viernes, abril 12, 2013

Los últimos traidores de Hitler



Ya hemos visto en este blog, con cierto detalle, la maquinación y el fracaso del atentado de Rastenburg contra Adolf Hitler, del que salió prácticamente ileso de milagro. También hemos visto, al estudiar dicho atentado, que la represión del mismo fue de una extrema violencia y carácter indiscriminado. Miles de personas sufrieron encarcelamiento, varias ejecutadas, y muchas probaron la dureza de la Gestapo.


La razón de una actuación tan violenta hay que encontrarla, sobre todo, en el sentido de inseguridad que tenía el régimen nazi. Para entonces, el Führer había desarrollado ya la teoría obsesiva según la cual, en realidad, estaba siendo víctima de un complot. El antiguo cabo sin historia siempre había sentido, o creído sentir, el desprecio olímpico del gotha militar germánico, formado por aristócratas repletos de Von en sus apellidos que a él le faltaban; pero este desprecio, conforme las cosas comenzaron a no ir bien en la guerra, se convirtió en convencimiento de que aquellos hombres estaban saboteando la victoria de Alemania. Un sentimiento relativamente parecido al que experimentaron no pocos dirigentes milicianos de ultraizquierda, al comienzo de la guerra civil española, hacia los militares de carrera que permanecieron leales a la República.

La reacción de Hitler al atentado de Rastenburg (o, más bien podríamos decir, del conglomerado Hitler-Goebbels) fue una especie de “si no querías caldo, ahí tienes dos tazas”. El canciller estaba convencido de que la mayoría militar odiaba a la minoría de 300.000 nazis convencidos, y conspiraba para hacerle perder la guerra. Pues bueno: tendrían más nazismo que nunca.


Hitler nombró a su fiel lugarteniente Henrich Himmler como comandante del ejército de interior de Alemania, colocando pues bajo su directa responsabilidad el mantenimiento del orden en la nación. Asimismo, aprobó un decreto en el que, supuestamente en respuesta a una llamada de las tres armas del ejército alemán, sustituyó el saludo militar por el saludo fascista. Se lanzó una campaña de imagen contra los grandes terratenientes del país, a los que Hitler consideraba inspiradores del golpe de Rastenburg.


Hitler se pasó de frenada con aquella campaña. La filmación del juicio del general Witzleben como conspirador de Rastenburg se hizo muy popular en el país. En un gesto ridiculizador, la Gestapo le había negado al general un cinturón, motivo por el cual, en la película, se le ve luchando constantemente contra la caída de sus pantalones. En muchas escuelas militares, los alumnos volvían ostentosamente la cara en esas escenas, en gesto de solidaridad hacia aquel hombre al cual, como general del ejército alemán, no se le debía, pensaban, haber negado ni el decoro ni el honor.


Esto, probablemente, no impidió que pequeños grupos de militares llegasen a pensar en conspirar contra Hitler. Por ejemplo, el hijo de uno de los condenados por la bomba, el general Oster, que era mayor (el rango) cuando se cometió el atentado, fue degradado a soldado y enviado al frente italiano, donde desertó y pasó las líneas. Una vez hecho esto, diseñó un plan con el general británico Alexander para matar a Hitler cuando fuese a ver a Benito Mussolini, entonces presidente de la República Social Italiana o régimen de Salò, el fantasmagórico poder que los alemanes le colgaron del pecho al dictador italiano. La reunión, que se había previsto en la ciudad de Bolzano, nunca se produjo.


Sin embargo, no eran estos militares, pretendidamente enemigos de Hitler, quienes más pensarían en traicionarle. Fueron, posiblemente, los suyos.


Hay que reconocer, en todo caso, que los nazis del círculo de Hitler tenían sus razones para pensar en traicionar a su jefe. No sólo la guerra se estaba perdiendo; no sólo el ejército alemán apenas podía, y eso a costa de grandes pérdidas, conservar el frente del Rhin, por no hablar del frente del Este; es que, además, Hitler estaba sufriendo un rapidísimo deterioro. La célebre película alemana El hundimiento refleja esta realidad con bastante precisión. Los testigos presenciales de aquellos momentos describen a un Adolf Hitler de piel decolorada, que no podía evitar el movimiento browniano de su mano y brazo derechos. Se movía muy lentamente y a menudo tenía que descansar acostado horas enteras entre temblores. En diciembre de 1944, en la propia Cancillería, había sido operado de las cuerdas vocales, intervención que le debilitó en extremo. Además, él mismo estaba convencido de estar enfermo del corazón, y de que iba a morir de un momento a otro; es posible, pues, que sufriese lo que hoy conocemos como ataques de pánico. Goebbels ya tuvo que obligarle a hacer la alocución radiada de Navidad, que él se negaba a realizar, para así vencer los rumores crecientes de que estaba muerto.


Heinrich Himmler, de hecho, formó una comisión de médicos de Berlín, dirigida por un siquiatra llamado De Crinis, a los que enseñó fotos de Hitler en solicitud de un diagnóstico. Los médicos aseguraron que Hitler sufría Parkinson y tal vez encefalitis localizada.


Uno de los nazis que pudo traicionar a Hitler es su ministro de Construcción, Albert Speer. Y decimos “pudo traicionar” porque, la verdad, Speer tiene poca competencia como relator de lo que ocurrió en los últimos días de Hitler. De todos los nazis de alto copete que lo acompañaron hasta el final, él fue casi el único que sobrevivió, y también casi el único que escribió unas memorias, años después, con la enorme ventaja de haberlas hecho tras el paso del tiempo. Por lo tanto, que Speer reaccionó a la orden de Hitler de destruir todo lo que el enemigo fuese a tomar, incluidas canalizaciones de agua y fábricas, todo lo que Speer había construido, poniéndose en su contra, es algo que nos dice él, y poca o ninguna gente puede confirmar o desmentir.


Si son ciertas estas versiones, Albert Speer había alcanzado un punto de indignación en el que habría decidido que había que acabar con aquello. Como constructor del búnker de la Cancillería, sabía que las fuentes de aire del mismo eran escasas y dependían de unas tuberías que llegaban hasta el jardín del edificio, protegidas por una chimenea de cuatro metros. Speer y algunos cómplices habrían manejado la posibilidad de inculcar gases tóxicos por las tuberías y así matar a los inquilinos del búnker. Realmente, de haberlo hecho habría sido todo un símbolo: Hitler, Bormann, Goebbels, etc., muriendo como habían matado a millones de judíos… quizás es, en mi opinión, precisamente el alto simbolismo del acto el que juega en contra de su veracidad.


El 18 de marzo de 1945, Speer le escribió una carta a Hitler en el que le exponía pacientemente todas las razones por las que no se podía vencer. Hitler lo llamó y tuvo con él esa conversación que reproduce El hundimiento, en la que le dice que si Alemania no gana, no debe vivir, pues sólo las naciones fuertes merecen la supervivencia. Ante las protestas de Speer, Hitler lo manda a tomar vientos, aunque el 29 de marzo se volverán a ver para reconciliarse. Speer, si es que tuvo alguna idea de atentar contra Hitler, ya no la sacó del baúl de los recuerdos hasta el final de la guerra.


Sin duda, el hombre más fiel que tenía Hitler en aquellos últimos días era Josef Goebbels y su mujer, Magda; le fueron tan fieles que le acompañaron a la muerte y, de paso, se llevaron a sus seis hijos con ellos. Por lo tanto, Goebbels no era buen candidato para intentar suceder a Hitler, entre otras cosas porque tampoco tenía tropas a su mando. Sin embargo, pudo haber sido tentado para ello.


En los últimos días del Berlín nazi era embajador japonés allí el general Oshima, un hombre muy hábil del cual la Historia habla mucho menos de lo que debería. Japón tenía un interés muy concreto respecto de Berlín: que firmase la paz con la URSS. Entonces, todavía el imperio del Sol Naciente tenía relaciones diplomáticas normales con Stalin, y un armisticio en el frente Este de los alemanes podría suponer una especie de reedición del pacto de 1939 que, esta vez, incluyese a Tokio.


En septiembre de 1944, Oshima intentó convencer a Goebbels de llevar a cabo este movimiento. Le dijo que en Japón él era considerado el hombre del futuro, y que en Moscú, que había sido discretamente consultado, la idea no caía mal. Goebbels, sin embargo, no estaba muy convencido; carecía, le dijo a Oshima, de medios propios para lograr contactar con Stalin y, además, siendo realistas, ya había muy poco que Alemania le pudiese ofrecer en un pacto. Dos meses después, el fracaso final de la ofensiva de las Ardenas vendría a darle la razón.


Cuatro días después de que las Ardenas se diese por fracasada, el 21 de diciembre, Goebbels le escribe a Hitler una carta como Speer. Le expresa la gran dificultad en que se encuentra la guerra y la necesidad de vencer estas dificultades creando coaliciones fuertes. Entonces, saca a pasear la idea del pacto con Stalin, le informa del apoyo japonés, y le sugiere que la política exterior nazi sea dirigida por una persona distinta a Joachim von Ribentropp.


El Führer ni siquiera le respondió; pero también es cierto que, habiendo con seguridad considerado esa carta como un ultraje y una traición, no tomó medidas contra su ministro de Propaganda.
Goebbels, en todo caso, no estaba mal informado cuando le sugería a Hitler apartar a Ribentropp. Para entonces, el jefe de la diplomacia alemana había tendido puentes con Samuel Hoare, entonces embajador británico en el Madrid de Franco. Lo quería utilizar como correo hacia las fuerzas occidentales aliadas. Hoare cuenta en sus memorias que fueron varios los generales alemanes que se dirigieron a él con diversos planes, que nunca creyó seriamente.


Franz von Papen le había ofrecido a Ribentropp entrar en contacto con fuerzas occidentales para hacerles una oferta: permitir que los ejércitos del Oeste penetrasen en Alemania, entregarles la victoria, a cambio de que así se parase el avance ruso por el país. Pero Ribentropp, exactamente igual que la mayoría de los políticos alemanes, no creía en Von Papen, con fama de maniobrero.
El general Wolf, jefe alemán del ejército de Italia del Norte, contactó en Berna con los aliados para pactar algún tipo de final de la guerra tras desplazar o matar a Hitler. Churchill, al parecer, no veía con malos ojos el acuerdo, pero la exigencia de los soviéticos de participar directamente en las conversaciones las hizo zozobrar rápidamente.


Por su parte el general Ernst Kaltenbrunner, jefe de la Gestapo, afirmaría durante los juicios de Nuremberg que intentó dar un golpe contra Hitler, con la ayuda de grupos antinazis austríacos. La verdad es que nadie le creyó, entre otras cosas porque toda la deposición de Kaltenbrunner en Nuremberg es una sarta de mentiras e invenciones.


Con todo, el gran traidor contra Hitler pudo serlo, aunque propiamente no lo fuera, Heinrich Himmler, para entonces jefe del ejército interior como hemos dicho. Walter Schellenberg, general de las SS y jefe del servicio de información del NSDAP, habría sido, quizás, el principal valedor ante Himmler de la necesidad de alguna solución que apartase a Hitler del camino y permitiese a otros jerarcas nazis sobrevivir. Al parecer, también manejó la posibilidad de un complot que situaría a Hitler como jefe del Estado meramente simbólico en el Obersalzberg, mientras que él mismo ostentaría el poder efectivo.
Himmler, sin embargo, dio pasos atrás. ¿Para qué quería ser el jefe de un Estado que estaba cercado por fuerzas muy superiores? De hecho, ni siquiera le hizo ilusión ser nombrado comandante del ejército interior, nombramiento que temía como algo que alimentaría su perfil nazi (como si ya no lo tuviese suficientemente alimentado…) y, consecuentemente, limaría sus posibilidades de salir con bien del final de la guerra.


El duó Himmler/Shellenberg creía, como el japonés Oshima, en la posibilidad de un armisticio parcial; pero del otro lado. Si hemos de creer los testimonios del doctor Kersten, que fue el médico personal de Himmler, éste siempre creyó en las elevadas posibilidades de entendimiento entre Alemania y Estados Unidos por dos razones fundamentales: primera, ambas potencias podían crear imperios sin pisarse la manguera, porque estaban en zonas distintas del mundo; y, segundo, Estados Unidos también tenía, a ojos de Himmler, un grave problema judío del que querría librarse. Así pues, Himmler creía que podía convencer a los americanos para firmar un armisticio en el Oeste que permitiese a Alemania seguir luchando contra la URSS. Estos intentos justifican en gran medida la pasión con la que, en encuentros como Teherán, se negoció por los aliados una cláusula de integralidad por la cual ninguno de ellos firmaría una paz separada con el Eje.


En febrero de 1945, el conde Bernadotte, en nombre de la Cruz Roja sueca, contactó con Himmler, inquieto por la suerte de una serie de prisioneros noruegos y daneses que había en Alemania. Himmler le propone que traslade a los aliados la apertura de negociaciones con él, ante lo que el sueco se hizo eso mismo. Tras ese fracaso, Himmler contactó con dos políticos nazis: Lutz Schwerin von Krosigk (que sería, de hecho, el último canciller del Reich, en el gobierno del almirante Dönitz); y Franz Seldte, titular de Trabajo, a los que trató de convencer, sin éxito, de forzar a Hitler, el 20 de abril, a realizar una declaración anunciando un referendo y la formación de un nuevo partido.


El 22 de abril, el mariscal Zhukov entra en Berlín. Hitler tiene uno de sus típicos estallidos histéricos, en medio del cual anuncia que no dejará nunca la Cancillería. Himmler, acojonado, se va echando leches a Lübeck, donde se entrevista con Bernadotte, le dice que el Führer está muerto, y le conmina a comunicar las negociaciones de paz. Esta vez, el sueco hará lo que le pidan, pero será Ike Eisenhower el que se niegue.


En parte, el mando americano hizo eso por respetar la norma de que no habría armisticios parciales. Pero también lo pudo hacer, según a quien se lea, porque en ese momento los americanos tendrían algunos informes de inteligencia, por llamarlos de alguna manera, que señalarían que Hitler no estaba en Berlín; razón por la cual, entre otras cosas, habrían dejado que los rusos llegasen antes a la capital.
El problema para Himmler fue que la agencia Reuter publicó la noticia de la oferta y el rechazo del mando de Reims. Cuando Hitler la recibe, estalla en ira, cesa a Himmler y lo echa del partido.


El último conspirador contra Hitler es el nazi que faltaba: Hermann Goering. Bueno, él diría que no traicionó a nadie. En el curso de la crisis nerviosa del día 22, Hitler gritó: “No merece la pena seguir luchando. No tenemos más opciones. Para negociar, Goering lo hará mejor que yo”. Enterado por el general Karl Koller de estas palabras, Goering, tras muchas dudas, le manda a Hitler un famoso telegrama en el que le viene a decir: “Mi Führer, ante vuestra decisión de permanecer en la Cancillería, quisiera consultaros si estáis de acuerdo en que yo tome, desde este momento, el control total del Reich, con plena libertad de acción tanto en el interior como en el exterior, conforme a vuestro decreto de 29 de junio de 1941. Si no he recibido respuesta a las diez horas de la noche, consideraré que habéis perdido vuestra libertad de acción, y que se cumplen las condiciones del mentado decreto”.


El telegrama de Goering lo recibe en el búnker Martin Bormann. Lo juzga, inmediatamente, un ultimátum a Hitler, y así se lo hace saber a su jefe. Hitler es de la misma opinión, y le manda un telegrama a Goering informándole de que merece la muerte, pero que le perdona por los servicios prestados anteriormente, y con la condición de que cese en todos sus cargos. Bormann, en paralelo, ordena su arresto.


Para entonces, 22 de abril, Hitler todavía tardará una semana y unas horas en suicidarse. Una semana que pasará, con seguridad, amargado por la idea de que incluso los suyos le han traicionado.