miércoles, enero 18, 2012

Piratas

El lugar ideal para cometer el robo y/o el asesinato perfecto es la mar. Ni siquiera hoy, en el tiempo de los satélites y las cámaras callejeras que controlan buena parte de nuestros movimientos, hay gran cosa que hacer frente al equipo de personas que, usando embarcaciones ligeras y exhibiendo la necesaria falta de escrúpulos, interceptan el importantísimo tráfico marítimo y se quedan con mercancías y personas, por las que cobran habitualmente rescate.

La piratería, sin embargo, le cae simpática a un montón de gente. Empezando por el montón de gente británica, y de otros países, a la que no le queda más huevos que admirar a algunos de sus piratas, porque son sus héroes nacionales. Pero, más allá, la literatura y el cine han hecho mucho por envolver de romanticismo, atractivo sexual e, incluso, cierto contenido político, al filibustero; a pesar de que éste, la Historia lo demuestra, ha sido, las más de las veces, un perfecto hijo de la gran perra. Hay que reconocer, sin embargo, que en el pirata se dan algunas características que han podido, de hecho así ha sido, mesmerizar a más de uno.

Piratas, como digo, ha habido siempre. A Julio César lo secuestraron unos, que pidieron un jugoso rescate por su persona; aunque también es cierto que en esa anécdota, Julio inventó la retaliation pues, nada más verse libre, se dirigió al refugio pirata, los pilló celebrando el cobro y, allí mismo, los degolló primero y, dicen las crónicas, crucificó después. Confieso que nunca he entendido el sentido de la segunda acción.

Con los siglos llegaron los vikingos, grupos más o menos desorganizados que, sin embargo, obedecían reglas bastante estrictas, y que practicaban una mezcla entre la piratería y el establecimiento en las tierras que tocaban, que es la que explica que hoy en día, en toda la costa atlántica europea, aparezcan como si tal cosa, en los paritorios, bebés inusitadamente pelirrojos, rubios, o de pieles blancuzcas y pecosas. Hoy en día, poder demostrar ancestros vikingos, en tierras que buscan ancestos propios hasta el la sección de perfumería del Carrefour como, por ejemplo, Galicia, mola que lo flipas. Recuerdo, en este sentido, que el mejor libro que he leído sobre la materia, hace bastantes años, se llamaba Gallaecia Scandinavica; pero lamentablemente no recuerdo el autor.

La primera acción decididamente organizada contra la piratería es la creación de la Liga Hanseática, en 1214, que incluyó la contratación de barcos de seguridad para proteger los convoyes. No obstante, en un detalle que también es muy significativo del tono de la historia de la piratería, los propios comerciantes hanseáticos alquilaron los piratas para guerrear contra el rey danés Waldemar. Y es que la historia de la piratería está repleta de teóricos represores o gobernadores de ciudades costeras que se dan a la piratería; de comerciantes que juran en arameo cuando les roban barcos pero comercian luego con el material robado por los piratas; y de piratas que acaban contratados como alguaciles del mar y se despliegan con sus ex camaradas con una crueldad digna de mejor encomio.

La prosperidad de Inglaterra en los tiempos pre-renacentistas hizo del Canal de la Mancha un lugar de gran transacción comercial y cita de piratas, habiéndose llegado a calcular la presencia de hasta 400 barcos ladrones en esas aguas. Los conocidos como Cinco Puertos Ingleses (Hastings, Rommey, Hythe, Dover y Sandwich), que vivían del comercio, crearon una liga contra los piratas, a la que se unieron, asimismo, Winchelsea y Rye. Sin embargo, esta lucha inglesa contra la piratería se hizo de una forma un tanto especial, sobre todo si la vemos con ojos actuales, porque los puertos ingleses, aparte de tratar de pillar a los piratas, les dieron licencia para saquear cualquier buque que no fuese inglés. De esta manera embrionaria nació lo que hoy conocemos como patente de corso.

Eso que los ingleses conocen como privatery es una consecuencia plenamente lógica de la época. En la mar, como en la tierra, los ejércitos no son nacionales ni estatales, sino particulares. El ejército de un rey es la suma de los pequeños ejércitos de aquellos hombres que, en su ámbito, están en disposiciones de alquilar mercenarios y le apoyan. En la mar es exactamente igual. El final de la Edad Media es el comienzo del fenómeno que conocemos hoy como guerra mundial. De hecho, en mi opinión debiéramos llamar primera guerra mundial o primera guerra europea a lo que conocemos como guerra de los cien años; exactamente igual que en el 14, en aquélla metió cuchara todo Dios, y fue la geopolítica del área la que se ventiló en los combates.

En el marco de estos enfrentamientos, igual que los particulares forman batallones de arqueros o piqueros, los particulares arman barcos, que operan con patentes de guerra concedidos por el rey, pudiendo saquear los barcos con la condición de rendir una porción a la corona. Ya sé que es difícil imaginar una Inglaterra sin armada, pero los ingleses medievales carecían de ella, y habrá que esperar hasta Enrique VIII y, sobre todo, hasta la Reina Virgen, para encontrarnos intentos serios de formarla.

Eduardo I de Inglaterra, para mí uno de los mejores reyes que ha tenido ese país desde el punto de vista de su robustecimiento como nación, concedió ya las primeras patentes de corso, sobre todo a los armadores de mercantes que habían sido previamente saqueados. Estas patentes, por lo tanto, daban derecho a piratear y saquear cualquier barco que llevase la misma bandera que la de quien les había saqueado a ellos primero. Pero fue, como ya he insinuado, Isabel I la que hizo de esta actividad un auténtico negocio, tanto para los piratas como para Inglaterra. Obsesionada con la posibilidad de que el rey español invadiese un día su país, Isabel multiplicó las patentes de corso y, sobre todo, inauguró el prestigio del pirata, con gestos como el bien conocido de subir a la gacela dorada de Francis Drake para armarlo caballero.

Drake odiaba a España y amaba el dinero a partes iguales. Cierta historiografía inglesa trata a su abuelo con la conmiseración de quien hizo lo que hizo porque la guerra y bla; pero es falso, porque da la casualidad de que Drake se ensañó con las posesiones españolas también en tiempo de paz. Fue en tiempo de paz, por ejemplo, cuando planificó su vuelta al mundo saqueando las ciudades españolas del Pacífico; campaña que fue la le que dio la condición de caballero, entre otras cosas porque el tesoro que descargó en Londres puede ser, bien fácilmente, uno de los tres o cuatro mayores tesoros jamás conseguidos en un botín de paz o guerra (dos millones y medio de libras de la época, según los relatos).

Paradójicamente para los piratas, muchos de los cuales, como Drake, soñaban soñaba con la derrota de España, la famosa de la Armada Invencible fue un desastre para ellos. Al convertirse otras rutas distintas del Canal en seguras, las mercancías dejaron de fluir por donde ellos estaban acostumbrados a atacar y tenían sus bases. Para colmo, Jacobo I, en llegado al trono de Londres, cerró las hostilidades con España, lo que dejó literalmente en el paro a centenares de barcos con sus centenares de capitanes y decenas de miles de piratas dentro. En esta situación, se volvieron contra el propio comercio inglés, que las patentes de corso habían dejado aparte obviamente, y prácticamente lo hicieron, nunca mejor dicho, zozobrar. La solución al problema, en todo caso, llegó mediante la internacionalización. Jacobo I, que como buen cristiano no sentía ningún respeto por los no creyentes, comenzó a conceder patentes de corso a quienes se fuesen a robar al Mar Rojo. Allí pillaron y mataron a manos llenas los corsarios ingleses, cotizando siempre el diezmo para la corona.

No obstante, otra zona se convertía en caliente en esos tiempos: el Caribe. La elección del lugar tiene también mucho que ver con la derrota de la Invencible y el hecho de que dejó las aguas atlánticas y pacíficas en manos que quien las quisiera surcar. Claro que también había sus riesgos. Según un relato de 1604, a los integrantes de dos barcos piratas apresados por los españoles en las Antillas se les cortaron las manos, los pies, las orejas y la nariz y, finalmente, fueron embadurnados con miel y colgados de los árboles para que se los comiesen los insectos.

Los primeros bucaneros caribeños eran franceses y, más que piratas, eran, como lo sería el pasaje de Myflower algún día, perseguidos religiosos. En vagabundeo por el mundo, llegaron a la actual Haití, que había sido abandonada por los españoles, pero que tenía abundante ganado salvaje porque los antiguos colonizadores no se lo habían llevado. Allí se establecieron los franceses y, como ganaderos, aprendieron a preparar una carne salada y seca, tal y como lo hacían los indios, sobre una especie de parrillas hechas con ramas verdes que llamaban boucans. Bucanero, por lo tanto, es una palabra que, en su inicio, quiere decir preparador y vendedor de este tipo de carne, que era bastante popular entre los navegantes de la zona.

Es hacia 1630 cuando estos primeros bucaneros, muy acrecidos por gentes que se habían ido quedando en la isla tras desertar de sus barcos, se trasladaron a la Isla de la Tortuga. Además, finalmente tuvieron que hacerlo porque los españoles entraron en La Española a sangre y fuego, matando el ganado y ejecutando a los bucaneros que encontraron por estar ocupando una isla de su propiedad. Aquella incursión, sin embargo, fue un error que España acabaría pagando carísimo con el tiempo. Faltos de su negocio en tierra, los bucaneros hubieron de buscarlo en la mar, y se convirtieron en piratas, a los que los ingleses llamaban freebooters, palabra que los franceses pronunciaban flibustiers y que, de regreso al inglés, se convirtió en filibusters, de donde viene nuestro filibustero.

Desde 1630 a 1710 existió en la Isla de la Tortuga una especie de república pirata o Confederación de los Hermanos de la Costa, que funcionó a la manera anárquica de los piratas. En 1640 Francia se convirtió en el primer estado que le vio una posibilidad a controlar esa cosa y la invadió con unas tropas al mano de un tal señor Lavasseur de San Cristopher. En 1654, gracias a la prosperidad que les trajo la posesión francesa (y sus patentes de corso), los piratas tenían ya embarcaciones suficientemente grandes como para llegar hasta la denominada Costa de los Mosquitos, en Nicaragua. A partir de 1665, la piratería alcanzó la operativa y dimensiones que conocemos, y así siguió durante apenas sesenta años en que empezó su declive. En ese mismo año de 1665, además, abrieron una segunda base en Jamaica, en lugares como Cagua o el famoso Port Royal. Esos fueron los años de François Lanonois, el terror de Maracaibo; o Lewis Scott, que lo fue de Campeche, en México; Pierre François, Roque Basiliano... tantos otros. Entre ellos destacó, desde luego, Henry Morgan, el responsable de que Morgan sea apellido habitual de delincuente y, muy especialmente, de pirata, en el imaginario de mucha gente. En realidad, Morgan fue uno de esos piratas de doble cara, pues, además de ladrón y saqueador, también fue el defensor de Jamaica frente a los ataques españoles, mediante una patente concedida por el gobernador inglés sir Thomas Modyford, que le permitió armar una poderosa flotilla pirata de doce barcos con 700 hombres a bordo, con la que hostilizó la isla de Cuba y Portobello, en Panamá. Morgan era también un tipo sin escrúpulo alguno pues, en sus asaltos, utilizaba curas y monjas apresados como escudos humanos. Para conocer el emplazamiento de las cosas de valor de los pueblos, no dudó ni siquiera en torturar a niños pequeños, quemándoles los dedos para que confesaran.

Retirado tras sus acciones, volvió a la acción en 1670, cuando España volvió a atacar Jamaica, llegando a juntar una flota de 36 barcos y 2.000 marineros.

Las victorias de Morgan llevaron a España a firmar el llamado Tratado de las Américas, por el cual reconocía por primera vez a Inglaterra el derecho a comerciar en la zona. Este tratado acabó con los bucaneros para siempre, aunque no pocos de ellos decidieron seguir siendo piratas. Los buenos tiempos volvieron, aunque de forma intermitente; como en 1683, cuando la ruptura de hostilidades entre España y Francia volvió a multiplicar las patentes de corso. En 1688, Inglaterra concedió un indulto general al que se acogieron muchos piratas; pero la guerra con Francia, al año siguiente, volvió a animar a muchos a ocupar el oficio.

Los piratas eran personas no exentas de valentía. Pierre le Grand, el primer gran pirata de la Isla de la Tortuga, ordenó cierta vez que, antes de un ataque, se abriese una vía de agua en su propia nave; de esta manera, evitó las deserciones o renuncios. El pirata medio era un dipsómano sin solución (no pocas veces, los piratas no pudieron realizar abordajes, o repeler ataques, por lo mamados que estaban) y tenía que estar dispuesto a lo peor, porque el castigo habitual por su delito era la muerte. Sin embargo, el porcentaje de piratas que murieron en la horca, con seguridad, fue muy bajo y, además, como hombres de mar, a los piratas lo que les esperaba en la vida civil era una existencia de mierda por un salario bastante menos que mileurista. Sin embargo, la piratería podía dar enormes negocios, como la droga hoy en día; por lo que ejercía sobre mucha gente el mismo nivel de atracción.

Aunque no con tanta frecuencia como se quiere ver, la piratería también tenía, a veces, su punto de reivindicación social (que ha colaborado para construir su mito), dado que no pocos de los piratas, si no todos, eran personas de muy baja extracción social que antes habían tenido, por así decirlo, una triste vida de obreros. Muy conocido en el mundillo filibustero es el discursete que el capitán pirata Charles Bellamy le soltó a un capitán mercante que, una vez apresado, se negó a hacer una cosa que se ofrecía muy a menudo a los vencidos, esto es firmar el estatuto del pirata y unirse a ellos. Bellamy lo llamó «perro zalamero, como todos ésos que se someten a ser gobernados por las leyes que han hecho los ricos para su propia seguridad». Todo un indignado, el tal Bellamy.

Los piratas atacaban en barcos pequeños, contra lo que se suele ver en las películas, entre otras cosas porque su mejor forma de huir si la cosa iba mal era acercarse a los bajíos y salir por patas del barco; para lo cual necesitaban que el suyo tuviese menos calado que la media. Solían aprovechar muchos barcos apresados, aunque les elevaban las bordas (para poder esconderse hasta el último momento) y les quitaban absolutamente todo lo que había en cubierta para dejarla diáfana. En la cubierta era el único lugar de un barco pirata en el que se dejaba fumar (al menos con la pipa sin tapar) para evitar incendios; aunque beber, se podía beber hasta en el puesto del vigía.

Los capitanes eran electivos y, por lo tanto, podían ser destituidos; Daniel Defoe llegó a ver en un barco pirata 13 capitanes en dos meses. Su valor era, normalmente, equivalente al último botín conseguido. Tenían derecho a camarote, pero cualquier otro marinero podía entrar en él cuando quisiera y tomar del mismo lo que le diese la gana (ron, las más de las veces). Los capitanes comían la misma ración que la tripulación y eran uno más. Aunque algunos fueron muy respetados. Barbanegra, por ejemplo, se hizo respetar una tarde cuando, en medio de una borrachera monumental, decidió apostarse a bien quién sería capaz de aguantar más tiempo en el infierno. Así que se metió en las bodegas, con los otros que apostaron, y una vez allí hizo quemar azufre. Por supuesto, fue el último en salir para, a renglón seguido, invitar a sus hombres a una competición a ver quién aguantaba más tiempo ahorcado sin morir; invitación que nadie aceptó. En otra ocasión, y por pura broma, le destrozó una rodilla de un pistoletazo a un amigo íntimo suyo.

Una vez elegido, el capitán tenía el mando y se apoyaba en su contramaestre, que en realidad era el alma del barco, pues organizaba casi todo, desde los ataques hasta el reparto del botín. Aunque el capitán tenía el mando, los castigos se imponían en asamblea de todos, salvo que la falta estuviese recogida en el Estatuto. Cada barco o flota pirata tenía su propio Estatuto, que había que firmar al inicio de cada campaña, aunque sus contenidos son bastantes parecidos. Se establecían normas básicas de disciplina o de seguridad (como lo de no fumar en las sentinas), así como otras como la prohibición de violar a las cautivas (blancas; a las negras, incluso los nada raros piratas negros se las zumbaban a gusto). Esto no tiene nada de altruísta ni de civilizado. Contra lo que se pueda imaginar, los piratas no querían pelear. El chollo, para ellos, era que el mercante se rindiese impoluto. De esta manera, se llevaban toda la carga e incluso algún que otro marinero que se les pasase. Que la costa supiera que respetaban a las mujeres era un aliciente para rendirse. El otro, por cierto, era repartir las ganancias; porque en la historia de la piratería ha habido muchos más piratas que los piratas.

Lo que sí cuadra con las leyendas es el uso constante de la Jolly Roger, la famosa bandera de la calavera y las dos tibias; aunque si algún día una peli quisiera ser más respetuosa con la Historia, debería incluir un reloj de arena y, sobre todo, recordar que la bandera más usada, y temible, de los piratas, era roja. Una bandera roja significaba que se habían terminado las ofertas y que se procedería al ataque sin piedad.

Hay elementos de la imaginería pirata que son bastante, o radicalmente, falsos. Rara vez abordaban los barcos con ganchos y tal. Primero, porque muchos barcos los robaban de noche, aprovechando que quedasen en ellos pequeñas guardias. Y, segundo, porque su forma más normal de ataque era embestir el barco contrario, buscando que sus propios aparejos se enredasen con el bauprés de su víctima. Asimismo, no se tiene noticia de que piratas que hicieran la pollada ésa de la tabla para tirar a alguien al mar. Si lo tiraban, lo tiraban, y punto.

A base de estas cosas, de las novelas y después de las películas, la piratería fue adquiriendo ese halo romántico y aventurero. Sin embargo, reflexione el lector sobre el pequeño detalle de que ninguna época del ser humano ha admirado, jamás, a sus piratas contemporáneos. Por algo será.