miércoles, abril 10, 2013

Amapola (in Memoriam)


Los lectores habituales de este blog habrán notado que últimamente su autor se muestra un tanto esquivo e incumplidor. Hay una razón para ello.

Hace dos días, perdí a mi madre.

Fue hace unos cuantos años que escribí el texto del cuento que reproduzco aquí, apenas con dos o tres correcciones sobre aquellas palabras originales. Cuando lo escribí, mi madre estaba muy lejos de la muerte y, sin embargo, esa idea ya me provocaba cierta desazón; tal vez porque yo mismo la rondé en sus brazos. Lo he releído en estas últimas horas y he pensado que no podría pensar en un homenaje mejor. Los hay, sin duda, mucho mejores; pero yo no sé escribirlos.

Va por ti, madre. Lee, pues.


Amapola

Ana María abrió los ojos, inusitadamente secos. Esperó un tiempo así, mientras las cosas se definían. Primero la tenue línea blanca tras las cortinas que tapaban el ventanal. Después el contorno de la pequeña habitación y un bosquejo de las líneas regulares del papel pintado. El armario en un extremo de la habitación, a su izquierda. El plafón de la lámpara, casi justo encima de ella. Pronto distinguió incluso las molduras de escayola del techo. Y entonces empezó a llover afuera, primero poco a poco y después con una saña cruel. El agua, azotada por el viento, parecía querer agujerear los cristales.
Fue entonces cuando Ana María sintió una tristeza profunda por estar viva y un llanto le nació en la garganta.

Se sentó en la cama, con esa urgencia del que siente arcadas y cambiando de posición confía en vencerlas. Pero el llanto no se detuvo. De la garganta subió como una mancha hacia su cabeza y, antes de que pudiera evitarlo, brotaba por sus ojos sin recato, por todos los lados. Los párpados se le desbordaron como una presa quebrada. Llegaron los hipos, con los que Ana María cabalgaba el aire tibio de la madrugada. Sin poder volverse, notó cómo el bulto que había sido Carlos dormido se movía y acabó sintiendo dos manazas sobre sus hombros. Y un beso casi inapreciable en la mejilla. 


- Cariño... –musitaba su marido, pidiendo permiso.

Ella sólo podía llorar. Se giró para encontrar la clavícula de él, su caliente abrazo. Tenían un dormitorio pequeño que, en las noches de invierno, amanecía cálido y apacible porque dos cuerpos humanos se bastaban para conservar los rescoldos de la catalítica en un espacio tan reducido. Sin embargo allí, en aquel refugio, Ana María se sentía sola. Por primera vez en mucho tiempo. Su marido Carlos le acariciaba el pelo. Pero ella sólo quería, sólo sabía dolerse y sentirse sola. 


- Papá... ¡papá! –acertaba a decir entrecortadamente. 

La luz de la lámpara de su mesilla de noche saludó la tragedia con sus reflejos equívocos. En la semioscuridad, la piel de Carlos se veía roja y sus gestos inquietantes. Pero ella no sentía miedo ni aprensión. Peor, ahora lo sabía, es estar muerto. Cuando estás muerto, se decía, no tienes ni el miedo para que te asista.

Algo en el cuerpo de su marido se puso rígido. Ella estaba hundida dentro de su hombro, exponiendo su desconsuelo, pero aún así notó algo. Levantó la vista y vio el rostro de Carlos, duro y con los ojos muy abiertos por una especie de miedo controlado. Giró la cabeza. Chino estaba en la puerta de la habitación y les miraba. Ella se dio cuenta de que no sabía qué pensar ante la visión de su madre llorando de esa manera. Ya tenía catorce años, cierto. Pero nunca la había visto así. Ella le extendió los brazos y cuando él se acercó, lo abrazó, lo atrajo hacia su pecho y le besó el pelo. 

- Chino, ay, Chino...

- Mamá, mamá –balbuceaba su hijo mayor, peleando contra su camisón que se le metía en la boca‑. ¿Qué pasa, mamá? ¿Qué te pasa?

- Esta noche llamaron –informó la voz metálica de Carlos‑. No lo oiríais, era muy tarde y estaríais dormidos. El abuelo se ha muerto, Chino. 

El niño levantó la cabeza y miró a su padre. Después a su madre. Y comprendió. 

- ¿El abuelo... el abuelo de Madrid? ¿El abuelo de mamá?

Padre y madre asintieron lentamente. El Chino era el hijo mayor; desde los once años más o menos no había vuelto a llorar. Y tampoco lloró aquella vez. Se quedó mirando al suelo; daba la impresión de pensar que se esperaba de él alguna solución, y que trataba de encontrarla. Sus padres quisieron atraerlo de nuevo hacia sí, pero el Chino se separó, se levantó y caminó hacia atrás, hacia la cocina. Ana María salió detrás de él. Le permitió sentarse ante la mesa de formica en la que desayunaban cada mañana, debajo de la claraboya que en ese momento crepitaba con el interminable concierto de gotas de lluvia. 

- El abuelo te sigue queriendo, Chino. No lo olvides.

El niño, en pijama, noqueado por la noticia y en la penumbra equívoca de la claraboya por la que intentaba entrar el día, parecía un adulto en miniatura representando una tragedia. 

- El abuelo... está muerto, mamá. El abuelo se ha muerto.

- ¡Basta ya, coño! –terció Carlos, entrando él también en la cocina‑ Podrías tratar de ponerle las cosas un poco más fáciles a tu madre.

- Es igual –terció Ana María‑. También era su abuelo.  

El Chino aterrizaba poco a poco en la situación, mientras su madre hacía hervir la leche y las primeras tostadas empezaban a humear en la sartén. Estuvo un buen rato mirando a un punto de la mesa, algunos centímetros delante de él, como si allí se pudiese leer el libro del futuro. 

- ¿Ya no volveremos a ir a Madrid? –acabó por preguntar.

- No digas tonterías –contestó su padre, sentándose en la mesa‑. Está tu abuela, y tu tía Lola. Además, al terminar el bachillerato querías ir allí a estudiar ingeniería, ¿no?

- Si podías pagarlo.

- Podré –respondió Carlos, simulando una sonrisa‑. Eso es 1972. Ya tendré un trienio más. Además, mira, te quedas allí y le haces compañía a la abuela, que la necesitará. 

Al recibir esa respuesta, el Chino pareció sentirse algo más tranquilo. 

- ¿Y la abuela? ¿Qué tal estaba?

Ana María, refugiada entre cacerolas, quiso contestar, pero no pudo. Todavía tenía el llanto anudado en la laringe.

- La abuela está bien –respondió Carlos por ella‑. Pero necesitará de mamá. Así que mamá se va a ir esta noche a Madrid, en el tren.

Ana María y su hijo mayor intercambiaron una mirada. Ella leyó en los ojos de él algo parecido a la angustia. 

- El expreso... y sin canciones –alcanzó a decir el niño.

Ana María trató de sonreír. Pero sabía que no era ninguna ironía. Esas veces que la familia se iba a Madrid pero Carlos no podía acompañarlos por tener que quedarse en La Coruña trabajando, iban en tren. En el expreso, por la noche, en litera. Y cantaban. Ana María sabía que los niños eran felices yendo a Madrid porque allí estaban los abuelos, la tía Lola y una vida más fácil que la que tenían en Galicia. Porque iban contentos, cantaban las canciones que en ese momento estuvieran de moda; y ella les acompañaba. Así que pensó: Chino acaba de comprender algo. Acaba de entender que la vida cambia, que nos engaña, que no conserva por siempre las cosas dulces. El tren de la alegría lo sería esa noche de la tristeza. Y aquel viaje no sería el viaje vacacional de hasta entonces. Fue tras esa frase entrecortada cuando Ana María se dio cuenta de que su hijo el mayor estaba aprendiendo el dolor y haciéndolo suyo. El agua azotó la claraboya de la cocina. Su padre había muerto esa misma noche, de una apoplejía. Todo el aire que había en su interior estaba podrido, gastado, falto de la sustancia del futuro. Ana María sintió la nada que era. Y no se preguntó por qué. El único deseo que sentía era permanecer apoyada en el hombro de su marido, con los ojos cerrados, tratando de borrar los perfiles de la realidad. Pero eso era imposible, se dijo; imposible como tantas otras cosas.

Carlota y Jaime aparecieron rasgando la oscuridad del pasillo, frotándose los ojos. La niña parecía casi grotesca con aquel camisón que le quedaba pequeño y dos piernas que, aunque ya tenía diez años, seguían pareciendo dos alambres como cuando era una niña pequeña. Jaime, rechoncho y silencioso, se abalanzó sobre las tostadas, por encima de su padre, y en menos de medio minuto estaba ya sobradamente servido para el desayuno. Ana María se había sentado en su lugar de la mesa. Sintió la mano de Carlos sobre la suya y cuando contestó con una mirada vio cómo él, tratando de barnizar su rostro de ternura, se ofrecía para hablar. Ella le sonrió y negó levemente con la cabeza.

- Niños, Carlota, Bito. El abuelo murió esta noche. 

Carlota y Jaime miraron a su madre con los ojos muy abiertos y después dejaron escapar miradas furtivas a Chino. Su hermano mayor no les devolvió el gesto; parecía desayunar indolentemente, como si el abuelo del que se hablara no fuera abuelo suyo. 

Sus hermanos, después de unos segundos de incertidumbre, volvieron a hundir sus narices en sus colacaos.

Ana María comprendió. Si por lo menos pudiese dejar de llover...

- El abuelo Lucas, niños. 

Pálidos, Carlota y Jaime elevaron los rostros una vez más, con ojos como platos.

- ¿El abuelo de Madrid? ¿El abuelo... se ha muerto?

Una corriente de algo parecido a la ira recorrió el pecho de Ana María.

- ¿Qué pasa? ¿Ahora os duele? El abuelo de La Coruña también os quiere, niños; no me puedo creer que...

Otra vez, sintió la mano de Carlos sobre la suya. Esta vez, su marido apretó sus dedos para callarla. Ella le miró. Tenía el rostro duro, pero trataba de suavizar el gesto con el que le demandaba tranquilidad. Su marido susurró para ser escuchado sólo por ella.

- Déjalo, Anama. Déjalo. Él se lo ha buscado.

Y apretó más aún su mano. Tanto, que le hizo recordar a ella otro apretón pretérito, aunque aquella vez fue ella la que tomó la mano de él. Fugazmente, mientras la lluvia fustigaba con crueldad el cristal de la claraboya, vio aquella escena. Los dos, ella embarazada de Chino, sentados en el anticuado salón de la casona que los padres de Carlos tenían en San Andrés. Escuchó la perorata de Carlos quien, con la seguridad de quien todavía tiene cercanos los duros exámenes orales de la facultad, explicaba su proyecto a sus padres y les pedía las 75.000 pesetas que necesitaba para llevarlo a cabo. Luego la negativa de Don Carlos y Doña Pureza, primero tierna y amorosa, después simplemente educada y al final, cuando hasta Carlos, el fiel hijo Carlos, argumentó con eficacia su extrañeza, con simple y pura dureza. Aquel “no”, pensó Ana María, era la cosa más triste que les había ocurrido hasta aquel mismo día. 

Jaime hacía pucheros sobre su taza hirviente. Los dos medianos, en cuanto oyeron a su padre decir que mamá se iba esa misma noche a Madrid, dijeron al unísono que se iban con ella. No puede ser, argumentaba el padre con paciencia; pero ellos, lejos de considerar disciplinadamente la negativa, parecían recibir nuevas fuerzas para oponerse. Al final, Carlos dio un manotazo en la mesa y acalló la discusión. 

- Tenéis colegio –sentenció‑. Ya sé que es muy triste lo del abuelo, pero no podéis... no vais a... Seguiréis yendo al colegio, niños. Eso es todo.

La pena dio paso a la frustración. Jaime y Carlota empezaron a hacer pucheros silenciosos y a desayunar con lentitud deliberada. Pero eso a Carlos parecía darle igual y ella estaba demasiado cansada. Se levantó de la mesa sin haber terminado su desayuno. 

- Voy a ver a Héctor –informó. 

Sorteó la mesa del desayuno y dio dos pasos atravesando transversalmente el pasillo para entrar en el salón donde en la noche se extendían las camas y las literas de los niños. A tientas y de memoria, sorteó los perfiles de las camas en la oscuridad para llegar a la ventana. Corrió las cortinas, accionó el pestillo de una contraventana y la abrió. Una vaga luz gris entró en la habitación, quebrando la oscuridad con tibieza. Las gotas de lluvia golpeaban los cristales. El viento venía de cara hacia el ventanal, desde el mar. Ana María volvió la vista hacia su derecha y encontró debajo de aquel rayo de luz la silueta de una camita y la débil irisación de un pelo sudoroso. Su hijo Héctor dormía de espaldas a ella con toda la cara hundida bajo la sábana y la manta, de forma que esa mata de pelo claro era todo lo que se veía. Ella lo acarició muy levemente con la punta de sus dedos, para despertar al niño poco a poco, como sabía que a él le gustaba. Al principio, Héctor no se movió. Pero luego ella oyó un suspiro y después el roce de las manos con la sábana y el bulto debajo de las ropas empezó a definirse. Poco a poco lo vio mejor; afuera el día adquiría perfiles más concretos. Ana María localizó el hombro derecho del niño y tiró de él con suavidad hacia sí para ponerlo boca arriba. La cara angulosa y huesuda de su hijo Héctor, con los ojos cerrados, se ofreció al día. Sudaba copiosamente. Ella puso una mano sobre su frente; debía de tener treinta y ocho o treinta y nueve grados. 
El niño entreabrió los ojos y la boca, pero no dijo nada. Cada mañana era así desde un mes atrás. Se despertaba sin fuerzas siquiera para hablar. 
- Tienes sed, ¿verdad, cariño? –susurró Ana María, y tuvo la sensación de que su voz luchaba con los terribles mensajes de la lluvia cayendo. 

Irguió a su hijo pasándole una mano por la espalda y le puso en los labios un vaso de té frío con mucho azúcar que había pasado la noche en el suelo, en la cabecera de la cama del niño. Héctor bebió del vaso y, al instante, pareció caer en un nuevo sopor. Ella lo dejó sobre la almohada como un peso muerto. Sintió que se le saltaban las lágrimas, una vez más, una mañana más. Más tarde anotaría en su diario que, por sexta mañana consecutiva, su hijo había amanecido con fiebre alta. Héctor tosió. Su tos terminaba en un estertor en el que algo en su pecho parecía hervir y crepitar. Ana María recordaba esa tos. Así había tosido su abuelo en los últimos años de su vida, después de haber fumado unos veinte puros diarios durante cuarenta años. 

Dormido como estaba, el niño no protestó mientras ella le ponía el termómetro bajo el brazo. Esperó el tiempo necesario allí, sentada al borde de la camita, escuchando la lluvia borrar los pensamientos y rezando maquinalmente, un Ave María por el alma de su padre, otro por la curación de su hijo. En ese tiempo, Héctor no se movió. Seguía durmiendo, ahora con la chaqueta del pijama abierta, y su pecho subía y bajaba con un silbido casi imperceptible. Pasados unos minutos, Ana cogió el termómetro: treinta y nueve cuatro. Tapó a su hijo y salió del dormitorio. 

El Chino, Carlota y Jaime esperaban ya en el pasillo, vestidos con sus uniformes colegiales. Carlos 
estaba con ellos. Le preguntó con la mirada y Ana miró al suelo. Luego sonrió a sus hijos, los besó uno a uno y se despidió de ellos. Chino se los llevó, escalera abajo, sin decir nada, sin despedirse de ella. Sólo le dedicó una mirada desde la escalera, una mirada indefinida, que Ana no supo si quería decir te quiero, vuelve pronto o tan sólo era la desesperada pregunta de si el mundo volvería alguna vez a ser como hasta entonces. 

- ¿Cómo está? –preguntó Carlos cuando se quedaron solos. 

- Otra vez mal –respondió ella, arrastrando las palabras desde su garganta para que salieran‑. No me puedo ir, Carlos. 

Ana María sintió la mano de su marido en la cintura y cómo la arrastraba suavemente a la cocina, de nuevo. Sirvió café recién hecho. Los dos encendieron cigarrillos. 

- ¿Qué tiene?

- Treinta y nueve y medio.

Carlos bufó y dejó el cigarrillo en el cenicero con violencia. Luego lo cogió otra vez y echó una chupada con la que debió bajar el humo hasta la planta de sus pies. Seguía lloviendo afuera y en el techo, en la claraboya. 

- ¿Le has dado la medicina de la fiebre?

- Todavía no. No son las nueve.

El marido consultó su reloj. Ana María lo observó. En ese momento, pensó, lo que más deseaba Carlos era dar un puñetazo en la mesa, destrozarla a golpes. No era un mal hombre. Demasiado impulsivo quizá, ciego para según qué cosas, se decía ella a menudo. Pero era bueno. Jamás había conseguido las 75.000 pesetas, ni de su padre, ni de un banco, ni de nadie. Él quería fundar una empresa auxiliar del transporte marítimo, pero nunca llegó a hacerlo. Ella siempre le había dicho que hiciese lo que creyese necesario, que ellos se adaptarían al dinero que entrase en la casa. Pero los niños llegaron pronto. Carlos, con esos extraños ojos rasgados que habían conseguido que nadie le conociese por su nombre, fue el que hizo cambiar todos los planes. Y luego lo confirmó Carlota. Luego Jaime y, al final, Héctor. Si tener que plegarse a la realidad de cuatro hijos fue humillante para Carlos, nadie lo sabía. Jamás había dejado escapar una queja ni un reproche. Aceptó que tenía que dejar de asumir riesgos con absoluta naturalidad, tan fácil y grande que Ana solía repetirse que no podía ser cierta. A ella le costaba creer que después de aquella dura escena en la que Carlos y su padre discutieron por el préstamo de 75.000 pesetas que nunca existió, su marido no sintiese la vejación que suponía aceptar las influencias de Don Carlos para colocarse en la Junta del puerto. Su marido se había aplastado detrás de una máquina de escribir. Justo la vida que Don Carlos siempre había querido para él. 
- Joder, esto no puede seguir así... ¡Joder!

Ana María agarró la mano de su marido. Él no la miró. Observó sus ojos llorosos. Pensó: ahora mismo, todo lo que quisiera es preguntarme si Héctor vivirá. Y no lo hace para no torturarme, para torturarse él solo. En su habitación, el niño silbó primero y tosió después. 

- Son seis días, joder, Ana, seis... ¿no había mejorado?

Sí, había mejorado. Eso les dijo el médico. Héctor llevaba ya casi un mes en cama desde aquel día en que jugó en los charcos y todo parecía indicar que había cogido un resfriado muy fuerte que terminó siendo una fuerte pulmonía que, con los días, se complicó gravemente. Entonces empezaron las medicinas y la inyección diaria. El momento más duro del día, porque cada tarde, a eso de las seis y media, Héctor parecía despertar de un sueño y se daba cuenta de que sólo quedaba media hora para la visita del practicante y empezaba a llorar. Lloraba media hora hasta que efectivamente llegaba el practicante y entonces, a pesar de que casi no podía respirar, gritaba como si aquel hombre estuviese allí para arrancarle la piel. El practicante era un hombre de Buño, muy callado pero en el fondo sensible. Cada dos días, aparecía con un pequeño regalo para Héctor, normalmente un coche de juguete. Pero Héctor jamás tocaba esos juguetes, como si estuviesen envenenados. Sus hermanos jugaban con ellos. 

Todo aquello había hecho su efecto semanas atrás y se había observado una mejoría. Al menos, el niño había dejado de tener fiebre. Pero algunos días antes habían tenido que llevarlo al hospital para hacerle unas radiografías y, al parecer, había vuelto a enfriarse en el camino. La fiebre había regresado, y las pompas en los pulmones, y la tos de anciano, y los gritos animales cada tarde, a las siete. Hacía un mes ya que Héctor no sonreía. Y ahora, el abuelo.

- El médico dijo que tuviésemos paciencia, que sólo...

- ¿Paciencia? ¡Joder, Anama! ¿Paciencia? Pero, ¿cuánto piensa ese médico que puede aguantar un niño de cuatro años teniendo fiebres constantes todas las noches? ¿Qué se cree que es, un alférez provisional?

Ana María suspiró. Apretó con fuerza el tazón de café. Y en ese gesto, ese cerrar las manos con fuerza y una cascada que le subió por el esternón, en ese gesto se despidió de su padre sin una lágrima. 

- No te preocupes. Yo me quedaré con él. 

Carlos volvió a bufar. Quizá sólo entonces se dio cuenta de la conclusión a la que llevaban sus palabras. Se pasó una mano por la cara mientras expulsaba aire con fuerza. Probablemente, contó hasta cien antes de hablar otra vez.

- Anama, tú te vas. Eso no está en discusión. Tu madre dijo...

- Mi madre dijo que no sabe dónde están los papeles del nicho de papá. Pero Lola los puede buscar. Le darán permiso en el trabajo y tú lo sabes. No soy necesaria allí. 

- No se trata de eso. Se trata de que tú...

- Se trata de que yo TENGO UN HIJO, Carlos. Y quiero quedarme con él.

Carlos se reconcentró en la labor de beber el café de su taza. Se hizo el silencio entre los dos, pespunteado por la lluvia. Ana rezó un Ave María más en silencio. Por ella misma, esta vez.
Finalmente, Carlos se levantó. 

- Voy a vestirme. Y luego iré a la oficina. Allí voy a pedir un permiso...

- Carlos, oye...

Su marido levantó un dedo frente a su cara y con gesto brusco la mandó callar.

- Voy a pedir permiso. Una semana. Todo el mundo lo entenderá, sabes que no tendré problemas. Y, luego, si el niño tiene fiebre a media tarde, te quedas. Si le baja, te vas.

- Siempre le baja durante el día –protestó ella‑. Por la mañana la medicina y por la tarde sólo sube unas décimas, así que...

- Dormirá conmigo, en nuestra cama. Yo lo velaré. Ya sé que piensas que no soy capaz de hacer eso, pero sólo serán un par de días. Además, Héctor va a mejorar. Lo noto aquí –dijo, y se tocó el centro del pecho.

Ana María lo dejó marcharse con esa ilusión, verdadera o fingida. Y entonces llegó la coda de la primera mañana, hacer las camas de los niños, la suya propia, poner en movimiento la casa. Llegó el momento de hacer la cama de Héctor. Ana sacó del armario un juego limpio y fresco y cuatro mantas. Sacó al niño de la cama y lo sentó en un sillón del salón, una vez que lo puso dentro de las cuatro mantas. Entonces, aprovechando que había dejado de llover, abrió la ventana para ventilar un poco la habitación y se puso a hacer la cama. Tocar las sábanas empapadas de la noche anterior le costaba horrores. Le daba la impresión de que su hijito se estaba disolviendo poco a poco y que, de alguna forma, sacar aquellas sábanas, lavarlas, era como empezar a matarlo. Luego se reprochaba esos pensamientos tan negros y tan absurdos y era peor. Pero aquella mañana no pudo seguir pensando porque escuchó el hilo de su voz de su hijo pequeño desde el sillón, tratando de remontar la cordillera de mantas tras las que estaba parapetado.

- Mamá, ¿el abuelo se ha muerto?

Abajo, en la calle, unos cuantos pisos más abajo, un autobús pasó renqueante. Ana María se detuvo por un momento y miró a su hijo. Héctor esperaba la respuesta en el sillón, teñido de cuadros rojos y negros. Su rostro era el de alguien que no estuviera dispuesto a aceptar una mentira.

- ¿De dónde te has sacado eso, cariño?

- No lo sé –contestó el niño‑. Me suena que lo he oído. Pero no sé si lo he soñado. 

Ana María suspiró aliviada. Retornó a la labor de hacer la cama. 

- Ha sido la fiebre, Héctor. Sigues teniendo mucha fiebre. Pero ahora te has tomado la pastilla y ya verás como te baja. Has delirado por la noche y has tenido sueños malos. Lo del abuelo ha sido un sueño malo. 

Se hizo el silencio. Tan sólo se escuchaban los pequeños chirridos de las sábanas rozándose unas contra otras. De repente, una gaviota le gritó al viento. 

Y el niño habló súbito, como si no hubiese transcurrido el tiempo desde la respuesta de su madre.

- Pero tú estás triste, mamá.

- ¿Triste, yo? –contestó Ana María, afectando despreocupación‑ ¿También has soñado eso, caballerete?

- No lo he soñado –protestó Héctor‑. Esta mañana, cuando me has dado el té. Lo he notado. 

Ana María había terminado la cama. Cerró la ventana de la habitación y cogió en brazos a su hijo. Sus carrillos se juntaron. Héctor ardía aún. Ella cerró sus manos en torno a su pequeño cuerpo, que ya era de por sí poca cosa pero que en aquellas semanas había adelgazado peligrosamente. Notó sus huesos, sus costillas, sus caderas. El niño temblaba levemente. Ella lo levantaba apenas sin esfuerzo, como cuando era un bebé. En ese momento, Ana María pensó, se morirá. Mi hijo, mi pequeño, se va a morir. Está agotando sus últimas fuerzas. Luego escuchó fuera un golpe de viento y luego, otra vez, el monocorde concierto de la lluvia. Qué futuro tan gris, se dijo. Tan gris como una mañana coruñesa de otoño. 

Se sintió débil mientras depositaba a su hijo en la cama, le quitaba las mantas y lo colocaba debajo de la sábana. Héctor, como casi cada día en ese momento, entornó los ojos y dejó escapar un largo suspiro sonoro. Era su forma de sonreír de placer. 

- El mejor momento del día, ¿eh? –dijo su madre, con una sonrisa.

El niño asintió, dentro de sus dificultades. El suspiro le había demandado toda la capacidad respiratoria y ahora tenía problemas para recuperarse. 

- Las sábanas... limpias...

- Déjalo, Héctor. No hables. No hables, cariño. Todavía estás malito.

Esperó pacientemente a que se recuperase. Poco a poco, aquel niño de cuatro años exprimió su cuerpo a la búsqueda del último retazo de oxígeno y, con todas sus reservas, regresó al ritmo cansino de todos los días. A su madre aquella lucha, y la pírrica victoria que consiguió Héctor ante sus ojos, la llenó de admiración. 

- Míralo de esta forma, Héctor. Cuando seas mayor no podrás fumar y eso que saldrás ganando. 

El niño trató de volver la cabeza hacia su madre, pero ella no le dejó, para no reclamarle más esfuerzos. Pero ya tenía resuello para decir algunas palabras.

- Papá fuma. 

- Papá fuma. Y mamá también, a veces. Pero está mal. Que lo hagan papá y mamá no quiere decir que esté bien hecho.

El niño levantó una manita. Ana María la tomó y se la llevó a los labios. La notó fría, tal vez por el sudor. 

- Te... temblaba la mano, mamá. 

- ¿Me temblaba la mano? ¿De qué me estás hablando, Héctor?

- Esta mañana. Al darme el té. Te temblaba la mano en mi espalda.

- Oh. ¿Y?

- Y... por eso sé que estás triste.

Ana María sintió un escalofrío que la recorría toda y quiso encontrar los pensamientos de su hijo en sus ojos. Pero la mirada del niño era una mirada afiebrada y ausente, una mirada que parecía traspasar el techo y llegar hasta el cielo.

- ¿Se ha muerto el abuelo, mamá?

- ¡Ay, Héctor! ¡No seas pesado! Nadie ha muerto, cariño. Nadie ha muerto y nadie va a morir. El abuelo está perfectamente.

El niño tosió un buen rato. Después su garganta gimió tanto que Ana María creyó estar ante una crisis seria. Pero todo eso se acabó de repente tras una tos que obligó a la madre a incorporar a su hijo para que escupiese un buen cargamento de mucosidades casi negras. 

Lo depositó en la cama. Héctor daba golpes tibios con su cuerpo hacia su madre. Finalmente, Ana María comprendió que lo que quería es que le diese la vuelta para dejarlo acostado de lado, mirando hacia ella y bajo la luz de la ventana que estaba abierta. 

- Mamá –acabó por musitar el niño‑. Si no estás triste por el abuelo, entonces estás triste por mí.

- ¡Héctor! Pero, ¿qué dices?

- Me voy a morir.

- ¡Cariño, por Dios! ¡No digas eso ni en broma!

- Si el abuelo no se ha muerto, entonces estás... triste... por...

- No hables tanto, Héctor, por favor. ¿No ves que...?

- Mamá... lloras.

- ¡Cállate!

Esa palabra le dolió a Ana María desde el mismo momento que abandonaba su boca. Pero su hijo obedeció con estoicismo. Entre los dos se hizo un silencio que sólo rompía la lluvia cayendo constantemente y el ronco silbido de la respiración del niño. Ella trató de sonreírle y le tocó la cabeza. El pelo pajizo de Héctor parecía estar algo más seco. La fiebre remitía. 

Ella habló repentinamente, sin saber por qué.

- No lo has soñado, Héctor, cariño. El abuelo murió anoche.

Héctor cerró los ojos y detuvo allí las lágrimas. Ana María pensó: Dios santo, ni siquiera puede permitirse el llanto. La angustia creció en su pecho como un globo demasiado hinchado. Si Héctor lloraba se quedaría sin respiración. Lo acarició más. Inclinó su rostro sobre el de él y le besó. Y lloró en su lugar. 

Estando así, los susurros del niño retumbaron en su oído como dentro de la nave de una iglesia.

- ¿Estaba enfermo el abuelo?

Ella separó el rostro, secándose las mejillas. El niño no la miraba. Miraba de frente, echado de lado como estaba, tal vez demasiado cansado para forzar la vista.

- No lo sé, Héctor.

- Mamá... ¿Adónde van los que se mueren?

Ella sonrió abiertamente. Se dio cuenta de que estaba deseando que la conversación tomase esos derroteros.

- Al Cielo, cariño. Y allí son muy felices y nos ven. Sólo que nosotros no los vemos. Están con Dios.

El niño hizo un gesto de fastidio o incomodidad. Ana María, sin hacerle preguntas que le costaría contestar, le metió una mano por la espalda, lo puso boca arriba y lo levantó un poco para que se sentase en la cama. Luego lo tapó bien y le tapó la espalda con un echarpe. Al principio, Héctor tosió más con el cambio de postura, pero a la larga fue mejor. Parecía claro que con la bajada de la fiebre había adquirido algo de fuerza para estar sentado.

- Mamá... cuando yo me muera no podré ser feliz. Si te veo pero tú no me ves y te hablo pero tú no me oyes, no podré ser feliz. 

Ana María agarró a su hijo de los hombros, cuidando de apretar pero no zarandearle.

- Héctor, mírame. Mírame a los ojos, ahora mismo. Así. Ahora, escúchame. Tú no vas a morir, ¿vale? Dime que lo entiendes.

- Lo entiendo, mamá.

- No vas morir, y punto. Cariño...

- Mamá: ¿dónde van los niños cuando se mueren?

Ana María desvió la vista y suspiró. Soltó a su hijo. Trató de imprimir a sus ojos los tonos de esos momentos en los que perdía la paciencia. Claro que eso no le había pasado desde que el niño había enfermado. Se sentía incapaz de perder la paciencia con su hijo y, tenuemente, se tuvo que reconocer con renuencia que eso era porque, en el fondo, ella también lo pensaba. Y lo temía. 

- Los niños... los niños que se mueren van al Cielo, Héctor. Para eso los bautizan. 

- Y, ¿con quién están allí?

- Ya te lo he dicho: con Dios.

El rostro de Héctor se torció en una mueca de disgusto.

- ¿Con Dios? ¿No podré estar con el abuelo?

Aquello fue demasiado. Ana María se levantó y le dijo a su hijo que no quería escuchar una palabra más sobre aquello. Que el abuelo se había muerto y que le quería mucho y que nunca, nunca olvidase eso durante los muchos, muchísimos años que iba a vivir después de ponerse bueno. Y que iba a ponerle la radio para que oyese a José Luis Pecker. Héctor no protestó. Había sido el niño más protestón del Universo. Era imposible decirle que hiciese algo sin que se pusiese a gritar, a patalear incluso. Por eso aquellos silencios eran, si cabe, lo más doloroso. Ana María pensó en su propio hijo con la imagen del combatiente derramado sobre el campo de batalla, con mil heridas abiertas, esperando pacientemente la muerte porque ésta es el único resultado de una derrota.  Por su mente cruzó la idea de que su hijo, tan pequeño, había decidido dejar de luchar y, por eso, en la habitación contigua, con un tabique de por medio, se sentó en una silla con un pañuelo estrujado en la mano derecha y lloró sin ruido hasta que, a media mañana, llamó su hermana Dolores.

La conversación con su hermana le sirvió para regresar al mundo. Fue media hora de intercambio de informaciones útiles, planes y demás. Lola le dijo más de cien veces que no era estrictamente necesario que fuese a Madrid; pero, al mismo tiempo, describía puntillosamente el dolor de su madre, su desamparo y, aunque no lo dijo, ambas hermanas fueron conscientes de que por encima de la conversación sobrevoló la idea de que Anama era la preferida de su madre, con todo lo que eso significaba. Al final, Ana María colgó sin terminar de decir que no iría ni que iría y con un leve sentimiento de culpa que no conseguía definir. 

Llamó al señor Seisdedos. Los Seisdedos tenían un pequeño supermercado justo enfrente de su casa. El padre del señor Seisdedos había emigrado a Cuba a principios de siglo y ahora ellos habían decidido regresar. El señor Sesisdedos, cuando estaba cobrando la compra en la caja, solía quedarse mirando a quienquiera que fuese el comprador y le decía de repente: “Nada me haría más feliz que ver a Fidel Castro y a todos los suyos ahorcados en la playa”. 

Ana María dejó en sus manos la selección de algunas viandas y pidió que se lo subiera Paquito, el chico, cuando tuviese un rato. Cuarenta minutos después, tenía la compra desplegada sobre la mesa de la cocina. Seleccionó un filete no muy grande para Héctor. Ella se limitó a reservarse un yogur, tenía el estómago cerrado. 

A las dos, despertó a Héctor, que se había dormido con un pulgar en la boca, para comer. El niño tardó tres cuartos de hora en tomarse medio filete. El médico había dicho que tenía que comer cosas con mucha sustancia. Pero no tenía hambre. Esa era otra: Héctor no tenía hambre. Como para pensar que el sol saldría por el oeste al día siguiente. 

Vieron juntos “Por tierra, mar y aire” y, después, el Telediario. Y después “La casa de los Martínez” y después la novela. Héctor no tenía casi fiebre, así que su madre lo tomó en brazos, envuelto en mantas, y lo sentó en sus rodillas frente al televisor, los dos, madre e hijo, acurrucados en el sillón mientras fuera, a cada rato, seguía lloviendo. Así que Ana María tenía encima a su hijo y, a ratos, le besaba furtivamente en la mejilla. Héctor cada vez estaba más frío. Pero no se movía. Cada gesto brusco de los brazos o de las piernas lo hacía toser. 

Cuando la emisión terminó, Ana María se levantó con su niño en brazos para apagar la televisión. En ese momento, notó que Héctor se estremecía. 

- Mamá, mamá..,

- Tranquilo, Héctor. No te voy a dejar caer.

- No es eso, mamá. No quiero ir a la cama.

El pecho de Ana María sonrió con ternura. Apretó el abrazo de su hijo.

- Ah. ¿Nos quedamos aquí, en el sillón?

- Sí, por favor.

Se sentó de nuevo. La tarde equívoca y silenciosa. La habitación fiando su ficción de día a la escasa luz que permitían las nubes bajar desde el cielo. Un abrazo cálido en torno a un cuerpecillo frío, tieso, quieto. Y Ana lo supo, ahí, en ese momento: si muere, yo moriré con él. Para que no esté solo en el Cielo, pobriño. Me moriré de pena si te vas, Héctor. 

El niño susurraba, tropezando y parando en cada verso.

- Padre Nuestro/que estás en los Cielos/santificado sea tu nombre/así en la Tierra como en Cielo./El pan nuestro de cada día/dánosle hoy/y perdónanos nuestras deudas/así como nosotros perdonamos a nuestros deudores./No nos dejes caer en la tentación/más líbranos del mal/amén. Padre Nuestro/que estás en los Cielos...

- Héctor, cariño... ¿rezas?

- Sí, mamá.

- ¿Por qué?

- Hablo con el abuelo.

Ana María abrazó a su hijo fuertemente y lo besó en el pelo.

- No hace falta, ¿sabes? Te basta con recordarlo.

- Por eso –contestó el niño‑. Tengo miedo.

- ¿Miedo?

- De olvidarlo. ¿Y si me olvido del abuelo? No lo reconoceré cuando...

Ana María comprendió. Pero ya no fue capaz de enfadarse con su hijo. Se limitó a escorarlo en su regazo hasta que tuvo su rostro contra su pecho, como si fuese todavía un bebé. Allí Héctor se durmió plácidamente e incluso dejó de silbar en sus respiraciones. Minutos después, Ana echó su cabeza hacia atrás, encontrando el respaldo del sillón, y ella misma se durmió. 

Cuando se despertó, la noche era ya casi la dueña de la calle. Sonó la llave en la puerta de la casa. Ana María se levantó, dejó a Héctor, todavía dormido, en la cama, y fue al pasillo, donde ya estaba Carlos colgando su abrigo en el perchero. Lo abrazó estrechamente, le dejó un beso cálido en la mejilla. Carlos volvía con un permiso de una semana que había conseguido sin esfuerzo. Fueron a la habitación de los niños y allí comprobaron que Héctor no tenía fiebre: treinta y siete dos. Carlos entregó a Ana María el billete de RENFE que uno de los botones de la oficina había ido a comprar y dijo que no admitía más discusiones. 

Los niños llegaron del colegio y Ana María los obligó a merendar en la cocina, lejos de la televisión. Héctor ya se había despertado y, al ver en la pantalla a Miguel Vila y Paula Gardoqui en La Casa del Reloj, se había dado cuenta de la hora y había empezado a llorar. A las siete menos cinco apareció el practicante y entonces comenzó a gemir y a gritar como un torturado. Entre padre y madre tuvieron que sujetarlo para que no se moviese mientras le ponían la inyección. Aquel día tocaba regalo y el practicante le dio un pequeño autobús de juguete. Héctor lo apartó de sí, haciéndolo rodar por el suelo de la habitación. 

Después de la inyección, antes de dejar entrar al resto de los niños, Ana María se sentó en el suelo, al lado de la cama, y acarició una vez más el cabello de su hijo.

- Héctor, cariño... voy a marcharme esta noche. Papá te cuidará. 

El niño elevó los ojos para verla bien. El pánico se dibujó en su rostro.

- ¿Te vas? ¿Adónde vas, mamá?

- Un par de días. Tu abuela me necesita. Por lo del abuelito.

El niño reflexionó. Ana María escuchó por los silbidos que su ritmo de respiración se había acelerado.

- ¿Y si muero?

Ana María suspiró, pero no se enfadó. Tal vez había aprendido algo aquel día. Tal vez sólo estaba algo cansada.

- Que yo me vaya es la mejor prueba de que no vas a morir, Héctor. La mitad de la vida es sólo desearla. Tal vez algún día lo comprendas. 

El niño se calló unos segundos. Su respiración se calmó. Finalmente, volvió a mirarla con esfuerzo.

- Cántame una canción, mamá.

- ¿Yo? Yo canto fatal. Además, ¿para qué?

- Cántame una canción, mamá, antes de irte. Así no te olvidaré si... Así no me perderé. 

Ana María sintió que algo le atenazaba la garganta pero, al mismo tiempo, se dijo que no podía callar. Así que acercó su boca al oído de su hijo Héctor y aquella tarde, mientras en el televisor se cantaban canciones infantiles y en la calle diluviaba, le cantó suavemente la primera canción que se le pasó por la cabeza: Amapola. Se la cantó despacio, parándose al final de los versículos en notas larguísimas. El niño permaneció quieto, rígido, bajo sus labios, absorbiendo aquella música y haciéndola suya. Cuando Ana María terminó y separó el rostro, se había dormido. Le besó en la frente: treinta y seis y medio, puede que menos.





Aquel mes de mayo del 2001, Carlos cumplió setenta años. Así que Carlos y Melisa se buscaron la vida en la multinacional para la que ambos trabajaban y, aquella primavera, regresaron a La Coruña desde Bruselas. Carlota y Jaime tenían la ventaja de ser funcionarios; gastaron sus moscosos en acudir como es debido a aquel cumpleaños. Jordi, el marido de Carlota, se tuvo que quedar en Barcelona, pero ella se llevó a los niños. En cuanto a Jaime, se había separado casi antes de casarse, así que lo tenía fácil. Lo realmente complicado fue lo de Héctor. Sus hermanos lo rastrearon durante meses por toda Europa, pero él se mostraba esquivo. Su mujer tampoco sabía dar mucha fe de él, ya sabes cómo es Héctor, el trabajo es lo primero, pero estará, estoy segura que estará. Aunque a Ana María nadie le dijo nada, ella daba por más que probable que Chino o algún otro hermano le hubiese amenazado con algo grave si no acudía. 

Héctor fue el último en llegar a La Coruña. Llegó incluso más tarde que su mujer y que su hija. Aterrizó en Alvedro la misma mañana que su padre cumplía setenta años. 

Llamó desde el móvil diciendo que ya estaba en el taxi. Todo el mundo se sintió muy aliviado. Nadie se había terminado de creer que estaría allí. 

Ana María se sentó junto a su marido en el salón de su casa, bastante más grande que la que tuvieron cuando los niños eran pequeños. Carlos llevaba un buen rato mirando hacia algún punto remoto, recordando, quizá. Ana le tomó la mano y se la apretó. Él la miró con ternura. Ternura era todo lo que quedaba en su cuerpo acabado. 

- Tampoco era para tanto, ¿no?

- No te entiendo, Ana. No era para tanto, ¿qué?

- Las 75.000 pesetas. No nos fue tan mal, ¿no crees?

Carlos no contestó. Se limitó a sonreír y a volver a mirar hacia ninguna parte. En ese momento, Ana María notó un topetazo en sus piernas y echó los brazos para agarrar el cuerpecillo de su nieta Luisa. Rieron. La besó. 

- Tu papá ya está en camino, Luisa –dijo Ana María. 

- Sabe Dios cuándo nos volveremos a ver todos juntos –terció Carlos, sumido en sus ensoñaciones.

- Bah, no pienses en eso –le contestó Ana María. Pero no pudo evitar pensarlo. Setenta años. Cuatro hijos distribuidos por media Europa, con tan pocas ganas ya de volver a La Coruña a ver a sus padres... 

Apretó a su nieta contra sí. 

- Luisa, cariño –le musitó al oído‑. ¿Te canto una canción?

La niña sonrió y dijo que sí.

Ana María cantó Amapola una vez más. Como aquella vez, más de treinta años atrás. Y la niña la escuchó muy atenta. 

- ¿Te ha gustado? –le dijo al terminar.

- La cantas mejor que papá –contestó la niña.

Ana María dio un respingo.

- ¿Papá te canta esa canción?

- Sí –contestó la niña, con toda naturalidad‑. Para que no le olvide.

La dejó ir. El timbre había sonado. Todo el mundo, su marido incluido, se levantó y se abalanzó a la puerta. Menos ella. Ella se quedó sentada. Unos pocos segundos. Pensando en él, pensando en ella. Escuchando la lluvia una vez más. Y después, con parsimonia y sin dolor, por fin sin dolor ni angustia, se levantó, apagó la luz, cerró la puerta y dejó a su hijo dentro, durmiendo plácidamente. 
La fiebre ya no le subiría. Ya no la necesitaba.