miércoles, enero 25, 2012

El marxista naïf (1)


Salvador Allende no cayó del cielo. Ni subió de los infiernos. Salvador Allende es el resultado de una evolución que en Chile se venía produciendo ya de tiempo atrás, y que no pocas veces se había terminado por plantear como un enfrentamiento frontal, y mutualmente exclusivo, entre una oligarquía terrateniente e industrial y lo que en aquel país se conoce como los rotos; que no deben confundirse con los rojos españoles, pero se les parecen mucho. El siglo XX y, sobre todo, su segunda mitad, hicieron prácticamente inevitable la eclosión de la conciencia política de la clase obrera y campesina chilena, con elementos muy significativamente locales, sorprendentes para un observador externo. Sorprende, por ejemplo, que durante el periodo de mandato de Salvador Allende el Partido Socialista, al que él pertenecía, mostrase un radicalismo revolucionario casi absoluto, de forma que debía ser el Partido Comunista el que refrenase sus tendencias. Como también sorprende encontrarse con movimientos como el MAPU, de un leninismo casi de libro pero de inspiración cristiana.

No por casualidad, por lo tanto, la campaña electoral de 1964 en Chile estuvo presidida por un eslogan que se parecía casi a la letra con otro que se había manejado en unos comicios ya lejanos en España. Si en las elecciones de febrero de 1936 la CEDA y José María Gil-Robles reclamaron el voto para poder parar el marxismo, en las de 1964  la Democracia Cristiana de Eduardo Frei, el partido político más establecido de Chile, salió a la calle con la intención de plantear a la sociedad chilena una alternativa clara: o democracia cristiana, o marxismo. El lema concreto de la DC, que entonces llevaba seis años en oposición frente al gobierno de derecha pura y dura de Alessandri (Partido Nacional) fue «revolución en libertad»; buscando, claramente, al electorado a su izquierda natural.

En 1964, con ese eslogan, aprovechando además la relativa miopía del propio Allende, quien no se apeó de su radicalismo, la Democracia Cristiana, más que ganar, barrió, en un resultado parecido al del PSOE en 1982, que hacía presagiar un largo periodo de gobierno del centro.

El gobierno Frei de 1964, incubadora sin quererlo del allendismo, no supo administrar correctamente las muchas, demasiadas, ilusiones que concitó. Pues aquella victoria se produjo en un ambiente social en el que los chilenos esperaban de la Democracia Cristiana solución para todo: para la economía rota, para la miseria de obreros y campesinos, para el colonialismo industrial extranjero, para el analfabetismo.

La oferta democratacristiana, sin embargo, resultó ser un fiasco. Lejos de domar la inflación (a la que algunos economistas llaman, con razón, «el impuesto de los pobres»), ésta se desbocó, y el endeudamiento externo de Chile trepó por las nubes; subía el paro, y la reforma agraria, abordada inicialmente con valentía, acabó embarrancando. En esa situación, la DC, que en realidad era un pastiche de tendencias muy diversas, comenzó a sufrir fugas por ambos lados, a derecha e izquierda, donde tanto el PN como las formaciones marxistas jugaban sus cartas, dificultando en lo posible el éxito del Gobierno. Sin ir más lejos, muchas iniciativas gubernamentales se estrellaban en el muro del Senado que, oh casualidad, tenía un presidente llamado Salvador Allende Gossens.

La agitación social, además, obligó a aquel gobierno de centro  a usar la fuerza, de forma exagerada. En 1966, una huelga de los mineros de El Salvador provocó seis muertos. En una manifestación en Santiago contra la limitación del derecho de huelga hubo siete muertos. Y, sobre todo, por su repercusión, cabe citar los siete muertos producidos en Puerto Montt, cuando la policía disparó sobre una masa de okupas.

En un ambiente de crecientes deserciones desde la democracia cristiana hacia la Unidad Popular de izquierdas, en 1968, Jacques Chonchol, el hombre designado para realizar la reforma agraria a través del INDAP, dimitió de su cargo. Esta desafección, provocada por serias discrepancias con Frei, provocó la salida de la DC del llamado Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), de raíz cristiana pero que con los meses radicalizaría cada vez más sus posiciones. Chonchol sería ministro de Allende.

La Unidad Popular, por lo tanto, llegó al poder contra Frei; pero de alguna manera, también, se alimentó de él. En primer lugar, porque la integración en la misma, más o menos formal, de los disidentes de la izquierda cristiana, dotó a las izquierdas de una vitola que necesitaban para captar determinados viveros de votos. Y, segundo, porque el gobierno Frei, con su reforma agraria truncada (que, en todo caso, reasentó a 30.000 familias de colonos), con su política de chilenización de empresas estratégicas (comprando acciones, que no nacionalizando), abrió las vías que, posteriormente, explotaría la UP desde una óptica marxista.

El 4 de septiembre de 1970 se celebraron elecciones presidenciales, a las que Frei no podía presentarse, pues hacía menos de seis años que había ocupado esa primera magistratura. Por lo tanto, descontado Frei, los candidatos en aquellas elecciones fueron, fundamentalmente, tres:

Jorge Alessandri era el candidato del derechista Partido Nacional. Ya había sido presidente, pero más de seis años atrás; además, tenía el inconmensurable aval de ser hijo de Arturo Alessandri Palma, conocido como El león de Tapaca, uno de los políticos más arrechos de la Historia de Chile. El Partido Nacional lo era del orden, de las clases altas y de los grandes industriales y banqueros, además de muchos chilenos de centro-derecha que, sobre estar fuertemente decepcionados con la democracia cristiana, temían a la izquierda, así pues no eran nada proclives a la abstención; por supuesto, no le hacía ascos a los ciudadanos de simpatías simple y llanamente fascistas.

Sin embargo, Alessandri tenía un punto débil: sus 74 años de edad que, dicen, le jugaron una mala pasada, pues es convicción de muchos chilenos que acabó por perder las elecciones cuando se dejó grabar por los camarógrafos leyendo un comunicado que comenzaba: «No me temblará la mano…»;  y que leyó mientras sus manos, agarrando el papel, interpretaban el parkinsoniano baile de San Vito. De todas formas, Alessandri cometió otro gravísimo error en aquella campaña, y fue actuar como si la Unidad Popular fuese una formación ultraminoritaria sin ninguna posibilidad de ganar.

El segundo en discordia era Radomiro Tomic, de la Democracia Cristiana. El Rubalcaba de nuestra historia, pues, recogiendo la presunta herencia de un presidente a la vez saliente y bastante odiado. Centró su campaña electoral en atacar a Alessandri, consciente de que era quien, sobre el papel, tenía más posibilidades de ganar. A Allende lo dejó en paz, entre otras cosas porque su planteamiento estratégico, basado en vender la idea de una profundización en las medidas reformistas que Frei no había completado, en realidad lo acercaba a la oferta socialista. Sin embargo, Tomic no acudía con un programa exactamente propio, pues el partido le había impuesto la estrategia de no alianzas de la DC, contra su deseo de tentar algún tipo de embroque con la izquierda.

Y, last but not least como los hechos acabarían por demostrar, se encontraba la Unidad Popular. Formación que se lo pensó mucho antes de designar a Allende como candidato. Era la cuarta vez que el médico de Valparaíso quería intentar el asalto de la Casa de la Moneda, y no eran pocos en las propias formaciones de izquierda que lo consideraban un juguete roto de la política chilena. En la asamblea para formar la Unidad Popular, el Partido Socialista presentó a Allende como candidato; los comunistas, al poeta Pablo Neruda; el Partido Radical, a Alberto Baltra; el MAPU, a Jacques Chonchol; y el Movimiento de Acción Independiente, a Rafael Tarud.

Neruda se descartó rápidamente a base de exhibir una retórica revolucionaria con la que nadie, jamás, ha ganado unas elecciones democráticas (hasta el Frente Popular español del 36 se presentó en las urnas con un programa tan tibiamente de izquierdas, que Largo Caballero tenía que decirle a los suyos en sus mitines que no se preocuparan, que la revolución llegaría en todo caso). Tras él fueron cayendo los que tenían escasos apoyos, hasta quedar la movida entre Allende y Chonchol. Las negociaciones entre ambas facciones de la UP no fueron fáciles pero, cuando la ruptura se acercó, Chonchol consideró de mayor valor la unidad en las urnas, y se retiró.

Allende, por supuesto, prometió durante la campaña la profundización de la revolución freiana, aunque con mensajes tendentes a mitigar el miedo al marxismo como, por ejemplo, su promesa de respetar a la pequeña y mediana empresa. Sin embargo, ya durante aquella campaña electoral, cuando todo aún no había comenzado, se apreció uno de los errores que con el tiempo se harían más patentes en la actuación de Allende: su incapacidad de sacudirse a los muy radicales o, más bien, su deseo de no hacerlo.

Las alianzas políticas son casas con dos puertas: la entrada, y la salida. Cuando la alianza es con un partido suficientemente moderado, uno puede controlar las dos puertas. Entra cuando quiere y sale también cuando quiere. Pero lo que caracteriza aliarse con un radical es que uno sólo controla la puerta de entrada. El momento en que pueda tomar la puerta de salida es algo que decide el aliado.

Allende tuvo, para aquella campaña electoral, el decidido apoyo del Partido Comunista Chileno; formación, ya lo hemos dicho, en realidad más moderada que el propio Partido Socialista en aquel momento. También recibió el apoyo de la CUT, Central Única de Trabajadores, primer sindicato del país. Pero también fue apoyado, sistemática y públicamente, por el MIR, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, la CNT de esta historia (si es que hemos de ir a un paralelismo con nuestra II República). El MIR estaba dispuesto a ayudar a Allende siempre y cuando no se desviase de «la construcción del socialismo»; y realizó ese apoyo sin abandonar ni un milímetro sus postulados de extremo radicalismo marxista-leninista y violento, cuando menos, pues, terroristoide

El MIR acabaría por convertirse en el gran auditor del gobierno Allende en la calle; el pollo cabrón que, cada vez que te relajas, se inclina sobre tu oído y susurra: delendum est capitalismus. No por casualidad, el MIR sería también lo último que le quedaría Allende, cuando los militares comenzasen a bombardear la Casa de la Moneda.

Allende ganó el 4 de septiembre. Obtuvo 1.070.334 votos, por 1.031.159 de Alessandri y 821.801 de Tomic. Pero aquí tenemos otro paralelismo con la II República española (especialmente con sus actos finales) y, consecuentemente, una reflexión. La victoria de Allende en 1970 se asemeja mucho a la del Frente Popular en el 36, que fue, dicho sea sin poner en duda las cifras de los historiadores, por un puñado de votos. En el caso de Chile, incluso, el puñado era más pequeño aún. Si alguien que propugna un cambio radical consigue menos de la mitad de los votos emitidos, ¿adquiere con eso fuerza moral y política para llevar a cabo su programa? Supongo que cada uno tiene una respuesta para esta pregunta; pero es obvio que ni en Chile ni en ninguna parte se puede decir que todo el mundo piense lo mismo. 

A mi entender, ante victoria tan magra, se hubiera impuesto, inteligentemente, cierta matización programática por parte del ganador, sobre todo si esperaba que fuerzas políticas que estaban a 40.000 votos de él o que incluso, unidas, lo superaban, se olvidasen de que sus propios postulados eran contrarios, en ocasiones radicalmente contrarios, a los suyos. Lo contrario equivaldría a ponerles muy fácil echarse al monte. Sin embargo, Allende no podía hacer eso, por la razón de sus propias convicciones, pues era un marxista de libro, y, sobre todo, las alianzas que le habían llevado a conseguir aquellos votos.

El resultado de las elecciones de 1970, y la reacción de Allende ante su propia victoria, dibujaron la primera gran contradicción del proceso chileno: la construcción del socialismo en minoría. «Avanzar por el camino de la democracia», diría Allende en su segundo discurso parlamentario al pleno del Congreso (21 de mayo de 1972), «exige superar el sistema capitalista, consubstancial a la desigualdad económica». Esta frase, en mi opinión, revela la simpleza con que Allende veía el mundo. Pues sólo una persona que se mueva lentamente por la existencia, manejando apenas dos o tres ideas muy básicas o creyendo que, como decía Summers, tó er mundo é güeno, puede pensar que se puede impulsar un cambio sistémico en minoría, y pretender que la mayoría lo acepte.

Ganar las elecciones, en todo caso, sólo era el primer paso. La Constitución chilena, en mi opinión excesivamente preocupada por el garantismo democrático hasta generar en potencia situaciones sin salida, exigía un segundo paso, que era ser designado presidente. Y ese paso, pronto se reveló, no iba a ser nada fácil.