempos.

El problema, sin embargo, es que esas Escrituras que la fe hace ver monolíticas y regulares en sus mensajes, distan mucho de serlo. Las escrituras son muy distintas y, si a eso le unimos las distintas interpretaciones que de ellas se hicieron en los primeros siglos de la creencia, encontraremos que éste de la exégesis bíblica es uno de los campos más apasionantes sobre los que se puede leer.

La tesis inicial de Vermes, lo que yo denominaría la tesis sobre Jesús, es que existió (en este sentido, abraza el punto de vista de los partidarios de la historicidad del personaje, en el sentido de que creer en ella plantea menos problemas que no creer en ella; argumento un tanto escolástico que me cuesta compartir), y fue uno más de los personajes que denomina profetas carismáticos, que se ganaron su fama en el Israel de la época a base de hacer que lloviese o de curar a los enfermos, notablemente a los endemoniados. Observa Vermes muy agudamente que los enfermos que cura Jesús en los tres envangelios sinópticos (Marcos, Mateo, Lucas) son personas recién muertas, esto es tal vez personas en trance o desmayadas, es decir lo que entonces se consideraban endemoniados; y que es sólo en el evangelio de Juan, muy posterior en el tiempo y de factura totalmente diferente como veremos, donde tal prodigio se obra sobre alguien que lleva días muerto (Lázaro). Éste y otros muchos detalles que desgrana en el texto hacen al autor sostener la teoría de que Jesús tuvo poco de original; que formaba grupo con personajes anteriores a él (como Elías) o contemporáneos (como Hanina ben Dosa); y que, en lo teológico, era, como todos estos judíos proféticos, anunciador de la llegada inminente del Reino de Dios.

Aunque es algo que ha sido mil veces analizado en estos libros, es importante recordar el ambiente en que se encontraba el pueblo judío en los tiempos de Cristo; imbuido de una especie de milenarismo que le hacía creer en una llegada de Dios para gobernar en la Tierra con justicia. Pero esa creencia no tenía nada de metafísica, y el verbo "reinar", de hecho, tampoco tenía nada de simbólico. Los judíos creían en la llegada de alguien que vencería a los malos y los barrería de la faz de la Tierra con la espada. Nada de mi reino no es de este mundo, ni leches. Pero esto es algo que la evolución del cristianismo, su des-judaización, por así decirlo, apartó. Vermes nos recuerda, en este sentido, que la expresión "Reino de Dios" se cita unas cien veces en los Sinópticos... y ninguna en el Evangelio de Juan.

Éste y no otro es el mensaje de Juan el Bautista (véase Marcos 3:2, por ejemplo). Vermes describe a Juan como otro de estos profetas carismáticos, descendiente de Elías por así decirlo; un profeta que muy probablemente predicaba la llegada de este nuevo reino, hasta el punto de que, como dice Flavio Josefo en sus Antigüedades de los judíos, Herodes Antipas temió que se pusiera al frente de una rebelión, y decidió apiolárselo. Tras la ejecución del Bautista, Jesús se traslada a Galilea, probablemente para seguir las enseñanzas de su, por así decirlo, maestro.

Una vez muerto Jesús, comienza otra era de la creencia; que es de la que, en realidad, sabemos más gracias al muy informativo libro de los Hechos de los Apóstoles. Inicialmente, los escasos seguidores de Jesús, centrados en Palestina y Jerusalén, quedan bajo el mando de Pedro, el de las tres negaciones; quien, sin embargo, será rápidamente desplazado por Santiago, a quien la tradición llama hermano de Jesús, y que debía de ser todo un lider nato.

Aquella primera iglesia cristiana estaba formada en su totalidad por judíos, y seguía creyendo en la parousia o regreso inmediato del Mesías para instaurar un nuevo orden en la Tierra. En realidad, nos encontramos con una comunidad plenamente judía, que conserva todas las costumbres y complejas reglas del judaísmo, sólo que acepta la idea de la muerte y resurrección de Jesús, su calidad de Mesías, y la idea de que será él quien regrese para instaurar el Reino de Dios. Aquellos judíos ya se bautizaban, pero no existen trazas de que tuviesen conciencia del pecado original; el bautizo era, simplemente, una ceremonia que sustantivaba la entrada en el grupo.

Pocos años después, al pequeño grupo de apóstoles directamente relacionados con Jesús se les unen personas que ya no han tenido una relación directa con el Mesías, el principal de ellos Pablo de Tarso, quien, en verdad, en sus cartas nada dice de Jesús salvo lo que concierne a su muerte y resurrección, lo que da que pensar que desconocía los detalles de su vida. Pablo y otro neoapóstol, Barnabás, iniciaron un tour predicador por Antioquía y Asia Menor, con el que se sellarían, sin saberlo, el magnífico futuro para aquella creencia que, hasta entonces, no pasaba de ser una pequeña secta del judaísmo de la zona.

Hay que tener mucha imaginación para sostener la idea de que Jesús, el judío, jamás animó a alguien, discípulo o mediopensionista, a contar su palabra por el mundo mundial. Jesús, ya lo hemos dicho, era un profeta hebreo más y, consecuentemente, a él las gentes con glande encapuchado no es que se la sudasen; es que, como predicador, nunca pensó en ellos, porque, de ser algo, era un reformador de la ley mosaica. Esa idea no es de Jesús, sino de Pablo; lo que pasa es que Pablo, lógicamente, se la adjudica a Jesús, sobre todo mediante pequeñas innovaciones en su mensaje, como añadirle al brindis de la cena pascual esa coletilla de "haced esto en conmemoración mía"; frase con la que cambió todo el sentido de almuerzo comunal que solían tener los primeros cristianos cada sabbath (como la tenían los esenios), y que no pasaba de ser un gesto de hermandad.

Poco a poco, conforme Pablo y Barnabás fueron encontrando gentiles (no judíos) que les hacían caso, fue surgiendo el problema de cómo darles a esas gentes el carné de cristiano. En Jerusalén, de la mano de Santiago, se formó el que los Hechos, y Pablo en la epístola a los Gálatas, llaman "el partido de la circuncisión"; el parecer de este partido era bien claro: quien quisiera ser cristiano, tenía que ser judío. En esta oposición a la flexibilidad paulina, es al menos mi opinión y creo que también la de Vermes, tuvo que contar con el apoyo decidido de Pedro; aunque Pedro, puesto que luego ha pasado a la Historia como el primer obispo de Roma, es maquillado en los Hechos de una forma un tanto burda. Aparece, en efecto (Hechos 15:10) como un campeón del buen rollito judío-gentil. Pero al autor de este libro se le olvidó, entre otras cosas, borrar o redactar de nuevo el episodio del sueño de Pedro cuando se plantea si ir o no a la casa del centurión Cornelio (Hechos, 15); sueño en el que le confiesa a Dios que, hasta ese mismo momento, jamás ha comido nada que no fuese kosher. Afirmación por su parte que, por cierto, viene a poner en dificultades a quienes sostienen que Jesús, su maestro, no cumplía las leyes judías...

Este enfrentamiento terminó con el denominado decreto de Jerusalén, por el cual los gentiles fueron liberados de tener que rasurarse el pito, a cambio de que respetasen algunas otras reglas de menor cuantía.

¿Cuál era la visión de aquellos primeros cristianos sobre Jesús? En este punto, el libro de Vermes es bastante convincente al demostrar que los cristianos se veían a sí mismos como un grupo de judíos, apartados del resto por su creencia de que Jesús había sido el Mesías que había de traer el Reino de Dios y que, en su camino, había sufrido y sido asesinado para luego resucitar; una idea ésta, la de un poder de alguna manera investido de características divinas siendo crucificado, totalmetne ajena al judaísmo, digamos, oficial.

Esta creencia, sin embargo, no llevaba a estos cristianos a considerar a Jesús como Dios. Los Hechos le llaman El Sirviente (3:26, 4:27, 30) y Pedro, en su famoso discurso de Pentecostés, afirma que recibió la calidad divina después de resucitar. Hay que tener en cuenta, además, que, pese a que la tradición sostiene que el autor del Evangelio de Lucas y de los Hechos es la misma persona, el segundo de estos libros no dice absolutamente nada del nacimiento divino de Jesús que con tanto detalle se describe en Lucas.

En la descripción de Vermes, hay dos grandes escalones fundamentales que explican la escala hacia un concepto del cristianismo diferente primero, lejano después y muy lejano al final, a la creencia judía original.

El primer escalón es el ministerio de Pablo. Pablo de Tarso, como hemos dicho, es una persona que parece tener informaciones apenas superficiales sobre la vida de Jesús, y que por ello concentra sus enseñanzas en el simbolismo de dicha vida. Es él, por ejemplo, el que modifica el carácter inicial judío del bautismo, un rito de purificación, para convertirlo en un signo de compromiso con el misterio de la muerte y resurrección del Cristo; un significado que supera incluso a Juan el Bautista, quien ya bautizaba para lavar con ello los pecados.

El otro gran cambio introducido por Pablo es el famoso haced esto en conmemoración mía. Con él, introduce el germen de un cambio fundamental, por el cual la comida comunal que en el mundo judío, muy especialmente entre los esenios, era un signo de reunión de la comunidad, se convierte en la conmemoración de la última cena de Jesús y, consecuentemente, en un misterio eucarístico.

A pesar de todos estos cambios, Pablo de Tarso es un líder judío y, como líder judío que es, sigue considerando a Jesús como un ser condicionado y, por así decirlo, de menor cuantía que el propio Dios. "el propio Hijo estará sujeto a quien ha puesto todas las cosas bajo su sujeción", escribe en su primera epístola a los corintios. El germen del paso que llevará al cristianismo a construir templos en cuyos altares colocará, en total preeminencia, la imagen de un hombre crucificado, lo da el mal llamado apóstol Juan, autor del evangelio de dicho nombre.

El evangelio de Juan tiene muy poco que ver con los otros tres, fundamentalmente porque, como obra tardía sobre la vida de Jesús, es el fruto de algo que ocurre tras la labor pastoral entre los gentiles de Asia Menor: el contacto del cristianismo con las especulaciones filosóficas griegas. El filósofo alemán Friedich Nietzsche, el de Dios ha muerto, se refería al entorno de pensamiento que creía ver feneciendo en su tiempo como entorno platónico-cristiano. Y eso es, exactamente, lo que nace, de alguna manera, en el Evangelio de Juan. De formas que no comprendemos bien, quizás en el futuro nuevos hallazgos nos aclaren un poco el tema, el cristianismo gentil, todavía judío en las formas y, sobre todo, enfrentado al hecho inesperado de que la parousia, la llegada del Reino de Dios, que Pablo también aseveraba, no acabó de llegar; ese cristianismo, digo, entra en contacto con toda una serie de elaboraciones filosóficas del mundo helenístico, a las cuales la explicación de la divinidad de la religión griega apenas les es inútil. A través sobre todo de Filón de Alejandría, pensador importantísimo para la historia del cristianismo en mi opinión, acaba la nueva religión conociendo las ideas sobre un Demiurgo eterno creador de las ideas, y de las cosas.

El Jesús de Juan ya no predica la llegada del Reino de Dios. Este mensaje, que es fundamental en la narrativa de su vida que hacen los otros tres evangelistas, se esfuma en este cuarto. La cosa ya no va de esperar que Dios baje a vernos, sino de morir nosotros para resucitar algún día y subir a verle a Él. Asimismo, el Jesús de Marcos, ése que le dice a sus apóstoles que no vayan por ahí tuiteando que él es el Mesías, en el Evangelio de Juan le cuenta que lo es a todo el que se mueve, y a algunos que no se mueven.

El Jesús de Juan, muy al contrario que el de los otros tres evangelios, no sólo no es un hombre más, sino que lo sabe y lo muestra. "Vosotros sois de abajo, y yo de arriba", les dice (8:23).

Lo más importante del Jesús juanino, en todo caso, es que ya no es judío. En efecto, en apenas cien años, al líder del cristianismo le han desaparecido las vitolas de hebreo, y es por eso que dice que les trae a las gentes un mandamiento nuevo. En efecto, yo, que fui niño de coro muchos años, canté en multitud de comuniones una canción que dice Un mandamiento nuevo nos dio el Señor/que nos amáramos todos/como Él nos amó. Esta letra provocará, supongo, la risión de un judío... ¿amar a tu semejante, un mandamiento nuevo? ¿Y qué pasa con Levítico 13:34: "deberás amar a tu vecino como a ti mismo"? De hecho, ¿no presenta Jesús en los sinópticos (Mateo 5:43, Marcos 12:31, Lucas 10:27) ese mandamiento como viejo ("habéis oído lo que ha sido dicho: deberás amar a tu vecino")? ¿En qué quedamos?

El Jesús juanino tiene, ya, escasísimas características propias de un hombre. Es un ser divino que, además, y es por esto que Pablo primero, y Juan después, son la clave de bóveda de lo que hoy creen muchos cristianos, es uno con su Padre, Dios. Ya no está, propìamente hablando, ligado a él. "Antes de que existiese Abraham, existía yo", dice Jesús en el Evangelio de Juan, y esta idea entronca, como decía, con la idea helenística de un poder creador existente desde todos los tiempos. El Demiurgo platónico, que el cristianismo interpretará como El Verbo (que se hizo carne).

A partir de este momento, más o menos en la mitad del libro, la obra de Vermes se hace, si cabe, todavía más interesante. Es imposible recensionar en un post todos los matices en los que entra, pero durante las siguientes ciento y pocas páginas, el autor se aplica a describir, documento tras documento de los que nos han llegado de la evolución de la Iglesia cristiana, la lenta, pero imparable, evolución del cristianismo hasta Nicea. Una evolución nada fácil, porque el pauli-juanismo ha introducido en la creencia un personaje, el Hijo, de características y poderes parecidísimos al Padre; y, consecuentemente, el cristianismo corre peligro de perder su condición monoteísta. La defensa de dicho monteísmo hará que, incluso, en esos siglos surjan entendimientos del cristianismo como el docetismo, que negaba la resurrección de Jesús.

La Iglesia, a los ojos del lector, evoluciona lentamente, desde una institución cuyos obispos son electivos hasta el actual monarquismo propio de la institución. Y, sobre todo, con puntillosidad describe el exégeta las diferentes soluciones que los autores van buscando al problema de haberse encontrado con la creación no de uno, sino de dos dioses. Jesús ya no dará pasos atrás; su divinización será progresiva, aunque reclame el montaje de una teoría tan contraintuitiva como la trinidad. Es ésta la parte más recomendable del libro, extraordinariamente documentada, y relatada con un estilo ágil que nos permitirá ver, ante nuestros ojos, la metamorfosis de un profeta galileo que sacaba los demonios de las gentes hasta convertirse en una deidad inmanente, que ya estaba ahí cuando su Padre lo creó todo, y que se hizo hombre para lavar a la Humanidad del pecado original (después de que su Padre se diese cuenta de que el experimento de designar a la raza judía como pueblo elegido había fallado). En ese camino nacerá, también, el antijudaísmo; creo que una lectura como ésta es imprescindible para entender por qué el cristianismo es tan poderosamente antihebreo; en textos como la polémica de Tifo se ve, claramente, que la principal amenaza del primer cristianismo, antes de que surgieran las primeras herejías en su seno, era la religión judaica.

El único pero que tiene la obra, en mi opinión, es el poco espacio que le dedica al último acto de su relato: el concilio de Nicea. En Nicea, la Iglesia se enfrenta a un gravísimo cisma provocado por la convicción de los prelados de Asia Menor de que el cristianismo está yendo demasiado lejos en la descripción de un Jesucristo humano y divino y, consecuentemente, le niega la primera condición. Sólo con los antecedentes adquiridos en los capítulos anteriores se podrá entender la verdadera dimensión del arrianismo como amenaza: potencialmente, era capaz de romper la Iglesia en dos como se rompió el Imperio.

Nicea es el resultado de la iniciativa de un señor que ni siquiera estaba bautizado: el emperador Constantino. Los católicos podrán creer que su primer Papa fue Pedro, el discípulo de Jesús; pero, en realidad, lo fue Constantino, un señor que ni siquiera era cristiano. Es Constantino quien convoca aquel concilio, cosa que no hace hasta que no ha ganado por las armas a sus rivales; y lo convoca para crear una Iglesia que le sirva en sus planes de poder. Unida, imperial. Obediente. De la mano de un asesor español, el obispo Osio de Córdoba, descubre el concepto que le permitirá resolver la cuadratura del círculo de la naturaleza de Dios y de su Hijo: la homoousios, la consustancialidad. No hay conflicto entre uno y otro porque ambos son consustanciales.

Es Constantino, y por razones muy terrenas, el que troquela en la oración de los católicos los conceptos que permitirán que los templos ya no adoren a Dios, sino a su Hijo crucificado.

Se trata, por lo tanto, de un análisis integral, en el sentido de que abarca las fuentes judías del origen del cristianismo (la única forma de estudiarlo de una forma adecuada, en realidad), junto con la contemplación de la práctica totalidad de las diferentes ramificaciones que éste tuvo durante su desarrollo, hasta llegar al momento en que un hombre de poder, y por razones de poder, trató (en realidad, sin éxito, como acabó por demostrar el tiempo) de construir un embudo por el cual entrasen todas las concepciones distintas del hecho cristiano, pero saliese una sola.

En suma, un libro muy interesante y ameno, eso sí, supongo que para un público un tanto especial; no está, desde luego, escrito para gustarle a los habitantes de la casa de Gran Hermano.