lunes, enero 23, 2012

Matilde Padrós



En el número 143 (marzo de 1988) de la entonces excelente publicación Historia 16, la escritora Carmen de Zulueta escribía un artículo quejándose amargamente de que el año anterior, 1987, hubiese pasado sin pena ni gloria para la figura de Matilde Padrós, a quien la autora del escrito consideraba, y es probable que lo fuese, la primera universitaria de la Historia de España. 1987 fue, en efecto, el centenario del año en que Padrós pisó por primera vez una universidad; y es posible que fuese la primera vez en la Historia de España que esto ocurriera.

La distinción de ser la primera mujer licenciada en Filosofía y Letras se suele adjudicar en muchos lugares, entre ellos laWikipedia, a María Goyri, mujer que sería de Menéndez Pidal. No es de extrañar este hecho, porque María Goyri cuadra bastante más con la mitología feminista pues, de hecho, fue una importante defensora de los derechos de la mujer. Matilde Padrós cometió el error de no hacer nada de eso y, tal vez, es por eso que no se la recuerda. Pero la muy cabrona, qué le vamos a hacer, sacó la licenciatura en 1893. Algunos años antes que Goyri. Se siente.

Es posible, en todo caso, que Matilde Padrós no sea, como pretendía De Zulueta,  la primera universitaria española. Algunas publicaciones sobre la materia destacan que Rosario Ibiurrun se licenció en Físicas y Exactas en 1888, cinco años antes que ella. No obstante, no he conseguido encontrar información fiable sobre si lo hizo por libre o asistiendo a clase, con lo que no puedo asegurar si fue la primera mujer que pisó las aulas.

Matilde Padrós Rubió nació en Barcelona en 1873, hija del comerciante textil catalán Timoteo Padrós y de Paulina Rubió. Nació en el número 11 de la calle del Coll y tuvo cuatro hermanos más.

La familia se trasladó a Madrid siendo Matilde una niña y abrió una tienda de modas, llamada El Capricho, en la esquina de las calles Alcalá y Cedaceros.

Don Timoteo no era lo que se dice un krausista avanzado, pues ya le veremos diciendo hasta aquí hemos llegado; pero, sin embargo, cuando su hija mostró proclividad hacia el estudio, no le pareció mal que siguiera estudiando. Asistió, como buena burguesa, a un colegio privado, y al final del curso se presentó por libre a los exámenes en el Instituto San Isidro. Terminó el bachillerato el 1 de julio de 1887, con 14 años, con nota de sobresaliente. Solicitó el ingreso en la universidad Complutense, que ejercitó al comenzar el curso siguiente. En el tiempo en que Matilde ingresó en la universidad, nueve de cada diez mujeres que entraban a comprar en El Capricho no sabían ni leer ni escribir.

La universidad no estaba cerrada a las mujeres, que podían examinarse; sin embargo, lo que parece que estaba prohibido aun (pero tendríamos que conocer mejor la historia de la Ibiurrun para confirmarlo) era asistir a clase. De hecho Matilde, matriculada en la universidad, tuvo que estudiar el primer curso en casa y, en el verano de 1888 (el año, recordémoslo, que Rosario Ibiurrun se estaba licenciando) se presentó por libre a los exámenes.

Es posible que a Matilde esta situación de tener que examinarse por libre no le gustase nada; además, probablemente encontraba que era un hándicap no poder asistir a las clases como sus compañeros hombres. Por esta razón o por otra, lo cierto es que, cara al segundo curso, don Timoteo se dedica a mover Roma con Santiago para que su hija pueda asistir a las clases. Finalmente, lo consigue.

La asistencia de Matilde a las clases, no obstante, no era normal. Siendo como es el conocimiento de peña del otro sexo y el ligoteo un hecho colateral de ser universitario, ni Matilde ni sus compañeros pudieron catarlo; ella jamás tuvo contacto normal con sus compañeros de clase.

Matilde acudía al edificio de la calle San Bernardo y, en lugar de dirigirse al aula, lo hacía a la sala de profesores. Allí esperaba a que llegase el profesor que iba a impartir su clase, momento en el cual, acompañada por éste y por un bedel, iban los tres al aula. Así escoltada entraba Matilde Padrós (como más tarde entraría María Goyri) en el aula, para sentarse en una sillita junto a la mesa del profesor, lejos de los escaños de los alumnos con pene. Al terminar la lección, regresaba a la sala de profesores igualmente escoltada donde, al finalizar la última clase, la esperaba algún pariente suyo o criado, que la acompañaba a casa. Matilde Padrós, por lo tanto, nunca intercambió conversaciones ni contactos con sus compañeros de clase, como no fuesen los extremadamente formales que permitía este régimen. Además, vestía de una forma muy recatada y oscura, probablemente para no dar pábulo a quienes quisieran quejarse de lo perturbador de su presencia en los cenotafios del saber. Los estudiantes de su curso la apodaron La Niña.

En aquellos escaños que la veían sin poder hablarla había algunas personas de importancia para la Historia de España. Como Julián Besteiro o Luis Bello. Profesores suyos fueron Nicolás Salmerón y Menénez Pelayo. En casi todas las asignaturas, entre las que se cuentan el griego, la metafísica, la literatura, el hebreo, sacó sobresaliente. El 19 de junio de 1890 aprobó el último examen de su licenciatura.

Con posterioridad, ya en la Universidad Central, Padrós siguió dos cursos de doctorado. Fue eximida del pago de matrícula, por haber sido calificada con matrícula de honor, e hizo estudios de sánscrito, historia de la filosofía, más literatura o estética. En la primera y última, por cierto, cargó en el examen, teniendo que examinarse por libre en la recuperación. El ejercicio de grado para sacarse el doctorado lo hizo el 27 de abril de 1893, sacando un sobresaliente.

José Ortega y Gasset dejó dicho de Matilde Padrós: «Es la mujer más inteligente que he conocido, pero lo más interesante de esta mujer es que ella no sabe que es inteligente. Difícilmente se encontrará un ser más inteligente y más inocente».

Terminados los estudios de Matilde, su padre, que estaba encantado de tener una hija tan lista, reaccionó, no obstante, como el comerciante que era; niña, ya tienes edad para colaborar en el negocio familiar que es, al fin y al cabo, el que nos da de comer. La chica, mientras empollaba el hebreo, el griego y el sánscrito, había llevado la contabilidad de la tienda y de la casa, pero su padre la necesitaba para más cosas; por ejemplo, para viajar, sobre todo a París, y tratar de copiar los diseños que allí se veían. Así pues, Matilde Padrós, tras tan brillante carrera intelectual, primero obedeció a su padre, y después sería ama de casa.

Girados los goznes del siglo XX, Padrós conoció al ilustrador malagueño Francisco Sancha. Tras un noviazgo a la antigua (en una proporción aproximada de doscientas cartas apasionadas por beso real), se casaron en 1906 y se fueron a vivir a Montalbán esquina Alfonso XII, en pleno Retiro. En 1911, atraídos por los hermanos de Sancha que ya habían emigrado al mismo lugar, se fueron a Londres; viaje que se costeó, en parte, con la venta de todo lo que Matilde poseía relacionado con el negocio de su padre, con el que, por lo tanto, cortó amarras. En Londres mantuvieron la vieja costumbre decimonónica de recibir en casa, motivo por el cual su vivienda se convirtió en lugar de paso, de nuevo, de personas importantes para la cultura y la Historia de España, tales como Luis Araquistain, Tomás Meabe, Julio Álvarez del Vayo, Julio Camba, Salvador de Madariaga o Ramiro de Maeztu.
Estallada la Gran Guerra, y a causa de los problemas que un artista como Sancha tenía para colocar su trabajo, Matilde Padrós trabajó de profesora de español, así como redactora de la Enciclopedia Británica.

En 1922, la familia regresó a España, a Madrid. Sancha se convirtió entonces en ilustrador habitual de la prensa española, hasta fallecer en septiembre de 1936, en Oviedo. Un año después, la que falleció fue su mujer.




Francisco Sancha debe de tener una calle en Madrid. En la ciudad hay una calle que lleva este nombre y, la verdad, no tengo referencia alguna que me haga pensar que se refiera a otra persona distinta del ilustrador malagueño, que se hizo muy madrileño por las escenas que solía dibujar.

Sin negarle el mérito a Sancha para estar inmortalizado en una esquina del barrio de Begoña de esta ciudad, sería bueno que el Ayuntamiento, sobre todo ahora que al frente del mismo se encuentra una mujer, se acordase de la consorte de aquél a quien ya ha tenido a bien distinguir. Cierto es que Matilde Padrós no ha dejado huella trazable. No dejó, al menos que yo sepa, ningún libro sobre materia alguna que, a buen seguro, habría sido de interesante lectura y aun mayor erudición. Tal vez dio don José Ortega en el meollo de la cuestión cuando destacó de ella, no sólo su inteligencia, sino también su inocencia; tal vez eso la hizo demasiado acomodaticia para que sus herederas de hoy, que creen poder con todo, la admiren.

Claro que sus herederas de hoy se sientan donde les sale del pingo, hablan cuando les peta y se conducen en la vida a su total y libre albedrío. Los más de nosotros, si hubiésemos crecido en un mundo donde apenas nos dejasen estudiar escoltados, sentaditos y callados en una mesa al lado del profesor, no creo que hubiésemos conseguido, jamás, traducir del sánscrito.

Matilde Padrós, inocentona y todo, debía de tener un buen par. De hemisferios cerebrales. Y se merece que la recordemos, mucho más que otros a los que la Historia,  y la mitología moderna, recuerda apenas por haberse tirado un cuesco a tiempo.