lunes, abril 15, 2013

Il divo



La Historia del arte y, sobre todo, de las artes escénicas, está repleta de personas que se han hecho merecedoras, ellos, de la palabra divo; ellas, de la expresión prima donna; ambas procedentes del italiano, pues Italia ha sido durante mucho tiempo el lugar que daba y quitaba, al menos en el caso de la música.

Los divos y divas suelen caracterizarse por ser caprichosos y de muy difícil relación. Se consideran por encima del común de los mortales, algo provocado por la excesiva pleitesía con la que se desempeñan con ellos sus admiradores, y todo esto los convierte en seres atrabiliarios a los que, además, todo se les perdona. El divo, con el tiempo, acaba desconectándose de la realidad; acaba por no ser siquiera consciente de que en el mundo hay gente que ni siquiera conoce su nombre (de hecho, no sé si existirá un solo divo en todo el mundo que pueda decir que más personas saben quién es que las que lo desconocen) y entra, no pocas veces, en una especie de bucle autooriginal, en el que se ve obligado a ser cada vez más excéntricamente exigente.

Con esta propensión que tenemos siempre las personas a considerar que los tiempos que vivimos, nuestra etapa contemporánea, es única, nos cuesta darnos cuenta de que casi nada de lo que vivimos hoy es distinto de lo que vivieron nuestros antepasados. Las pasiones humanas y sociales, muy en especial, vienen siendo hoy las mismas que hace mucho tiempo. Y es por eso que las sociedades humanas hace mucho tiempo que tienen divos. Si pensamos que Cristiano Ronaldo o Messi son personajes propios de nuestra época, deberíamos documentarnos sobre cómo trató Atenas a los deportistas, relativamente pocos la verdad, que volvieron de los juegos olímpicos, y de otras competiciones de la época, con el laurel en la cabeza. Actores hubo en el mundo antiguo que fueron extraordinariamente admirados, probablemente con merecimiento. En realidad, el divismo es casi connatural a cualquier época que conozcamos.

El terreno de esta fama escénica ha cambiado con el tiempo. De nuevo, nosotros pensamos que el cine y la televisión han inventado el fenómeno de masas. Sin embargo, en la propia España es muy probable que los héroes del actual fenómeno fan no lograsen jamás igualar el megapollo que se montó en Madrid con la llegada de Jorge Negrete, la limpia voz que llegó de México; y para qué hablar de la garganta de Carlos Gardel, que hoy sigue siendo mítica en su Buenos Aires querido. Yendo más atrás, en todo caso, encontramos el mismo fenómeno. En realidad ampliado, porque los medios de comunicación de masas, en realidad, lejos de multiplicar el fenómeno fan, lo disminuyen. ¿Por qué? Pues por la simple razón de que permiten, comprobar en cualquier momento que, por ejemplo, Justin Bieber es sólo un adolescente pollas que se mueve bien. En el mundo de la segunda mitad del siglo XIX, o en la primera mitad del XX, todo lo que tenía la mayoría de la gente sobre los divos de la época, normalmente cantantes de ópera, era relatos de terceros. Por pura estadística, la mayoría de la gente jamás había podido ir a escuchar o a ver a los grandes actores y cantantes del momento, lo cual hacía que se forjasen imágenes de ellos mucho más idílicas que la realidad. Hoy admiramos a seres de carne y hueso que hacen esto o aquello: cantar, bailar, dar patadas a un balón. Hace siglo y pico, se admiraba a mitos de los que se decía que habían hecho esto o aquello.

Si vamos un  poquito más atrás, a los finales del siglo XVIII, tendremos que olvidarnos de la ópera como fenómeno de masas y hablar, sin lugar a dudas, del ballet. El ballet es hoy una disciplina muy creativa, en constante renovación, pero propia de élites aficionadas. Sin embargo, hubo un tiempo en el que era, junto con el teatro, todo lo que tenían los habitantes acomodados de las grandes ciudades para ir a ver un gran espectáculo. Los bailarines y bailarinas suelen ser personas de extraordinaria forma física que basan su arte en la realización de figuras danzantes que una persona normal no puede reproducir; en ese sentido, si bien hoy no se les ve como tal, en el pasado eran contemplados de una forma parecida a como lo son hoy los deportistas. Algunas personas iban a los teatros a verlos bailar; otras, tan sólo, a contemplar portentosas pruebas de agilidad y poderío físico. La Europa de hace doscientos y pico de años se pirraba por el ballet.

Estamos en 1784, y en el mismo París donde, cinco años después, las turbas tomarán la Bastilla. Luis XVI, el malhadado Capeto, reina en el país, y su capital es el centro del mundo. Quien quiere triunfar, ha de pasar por París, y eso ha hecho, para entonces, un toscano que se llama Gaëtano Apollino Baldassare Vestri. Todo el mundo le llama Vestris, o Le Dieu de la danse, que ahí es nada.

Para entonces, Vestris es un francés más. Venido a París con sólo once años, debutó como bailarín en la Ópera en 1748. Su éxito fue inmediato, entre las gentes de la ciudad pero sobre todo en la encopetada (y encapetada) corte de Luis XV, lo cual generó, muy rápidamente, eso que llamamos un fenómeno fan.

Al delirio en torno a Vestris colaboró, y de qué manera, su voluntad de renovar el ballet, en un sentido que hoy puede parecer estúpido, pero en su momento fue escandaloso. Todo el mundo, hoy, está acostumbrado a que los bailarines y bailarinas porten ropas que se adapten a su cuerpo como una segunda piel. La exhibición de la musculatura de las piernas de un bailarín es lo más común en los espectáculos. Pero, en el siglo XVIII, no era así. Los bailarines salían al escenario casi escondidos bajo varias capas de accesorios de vestimenta, y con máscara. Vestris se quitó todo eso y comenzó a aparecer como lo muestran los grabados de la época, esto es con mallas que hacían bien evidente las formas de su cuerpo.

Como nos es, realmente, muy difícil imaginar el mundo de finales del siglo XVIII, nos es también muy difícil darnos cuenta de hasta qué punto Gaëtano Vestri fue el objeto de un gran fenómeno de admiración pública. La suya fue una fama tan generalizada en Europa, que él mismo llegó a decir: “En Europa sólo hay tres grandes hombres: Federico II [rey de Prusia], Voltaire y yo mismo”. Se parece bastante, a su manera, al “somos más famosos que Jesucristo” de los Beatles. No obstante, Vestris tiene méritos que los cuatro de Liverpool no pueden exhibir: en una de sus representaciones en Londres, la Cámara de los Comunes aplazó un importante debate para que sus miembros pudiesen ir a verle. Esto es algo que, que yo sepa, no ha conseguido ningún artista más en la Historia (aunque, desde luego, podría estar equivocado).

En 1760, Gaëtano había tenido un hijo, al que puso de nombre Marie-Auguste. Por supuesto, desde sus primeros pasos, el niño Vestris es dirigido a reproducir la gloria de su padre. Debutó en 1780, con sólo veinte años. Rápidamente, se convirtió en danseur-étoile de la Ópera, esto es, primer bailarín. Según todos los testimonios, superó a su propio padre. De hecho, Vestris senior llegó a decir de su hijo: “si no temiese humillar a sus compañeros, Marie-Auguste se quedaría en el aire”; tal era la fama de los admirables saltos que era capaz de realizar.

Y llegamos, en este ambiente, al año 1784. Vestris padre es ya un cincuentón que disfruta de la fama de su hijo. El rey Gustavo III de Suecia viene a París con su mujer, la reina, y un amplio séquito. Se sucede un rosario interminable de recepciones y recepciones en los que lo mejor de aquella sociedad francesa del Antiguo Régimen desempolva hasta la última de sus joyas. Entre otras cosas, los reyes suecos le comentan al Capeto que no les gustaría marcharse de París sin contemplar a este famosísimo Vestris II del que habla toda Europa, y que nunca ha tenido la ocasión, o el deseo, de presentarse en Estocolmo. Se organiza, a toda prisa, una soirée en la Ópera.

Lo que ocurrió el día de la representación no está claro. Lo único evidente que sabemos es que, en llegado el momento de salir al escenario para bailar delante de los reyes suecos y todo el gotha nacional, Vestris II, simple y llanamente, se dio la vuelta y se marchó a su casa. Razones, no las adujo nunca. Siempre dio la impresión de que no necesitaba justificarse.

La representación se anuló en medio de un gran escándalo. Marie-Auguste fue arrestado y, como primera medida, se le retiró la pensión de que disfrutaba, que era bien considerable (6.000 libras). Es conducido a la prisión de La Force, donde se le condena a permanecer seis meses.

Por el testimonio de Vestris I, el padre, que se dirigió a su hijo en los términos de mayor reproche posible, sabemos que fue la reina en persona, María Antonieta, quien le había pedido a Vestris II que bailase delante de los monarcas suecos; por lo tanto, el feo no se lo había hecho sólo a los escandinavos, sino a su propia casa real. Para el padre, aquél tuvo que ser un duro golpe, considerando que uno de sus timbres de grandeza, que exhibía con delectación siempre que podía, era ser vecino de los Borbones, familia cuya implicación con la grandeza de la casa real, ejem, francesa, creo no hace falta explicar.

Vestris II, sin embargo, no estuvo seis meses en prisión. De allí lo sacaron, como años después a los pocos inquilinos de la Bastilla, las personas normales. El pueblo de París. Los parisinos vieron en el gesto de Vestris, en parte, un rostro republicano anunciador de lo que luego vino: se había atrevido a no bailar delante de los reyes. Otros vieron la excentricidad de alguien que se había ganado, con su genialidad, el derecho a cometerla. Las personas normales de París lo llamaban El Rey de los Jardineros y muy pronto comenzaron a presionar para que fuese liberado, cosa que ocurrió en cuando el escándalo se disolvió un poco.

Reapareció en la Ópera con una representación de Alty, una tragedia en cinco actos de Quinault/Lully que había sido reducida a tres por Marmontel/Piccini.

Vestris padre se gastó una fortuna en la adquisición de entradas para construir eso que hasta hace poco se ha llamado una clac para su hijo; un conjunto de espectadores pagados para aplaudir. De todas formas, fueron muchos los parisinos que compraron entradas con el deseo de destrozarse las manos aplaudiendo al astro; casi tantos como los que entraron en el teatro dispuestos a abuchearlo.

La representación se organizó de forma que Vestris II sólo aparecería en el ballet final. Su entrada se identificó con una tromba de aplausos combinada con otra de silbidos; Vestris II, su negativa, se habían convertido en un tema político que había dividido París en dos: un París al que le parecía bien que un común le hiciese una higa a los reyes, y otro que consideraba ese gesto intolerable.

La música del ballet no podía comenzar. Por todos los rincones del teatro (lo cual es lógico, pues fue construido para tener buena acústica) se escuchaban los gritos de decenas, de centenares de espectadores que, en pie delante sus butacas, hacían bocina con las manos y le gritaban al escenario: “¡A genoux, a genoux!” Ponte de rodillas. De hinojos, pide perdón. Muestra respeto.

En ese momento, Gaëtano Vestris, el padre, muy ricamente vestido, aparece de entre bambalinas y avanza hasta el centro del escenario. Las gentes callan. También los monárquicos, conscientes de que Vestris I ha sido el primero en poner a parir a su hijo por su gesto.

El otrora famosísimo bailarín habla ante un público silencioso.

¿Queréis que mi hijo se postre de rodillas? No digo que no merezca vuestro enfado; pero deberíais considerar el hecho de que el bailarín al que habéis aplaudido tantas veces nunca ha estudiado la postura que ahora le exigís. Lo haría con torpeza y, con ello, destruiría uno de vuestros placeres al deshonrarse ante vuestros ojos”.

Una voz grita desde el público: “¡Pues al menos que hable y se justifique!”

Vestris I contesta: “Va a hablar y justificarse plenamente”. Se vuelve a su hijo y le grita: “¡Augusto: danza!”

La música suena, y Vestris II realiza su interpretación, que termina en medio de una cascada de bravos y aplausos. El incidente ha terminado. Un artista se ha negado a bailar delante de cabezas coronadas, y el pueblo, sobre aceptarlo, lo aplaude.

Todo un síntoma, que pocos supieron ver.