lunes, noviembre 26, 2012

Tragarse una tenia (voluntariamente)

Creo recordar, pero no puedo afirmarlo con absoluta certeza porque no tengo a mano el libro, que uno de los datos llamativos de Las elecciones del Frente Popular, el libro de Javier Tusell que la mayoría tiene por canónico a la hora de calibrar quién voto a quién en febrero de 1936 (porque, querido lector, deberé recordarte, quizás para tu sorpresa, que los resultados del 36 nunca fueron, nunca han sido, y creo que nunca serán proclamados oficialmente); uno de los datos curiosos de ese libro, digo, es que Lluis Companys no fue el candidato más votado por los barceloneses aquella jornada. Lo fue, si la memoria no me falla, otro aliado suyo de la Acció Catalana Republicana.

Además de eso, a cualquier catalán con memoria aquellos resultados del 36 le llevarían a una reflexión en modo "quién te ha visto y quién te ve, sombra de lo que eres", dirigida a la Solidaridad Catalana. La Solidaridad, que en todo caso se llevó algo más de 10 diputados en Cataluña en aquellas elecciones (si sigo sin recordar mal) fue el gran motor del regionalismo catalán; el protagonista de la espantá del Parlamento de Madrid en la segunda década del siglo XX, a causa de la poca sensibilidad hacia las necesidades de Cataluña; el gran portavoz de las reivindicaciones económicas de Cataluña, que no se contabilizan hoy en balanza fiscal alguna; el gran muñidor, pues, del catalanismo.

El gato al agua, sin embargo, se lo llevó un peripatético coronel, austero como sólo puede ser un catalán (ya al frente de la autonomía republicana, sus gentes tenían que presionarlo para que se gastara dinero en algo) y, a la postre, una formación camaleónica que supo representar como nadie los intereses del mediano burgués catalán, a la par enfrentado con Madrid y con las grandes familias del empresariado local.

La Historia del nacionalismo catalán se parece un huevo al cuento ése que nos contaban nuestras madres usando los dedos de una de nuestras manos. El meñique fue al mercado, el otro compró las viandas, el otro las puso en la olla, el otro las cocinó... y el gordo se las comió, y por eso está tan gordo. ERC ha sido, históricamente, el gordito del cuento. Ese dedo separado de los otros cuatro que espera tranquilamente a que los procesos maduren para lanzarse cual pantera sobre ellos, engullirlos, y beneficiarse de ellos.

El nacionalismo catalán moderado, altoburgués, formalmente liberal (carajo con el liberalismo que prohíbe las rebajas...) entendió la lección durante la longa noite de pedra del exilio y el franquismo a tutiplén. Así pues, dejó, porque no podía ser de otra manera, que el fósil viviente de la vieja Esquerra, el pretoriano de Companys, el inteligente muñidor de los decretos de S'Agaró, Josep Tarradellas, regresase de la mano de Suárez, Ja soc aquí, montase el ente preautonómico haciendo gala de su realismo de exiliado, se ganase una avinguda en la ciudad de sus amores... y se fuese, mutatis mutandis, a los libros de Historia, a tomar por culo.

Jordi Pujol, que también se había comido sus buenas hostias durante los años negros, había aprendido el pragmatismo muy propio de las formaciones cristianas donde se crió como político. Montó, casi a la chita callando, una coalición política con toda la esencia de la vieja Solidaritat y de la ACR, desbastada de sus perfiles clasistas para poder caerle bien a todo el mundo y, en las primeras elecciones puramente autonómicas, sorprendió a todo el mundo. Porque todo el mundo, en aquel momento, daba por segura una victoria del PSOE en Cataluña y consideraba que sus políticos, solos o en compañía del PSUC, iban a matronear el momio.

CiU se convirtió en un experimento de estrategia política digno de estudiar en las buenas facultades de ciencia política, más aun cuando su situación minoritaria le obligó a acercarse a la ERC de Heribert Barrera... y, por primera, y de momento única, vez en la Historia, fue ERC la envuelta, y no la envolvente. ERC salió de su experimento de cercanía con CiU bastante escaldada, y no remontó el vuelo hasta que no se apoyó en las seis alas de Ángel Colom Colom y la peripatética política, hoy au dessus de toute melée como le corresponde a todo contertulio televisivo de pro, Pilar Rahola; tras lo cual caería en otra escisión que, por cierto, ha dado con los huesos de Colom en el partido de Pujol, convirtiéndolo en una especie de Santiago Carrillo catalán.

Todo esto, que Pujol tenía muy claro en los ochenta y noventa, parece haberlo olvidado el propio Pujol, y sus herederos, al girar el gozne del siglo. De nuevo, se ha vuelto a producir el proceso que, como digo tal es mi tesis, es la dinámica normal en la moderna Historia de Cataluña: ERC es el receptor lógico, a la vista de los catalanes, de las aspiraciones independentistas; así pues, siempre que éstas son cercanas, palpables, ciertas, es la formación que sale beneficiada. Porque ERC es, por así decirlo, la formación que muchos catalanes quieren, unos; y esperan, otros, ver al frente de una Cataluña escindida.

Artur Mas ha pensado, tal es mi opinión, que las décadas de pujolismo habían dejado atrás esta característica crónica del catalanismo, esta manía repetitiva de volver la vista hacia Esquerra cada vez que las cosas van en serio. Ha pensado que CiU se había convertido en el PNV, esto es en el referente histórico de su nacionalismo (condición que, de todas formas, está por ver que logre conservar); y se ha equivocado. 

El pujolismo, además, ha olvidado, supongo que conscientemente, una máxima seminal del catalanismo conservador, que instila todas las páginas pares, y las impares también , tanto de las obras de Cambó como todas las buenas que se han realizado sobre él: el nacionalismo catalán siempre ha de tener una idea de España. La fuerza moral del catalanismo, de toda la vida conservador, ha sido precisamente ésa: no abandonar nunca el reto de opinar sobre lo que es mejor para España. Hoy hay un montón de personas, en radios, televisiones y barras de bar, repitiendo eso de que "entre el original y la copia, los independentistas catalanes han preferido el original". Y no les falta razón. Exento de una idea de España, exento de toda implicación en lo que ha de ser España, cómo va a evolucionar, qué tiene que impulsar y qué abandonar;  exento de todo eso, digo, CiU se convierte en una simple fuerza política que lo que quiere es separarse. Irse. Y, para eso, hace mucho más pandán votarle al que siempre, desde Manresa, desde La Habana, desde Nuria, ha dicho eso mismo.

Last, but not least, supongo que los gestores de estas elecciones a destiempo tendrán que valorar el enorme plus de imagen internacional que va a tener Cataluña en el mundo, a partir del mes que viene, cuando se constituya el Parlamento catalán y se vea claro que en el mismo hay tres diputados antisistema. Estoy seguro que el Frankfurter Allgemeine Zeitung va a saludar el detalle con grandes alharacas, constatando que es la mejor prueba de que Cataluña es mucho más seria y estable que España.

Es mi opinión que el líder de CiU pagará con su futuro político tamaña cagada. Es posible que no pase, porque el masismo es pujolismo reciclado, aunque sólo sea porque está alimentado a tope por la famiglia, así pues lleva mucha gente detrás que no tendrá demasiadas ganas de perder soporte vital. Pero Artur Mas ha colocado a su formación en la posición más jodida de su breve historia: condenado a gobernar con quien menos desearía; con un tipo al que, para más irni, ya engañó una vez, así pues está resabiao.

Estas elecciones han supuesto, una vez vistos los resultados, que Convergència i Unió se ha tragado una tenia a propósito. A sabiendas, se ha metido por el coleto una lombriz que sabe que se va a instalar en su intestino y se va a alimentar de una porción nada desdeñable de lo que engulla (la dejará sola con sus recortes, y caminará a su lado por la montaña rusa de la demagogia secesionista). Por todo esto, porque lo tenía que estar viendo venir, es por lo que Artur Mas redobló, en los últimos días de la campaña, los mensajes sobre la necesidad de una mayoría suficiente para él, no para el sueño secesionista.

CiU se ha disparado en el pie de la forma más tonta. Y no deberíamos echar en saco roto el dato de que esto es algo que ha pasado en la política española dos veces en apenas un par de parpadeos; porque lo mismo, exactamente lo mismo, hizo ese otro cráneo previlegiado estratégico llamado Francisco Álvarez-Cascos.

Don Françesc debe estar revolviéndose en la tumba mientras masculla: Sereu capolls!